Martin Y Hannah

Juan Pablo Rojas

 


 

Lo que separa a los amantes del mundo común
es el hecho de que ellos carecen de mundo,
de que el mundo entre los amantes está quemado

Hannah Arendt

En el invierno de 1924, Martin conoció a quien se convertiría en la pasión de su vida. Aquella mañana de febrero, el maestro Bultmann llamó a la puerta de su cubículo para informarle que una joven deseaba integrarse a su seminario, por lo cual debía sostener una breve entrevista con ella. Martin no mostró el menor inconveniente ni interés alguno y continuó preparando su clase. Desde la ventana que estaba junto a su escritorio podía apreciar el albor de los abedules que bordeaban el lago congelado de la Universidad de Marburgo y los rayos del sol rebotando débilmente contra la nieve de las montañas, tiñéndolas de malva.
A la hora del almuerzo, como de costumbre, Bultmann y Martin sostenían una ligera disputa, cuando se percataron que el murmullo del comedor se silenció de súbito. Ante la mirada fija de su colega, Martin volteó para ver lo que ocurría: Hannah cruzaba la puerta. En ese preciso momento, sin saber porqué, llegaron a su mente las palabras de su maestro Husserl cuando lo despidió de Friburgo: «Cuando conocemos, conocemos algo; cuando amamos, amamos algo; cuando sentimos, sentimos algo…». Y efectivamente al observar a esa jovencita sintió algo… Algo indescriptible, pero algo… ¿Cómo precisar tal sentimiento contra natura? ¿Amor…? Hannah caminó lentamente por el pasillo atrayendo todas las miradas sobre sí, el sonido de sus pasos se propagaba ante el mutismo de la circunstancia; bajo el brazo llevaba la Crítica de la razón pura. Al pasar junto a Martin le regaló una discreta sonrisa y siguió de largo; él no apartó su atención de aquel vestido verde hasta que se posó en una mesa lejana. El murmullo de los estudiantes volvió gradualmente. Bultmann miró a su cófrade con intención e interrumpió su anonadamiento informándole que era la chica que deseaba ser su discípula. Martin decidió conversar con ella antes de iniciar la clase.
Para Hannah, la entrevista con Martin fue en todo distinta a la de Bultmann: mientras con éste, la aspirante puso sus propias condiciones para participar en su seminario (tales como eliminar todo comentario antisemita, pues era de procedencia judía, aunque radicaba en Königsberg); con los cuestionamientos de aquel, de manera sumisa se limitaba a responder «sí» o «no». Sin embargo, pese a su inmediata timidez para con él, Martin fue descubriendo el cosmopolitismo de esa joven de apenas 18 años.
Entre clase y clase, Martin esperaba con una ansiedad de dudosa procedencia el momento en que Hannah, con impermeable y sombrero, se presentara en la puerta del salón y solicitara permiso para entrar. Él no requería grandes esfuerzos para lucir su cátedra, por algo era profesor extraordinario y director del seminario de filosofía; la fama de su pensamiento era bien conocida en toda Alemania; por esa razón, ella estaba allí: observando su elegancia y atendiendo su erudición.
No obstante, Martin no era el único que se extrañaba por descubrir en sí esa ansiedad de dudosa procedencia; Hannah también comenzó a experimentarla. Cada vez que atravesaba el corredor que iba de la biblioteca a las aulas, no perdía oportunidad para levantar la vista y divisar la figura de su maestro aplicada a la escritura; cuando éste advertía la mirada de su alumna, detenía sus quehaceres, le saludaba sonriente y la notaba perderse por entre el albor de los abedules que bordeaban el lago tapizado de hielo cuarteado por el sol.

Peter Henry Emerson / Cosechando lirios de Agua.


