La Gorda

Araceli Mancilla

 


 

Costó trabajo sacarla, tuvieron que hacer un boquete al lado de la puerta, a martillazos. Eso no lo vi, me lo contaron, pero puedo imaginarlo igual que si lo viera. Puedo ver su lengua negra y sus ojos desorbitados, su pálida carne desparramándose como una gelatina de vainilla entre los brazos de los cargadores. Alguien debió llevarse la jaula con el pajarito ruiseñor que me prometió tantas veces. Era linda, la jaula. Con sus barrotes de latón y su cojín de terciopelo rojo. Ella sabía cuánto me gustaba. Seguro que advertía en mí la ansiedad por tocarla, por darle cuerda y ver cómo el pajarito de metal de colores esmaltados se mecía  despacio y cantaba esa melodía tan graciosa, tan aguda, mientras los ojitos del ruiseñor se abrían y cerraban como si fuera un ave de verdad, hasta que la música terminaba.
Las primeras veces yo no decía nada, sólo me quedaba mirando con una gran emoción aquel objeto. Alguna vez me contó que se lo habían regalado en un cumpleaños, cuando era niña y vivía en una casa grande y hermosa con mucho jardín. Incluso, decía, la mansión tenía varias fuentes que vertían agua de colores según el día de la semana: transparente los lunes, amarilla los martes, verde los miércoles, rosa los jueves, anaranjada los viernes, violeta los sábados y azul los domingos. Hablaba con frecuencia de esa casa y a mí me gustaba porque todo lo que ahí sucedía parecía muy bien planeado para pasarla de lo mejor: había una alberca que no rebasaba la cintura de los niños, el agua era tibia y una resbaladilla de caracol desembocaba en ella. Se tenían a la mano trajes de baño de diferentes tallas y estilos para que cualquiera que lo deseara pudiera nadar.

