Antropología y poética

Alfredo Coello

 


 

Empiezo con un blues de Muddy Waters, Buddy Guy, Willie Dixon y otros en “live action”. Estoy leyendo un texto de Marc Augé “Hacia una antropología de los mundos contemporáneos”, lo empecé apenas ayer en la mañana, he leído su primer capítulo “El espacio antropológico de la historia y el tiempo histórico de la antropología”. Los franceses nunca dejarán de interesarnos por la agilidad acróbata de sus reflexiones. El inicio es siempre atractivo: “La palabra ‘antropología’ se usa hoy de mil maneras diferentes. Los antropólogos de profesión pueden regocijarse por ello al considerar que, cualesquiera que sean los errores de lenguaje, los errores de perspectiva y las deformaciones de pensamiento; algo de la antropología ha pasado a las otras disciplinas. Los antropólogos pueden, pues, preocuparse al ver cómo el núcleo duro de su empeño (que es la combinación de una triple exigencia: la elección de un terreno, la aplicación de un método y la construcción de un objeto) se diluye aquí y allá en alusiones un tanto imprecisas a la necesidad de una ‘perspectiva’ o de una ‘orientación’ antropológica y hasta de un ‘diálogo’ con la antropología.”
     Pocos, en este país, son los hacedores del “tiempo y espacio”, en el sentido Borgiano (y de Alfonso Reyes), de la antropología mexicana.

    

Begoña Hernández

    