Las hojas de los árboles se llenaban de color; y las de Martin y Hannah, de tinta. En los encabezados de las primeras cartas se leía: «Querida señorita Arendt» o bien «Admirable maestro Heidegger», pero a medida que avanzaba la furtiva relación epistolar, las afecciones comenzaron a enraizarse (más que nada en Hannah, aceptando a un hombre 17 años mayor, casado y con dos hijos).
Mas la condición de Martin no debilitó el fervor de Hannah hacia él. Inventaron un sistema de señas para comunicarse. Si al pasar Hannah por la casa de Martin, con previo acuerdo y total discreción, divisaba alguna puerta o ventana abierta, significaba «disposición» y se verían en el sitio convenido (que era siempre la buhardilla en la que ella vivía); si, por el contrario, advertía lámparas encendidas, quería decir «riesgo» y no quedaba más que esperar. Las citas nunca fueron preestablecidas, pues ni los amigos más allegados de ambos debían enterarse de su amorío, y Hannah en la vida insinuó siquiera a Martin que se resolviera por ella; cuando en una ocasión éste la cuestionó por el motivo de su aceptación incondicional, respondió: «Porque mi amor es una firme entrega a un único».
Tomaron por costumbre caminar al margen de los abedules antes de cada clase. Se sentaron sobre las hojarascas para mirar los cisnes que corrompían la apacibilidad del agua cristalina del lago y las torcazas que volaban de una rama a otra bajo un cielo azul. Era extraño ver a Martin pasear con una dama, mas no sospechoso, debido a su popularidad intelectual con las féminas de su entorno. Pero desde su cubículo, Bultmann vio algo inhabitual en la escena: la cabeza de Hannah, con su largo y esponjado cabello, recargada sobre el hombro de Martin; y sus manos, frotándose mutuamente. Ella le pidió un beso; él se negó. Estuvieron unos minutos más y tomaron rumbo a la Universidad.
Concluida la cátedra, Bultmann requirió a Martin unos momentos, le manifestó sus sospechas y éste guardó silencio. Sin más, le advirtió tener cuidado, principalmente con su familia. Martin se marchó a su cubículo. Ya entrada la noche, continuaba dedicado en la elaboración de su libro, cuando al mirar por la ventana se percató de unas sombras temblorosas que se formaban sobre el lago. Se estregó los ojos y miró con mayor atención: eran figuras de animales formadas por la mano de alguien frente a una luz. No pudo evitar sonreír para sí: estaba seguro que se trataba de Hannah. Abrió la puerta del cubículo con discreción y miró para ambos lados del corredor: silencio absoluto. Bajó las escaleras con cautela y se encaminó hacia el lago. Buscaba la procedencia de aquella luz, cuyas sombras lo divertían, hasta que detrás de unos abedules distinguió a Hannah con una palmatoria en la mano. Martin la persiguió como un niño y tumbó sobre las hojarascas, le dijo que la adoraba y preguntó otra vez porqué estaba junto a él: «Por tu afán de replantearlo todo desde el principio; porque en ti vuelve a vivir el pensamiento antiguo, corroído y redundado por la cotidianeidad escolar», respondió. El aire removió las hojas de los árboles e hizo tiritar la llama de la vela. «Temo a tus ojos, Hannah: los miro y me pierdo en su oscuridad abismal, y me asusta pensar que pueda sumergirme en ellos de tal modo que no pueda regresar a la superficie nuevamente». Ella sólo quiso besarlo bajo la complicidad de la noche estrellada. La hojarasca crujió y los abedules se inquietaron. La llama trémula de la vela reflejaba sombras voluptuosas que abrasaron la floresta. La hojarasca seguía crujiendo. El lago era el espejo del plenilunio y las respiraciones se confundían con el murmullo del viento, impregnado por el olor de las lilas. La hojarasca crujió una y otra vez hasta que se consumió la luz de la vela.
La claridad veraniega llegó. Martin comunicó a Hannah que viajaría a su cabaña en Selva Negra para dedicarse de lleno a su libro. En el fondo, ella esperaba que le pidiera acompañarlo, pero no lo hizo. Y por recomendaciones de él visitó a sus parientes, en Königsberg. Recordaba a Martin con su escaso cabello, la frente amplia, esos ojos hundidos, la nariz ancha, los pómulos cansados y ese vestir siempre elegante. Continuó sus escritos formales, interrumpidos por las labores universitarias, aunque consciente que Martin nunca aceptará que puede aprender de ella. El carteo con sus amigos fluye como de costumbre, principalmente con Heinrich Blücher, quien se convirtió en su confidente. Le confiesa su amor por el maestro Heidegger y lo maravilloso que eso es para ella, además de resignarse a ser siempre su sombra intelectual. Pero también reflexiona: está viviendo una relación mediada por un mundo quemado. No obstante, por las mañanas lee, durante la tarde escribe y en las noches vuelve a recordar a Martin, quien inspirado en ella avanza en su redacción de Ser y tiempo. La entrega de Hannah le encantaba, pero jamás iba a sustituir a su esposa. En las madrugadas, cuando el cansancio lo embargaba, sólo podía pensar en ella: intensa, segura, profunda, mágica. Por momentos le angustiaba la lontananza con Hannah: esa no indiferencia a su compañía, esa necesidad de vivir a su lado, de ser, generaban el afán de verla, ansiedad por sentirla, por seguir siendo su único; pero también, el temor de dejar de ser su todo, el temor de perderla, el temor de la nada. Miraba que las hojas de los árboles comenzaban a caer, el viento se volvía frío, las torcazas emigraban, en el cielo reaparecía el matiz ceniciento y una vez más estaba de vuelta en la Universidad.