Ariane López-Huici

Cruzando el jardín, oculta por el follaje de los árboles, se llegaba a la casa de juguetes donde ningún adulto cabía ni lograba entrar. En ella se podía encontrar una colección de muñecos de todos los tamaños, cada uno equipado con su guardarropa: de bombero, de policía, de enfermero, de mecánico, de marinero, pero yo alucinaba al pensar en el de mago porque éste contaba con un anillo provisto de un gran  diamante con el que se podía hipnotizar a cualquiera.  También tenían un rompecabezas mutante con piezas que encajaban en donde se les pusiera, y lo que a mí, tremendo goloso,  me hacía agua la boca: una cocina infantil surtida de moldes de mil formas para hornear pasteles de sabores. Éstos eran servidos en  una vajilla que brillaba como el arco iris sobre una mesa flotante.
 Muchas veces, con sus pláticas  yo me entusiasmaba hasta la excitación, y le pedía más, que me diera más detalles de ese lugar y de lo que ahí pasaba, y ella a veces me complacía y me contaba de las tortugas gigantes que había traído su abuelo de las islas Galápagos, de cómo las montaban hasta dos niños a la vez y después les daban de comer unas semillas grandes y dulces que parecían chocolates. O también del pasadizo  debajo de un árbol enorme, al que estaba prohibido entrar pero lo hacían a escondidas porque después de caminar en la oscuridad por cierto tiempo, se llegaba a una estancia alumbrada por antorchas y podían ver los duendes hembras y machos danzar desnudos y hacer cosas entre ellos que no me podía contar.
Cuando hablaba de esto la fascinación y curiosidad acababan con mi buena educación, y le insistía hasta el fastidio para que me explicara qué era exactamente lo que pasaba entre aquellas criaturas. Lo logré varias veces, y aunque lo que contaba en cada ocasión era más o menos lo mismo, mi entusiasmo por su descripción de las escenas iba en aumento porque siempre  agregaba algún incidente morboso o utilizaba un lenguaje especialmente grosero, que me dejaban picado y con ganas de saber más.
Claro, esto fue después de que entramos en confianza y para eso pasó tiempo, el necesario para que  yo le hiciera mis berrinches y hasta la escupiera un día en que entré a su cuartucho  y la encontré, como solía, comiendo pan dulce del día anterior que sacaba invariablemente de una  gran bolsa de papel  manchada de grasa mientras veía la televisión.
En esa ocasión no se comportó como de costumbre. Por lo regular dejaba a un lado lo que estaba haciendo cuando yo  llegaba y  de inmediato conversábamos. Aun si  yo no estaba  muy dispuesto y más bien entraba a su vivienda por matar el aburrimiento, ella  encontraba la manera de llamar mi atención con sus historias. Pero ese día no fue así. Siguió tragando muy atenta al programa de concursos que estaba mirando y no me hizo caso. Ni siquiera me saludó e ignoró el libro  que yo le llevaba para mostrarle la ilustración de una ceiba, que sería con seguridad muy parecida a aquel árbol que tanto mencionaba. Saberlo era importante para mí, porque continuamente pensaba en el túnel subterráneo y en el asunto de los duendes. Así que me acerqué a su cama, me situé justo a su lado poniendo al alcance de sus ojos mi descubrimiento, para ver si así motivaba un comentario de su parte, pero sucedió que apenas logré esquivar su brazo, ancho y pesado como una pierna de jamón, con el cual me asestó un golpe que deshojó mi libro y me tiró al piso. Me asusté y enojé tanto por la violencia de esta acción, que pasada la sorpresa la escupí una y otra vez hasta que se me acabaron los salivazos y salí de ahí llorando, rabioso.
Desde entonces comenzaron mis rencores hacia ella y empecé a recelar de todo lo que decía. Siempre estaba echada sobre la cama, recostada en un par de almohadones cubiertos con fundas de crochet oscurecidas por la mugre. Era una holgazana. Nunca la vi erguida y mucho menos caminando. Cuando le traían su pedido de pan, a las seis de la tarde, hacía entrar a la empleada de la miscelánea, una niña morena y delgada de pronunciadas ojeras, sólo un poco mayor que yo, que recorría seis cuadras en bicicleta para llegar, y del viejísimo monedero guardado debajo de su inmensa humanidad, sacaba un billete  maltratado de veinte pesos,  pagaba, pero no se levantaba. Además era tacaña, nunca daba propina a pesar de que la chica, muy comedida, retardaba su retirada con evidente intención de conseguir algo, al menos las gracias, pero nada. Ni siquiera la  miraba. ¾¡Oye tú, qué esperas!  -le gritó señalando la puerta, un día en que tardó más de la cuenta en salir.
Al principio no me molestaron ni los malos olores ni el desorden de la ínfima habitación en que vivía aquella mujer. Tampoco sus adornos miserables entre los que sobresalía, como fuera de lugar, la jaulita del ruiseñor, brillante y delicada.  Ésta y los cuentos de su dueña me atraían lo suficiente para olvidarme de lo demás y pasar ahí la  hora y media que duraban las visitas a ese vecindario donde también vivía la tía abuela de mi madre, una señora enjuta y severa a la que se le acababa de morir el marido y le estaba dando por la bebida. Mi madre se sentía obligada a visitarla porque la llamaba continuamente. Bueno, también había de por medio un viejo casco  de hacienda y algunas hectáreas de tierra en un pequeño poblado situado hasta casa del diablo, que no tenía a quién heredar.
