¿Por qué lloran las mujeres?

Susana Wald


 

Existe un tipo de llanto que embarga a todos por igual cuando se sufre una pérdida irreparable, cuando lo perdido no se puede aceptar, cuando se desmorona el mundo conocido y acostumbrado alrededor de nosotros. Ese llanto puede ser momentáneo, el equilibrio puede ser recuperado, la herida física o mental puede sanar. Pero hay un llanto más profundo, un llanto por algo que se va en forma muy permanente, un algo que demora milenios en recuperarse. Ese es el llanto milenario al que me refiero. Decir milenario es incluso una manera de ocultar la verdadera extensión del tiempo de este llanto. Son por lo menos cuatro mil quinientos años y quizás más. Hace cuarenta y cinco siglos o más que lloran las mujeres. ¿Por qué lloran las mujeres? ¿Y qué lloran? ¿Qué lamentan?
Al parecer en los tiempos de hace cuarenta y cinco siglos ha comenzado un cambio en la suerte de lo femenino, dentro de la humanidad. De lo femenino en general, no tan sólo lo femenino de las mujeres. Por esos remotos tiempos comenzó un proceso en que lo femenino dejó de considerarse sagrado y para diez siglos más tarde se impuso la superioridad de lo masculino y la sacralización de lo masculino con ello. Hace cuarenta y cinco siglos todavía existía la noción de que la divinidad podía ser femenina, que el poder todopoderoso era algo femenino, que lo más sagrado era lo femenino. Era sagrado el agua, la tierra, era más fuerte y más poderoso que el aire y el fuego al que también contenía. La Diosa, entidad que existió con mil nombres y formas, era más poderosa que toda otra deidad y todo procedía de Ella. Procedían de Ella los otros dioses y la importancia de éstos estaba en relación con Ella misma. Así estamos entendiendo poco a poco, a medida que se nos revela en los estudios de los últimos sesenta años, una época que se extendió durante un periodo muy largo de doce milenios en que los seres humanos, hombres y mujeres, rendían culto a Ella.

Elina Brotherus / Epílogo

Ella era cambio constante, era unión de opuestos, era suave y era violenta, era delicada y era fuerte, era doncella y guerrera y podía vencer al más robusto que la atacara. En ella se veneraba la tierra, la naturaleza, la lluvia suave y el terremoto devastador, los lagos cristalinos y los volcanes en erupción. En ella se veneraba la gracia, el hogar, el refugio y el brazo poderoso. Ella era origen de toda vida y toda muerte, la que paría a los seres vivos y los recogía en su mismo vientre cuando acababan sus días.
Se conjetura que se produjo un cambio porque surgió un grupo de humanos montados a caballo, guerreros, valientes y violentos, a quienes Marija Gimbutas designa como los protogriegos. Se conjetura que el cambio vino con la invención de la escritura que produjo un cambio en la estructura misma del cerebro de los humanos como lo propone Leonard Schlein en su libro que recopila ideas a las que él agrega el enfoque biológico.
En todo caso, para el tiempo de hace treinta y cinco siglos comenzó en serio el cambio, se fue imponiendo el Dios masculino, se fue también esbozando la idea del Dios inmutable y eterno, Dios único, todopoderoso y vencedor de todas las diosas que lo precedieron.

