Adicción, experimentación, violencia y espiritualidad

Lorenzo León Diez

 


 

En un reporte sobre Pandillas Juveniles que elaboró la Secretaría de Seguridad Pública del gobierno de Chiapas; en el Programa de Prevención y control de adicciones en niños y adolescentes, propuesto por el Instituto de Salud del mismo estado y del libro de Janin Rodiles Hernández titulado Adicciones y Espiritualidad (Trillas, 2002), tomamos algunos elementos para señalar una problemática que en nuestro país es grave, que tiende a serlo más y que, de no abrirse las instituciones públicas a una dimensión más profunda de estos asuntos, se seguirán dando vueltas en una inercia donde la estadística se engruesa, los conceptos se gastan y los resultados están lejos de alcanzar los preceptos construidos tan sesudamente por los profesionales de la planificación, la programación y la distribución de las acciones públicas.
El primer documento es destacable por su precisión, puesto que su objetivo es  determinar el tipo de estrategias (preventivas, disuasivas u operativas) con el que hacer frente a los pandilleros que representan un riesgo para la seguridad personal, patrimonial y emocional de los habitantes de Chiapas, entidad que, por su situación fronteriza es laboratorio de un fenómeno que se extiende a otros territorios, pues se trata de una problemática continental y que ya es un azote social principalmente en Centroamérica.

Sin duda, estamos ante un problema de seguridad nacional. Se reconoce en estos reportes que en los segmentos juveniles marginados donde se manifiesta la desintegración familiar, las adicciones y la violencia, grupos trasnacionales delictivos encuentran la oportunidad para mermar la capacidad de fuerza y despliegue policiales de las corporaciones de seguridad gubernamentales.
En lo que se refiere al programa sobre adicciones del Instituto de Salud del Estado de Chiapas, hallamos una afirmación que identifica a todos los intentos gubernamentales en su tipo: la sola información sobre los efectos de drogas y el daño que ocasionan no es suficiente, ya que continúan consumiéndola (los niños y jóvenes) y cada vez inician su consumo en etapas más tempranas.
Este reconocimiento es importante, pues la difusión de mensajes disuasivos ocupa en el presupuesto del programa un gran porcentaje (cinco millones de pesos, uno menos que el destinado a formación de recursos humanos, donde se acepta la ausencia de expertos en el estado).
En lo que respecta al esclarecedor estudio de Janin Rodiles, podría ser que su lenguaje choque francamente con el que se usa para el diagnóstico epidemiológico, socio económico y cultural, aunque éste mismo acepta que en los casos de dependencia y drogadicción debe considerarse en forma integral al individuo.
Y la pertinencia para incluir en este comentario las consideraciones de Rodiles nos la ofrece, nada menos, que una recomendación de la propia Secretaría de Seguridad Pública, lo que habla que está casi lista la sensibilidad oficial para aceptar lo que a juicio de muchos especialistas y pensadores del tema es la única salida para conducir una política pública hacia la juventud.

 

La Secretaría de Seguridad Pública propone, entre otros proyectos, realizar durante 2005 el programa Cero graffiti, por el cual se limpie la ciudad (principalmente en las inmediaciones de las escuelas)de las pintas alusivas a las pandillas mediante la participación de jóvenes infractores con ofensas legales menores , y se evite la colocación de nuevas manchas. Así mismo, se buscará la participación de los diferentes cultos religiosos para que utilicen los espacios en blanco para la colocación de mensajes espirituales.
Se trata sin duda de un documento muy bien argumentado, con información alarmante y con propuestas imaginativas que propician un enfoque más interesante y comprometido que los que durante años han venido utilizando otras instituciones (educativas y de salud) con nulos resultados, además de un gasto ostentoso.
Rodiles Hernández ha sido asistente de consultorios en el Centro para la Prevención del Alcoholismo, trabajadora social en hospitales psiquiátricos, periodista en la revista Liberaddictus, especializada en adicciones y donde participa la Organización Mundial de la Salud y estudiosa de las tradiciones sagradas.