Ese era el motivo de mi acceso a aquel lugar, una vieja casona que constaba de varias habitaciones  en sus dos plantas,  ocupadas  por varias familias;  un patio central donde había lavaderos  y comían gatos apestosos, y una parte trasera a donde entraban y de donde salían muchachos del barrio a los que llamaban Los machetes. Éstos tenían tratos con el administrador del vecindario, un hombre alto, delgado, de cara larga como una flauta; vivía en la planta baja y tenía ocho hijos que solían andar por ahí, dando lata. Siempre traía un cigarro en los labios y apestaba a alcohol. Su mujer, una señora de atuendo y rasgos indígenas, sacaba su puesto de tamales al anochecer y, enfundada en su rebozo, apenas cruzaba las palabras indispensables con su clientela.
Para no aburrirme en la vivienda de la tía, donde sólo se hablaba de enfermedades y carencias, me di a la tarea de asomar mis narices en el resto del edificio. Ahí vivían -además de mi parienta, la gorda y el administrador-, la familia de un organillero al que nunca vi, un electricista manco de muy mal genio y su hermana  -bailarina de danza folclórica que a veces llegaba con su grupo y ensayaba  en el patio el jarabe tapatío, entre las maldiciones de todos-, y un militar retirado con su esposa y sus dos hijas, escuinclas remilgosas que en cuanto yo llegaba se asomaban al barandal para mirarme, cuchichear y burlarse de las advertencias estridentes que me hacía mi madre antes de asumir su papel de sobrina ejemplar. De vez en cuando intentaban hacerme la plática, pero a mí no me interesaba en absoluto relacionarme con ese par de bobas a las que obligaban a dormir a las siete de la tarde.
Prefería las patrañas de la gorda. Aun cuando todo lo que salía de su boca eran puras mentiras –estoy seguro-,  durante un buen tiempo viví ensoñado con sus relatos y promesas: que iríamos, con permiso de mi madre, a visitar la mansión de sus ancestros; que cualquier día de estos vendría su comadre, la médium, y con sólo tomarme las manos y cerrar los ojos, me transportaría a lugares insospechados; que cuando le llegara su pensión pediría bocadillos de atún y jamón para convidarme; que si le traía el pan – un buen día se negaron a llevárselo y tuvo que gratificar por adelantado al hijo mayor del administrador para que le hiciera el favor de comprarlo- como amigos que éramos, sin cobrarle, me regalaría de navidad lo que yo le pidiera. Y le pedí el pajarito ruiseñor.
 ¾Ése no te lo puedo regalar, porque es un recuerdo de mis padres -me dijo.-Ni modo -contesté-. Entonces no iré.
Cedió. Así que le presté el servicio durante varios meses, a escondidas de mi madre y con la apuración de que ésta me descubriera desobedeciendo sus órdenes.
De esa manera me relacioné con Los machetes. Me siguieron en varias ocasiones durante mi trayecto a la miscelánea. Sin decirme nada, observaban mis salidas y llegadas. Me dio un poco de temor al principio, pero al ver que eran inofensivos los ignoré, hasta que un día uno de ellos, el que parecía de menos edad, me cerró el paso. Debo haber reflejado el terror que sentí.
- Cálmate cabrón, ¿qué pedo contigo?
Estuve a punto de gritar, pero de pronto me abrazó, jalándome hacia el resto del grupo, en la parte trasera de la vecindad. Verlos platicar y fumar, riéndose de sus ocurrencias,  me tranquilizó.  Imaginaba  que sería tratado con rudeza o cuando menos robado. Pero no. Sólo querían conocerme y saber quién era yo, qué hacía ahí.
Desde ese momento fueron disminuyendo mis encuentros con la gorda. A raíz del golpazo que me propinó había quedado dolido con ella, y mi amistad con Los machetes logró que me alejara casi por completo de ella. Sin embargo, seguí llevándole el pan, en eso era constante y a la vez no perdía ocasión para recordarle su compromiso.
-Lo prometido es deuda, mi niño -solía decirme con su cara de pastel glaseado, mientras me invitaba a sentarme a su lado.
Pero yo la evitaba. Si permanecía algún tiempo en su habitación, era únicamente para darle cuerda a la jaulita del ruiseñor y escuchar esa música que me arrobaba.
Pronto, Los machetes robaron toda mi atención. Me enseñaron a fumar, a beber cerveza y a jugar a las cartas. Aprendí con ellos a pintar graffiti. También me prestaron sus revistas de encueradas y alguna vez quisieron darme a oler resistol, pero me negué.
-Se va  a dar cuenta mi mamá -les dije.
En efecto. Un buen día la bruja de mi madre me encontró atrás, con ellos. Por fortuna, no estábamos bebiendo ni fumando, pero nos miró a todos con unos ojos de desprecio que nunca olvidaré. Me sacó asegurando que no volvería a acompañarla. Pronto desistió. A la semana del incidente tuvo que recurrir a mí  para ayudarla con las compras de la parienta.
Aproveché la ocasión para recordarle a la gorda que dentro de muy poco sería  la navidad. Que, dado el riesgo que corría de no volver más, debía cumplir con su promesa lo antes posible.
Se puso rígida. Estuvimos en silencio durante un buen tiempo, hasta que me soltó con una desfachatez de su tamaño:
 -Dejaste de venir sin avisar y di por terminado nuestro trato. Te puedes ir por donde entraste.
Me dejó pasmado, no supe qué decir ni qué hacer. Pensé por un instante en reclamarle, exigirle que cumpliera, y  aun cuando se negara, llevarme de plano el ruiseñor. Pero corría el riesgo de un escándalo y que me tachara de ladrón. Podía imaginar las consecuencias.
Por segunda ocasión, salí  hecho un mar de lágrimas. Éstas salían a mi pesar, con un enojo que me hacía temblar.
Los Machetes me vieron y corrieron a encontrarme. Les expliqué lo que acababa de suceder.
-Pobre güey.
- Méndiga gorda, siempre hace lo mismo.

En eso me llamó mi madre y tuve que dejarlos. Lo que pasó después, fue obra de otro más listo que yo.

 

Araceli Mancilla 2006

Ciclo Literario.

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