El Cuarto Secreto*

Alain Robbe-Grillet     
Traducción. Marie-Claire Figueroa

 


 

Primero una mancha roja, de un rojo intenso, brillante y apagado a la vez, con sombras casi negras. Forma un rosetón irregular, de nítidos contornos y se desparrama en anchos surcos desiguales, que se dividen y adelgazan luego, hasta volverse simples hilitos sinuosos. El conjunto resalta sobre la superficie lisa, redondeada, mate y como anacarada al mismo tiempo: medio globo empalmado por curvas suaves con una zona del mismo tono pálido —blancura atenuada por la sombra del lugar: calabozo, sala de bajo techo, o catedral— que resplandece con un fulgor difuso en la penumbra.
            Más allá, el espacio está ocupado por los troncos cilíndricos de las columnas: se multiplican y desdibujan progresivamente hacia honduras en las que se distingue el principio de una ancha escalera de piedra; ésta sube y se tuerce un poco, cada vez más angosta a medida que se eleva hacia las altas bóvedas en donde desaparece.
            Todo este escenario, escaleras y columnas, está vacío. Sólo, en primer plano, luce levemente el cuerpo extendido; un cuerpo blanco que deja adivinar la materia llena y flexible, frágil sin duda, vulnerable: encima se esparce la mancha roja. Al lado del medio globo ensangrentado, otra forma redonda idéntica, ella sí intacta, se presenta a la mirada bajo un ángulo apenas diferente; pero la punta areolar que lo corona, de tono más oscuro, es aquí totalmente reconocible mientras que la primera está casi enteramente destruida, o por lo menos tapada por la herida.
            Al fondo, hacia la parte superior de la escalera, se aleja una silueta negra, un hombre envuelto en un largo manto flotante, que sube los últimos escalones sin volverse, una vez su crimen perpetrado. Se eleva un humo ligero, en volutas envolventes que emana de una especie de pebetero colocado sobre una base de hierro forjado de reflejos plateados. Muy cerca yace el cuerpo lechoso en el que, desde el seno izquierdo, corren anchos hilos de sangre a lo largo del costado y sobre la cadera.
            Es un cuerpo de mujer de formas llenas, pero sin pesadez, enteramente desnudo, acostado de espalda, el busto medio levantado por gruesos cojines echados en el mismo  suelo recubierto por alfombras con dibujos orientales. La cintura es angosta, el cuello delgado y largo, encorvado,  la cabeza echada atrás en una zona más oscura en la que se adivinan sin embargo los rasgos de la cara, la boca entreabierta, los grandes ojos abiertos, brillando con un resplandor fijo, y los cabellos largos, negros, ondulaciones desparramadas en un desorden muy arreglado sobre una tela de pesados pliegues, de terciopelo tal vez, sobre la que descansan del mismo modo el brazo y el hombro.           