    Bien para iniciar una polémica declarativa entre la historia y los historiadores, la antropología y los antropólogos. La cuestión se centra, en el estudio, entre el “espacio y el tiempo”; en el primero, ubica a la antropología y en el segundo, a la historia. Luego de un recorrido breve y un poco puñetero, desde mi punto de vista, llega a las conclusiones obvias del espacio histórico en la antropología y el tiempo antropológico de la historia. Por lo pronto, algunas conclusiones del primer capítulo: “Los parámetros del tiempo, así como los del espacio, experimentan una evolución, una revolución sin precedentes. Nuestra modernidad crea pasado inmediato, crea historia de manera desenfrenada así como crea la alteridad, aun cuando pretenda estabilizar la historia y unificar el mundo. Esa modernidad plantea así un mismo problema a la antropología y a la historia: ¿cómo tratar la diversificación sin precedentes de un campo de investigación que, sin embargo, abarca la totalidad del planeta?”.
     ¿No parece una buena pregunta? Quiero decir; la inmediatez del signo de interrogación se sale del margen sin necesidad de apuntarlo.
     Esperas en una esquina a que llegue el tranvía, el pesero, el taxi, el camión, el policía que te va asaltar, el ladrón que te robará, la chica que te puedes ligar. Todos esperan en los matices y los compromisos. Tu compromiso es llegar al lugar al que te diriges: tu casa, tu oficina, tu fiesta, tu reventón, tu lugar de amasiato, tu lugar de aburrición, tu lugar alegre, tu espacio de suicidio y depresión, tu lugar de intrigas y jodideras. Los matices son formas o intentos desarrollados en el camino hacia tus compromisos; puedes escoger el puñal con el que asesinarías a alguien, pero nunca el que te van asestar al doblar la esquina (jé).
     Por aquí se alude a un interviú que quiere clasificarse, ante la intervención de  los parámetros del tiempo y del espacio, así como en los tiempos espaciados antropológicamente y en su temporalidad, entre la “transferencia” y  la “contratransferencia”: no sé si el taxi llegó a tiempo cuando lo esperaba en un sitio claro y sucio de la ciudad, tal vez en un semáforo o en la esquina de la casa de la que salgo; nunca después de un reventón porque ¿y si me asaltan?, ni el tiempo antropológico ni el espacio histórico me alivianarán (jé).
     “No pocos matices y compromisos son posibles (en todo caso se han manifestado) entre la posición enteramente teórica y la posición enteramente empírica concebida como hiperrealactivismo, pero es seguro que hoy los fenómenos de ‘contratransferencia’ son más visibles que los fenómenos de ‘transferencia’, aun cuando se expresen, repitiendo la paradoja constitutiva de las ciencias sociales, mediante teorías que niegan la teorización” (estoy totalmente de acuerdo).
     El parámetro espacial es más sensible a la diversidad, mientras el temporal lo es más a los factores de unificación que a la aceleración de la historia: aquí están los temas del “fin de la historia”.
     Mi historia está iluminada por una luz de neón al interior de un camión de dos pisos que abordo en la esquina del Passiandú y el Largo da Carioca. Pasajero ambivalente en todos los sentidos, estos remedos londinenses en el trópico, sólo se estaciona en esquinas estratégicas. Cuando subes te recibe una linda mulata, te ofrece todas las variedades de whisky que existen en el mundo; empieza el viaje y vas a pasear por los lugares más alucinados de la playa y del universo carioca en una misma ciudad. Cuando bajo, siento que la arena de la playa está llegando a su fin y que, después de mí, se convertirá en cemento, con edificios que el humano le ha ganado al mar.
     No sé quien me dio esta idea de jugar con la antropología,  no sé si la voz del tiempo es la que me dice que, tirado en la playa del Flamengo o Botafogo, en la noche, el whisky pasa después de la segunda ola; volteo hacia las estrellas colmadas de palmeras, no hay chicles norteamericanos ni anuncios del Black Bird, puñetero de Nueva York. Los niños patean balones igual que las banderas, camino al sepelio de su identidad. Brasil de arena y hogueras perdidas en su pasado. Ya no hay Dios ni Diosa, ya no hay nada en la playa: sólo basura. Iemanyá se aleja cada año cuando la bañan de flores y velas encendidas en la playa.
     “Todo el problema está en saber si, al sistematizar la interpretación de la realidad contemporánea, las teorías del consenso y de la posmodernidad logran realmente explicar sus aspectos inéditos. ¿Cómo pensar juntas la unidad del planeta y la diversidad de los mundos que lo constituye?”  La verdad, le concedo la duda a “todas las ciencias políticas y sociales” de esta suprema modernidad.
     Estoy atado a un manojo de signos: Elis Regina y Tom Jobin marcan mi afecto y en carne viva revuelven mi cuerpo de canciones “saudosas”. En esta época en que se habla de la “mundialización de la cultura” y de “respeto a las diferencias”,  la antropología y su relación intrínseca con la biología es hoy más que nunca necesaria y posible. También el deseo de ver la muerte, de una vez por todas, de la demagogia académica rumiando a los políticos y las políticas de inercias vacías y discursos agotados.
     Se apaga el foco de luna, el transporte enmudece después de la media noche y sólo te encuentras travestís, homosexuales, bichas, michés y alternancias viajando en el transporte público después de las doce.  La noche es una mirada enguantada de blanco y la mirada es iridiscencia estúpidamente disfrazada de mar.  Urbanos de Río; te subes por atrás y te bajas por adelante, y si los ves desde arriba, sus techos son todos de colores diferentes: amarillos, azules y jóvenes rojos y anaranjados. El mundo de concreto inventa historias para complacerte, inventa todos los colores y jardines colmados de líquidas mentiras…“toda sangre tiene su historia” dice Saramago. Y esas sangres son eternas como la esperanza.
     ¿Bueno, bueno?, termino con alivio de leer un artículo-ensayo de Emil Ciorán sobre Valéry. Es grande el peso que el maestro de los artilugios quita de encima en mi historia personal, para desvendar la parodia del conocimiento y el espíritu de la perfección en Valéry. El artículo lo traduce Esther Seligson y lo publica la revista de la UNAM, en 1974: “Valéry de cara a sus ídolos”, y digo que descarga mal entendidos y culpas, porque en mis tempranas lecturas de Valéry, me apabullaba el deseo de perfección y rigor en él y más en Mallarmé; frente a esta empresa magnánima, mi falta de experiencia, lecturas y conocimiento de las Grandes Letras, de alguna manera mi insospechada rebeldía ante tanta lucidez, se rebelaba. Tenía, entonces, veinte años.