Por un diálogo sincero

Su planteamiento es fundamental: Es de suma importancia celebrar una discusión profunda y sincera entre autoridades, adictos, experimentadores (de vivencias sagradas a través de la ingestión de sustancias psicoactivas o enteogenos, como las que se efectúan al interior de los rituales étnicos) y terapeutas en adicciones, que clarifique el escenario sin prejuicios moralistas ni actitudes irresponsables. Porque las adiciones causan muertes, violencia y desórdenes mentales severos, pero también es verdad que gracias a los experimentadores de sustancias (auténticos exploradores de la conciencia) la humanidad entera ha alcanzado mayores niveles de conocimiento y libertad.
Este diálogo no será posible sin la entereza que demanda un problema de salud pública importante, por la naturaleza de la población que afecta y sin reconocer que la violencia y la narcotización policíaca y política, es una realidad en nuestro país.
Introducir puntos de vista relacionados a la tradición mística, por otra parte, no está lejano de una realidad como la del estado de Chiapas, donde el 25 por ciento de su población joven son indígenas que comparten una concepción sagrada característica de su cultura milenaria.
Janin Rodiles sostiene que quienes han estudiado los patrones de inicio en el consumo de alguna sustancia tóxica (narcóticos, estimulantes o alucinógenos)saben que la búsqueda de la expansión de la conciencia, o lo que en la actualidad es denominado como estados alterados de conciencia, no es sólo una de las motivaciones fundamentales, sino la causa de la recurrencia en el consumo y el abuso.
La glosa de este estudio, apoyado también en la estadística que es, como sabemos, preocupante, nos da elementos valiosos para introducirnos al núcleo problemático de las adicciones juveniles y ofrecer la apertura a propuestas como las de la Secretaría de Seguridad Pública estatal, donde pueden engarzarse iniciativas que permitan el nacimiento de una política pública juvenil que ha sido, hasta hoy, teoría, prospectiva, postulado partidario y estatal que termina siendo casi siempre resultado burocrático, sin desconocer la valía y las buenas intenciones de las investigaciones académicas y los trabajos comunitarios impulsados con los recursos públicos.
Se enfoca el estudio de Rodiles en definir la diferencia entre un estado alterado de conciencia por intoxicación y una experiencia mística o entre una alucinación inducida por la sustancia y una producida por el sueño.


En efecto, se trata de que epidemiólogos, trabajadores sociales, autoridades de seguridad y profesionales de la planeación y la estrategia pública, comiencen a elaborar una comunicación que invite a conceptos inusuales, extraños al lenguaje tecnocrático. Sueño, conciencia, mística, sacralidad, trascendencia, son algunos de ellos. Y es desde aquí que surgiría un mensaje realmente eficaz hacia la niñez y juventud que, independientemente de que la circulación de la droga esté incontrolada en las escuelas y en la calle, daría un sentido a su búsqueda individual, que determinará, con su conducta, la tranquilidad de sus padres, sus maestros y, por supuesto, las autoridades.
La reflexión de Rodiles Hernández no pierde de vista el contexto cultural en que la transformación de la individualidad se hace posible. Está presente el movimiento hippie y la generación del 68 como antecedentes en el salto en la conciencia y en las libertades políticas características de la modernidad. Y es notable en los diagnósticos estatales, más no así en los académicos, la desvinculación que se hace de los elementos culturales con los epidemiológicos y de seguridad. Por eso sorprende positivamente la propuesta de la SSP de Chiapas, pues por ahí hay un camino posible. Así, en Estados Unidos muchos de los antiguos hippies, movimiento por el que entró a occidente la mística oriental, participan en importantes acciones terapéuticas para la liberación de las adicciones.

Mexicanización de Maras

Entonces, en este diálogo propuesto por Rodiles, entrarían las preguntas: ¿Qué diferencia existe entre experimentar la locura o tener un vislumbre espiritual? ¿Son las drogas, efectivamente, un vehículo para el misticismo, o lo son para la psicotización?

