Cuicatlán

Araceli Mancilla/Lorenzo León

 


 

En el valle desértico la chicharra contesta al sol lacerante
 y el individuo erguido espera hace miles de años
en el mismo sitio donde el mar lamió rocas habitadas por lagartos
en el valle calcinado el mar dejó vestigios de peces fósiles
plantó salinas líquenes algas arrecifes:
el mar imprimió huellas abrió el canto preparó lodos y semillas
regó brotes de chichiperas y cardonales
un ejército emergió ocupando laderas
las plántulas despuntaron y punzó la conciencia de la totalidad
el mar habitó el valle que aquí canta su ausencia
donó la savia que alimenta a pájaros carpinteros y cenzontles
dejó un rumor que escucha la noche del murciélago
cuando de la humedad queda la sed
cuando del mar cruza la tempestad en los ojos del búho y el gorjeo de gorriones
y las columnas de los individuos milenarios son agujas
abrazadas a la intimidad engendrada por el oleaje 
viento incendiado que espera nuevas eras
una floresta diferente a esta arborescencia suculenta
donde la flora nodriza eleva su corola canicular
y cobija a los agaves en los que el mar descansa

cierro los ojos
pedruscos de sol son rodadas rodelas rodajas
en un camino donde el aire graba rastros de sal
es una piel recién tejida apenas dicha
reliquia de un entendimiento muy anterior
comprensiones que se trozan bajo llamas
del candelabro de Oaxaca
veo mis dedos rígidos alzarse al cielo denso entre cactos columnares
mi mente llama a los querópteros a los geckos a las guacamayas a los colibríes
que buscan chuparme la cabeza como a un quiote
agotar el néctar de las ideas que pintan el paisaje garambullo
tragarse mis estigmas fermentar caminos donde el olvido evapora ruinas
allí en los campanarios de la noche nazco entre las trazas del calor
bajo escalinatas de cutícula leguminosa nado  la sequedad
de costado al perfil mineral de Era
a mi lado tomándome las manos que son pericarpelos mazorquillas
corazón cuya sustancia de xoconoxtle y jiotilla sangrienta se lleva a la boca
para pronunciar juntos el poema que con la respiración siempre intentamos
vaciamos con pitayo nuestras lenguas en la región más antigua del canto
tocamos el tambor fantástico que percute insectos como avispas zumbantes sobre la flor de mayo
en el acitronado espíritu de la biznaga
en la afilada certidumbre de la yuca que sobrevive resignada al tramado hostil de la tierra
como la roca que de tanto mirar está aburrida
qué valle qué cañones contrastados son las dos manos que contienen
nuestro paso alucinado entre cactáceas de luz arbórea
las palmas caen sobre sí  cubriendo con su pasado cadavérico
el tallo coronado de sombras-oro en este valle sin techumbre
expuesta piel donde aflora la majestuosidad del polvo
cerumen volcánico que graba la adivinanza del lenguaje
creado hace milenios en Cuicatlán
queda hoy sólo mi voz y la de Era convencidos de su estirpe
crecida al interior de fonemas escuchados en conversaciones vegetales
oídas en su concierto enmarañado
bajo soles litios que sangran en la areola costillar del cacto
miles de individuos nos observan altivos

Foto: Lorenzo León

en desorden
en fila
despeñados
el mar se escondió en ellos
lo almacenan lo protegen le dan su corazón
miles de guerreros
ofrendan sus areolas
florean en gallitos flores rojas duraznillo
ardua contemplación para el despierto
en la hora solar apacientan al que habita esa aridez
de orquídeas escondidas en peñascos
miles de guerreros nos observan
descendientes de los que alimentaron vistieron dieron casa y bebida
a los recolectores que llegaron hace más de diez mil años a este valle
cuando el mar ya era un refugiado en el viento
cuyos residuos humedecían al soyate y a la flor de izote
comunidad vegetal conciencia extendida más allá de la cañada
arborescencia que se protege se besa crece en rizomas
los trozones la matraca el cardenal
cumplen su misión reproductora
tocan los sexos de las flores ígneas
de pistilos abiertos dispuestos a la germinación
porque quinientos años no son nada en este valle
y mil años son apenas nacimiento
porque miles de individuos nos observan desde su aparición en el cretácico
y el tiempo de granito es el mismo de la paloma de alas blancas
de la oración lluviosa de la rana
del jabalí olfateando el amaranto
esta comunidad añora al mar que ha dejado sus larvas de agua en el maguey
 y la inmovilidad es el pretexto para el descenso vespertino del venado
esta comunidad celebra la diversidad de su presente
aquí los hombres pactaron sus alianzas
domesticando al maíz a la tierna calabaza
que han dado vida danza fiesta
porque el hombre estableció su esencia en este valle
y aún ahora las raíces del cielo en la precariedad del agua
guían a los que llegan para saber que una morfología  poderosa los contiene