     Recuerdo bohemias noches en mi acuario del centro, en Tlalpan; conversaciones interminables con mi hermano Guillermo y con Lorenzo sobre los franceses, y más que aclararme, me dejaban confundido y me hacían sentir un verdadero Gregorio Samsa, ignorante y pequeño frente a esos gigantes. “Saber desmontar el mecanismo de todo, ya que todo es mecanismo, suma de artificios, de trucos o, para emplear una palabra más honorable, de operaciones; atacar los resortes, convertirse en relojero, ver dentro, dejar de engañarse: eso es lo que cuenta. El hombre, tal como Valéry lo concibe, sólo vale por su capacidad de no-consentimiento, por el grado de lucidez que haya alcanzado. Esta exigencia de lucidez hace pensar en el grado de vigilia que supone toda experiencia espiritual, y que estará determinada por la respuesta que se dará a la pregunta capital: ¿Hasta dónde  he llegado en la percepción de la irrealidad?” (Ciorán), transcurso que encierra disyuntivas conducentes a la búsqueda del más acá del absoluto en su resolución mística: búsqueda incesante en Valéry, dice Ciorán.
     Y bebíamos whisky mezclado con agua de mango de la paletería a un lado de la cantina “La jalisciense” en el centro del pueblito de doña Esther, mi casera. Entretanto, el espíritu en su rigidez intelectual busca también a sus ídolos: “Confieso haber hecho de mi espíritu un ídolo, pero es porque no encontré otro” (Valéry). Este irresistible y necesario deseo racional de adorar adquiere grados superlativos y, diría yo, de alucine en el maestro de la perfección del arte dentro del arte. “Valéry no se repuso nunca del asombro que le causaba el espectáculo de su espíritu. Sólo admiraba a aquellos que divinizaban el suyo, y cuyas aspiraciones eran tan desmesuradas que, o fascinaban o descorazonaban.” (Ciorán). En su texto, el maestro del suicidio postergado ad infinitum desarrolla una especie de disección de la personalidad y el espíritu, aunado a la conciencia de Valéry; a la postre va a demostrar que, en realidad, Valéry no era un poeta sino un esquemático y su producción poética es “catecismo para versificadores, no para poetas”.
     La certeza de todas sus certezas las tiene a los veinte años, es decir: su estilo, sus verdades y mentiras, sus formas racionales estrictamente apegadas a la rigidez del pensamiento sistemático, asmático en su pureza hasta llegar a la asepsia de corregir cien veces su texto de La joven parca.
     Veamos como lo aborda Ciorán: “Los únicos problemas que como conocedor, como iniciado, afrontó, son los de la forma, o para ser más exactos, los de la escritura. Genio Sintáctico, esta frase de Claudel sobre Mallarmé le conviene mucho mejor a Valéry, quien confiesa ser deudor al segundo del hecho de concebir y poner encima de todas las obras la posesión consciente de la función del lenguaje y el sentimiento de una libertad superior de la expresión para la cual todo pensamiento no es sino un incidente, un acontecimiento particular”. El culto de Valéry por el rigor no va más allá de la propiedad de los términos y del esfuerzo consciente hacia un esplendor abstracto de la frase. Rigor de la forma y no de la materia (aquí encuentro el nudo de toda la obra Valeriana y Ciorán me sorprende en su análisis y concepción de la rigidez con la que trata al poeta, quien a final de cuentas, en su versión, es un enemigo ilusorio de los filósofos). La Joven Parca habrá  exigido cien borradores: el autor se enorgullece y cree ver en ello el símbolo de un riguroso proceso.
     No dejar nada a la improvisación o a la intuición (sinónimos malditos según él), "vigilar las palabras, pesarlas, no olvidar nunca que el lenguaje es la única realidad: tal es esa voluntad de expresión, llevada tan lejos que se convierte en empecinamiento de nimiedades, en búsqueda adoptadora de la precisión infinitesimal…” (Ciorán). Quiere decir que Valéry llegó hasta los límites del lenguaje y no tocó fondo: el deseo y la poesía como posibilidad intrínseca de las realidades ausentes a la primacía deparada de un lenguaje siempre creativo de sus desvelos, la imagen del símbolo lingüístico de su inteligencia.
     Lo que Ciorán afirma de Valéry, el erudito del lenguaje  (inclusive mucho más que Mallarmé), llega al final de un muro que no puede brincar o penetrar o, mejor dicho, franquear, en donde se aposta algo más en la otredad de Narciso, planos y superficies que se encuentran mucho, pero mucho más allá del Yo; se agradece en Ciorán que desmitifica esa imagen creada por Valéry de poeta-matemático. Dice Ciorán que Paúl era un gran ignorante de las matemáticas y saca a flote su temor a presentar examen en la Marina, cuando joven, por ignorar las más mínimas nociones de la ciencia de las matemáticas.
     El inconcluso Valéry se inventó un aura de  matemático y su frustración fue no poder competir con el  Eureka de Allan Poe y mucho menos con El Cuervo. Recordemos la reivindicación que hace de Eureka Julio Cortázar. Pero fijémonos bien: cuando leí este texto de Poe, me pareció alucinar las procesiones literarias de Cortázar para llegar a él; le obligan a desdecir o a reprobar los epítetos que todo mundo lanzó en contra de Poe, creo, ahora, a la distancia de mi lectura, hace fácil unos diez o quince años; Cortázar no leyó este ensayo de Ciorán pues tendría evidentemente muchos más argumentos a su favor en la “defensa “ del Eureka de Poe. Ciorán lo asume magistralmente.
     Lo que le dolió a Valéry fue que el poema del Cuervo responde a un problema estrictamente matemático, y ahí están Baudelaire y Salvador Elizondo para demostrarlo; es más, el mismo Poe no necesita de exegetas.
     Voy bajando poco a poco, hasta querer comprender lo que Ciorán intenta en este escrito y, como  apuntaba antes, no es el Ciorán al que me acostumbré después en mis lecturas de adolescencia o juventud entre los veinte y los veinticuatro años. Fue un período muy rápido para mí, interesante, pues toda la banda de la escuela de antropología traía una carga muy chévere y lúcida de lecturas y gajes del sismo marxista y anarquista (fue ahí donde aprendía a leer a Ciorán y todo el abanico subyugante de los franceses etc…)

Termino con esta cita del rumano –aquejado de Alzheimer al final de sus días--, desde mi punto de vista, el filósofo más lúcido y rebelde del último tercio del siglo XX: Emil Ciorán: “La poesía se ve amenazada cuando los poetas le toman un interés teórico demasiado vivo al lenguaje y hacen de ese interés un sujeto constante de meditación, cuando confieren un grado excepcional que tiene más relación con la teología que con la estética" Y con este juicio me quedo enmudecido a la espera de alguna respuesta, en el ánimo de dialogar más de cerca sobre las “contemporalidades” de la poesía y el arte de escribir en este país surrealista, pero zurrado por tantas islas y corruptelas. El tamaño de mi esperanza, desde luego es: Borges. ¿Y la antropología? Luego platicamos.

    

Por “transferencia” se entiende la afirmación de la legitimidad de una teorización de lo social. Y por “Contratransferencia”, la afirmación de una duda sobre toda posibilidad de teorización.

 

Ciclo Literario.

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