Detengámonos aquí para regresar al diagnóstico sobre pandillas en Chiapas, un reporte que establece puntualmente que las pandillas juveniles representan una amenaza no convencional para la seguridad pública de nuestra entidad, un desafío a la normalidad democrática, siendo ya un mito que la” Mara Salvatrucha” es un grupo mayoritariamente centroamericano, según se ve en la nacionalidad mexicana del número de internos en los centros penitenciarios estatales. Se habla de un equilibrio entre menores de edad  y adultos, así como de una creciente “profesionalización delictiva” y fuertes vínculos con grupos del crimen organizado. Lo novedoso de estas pandillas en el momento actual son su intensidad, su velocidad y el impacto en un número cada vez mayor de países y sociedades en toda Latinoamérica y se reconoce que a México se infiltran las pandillas “Mara Salvatrucha” y “Barrio 18” cuyos integrantes crecen en forma exponencial. Existen ya en nuestro país bandas imitadoras como lo son la coreana y “Zara-Salmaruchan”. En 21 estados de la República existe la presencia de células de pandillas juveniles o clicas, es decir, en el 66 por ciento del territorio. En Chiapas está confirmada su presencia en 17 municipios, 14 por ciento del total.
Este fenómeno, que está asociado a la pobreza, la marginación, la ignorancia y la violencia de los regímenes militarizados de Centroamérica está promoviendo una nueva ideología juvenil puesto que esta conducta delictiva y antisocial ha sido objeto de estridente publicidad mediática que, en lugar de provocar soluciones, ha motivado imitaciones.
Ahora, es interesante notar que la adhesión, a veces voluntaria y a veces forzada a la clica o pandilla es inducida con drogas, que se convierten en adicción y más tarde en sometimiento y fuente de importantes ingresos de estas formaciones sociales (que alcanzan varios miles de jóvenes en las calles y cientos en las prisiones), además de que se trata de comunidades ritualizantes y de alto contenido simbólico (los tatuajes, el lenguaje cifrado, la mística satánica de la muerte, etc.), elementos que deben verse como sugerencias trascendentes para individualidades aprisionadas por condiciones materiales precarias y con ausencia de alternativas que no se encuentren en la calle.
Este informe de las autoridades de seguridad de Chiapas es contundente e ilustra la alta vulnerabilidad de la juventud de este estado que tiene una frontera con los territorios más violentados de esta parte continental: Apatía de las autoridades educativas para con los alumnos en aspectos relacionados a la prevención del delito; los maestros no consideran importante el trabajo preventivo, ausentándose durante las pláticas que se organizan para dedicarse a otras actividades, dejando solos a los alumnos; algunas instituciones no realizan actividades preventivas, ni hacen valer sus reglamentos internos con los estudiantes generando indisciplina en estos y exponiéndolos a situaciones de riesgo; no existe control para detectar alumnos con problemas de drogas, tatuajes, pandillerismo, entre otros;la atención psicológica a jóvenes y padres de familia por parte de centros educativos no existe; no hay programas de seguimiento al trabajo preventivo por parte de las escuelas en ningún aspecto; falta de participación de los padres en las actividades educativas de sus hijos; desconocimiento de información en los padres de familia en temas de valores morales, espirituales, drogadicción y pandillerismo; la falta de educación a los jóvenes hacia el respeto de las leyes y autoridades policíacas; aunado a la ausencia de elementos policiales a la entrada y salida de los centros educativos.
Como se puede ver la vulnerabilidad de los estudiantes es total, para no hablar de los jóvenes que no acuden a ninguna escuela, trabajan en actividades informales o simplemente permanecen en el ocio y la vagancia.
Antes de regresar a la glosa del libro Adicciones y espiritualidad, es conveniente hacer notar que la modalidad de las pandillas centroamericanas se está mexicanizando rápidamente y avanzando más allá de las fronteras del sur. Esto quiere decir que si bien el origen de estos grupos está relacionado con tácticas guerrilleras (la existencia de casas de seguridad, claves y estrategias de combate con armamento sofisticado, etc.) lo que predomina es una ideología de sacralidad que es muy atrayente para quienes están despojados de referencias familiares o religiosas convencionales. Y aquí radica el verdadero peligro, pues no es necesario que los jóvenes sean pobres para participar en la ritualización que cohesiona a estos conglomerados y responde a la vocación iniciática que se manifiesta en la edad temprana y juvenil: integrarse a los más sagaces y experimentados (valientes, audaces, imaginativos) del grupo, para aprender de ellos y, si fuera esto normal establecer un compromiso amoroso con el mundo, que se deriva de la gratitud por existir y se expresa en servicio a los demás. Lo que sucede aquí es que se entrenan en los golpes, el robo, el tráfico y el homicidio.

Carlos Somonte / El roto

Nuevamente las autoridades de seguridad de Chiapas señalan la ausencia de información en los padres de temas espirituales, y es que aquí se intuye un camino para crear espacios y alternativas para que estos jóvenes puedan manifestar sus inquietudes culturales y aquí no necesariamente dentro de las instituciones (como recomienda el documento),pero al menos no de manera transgresora y violenta.

