Descanso en la Huida a Egipto

A. F. Moritz

 


 

A.F. Moritz, nació en 1947 en Niles, Ohio, E. U. de A. Desde 1974 vive en Toronto, Canadá, donde trabaja como escritor y como profesor en la Universidad de Toronto. Sus actividades incluyen el comentario de libros, el ensayo, la poesía, así como la traducción. Ha publicado seis libros de traducción de poesía y novela francesa y hispanoamericana (entre éstos Cuerpo de insomnio (1996) y Río Loa, estación de sueños (1999) de Ludwig Zeller).
Entre sus libros de poesía se incluyen: Aquí (1975), Orquídea negra (1981), La visitación (1983), La tradición (1986), Canto del temor (1992), La casa arruinada (1993), El Río Mahoning (1994), Fantasmas en el Arca (1994), Una barcaza en el Estigio (1998),
Entre los galardones obtenidos por A. F. Moritz se cuentan: Award in Literature de la American Academy and Institute of Arts and Letters, La Beca Guggenheim, En 2003 ha sido Escritor en Residencia con la beca Jack McClelland de la Universidad de Toronto.Y ha sido seleccionado para la Serie de Poetas Contemporáneos editada por la Prensa de la Universidad de Princeton.

Me siento aquí, como quien estudia el polvo,
en mi mano la tarjeta postal: una reproducción
del "Descanso en la Huida a Egipto" de Bernard van Orley,
una pintura excelsa en el mismo orden elevado
en que "Fue en un Jueves Santo" es un poema excelso.

La perfecta belleza de la tierra, una ciudad que quizás existe,
cumbres altas, el azul distante y el río femenino
que señala que Dios nos permitirá permanecer
en este lugar que amamos a primera vista, aunque escrito está
que tendremos que partir algún día: todo ello
abierto en mi mano. Todo esto está en el cuadro
a causa de la madre y el niño dormido,
que necesitan un mundo en que habitar. Y está José,
el entrecano tranquilo viejo guardián que claramente ve
cuán desvalido se hallaría para defenderlos. Y está
el burro que siente que es querido porque sirve y por su naturaleza,
con la sudadera de brillante carmesí y las jícaras oliváceas.
Van Orley presenta las cosas como son: sin interiores
ocultos que para ser abiertos precisan la clave
perdida por los caldeos; en vez, la luz del sol
sobre el agua blanca, los dorados a fuego, los colores espectrales.

La vida está mejor ahora que vez alguna. Hace breves décadas
no se habría podido imprimir esta tarjeta
ni reproducción en color alguna. Y tener una pequeña réplica
de la pintura del hombre ya muerto da el mentís a los tiempos
            de antaño,
cuando había que sentarse sobre la dura tierra virgen
sin apoyo para imaginar los placeres propios:
quizás un balcón tudesco sin pintar construido sobre un valle.
Uno podía dejarse llevar errante en su fantasía personal
o regodearse con su poderío mientras inventaba
algún punto de paz entre recuerdos que escurrían
desde el verde Egipto y la espumante Tierra Santa.
Mejor es no estar solo, mejor tener esta reproducción,
mientras uno se sienta entre matorrales, conmovido
            hasta el desconcierto
por la grandeza de antiguos fragmentos: los hornos
en forma de panal quebrados y los muros de fábricas de ladrillos        
            en desuso.
Mejor no estar aislado en esta tierra dura y trajinada
entre malezas quemadas y grillos saltarines,
negros, verdes y oros, donde el arroyo fluye,
corre junto a casas sin puertas y árboles velados
en enredaderas y uvas silvestres y madreselvas.
Mejor guardar esta reproducción de la obra de Van Orley
salida de una inmensa prensa que registra
con precisión cada color, fiel, perfectamente.

En los vanos de las puertas sin puertas las puertas son negras
formas de ataúd de tinieblas interiores. La vida está mejor ahora.
En la cirugía, por ejemplo, ya no es el aserrar la extremidad
sin anestesia. Y si la charla anestésica de algún médico
la estropea un poco, sigue siendo un culto más valedero
que los rezos de multitudes plagadas de piojos que se flagelaban
para detener una plaga. Las nuevas tecnologías han eliminado
la necesidad de usar ladrillos refractarios, y las acererías
han sido exportadas a países donde los obreros aún trabajan
largas horas por poco sueldo, países donde gozan más
            que nosotros,
con fervor más juvenil, lanzar ácidos a los ríos.
Países fósiles vivos, que nos hacen ver cómo eran las cosas
aquí, cuando aún temblaba la carne de los obreros,
cual jaibas frescas, en estos ruinosos restos de usinas.

Siempre hay alimento aquí en la mesa, para la mayoría,
¿y acaso no es ese el antiguo signo — la abundancia—
            que prueba
que ha sido escogido un pueblo y un profeta? La multitud
ha sido alimentada. En los días de antaño, el gentío
salía al desierto y presenciaba el relato
copiado del relato más viejo, de panes multiplicados al infinito
y no se les alimentaba: todos oyeron
hasta no ser satisfechos
y al fin no sobró nada.
Sin embargo algunos, robustos o con suerte y en primera fila
con la mejor vista, volvieron inspirados,
aunque otros se desanimaron o se aburrieron
agolpados atrás de la gente que jugaba a los naipes
con los enfermos y los cesantes
y nunca vieron al orador ni supieron de qué trataba
la asamblea, ni por qué se esparcieron tan lejos
con todos los otros hasta las rocas rosadas, aullantes,
ni por qué más tarde volvieron desanimados
a sus calles incendiadas. Cada parte de esa multitud
tiene sus descendientes hasta este día, y se pelean
la posesión de las ondas electromagnéticas.

Pero cuán lejos he venido trotando los caminos paradisíacos
de esta minúscula copia del "Descanso
en la Huida a Egipto" —lejos,
y en la dirección equivocada,
hacia una amargura personal y vacua.
Dentro de mí el resplandor del sol en una jarra de barro,
una correa de montura de cuero, la catita que trepa
            por mi muñeca,
mientras el entendimiento se burla de toda conformidad,
todo pensamiento humano. Y sin embargo todo aquí
es maravilloso: un poco más allá
hay una loma donde el blanco disco del sol poniente se derrama
a través de olivos como plumas, que atraen
la visión, porque no pueden crecer en esta tierra.

 

Ciclo Literario.

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