Yo creo que cuando se veneraban las diosas, cuando se veneraba lo femenino, las mujeres no lloraban. No se concebía el llanto milenario. Las mujeres participaban en el poder y la dignidad de la deidad femenina, así como ahora los hombres no lloran y participan en el poder y la dignidad de la deidad masculina. Yo no creo que las mujeres hayan estado al mando de todo, no creo que el tiempo anterior al patriarcado haya sido un matriarcado, no necesariamente. Así como sobreviven animales como las iguanas, que existen desde el tiempo de los dinosaurios que mientras tanto han desaparecido, así también sobreviven entre la humanidad grupos cuyas culturas y religiones reflejan lo que pudo haber sido la idea de la humanidad en los tiempos en que se veneraba deidades femeninas y también masculinas.
Hay grupos indígenas, algunos pequeños, como entre los indígenas de Norte América, o incluso en números muy vastos, como los de la zona andina de América del Sur que veneran la idea de lo femenino. Entre los descendientes de los tiempos de los Incas, están los que antes de comer o beber convidan un poco de lo que tienen a la Pachamama, la tierra, entidad femenina poderosa y acogedora. O hay grupos de indígenas en el norte de los Estados Unidos en que los varones, que son los que mandan, antes de tomar sus decisiones consultan con las mujeres ancianas de su tribu porque tienen en gran respeto su sabiduría y sus opiniones. Yo estoy segura que la anciana a quien se tiene en tal estima no es una mujer que llora. Es mujer que anda con la cabeza erguida y el alma en paz, porque sabe que tiene poder.
La razón principal del llanto de las mujeres es precisamente que al perder poder la divinidad femenina, todo lo femenino se ha degradado, demonizado, aplastado, dominado. Lo femenino ha perdido el poder.
La mujer deja de llorar en el momento en que percibe que tiene poder, ya sea porque domina a los otros con su capacidad mental, erótica o social. En la mujer que percibe que tiene poder resurge una época que durante muchísimos siglos ha estado enterrada. Estamos presenciando una especie de resurrección de una posibilidad de venerar nuevamente lo femenino en muchos aspectos de nuestra cultura. Es una resurrección lenta y difícil. Un resurgimiento de las ideas y fuerzas de lo femenino que se está dando lentamente, muy lentamente, porque el peso del patriarcado y su poder es enorme. Y el patricarcado se resiste a perder el dominio aunque este régimen de la adoración de lo masculino signifique la muerte para todos, hombres y mujeres por igual.
Resurge lo femenino en todos los requicios que da el resquebrajamiento del férreo dominio de las ideas del culto al Dios masculino, único y todopoderoso y sus muchas manifestaciones que casi nunca son del todo religiosas. Resurge lo femenino en las artes, en la poesía que es la esencia de lo creativo. En la poesía comienza este cambio hace ya ocho siglos y no se concreta completamente aún. Resurge lo femenino en la música y la danza, elementos de la conducta humana que siempre han estado más cerca de la Diosa. Y sobre todo resurge en la explosiva presencia de las imágenes. La imagen fue antes que la palabra, pero durante un periodo muy extenso la palabra predominó. Incluso se pretendió que la palabra fue primero. Pero no, al parecer nuestras mentes perciben las cosas primero como imágenes y sólo luego les damos nombres. Y ese dar nombres es también esencial y una enorme conquista de la humanidad.
Porque el problema no está en el el movimiento, la vida y la permanencia de lo masculino. Sólo hay problema si lo masculino domina y aplasta lo femenino. Ello enferma a mujeres y hombres y afecta más negativamente a las primeras. Si se logra que el surgimiento de lo femenino, sea armonioso; si se logra que lo femenino pueda abrazar y aceptar lo masculino y viceversa, se da un periodo de enorme creatividad y vitalidad en la vida de los humanos. Porque entonces se incorporan a la creatividad las mujeres que han estado excluidas de ella durante un tiempo tan largo que ya ni sabemos cómo es la totalidad de esa creatividad y en qué consiste su verdadero aporte.
El mundo al que llegamos hoy en día es aún un mundo hecho por hombres y para hombres. Hecho para hombres incluso por las mujeres, en la mayoría de los casos. Porque la casi totalidad de las mujeres que participan en el mundo de hoy son aceptadas porque son capaces de incorporarse y sustentar el mundo del los hombres.

No sabemos cómo podrá ser el mundo en que las mujeres puedan de nuevo sentir el poder de lo femenino y puedan participar con los hombres en la veneración de lo femenino en la misma medida de la veneración de lo masculino. Pero sí sabemos que desaparecerá su llanto milenario, que van a dejar de llorar.

 

 

Ciclo Literario.

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