Vigencia de Goya

Fernando Gálvez de Aguinaga

 


 

Duendecitos

Después de mucho barajar los ochenta grabados que conforman “Los caprichos”, Francisco de Goya (1746-1828) decidió que “El sueño de la razón produce monstruos” cedería el lugar número uno a su autorretrato y lo envió hasta el sitio cuarenta y tres.  Ese rostro que nos mira de reojo en la portada de la carpeta, parece ser más un manifiesto estético que un intento por fijar los rasgos personales sobre la plancha metálica para luego imprimirlos en  papel. El inmenso sombrero de copa que corona la ruda cabeza del artista no está delimitado por línea alguna, no es una silueta del objeto rellenada por el color negro,  sino que se trata de un amontonamiento de trazos oscuros comidos por el ácido, un objeto meramente gráfico cuyas incisivas líneas parecen  declarar: “Lo que a continuación verán, es la imaginación gráfica de Goya, un mundo de grabados que no son la realidad, sino un comentario crítico y negramente humorístico de la misma; entre la tinta que las figura sobre el papel, verán las formas grotescas que adoptan los vicios de la decadente sociedad que me rodea y a la que pertenezco, por ello, en algunas estampas, me río incluso de mi mismo y en otras, configuro  visiones alucinantes, como actos de magia que surgen de mi sombrero de rayas y que me ayudan a gritar y denunciar  la mediocridad de mi tiempo.”  El arte como reflexión y denuncia, no como objeto complaciente, adquiere en “Los Caprichos” publicados en 1799, una dimensión expresiva y estética que liberará al arte por siempre de su servilismo pasivo hacia una falsa armonía tendiente al decorativismo, ajena por completo a las sociedades en que se desarrolla. Sin esta serie, considerada como un verdadero parteaguas en la historia del grabado y del arte universal, difícilmente hubiesen sido posibles artistas de la talla de Eduard Munch, George Groz, José Clemente Orozco y tantos otros, por no hablar de  la caricatura moderna y hasta la imaginación cinematográfica. Es claro que “Los Caprichos” eran también un manifiesto político de un verdadero liberal contra la inquisición, la monarquía y la sociedad que estos prohijaban en tiempos de Carlos IV, cuando España era controlada por el conservadurismo impulsado por Manuel Godoy, amante de la reina y verdadera eminencia  gris detrás del trono. (Hay que recordar que Goya veía este mundo desde dentro y que él mismo había pugnado con insistencia por ser pintor de cámara del Rey.) Años después, en 1808, el espíritu  ilustrado de Goya habría de recibir un golpe atroz cuando Francia, país que encarnaba los ideales de libertad que él y sus amigos habían adoptado, invadiera España y haciendo una guerra salvaje contra todo el pueblo y no únicamente contra el poder monárquico, cometiera tantas masacres, torturas y bajezas, que el Estado representante de los derechos universales del hombre se convertía en la negación más atroz de los mismos, entronizando al hermano de Napoleón como monarca sustituto de la realeza Española. Como un verdadero reportero de Guerra, un Robert Fisk de la plástica, Goya denunciaría en Los Desastres de la Guerra los crímenes de lesa humanidad que los ejércitos de Napoleón cometieron contra la población española con la bandera del liberalismo por delante, algo tan desfasado e hipócrita como lo que Bush está haciendo en Irak en nombre de la democracia, haciendo añicos el derecho internacional, masacrando a la población civil de aquella nación y pisoteando los derechos humanos tanto del pueblo de Irak como del estadounidense; “lo que puede un sastre”, diría Goya, para referirse al traje de demócrata que se cuelga Bush. Sin embargo, muchas de esas estampas también denuncian las reacciones inhumanas del pueblo contra los soldados enemigos.