Hannah decide no buscar a Martin, pero en cuanto éste la manda llamar a su cubículo, aparece de inmediato. La recibe con un abrazo y se acercan a la ventana: observan cómo el lago y cada abedul y todo a su alrededor se cubre de nieve. Ella le hizo saber que se establecería en Heidelberg; Martin no emitió comentario alguno y la dejó marcharse a aquel lugar donde sostendría varios amoríos con amigos con los que tiempo atrás discutió acerca de las teorías de Kierkegaard.
Las cartas fluían, pero ninguna era de Martin. En efecto: no le dio su dirección, porque deseaba que él la consiguiera, pero la anhelada carta no llegó. Comenzó a salir con el mismo Heinrich Blücher: a su lado experimentaba afección y a la vez se sentía identificada con él, cosa que con Martin jamás sucedió. Poco a poco fue dejando de lado el anhelo por la carta y se dedicó a escribir. Ella era quien le comprendía mejor que nadie, incluso entendía su filosofía más que él mismo; y se aplicó a complementar las teorías heideggerianas. Heinrich la observaba desde algún extremo del estudio y se preguntaba: «¿Qué secretos estarán ocultos en las profundidades del corazón de esa belleza sustancial?». Él le pedía que olvidara, pero ella se limitaba a responder que lo quería y que no pensara en nada más.
Martin, a punto de viajar a Friburgo para ofrecer una conferencia junto a su maestro Husserl, piensa en Heidelberg, pero necesita la dirección de Hannah. De inmediato repara en Hans Jonas, gran compañero de ella, quien la conoció en el seminario de Bultmann. Efectivamente: se carteaban, y le facilita la dirección al maestro Heidegger sin el menor inconveniente. Antes de partir, Martin le escribe para informarle de su llegada, pero para cuando la carta llega a las manos de Hannah es demasiado tarde; no puede responderla porque Martin está en camino, ignorando su relación con Heinrich, quien la nota nerviosa durante la lectura. Hannah no sabe qué sentir, cómo reaccionar, hacia dónde huir… Lo mira y, fingiendo seguridad, le miente al decir que solicitan su presencia en Marburgo para ofrecer una plática sobre los diversos sentidos del ente en Aristóteles. Él le cree y se alegra, pero ella pretexta no tener tiempo por la cuestión del libro en el que trabaja y le pide que la represente. En ese momento, la creencia de él se convierte en duda, pero acepta. Sin más, Heinrich parte de la casa de campo, mientras Martin se acerca; Heinrich duda y Martin ansía. Ambos llegan a su destino en la noche: Martin se encuentra con Hannah; Heinrich, con una mentira.
Hannah escucha llamar a la puerta y abre. Lo primero que informa a ese hombre de cabello encanecido es su compromiso con Heinrich, lo cual no tiene la mínima repercusión en la animosidad de él, que, en cambio, la ve joven, preciosa, perfecta. Entra a la casa y besa a Hannah tan intensamente como queriendo entregarle la vida en ese instante. Empieza a llover, y cada gota se multiplica en reminiscencias y caricias. Sus paseos al margen del lago y los abedules, las señales para verse furtivamente, esas figuras a la luz de la vela, aquellas conversaciones interminables… son parte de un entonces y allí; sus deseos incandescentes, de un aquí y ahora. El aguacero duró toda la noche.
Martin tenía que partir de mañana, Husserl lo esperaba. Hanah deseó que se quedara un instante más, pero sabía que era inútil pedirlo y calló; sólo miraba la manera en que se vestía. Juntos, en el vano de la puerta, estaban a punto de decir adiós, pero ella aplazó el instante dejando la puerta abierta a Martin; él lo sabía, no obstante, fingió indiferencia: «¿Y Heinrich…?». Pero Heinrich no importaba, como tampoco importaban las aventuras pasadas, que Hannah había emprendido como banales intentos de olvidar a Martin, quien se marchaba decidido, sin embargo, ella lo detuvo… Se miraron apasionadamente, aprehendiendo cada cual el quien del otro, como si la angustia de querer ser y el miedo a no-ser los aprisionara y libertara por primera y última vez. Ella le dio su pañoleta; él aspiró su aroma, la guardó en el bolso del saco, le besó la mano con total sutileza y se marchó. Lo miró alejarse por entre la arboleda taciturna hasta perderse y esperó tras la puerta a quien no pretendía esperar. Escuchaba el movimiento de las hojas de los cipreses provocado por la corriente del viento, el canto de los jilgueros y alguno que otro sonido extraño, pero ni la noche la sobresaltó tanto como aquellos pasos subiendo las escaleras. Se mantuvo firme. Los pasos se acercaban. No sabía cómo explicarle lo ocurrido, si pedirle perdón o no. La manija daba vuelta. Ella lo esperaba. Él abrió: la vio y un escozor le recorrió internamente. A sus ojos era de inigualable hermosura y aparente inocencia, pero lo había engañado. Ella lo miró con docilidad, pero él, irascible, no pudo contenerse: «¡¡¡¿Por qué…?!!!». Nunca Hannah se sintió más segura e impetuosa, ni más libre ni más feliz y, con lágrimas en los ojos, respondió: «Porque yo tenía razón, Heinrich, tenía razón al no olvidar…».