Roger Parry

Es un terciopelo liso, violeta oscuro, por lo menos así luce bajo esta iluminación. Pero el violeta, el pardo, el azul, parecen también dominar en los matices de los cojines —la tela de terciopelo no oculta más que una pequeña parte de éstos que se asoman con prodigalidad en la parte inferior, debajo del busto y de la cintura— así como en los dibujos orientales de las alfombras del suelo. Más lejos, estos mismos colores vuelven a encontrarse también en la piedra misma de las baldosas y de las columnas, los arcos de las bóvedas, la escalera, las superficies más inciertas en donde se pierden los límites de la sala.
            Es difícil precisar las dimensiones de ésta; a primera vista, la mujer joven sacrificada parece ocupar aquí un lugar importante, pero las vastas proporciones de la escalera que desciende hasta ella indicarían al contrario que no se trata allí de la sala entera, cuya extensión considerable debe en realidad prolongarse por todas partes, a la derecha y a la izquierda, como hacia estos lejanos pardos y azules en donde se alinean las columnas, en todos sentidos, quizá hacia otro sofá, gruesas alfombras, amontonamiento de cojines y telas, hacia otros cuerpos ajusticiados, otros pebeteros.
            También es difícil decir de donde viene la luz. Ningún indicio, sobre las columnas o sobre el suelo, indica la dirección de los rayos. No hay, por lo demás, ninguna ventana visible, ninguna antorcha. Es el cuerpo lechoso mismo que parece alumbrar la escena, el pecho con los senos hinchados, la curva de las caderas, el vientre, los muslos rellenos, las piernas extendidas, ampliamente abiertas, y el vello negro del sexo expuesto, provocante, ofrecido, desde ahora inútil.
            El hombre se ha alejado ya de algunos pasos. Ya está ahora sobre los primeros escalones, a punto de subir. Los escalones inferiores son largos y anchos como los grados que llevan a algún edificio, templo o teatro; luego disminuyen progresivamente a medida que se elevan e inician al mismo tiempo un amplio movimiento de hélice tan atenuado que la escalera no ha cumplido todavía media revolución en el momento en el que, reducido a un paso estrecho y empinado sin pretil, más incierto por la oscuridad creciente, desaparece hacia lo alto de la bóveda.
            Pero el hombre no mira de ese lado, sin embargo allá lo llevarán sus pasos; el pie izquierdo sobre el segundo escalón y el derecho ya puesto sobre el tercero, la rodilla doblada,  se volvió para contemplar el espectáculo una última vez. El largo manto flotante que echó con premura sobre los hombros y que sujeta con una mano a la altura de la cintura, ha sido arrastrado por la rotación rápida que acaba de traer la cabeza y el busto en la dirección opuesta a su andar, un lienzo levantado en el aire como bajo el efecto de una ráfaga de viento; la orilla, que se enrolla sobre sí misma en una S algo floja, deja ver el forro de seda roja bordada con oro.
            Las facciones del hombre están impasibles, pero tensas, como si esperara —o temiera tal vez— algún acontecimiento repentino, o más bien está vigilando con una última ojeada la inmovilidad total de la escena. Aunque mira de ese modo hacia atrás, todo su cuerpo está ligeramente inclinado hacia delante, como si prosiguiera todavía su ascenso. El brazo derecho —el que no sujeta la orilla del manto— está a medio tender hacia la izquierda, en dirección de un punto del espacio en donde debería de encontrarse el pasamano si esta escalera tuviera uno, gesto interrumpido, algo incomprensible, a menos de que se trate allí de un esbozo instintivo para detenerse al sostén ausente.
            En cuanto a la dirección de la mirada, señala con certeza el cuerpo de la víctima que yace sobre los cojines, abierta, los miembros extendidos en cruz, el busto un poco levantado, la cabeza echada atrás. Pero tal vez el rostro está ocultado a los ojos del hombre por una de las columnas que se yergue en la parte baja de los escalones. La mano derecha de la mujer toca el suelo justo al pie de aquella. Un grueso brazalete de fierro ciñe la frágil muñeca. El brazo está casi en la sombra, sólo la mano recibe la suficiente luz para que los dedos finos, apartados, sean visibles contra el abultamiento circular que sirve de base al tronco de piedra. Una cadena de metal negro la rodea y pasa por una argolla del brazalete, enlazando así estrechamente la muñeca a la columna.