una mañana le dije a Era ¿recuerdas el paraje donde canta el desierto con voz del pájaro reloj?
pues bien busquemos dónde nace dónde se cultiva su polinización
busquemos el haz del rudimento que tiene la ilusión como principio
la raíz de ese cardo que  refleja el rostro terminal de las espinas
busquemos le dije a Era el precipicio donde caen las sombras del halcón chapulinero
donde come la oscuridad el zopilote
allí busquemos la alianza con las evanescencias
que llamamos seres y son inexistentes y crecen sin embargo
en nuestros vientres y ofrecen a nuestras manos un matorral de caricias
contra cualquier idea sésil
allí donde las palabras apenas asoman
en los ramajes de palmas esforzadas recolectemos los verbos que esperan nuestras gargantas
son moluscos floraciones de memorias tan lentas como el gesto perdido
le dije a Era una mañana vamos a esa corriente que distinguí en el fuego celeste
tiene creo un pastizal atrás de sus espinos
creo le dije tiene bajo la capa árida una profundidad de espuma verde
creo incluso que existe en algún sitio una caverna vaginal por la que nacen hongos querópteros
por la que vienen a nosotros osamentas equinas galopando en voces que originaron templos triangulares donde se oraba con la devoción de las palabras:

echeveria estrella de polen
niña del mar enmudecido
que cada brote abriga en su entraña hidria
echeveria inscripción luminiscente entre las rocas
en la pupila del hombre detenida
palpita bajo iridiscencias la posibilidad de tu extinción
echeveria astro del desierto
te protegen las ratas
las chinches
el humilde escarabajo
flor de sal en la lumbre del día
cera inscrita en la palma de nuestra mano
un sotolín cubre tu fragilidad
echeveria llegamos a este valle donde lo sésil canta vuela se disemina
espera mil años para asomar al cosmos espera diez mil años para dar sombra
echeveria somos una comunidad de seres que están de visita en el misterio
de saberse también sustancia vegetal:
cardenal arbusto nasa de río jiotillal sendero desperdigado como una piedra
que el calor  triza y pone a cocer entre el musgo y el corazón leñoso de los hombres

¿cómo localizar este punto en el mapa?
¿cómo seguir la ruta no trazada?
¿cómo vamos a perseguir a hombres que dejaron el vacío de sus cabezas ritualizantes?
¿cómo regresar a las grutas dónde conmovidos entre la nada los cuicatecos graznaron las primeras palabras atonales y fracturaron la masa del silencio que habitaba una gestación deshidratada?
lenguajes insectívoros llevaron en sus hileras almíbares filtrados por la sangre de divinidades tatuadas en la tez de doncellas tapiadas en laberintos que ingenuos arqueólogos someten a escrutinio
y sin embargo nos dicen cosas esos grabados que se dibujan en la frente de Era posando bajo un teteche
allí en su rostro reflejado en la esfera de la biznaga veo cómo se formuló el temperamento del desierto
escucho en el sudor de su rostro el río subterráneo que corre en los costados de los cactos
océanos de sed escurren en los rojos taludes de Cuicatlán
donde el canto tiene tonos desgajados
añicos perdidos en armonía de greca
es la luz tan fuerte aquí como la ceguera que teje una variación cósmica
tanta luz linda con la oscuridad
entre cardones salto hacia ella
mi piel se descascara y queda la alfombra de guijarros que alguien podrá escuchar cuando mi voz se entierre

vienen los seres de la noche
el murciélago promiscuo y escandaloso en su silencio
la lechuza admonitoria descifra en el olor de la oscurana el vuelo diurno de las aves percheras
llegan los seres de la noche al valle que ahora yace y resguarda rescoldos en cavidades de pedernal
prende luz en ortóperos devoradores de hierbas arcaicas para que nuevos retoños asomen en la planicie de la sabana en la rugosidad de la meseta y un silbido de matices distintos atraviese mañana con aliento de encino el boscaje de seres que pacen el sueño de la existencia

el fin de todo esto es volver al tiempo que no tenía palabras
en el desierto le dije a Era vamos a inventar la arqueología del sol y caminar por la ruta
donde se hace nudo la vocación más alta de la tierra que tiende en las cactáceas sus hilos más antiguos
¿por qué amo los espinales?
¿por qué la sequedad del viento me conmueve?
¿por qué adoro los labelos que se abren como bocados en la fulgurante lámina del cenit?
¿será que la escasez me da la ofrenda que merezco?

leo mi cerebro en el rostro del reptil que frota su nariz en las bromelias
mientras vemos en la columna de hormigas que mascan los forrajes
el origen del mundo. 

 

Ciclo Literario.

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