 Martin Heidegger

(Messkirch, 1889-Württemberg, 1976). Filósofo alemán. Educado en un ambiente católico, estudia teología en Friburgo, aunque antes de finalizar la carrera decide dedicarse a la filosofía. Mientras trabajaba como profesor de la universidad publicó Ser y tiempo, que dedica a Husserl, autor y maestro por el que siente verdadero afecto. Con treinta y ocho años reemplaza a Husserl en la cátedra de filosofía de Friburgo y luego llegaría a ser nombrado rector de la misma. Debido a sus ideas políticas a favor de los nazis fue censurado en más de una ocasión y se vio obligado a abandonar la universidad. Fue un gran crítico de la metafísica y se apoyó en el existencialismo con la muerte como último fin. En los últimos años de su vida dedicó gran parte de su tiempo al lenguaje y la poesía. Es autor de La esencia de la verdad, La doctrina de Platón acerca de la verdad, Qué significa pensar, etc. La influencia de este autor en las sucesivas corrientes filosóficas fue determinante.

Hannah Arendt

(Hannover, 1906-Nueva York, 1975), Filósofa alemana de ascendencia judía. Estudió en las universidades de Marburgo, Friburgo y Heidelberg, y en esta última obtuvo el doctorado en filosofía bajo la dirección de K. Jaspers. Con la subida de Hitler al poder (1933), se exilió en París, de donde también tuvo que huir en 1940, estableciéndose en Nueva York. En 1951 se nacionalizó estadounidense. En Los orígenes del totalitarismo (1951), su obra más reconocida, sostiene que los totalitarismos se basan en la interpretación de la ley como «ley natural», visión con la que justifican la exterminación de las clases y razas teóricamente «condenadas» por la naturaleza y la historia. Otras obras suyas son La condición humana (1958), Eichmann en Jerusalén (1963), Hombres en tiempos sombríos (1968), Sobre la violencia (1970) y La crisis de la república (1972).

 

 

Enrique Franco 2006

Ciclo Literario.

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