 Al otro extremo del brazo un hombro redondo, levantado por los cojines, está igualmente bien alumbrado así como el cuello, la garganta y el otro hombro, la axila con su vello, el brazo izquierdo tendido también hacia atrás y la muñeca fijada del mismo modo a la base de otra columna, muy cerca en el primer plano; aquí el brazalete de fierro y la cadena están totalmente a la vista, dibujados con una nitidez perfecta en sus mínimos detalles.
            Sucede lo mismo en el primer plano todavía, pero del otro lado, con una cadena similar, aunque un poco menos gruesa, que encierra directamente el tobillo, le da dos vueltas y lo inmoviliza contra una sólida argolla sellada al suelo. Aproximadamente a un metro atrás, o apenas un poco más, el pie derecho se encuentra encadenado de un modo idéntico. Pero es el izquierdo y su cadena que están representados con más precisión.
            El pie es pequeño, delicado, modelado con finura. En algunas partes, la cadena ha aplastado la carne, cavando depresiones sensibles aunque de poca extensión. Los eslabones son ovalados, gruesos, del tamaño de un ojo. La argolla se parece a las que sirven para amarrar a los caballos; casi acostada sobre la baldosa, está fijada por una armella maciza. La orilla de una alfombra empieza algunos centímetros más allá; aquí se levanta bajo el efecto de un pliegue provocado sin duda por los movimientos convulsivos, aunque forzosamente limitados, de la víctima cuando trató de forcejear.
            El hombre está todavía inclinado sobre ella, de pie, a un metro de distancia. Contempla su cara echada atrás, los ojos sombríos ensanchados por el maquillaje, la boca gran abierta como si estuviera dando alaridos. La posición del hombre no deja ver, de su propio rostro, más que un perfil perdido, pero que se adivina preso de una exaltación violenta a pesar de su actitud rígida, del silencio, de la inmovilidad. La espalda está un poco encorvada. La mano izquierda, la única visible, carga, bastante lejos del cuerpo, una pieza de tela, alguna prenda de tono oscuro, que cuelga hasta la alfombra, y que debe ser la larga capa con el forro bordado de oro.
            Esta silueta masiva oculta en gran parte la carne desnuda en donde la mancha roja derramada en lo redondeo del seno, escurre en largos hilitos que se ramifican al menguarse sobre el fondo pálido del torso y de todo el costado. Uno de ellos ha alcanzado la axila y traza una línea delgada, casi recta a lo largo del brazo; otros han bajado a la cintura y dibujado sobre un lado del vientre, la cadera, lo alto del muslo una red más azarosa a punto de cuajar. Tres o cuatro venillas han avanzado hacia el hueco de la ingle y se han reunido en un trazo sinuoso que alcanza la punta de la V formada por las piernas abiertas y se pierde en el vello negro.
            Ahí está: vean ahora la carne todavía intacta: el vellocino negro y el vientre blanco, la suave curva de las caderas, la cintura angosta y,  más arriba, los senos anacarados que se levantan merced a una respiración rápida cuyo ritmo está precipitándose. El hombre, totalmente contra ella, hincada la rodilla, se inclina más. La cabeza de largos rizos, que sólo ha conservado alguna libertad de movimiento, se agita, resiste; finalmente la boca de la muchacha se abre y se retuerce, mientras la carne cede, la sangre brota sobre la piel tierna, tensa, los ojos negros de hábil maquillaje se agrandan de manera desmedida, la boca se abre todavía más, la cabeza va de diestra a siniestra, con violencia, una última vez, luego más suave para finalmente caer hacia atrás e inmovilizarse, en el torbellino de los cabellos negros desparramados sobre el terciopelo. 
            Arriba de la escalera de piedra, la pequeña puerta está abierta y deja entrar una luz amarilla pero intensa, sobre la que se destaca a contraluz la silueta oscura del hombre envuelto en su larga capa. Le faltan sólo unos escalones que subir para alcanzar el umbral.
             Luego todo el escenario está vacío, la sala inmensa de sombras violetas con sus columnas multiplicadas por todos lados, la escalera monumental sin pretil que sube y gira, más estrecha y más incierta a medida que se eleva en la oscuridad, hacia lo alto de la bóveda en donde se pierde.

Cerca del cuerpo cuya herida se ha cuajado, cuyo brillo ya se está opacando, el humo ligero del pebetero dibuja en el aire tranquilo complicadas volutas: primero una espiral acostada sobre la izquierda se endereza luego y toma un poco de altura, regresa después sobre el eje de su punto de partida que rebasa aun sobre la derecha, arranca de nuevo en el otro sentido para regresar otra vez, trazando así una sinusoide irregular, cada vez más amortiguada, que sube, verticalmente, hacia la parte superior del lienzo. 
    

 

Ciclo Literario.

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