El Depilador

Oswaldo Ortuño

 


 

-¿Quién te atiende, dices?
-Paulo, el esposo de Carmita, ¿no te acuerdas?
-Bastante bruta ¿no? Esa no te depilaba, te despellejaba.
-Pero debías de ver a su marido...es una joya en eso de quitarte los pelos...si vas a ir a la playa ni lo dudes, tu galán pensará que eres un bebé.
-Exageras...
-De verdad...tiene unas manos, largas, delicadas, como de pianista, y es tan simpático, te mueres de la risa con él...
-¿Pero no sientes pena?
-Ni un poco, es un encanto de hombre, te hace sentir tan, tan, no sé, tú ve, verás que no te arrepientes.
     Y es así como se anunció en mi vida la llegada de Paulo, el depilador.
     Su salón no era como el de Carmita, tenía otro toque, más formal, menos dulzón, sin ese halo chocante de las salas de belleza. Eso es, era muy yang, varonil para tratarse de una atención a mujeres, pero atractivo. La sala de espera tenía una iluminación tenue e indirecta y las revistas eran más serias, publicaciones de arte y modas muy refinadas.
     Al llegar mi turno y entrar a la pulcra habitación donde trabajaba Paulo, mi impresión fue muy contraria a lo que había pensado para un hombre dedicado a este oficio de limpiar piernas, axilas, pubis y pezones. No es que me hubiera hecho una imagen definida de alguien quien sabía que no era homosexual, pues conocía a su esposa, una mujer gruesa, parlanchina y de manos toscas, que tenía mil años en su salón del centro, por lo tanto una numerosa clientela. Pero nunca me imaginé una presencia tan distinguida; Paulo parecía todo, menos un peluquero. Podría haber sido un abogado, un consultor financiero, no sé, alguien relacionado con la responsabilidad pública. Y si bien estaba cubierto con una bata blanca, de tela fina, eran notables sus muñecas fuertes y con una capa densa de vellos negros, que hacían pensar todo el tiempo en el contraste entre la piel que quedaba lisa al paso de esa especie de animales hábiles en untar cremas y masajear carnes que eran sus manos. Me dio una calurosa bienvenida y me hizo pasar tras el biombo, de donde salí con brasier y pantaletas hacia su mesa. Me esperaba sonriendo.
     -Yo soy muy platicador, no se preocupe, estoy acostumbrado a ver cuerpos de mujeres, llevo años en esto, y a todas las trato igual, si son gorditas, muy guapas, chaparritas, flaquitas, en fin...a ver, le vamos a quitar sus calzoncitos para limpiar perfecto, verá, su biquini le lucirá de maravilla, estás lociones son alemanas, lo último en la industria de los cosméticos, tardarán tres meses en salir otra vez los vellitos, veamos, um...muy bien. Ahora sus bubis, fuera el brasier, hay señoras que les dan mucha lata los pelitos en los pezones, pero usted está muy bien, casi nada, pondremos un poco de esto y ya, ni un dolorcito...ahora abra, sí, con confianza, las axilas son una parte tan importante, los hombres nos perdemos gustosos, por eso estará contenta con esta limpieza, mire,  fácilmente....y las piernas, bien, usted podrá lucirse en el sol y broncearse lindamente....y ahora su masaje...es importante activar los músculos, relájese, puede dormirse si quiere, descanse, aquí vienen señoras de toda la ciudad, muchas son mis amigas, nos encanta platicar mientras trabajo, pero también sé callarme, si a usted le molesta que hable me lo dice. Gracias, es muy bonito comunicarse, yo tengo veinte años en esto, lo aprendí con Carmita, hasta que decidimos poner este salón, y fíjese lo que son las cosas, al principio creímos que no iba a prosperar, pues un hombre depilando como que no checaba y ahora, hasta Carmita se queja de que me prefieren...lo que pasa es que soy muy respetuoso, siempre doy su lugar a las señoras, hablamos de todo, de sus esposos, de sus hijos, de sus trabajos y algunas hasta me cuentan de sus historias secretas, pero yo soy muy discreto, ellas lo saben, de aquí no sale nada, por eso pueden confiarse,  a ver, abra más, muy bien, ya vio, ¿le gusta así? Un perfecto triángulo, su esposo estará encantado… ¿No tiene? Bueno, llegará, llegará, porque con este cuerpo puede usted tener al que quiera, yo puedo ver cómo muchas damas salen de aquí decididas a tener aventuras, o simplemente a reconquistar a sus amantes, y luego vienen y me dan las gracias, yo les aconsejo, les doy tips, que ponte esto, que dile lo otro, uno es hombre, sabe lo que nos gusta de ustedes...y les recomiendo perfumes, incluso tengo muestrarios de Victoria Secret y según los cuerpos les digo qué comprar...usted no tiene problema, se ve que tiene muy buen gusto, su pantaletita es divina...mire, ¿ya vio? ¿cambiaron, verdad? Los pezones son los ojos del cielo, les digo a mis clientas...pero ¡sin cejas ni pestañas! Jajaja...perdone, es que el cuerpo de las mujeres está tan lleno de cosas, por eso les digo que aquí vendrán muy poco, pues mi depilaciones son muy duraderas, porque las hago a conciencia....vea, ... ¡qué bien quedó!...sí, puede pasar a vestirse....le agradezco su visita.

Cuando salí del salón de Paulo era yo la que sonreía, así me vi en la vidriera del local, así en el espejo del auto...Paulo me había puesto de buen humor, nunca un hombre me había hecho las cosas que él con tanta delicadeza, con esa gracia varonil y, al mismo tiempo, inocente. No habría podido relacionar las manos de un hombre en mi pubis para arreglarlo como un jardín...y ahora mi cuerpo estaba exultante...así que apreté el acelerador hacia mi cita...tenía prisa por verme en los ojos de Santiago, y contarle el cuento de El depilador.

 

 

Oswaldo Ortuño 2006

Ciclo Literario.

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