Autorretrato

Tú que no puedes

  Regresando a “Los Caprichos”,  hay que señalar que para reforzar el mensaje de sus imágenes, el grabador  imprimió abajo de cada estampa una frase o refrán de origen o estilo popular, con lo que se hace aún más evidente que quería hacer una crítica moral de su sociedad. Mucho se ha  especulado que las leyendas que acompañan a los grabados fueron elegidas o creadas exprofeso, dependiendo del caso, por el escritor Leandro Fernández de Moratín,  sin embargo, cualquiera que lea la correspondencia de Goya, podrá constatar que en su escritura recurría a menudo a refranes y giros verbales como los que titulan a cada “Capricho”, como quizá también lo hacía en su habla, por lo que el papel que Fernández de Moratín jugara en Los Caprichos, quizá se limitó a corregir ortográficamente a Goya y a asesorarlo en alguna estampa para la cual no encontrase la flecha verbal adecuada. Siempre he sentido que este protagonismo que adquiere la palabra en esta serie de Goya, hace que la carpeta se convierta para las artes visuales en lo que es El Quijote para la literatura: una obra cuyo valor supremo es la libertad, que desborda imaginación creativa, situada en un espacio plenamente fantástico pero que nos sirve para mejor entender la realidad, y que hecha mano del humor y el lenguaje popular para reforzar la expresividad de su arte y redondear una obra maestra de la cultura universal.

   Por otra parte, “Los Caprichos” son magistrales en el aprovechamiento de las cualidades expresivas de las técnicas del grabado en metal, combinando en forma insuperable el aguafuerte, la punta seca, el buril y la aguatinta, solucionando con solo los blancos, negros y grises, complejísimas composiciones, haciendo personajes centrales de la serie tanto a las luces como a las sombras, aprovechando impecablemente los contrarios que representa el claroscuro tanto para dramatizar una escena como para contrastar emociones o personalidades. Casi podemos decir que Goya inventó el lenguaje de la aguatinta, una técnica que entonces era reciente y que le sirvió para dar profundidades insondables a su tenebrosas pesadillas, fue su herramienta central para hundir el universo en un territorio umbrío.

Goya ensayos

En cuanto a lo dibujístico, los defectos humanos se llevan a su extremo para desnudar su mezquindad, por ejemplo, para hablar de lo bajo a que puede llegar alguien por un bien material, Goya  hace que una mujer salga en la noche a quitarle un diente de oro a un ahorcado; para satirizar a quienes lucran con falsos conocimientos, convierte a un médico en un inmenso burro que toma el pulso a un moribundo preguntando: “¿De qué morirá?”;  para reírse de quienes buscan pasar por una cosa cuando son todo lo contrario, muestra un conjunto de seres enmascarados con grotescas y animalescas caretas, y los fulmina con la leyenda que dice: “La Filiación” (como la filiación de los neoliberales que se dicen demócratas, algo que simplemente no empata, pues el neoliberalismo sostiene un sistema que promueve los intereses de unas centenas de empresas transnacionales por encima del resto de la población  mundial, simplemente la antidemocracia plena, esa en que estamos inmersos y que, paradójicamente, hace que el paraíso actual de las grandes empresas capitalistas sea precisamente el mundo totalitario de China, donde pueden contratar trabajadores semiesclavizados y donde cualquier intento de disidencia laboral o ideológica se paga con la pena de muerte o largos años de cárcel).  “¿Quién lo creyera?” remataría el artista, plasmando a dos seres monstruosos, dos hechiceros malignos que aparentemente se pelean, pero que en su pleito están desnudos y fuertemente entrelazados, como enredados en una relación sexual, mientras una fiera da zarpazos para bajarlos del aire. Charles Baudelaire escribió en un texto memorable que: “El gran mérito de Goya consiste en crear lo monstruoso verosímil. Sus monstruos han nacido viables, armónicos. Nadie se ha aventurado como él en la dirección del absurdo posible. Todas esas contorsiones, esas caras bestiales, esas muecas diabólicas están imbuidas de humanidad.  Incluso desde el punto de vista específico de la historia natural sería difícil condenarlos, tanta es la analogía y armonía de todas las partes de su ser; en una palabra, la línea de sutura, el punto de unión entre lo real y lo fantástico, ese imposible de aferrar;  es una frontera difusa que el analista más sutil no sabría trazar, el arte es a un tiempo trascendente y natural.”

  Por todo esto, la serie que se muestra completa en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca hasta el 10 de mayo, propiedad del Museo Nacional de San Carlos, representa una oportunidad única para apreciar una de las aventuras artísticas e imaginativas más deslumbrantes y para repensar nuestro mundo, pues su mensaje crítico al poder y los vicios humanos y sociales, permanece vigente.

                                                                           

*  Este artículo fue escrito para la revista Letras libres

 

Ciclo Literario.

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