Experiencia y adicción

Si introducimos conceptos nuevos en el análisis de esta problemática, como lo propone Rodiles Hernández, nos damos oportunidad para nuevos entendimientos. Es el caso del experimentador y el adicto (que significa el no decir o la incapacidad de decir): En el trayecto hacia la intoxicación, el experimentador reconoce estados de júbilo, alegría e, incluso, de comunión humana que no logra sin el uso de la sustancia que le ayuda a reconocerse e introyectarse.
No obstante, el círculo vicioso comienza cuando el individuo inactiva sus atributos naturales de autoconocimiento y repetidamente se monta en la sustancia para lograr catarsis o la abreacción, transfigurándose en un discapacitado emocional. (ab-reacción, ab=desde o por; reacción= acción de un cuerpo para oponerse a la que otro realiza sobre él. En este caso: liberación de energía por el uso de energía contenida o reprimida).
Es importante considerar que los programas estatales citados insisten en desplegar actividades de difusión hacia los jóvenes: pláticas, conferencias, carteles, mensajes, etc. ¿Pero qué dicen estos mensajes! Y es aquí cuando estudios como el que glosamos nos dan una pauta: debemos reconocer por qué los jóvenes en algún momento de su vida van a experimentar con sustancias psicoactivas, qué es lo que buscan al hacerlo, independientemente de que los inviten o ellos busquen la droga. Y saber también lo que van encontrar en esta experiencia que debía ser solamente eso y no un hábito o un vicio.
Pero para ello los educadores, los trabajadores sociales, los pastores o sacerdotes, las autoridades y los padres deben empezar a tejer un entendimiento superior a la moralidad familiar o eclesial que nos haga contemporáneos y responsables de estos problemas.
La experiencia con drogas puede desembocar en disfuncionalidad de los sentidos y el desorden de las emociones, que es el caso de todos los que integran las pandillas. Pero no sólo ellos, sino de todos quienes están abiertos a esta participación precisamente por su discapacidad emocional. Y si llevamos esta situación a los padres o los educadores, donde los índices de alcoholismo son altos, así como el consumo de drogas legales (barbitúricos, etc.) ayudaría mucho reconocer que todos buscamos un estado de percepción más abarcador que nos permita confrontar y asumir las realidades cotidianas muchas veces asfixiantes; ayudaría mucho reconocer que todos tenemos una búsqueda espiritual (aunque no nos la planteamos por medio de la teología ni la asistencia a algún culto), pero igualmente ayudaría mucho reconocer que también existen puertas y caminos falsos.

Seguridad y espiritualidad

¿Por qué las autoridades de seguridad instan a, primero, borrar los graffitis (sellos y claves de esta ideología juvenil agresiva y transgresora) e invitar a dar mensajes de carácter espiritual? Precisamente porque la sabiduría de todas las tradiciones místicas plantea la búsqueda de la existencia plena, aprendiendo a vivir en el presente de manera consciente y despierta.
Los jóvenes son sensibles a la invitación a ingerir o fumar drogas porque desean afinar la mente para la percepción de realidades no limitadas al ego y aquí nos referimos a cualquier muchacho; es parte de su inquietud, de su curiosidad. En una sociedad tradicional como la indígena, se cuenta con todo un contexto ceremonial para lograrlo, pero también en prácticas espirituales de otro carácter se exige al estudiante estar libre de tóxicos para lograrsin medios artificiales trascender lo personal.
Rodiles plantea que en lo que toca al nudo psicológico de las personalidades adictas, es importante establecer un nuevo marco en la conciencia que, lejos de alimentar la culpa induzca al espíritu compasivo que prevalece en todo ser humano. Alerta la autora, sin embargo, que hay que tener cuidado en no caer en la lástima, que es una condena disfrazada de misericordia que lacera profundamente la dignidad del enfermo adicto.
En este diálogo la palabra conciencia es centro referencial de los argumentos, sean políticos, policíacos, clínicos, educativos, religiosos y espirituales, pues la modernidad ha fragmentado no sólo los procesos de producción y de relación humana, sino la conciencia misma. De esta manera, en la lucha contra las drogas ilegales se debe considerar la significación de la permisibilidad de las drogas legales: el extenso mercado de químicos: antidepresivos, ansiolíticos, somníferos y estimulantes, que hacen válida la afirmación de Rodiles: vivimos en una cultura de las drogas tanto legales como ilegales. Por ello, para emprender la búsqueda de la verdadera armonía necesitamos aniquilar ese modelo socioideológico que hemos subjetivizado y que nos impide conocernos.
Estas notas son un esbozo para empezar a construir este diálogo, que tiene la posibilidad de inaugurar el gobierno de Chiapas siendo, como es, un régimen resultado de una alianza democrática e identificado como un mandato posibilitador de los equilibrios y alejado de los antiguos dogmas autoritarios.
Hay una alerta en las autoridades sanitarias que va desde el consumo de substancias como la cocaína y la heroína (aumentó 258 por ciento en los últimos cinco años, lo que se traduce en 700 mil mexicanos cocainómanos, que usan también crack y heroína) hasta el alcohol, donde uno de cada siete mexicanos es clasificado como “bebedor problema” o sea ocho millones, 9 por ciento de la población total y 45 millones de personas si se tiene en cuenta a los miembros de la familia del adicto.
Desde el punto de vista de Rodiles Hernández falta relacionar los esfuerzos de la sociedad civil con los programas gubernamentales de información, educación e investigación epidemiológica; es decir, se precisa crear sinergias entre estas bases sociales terapéuticas y las políticas de gobierno de impacto nacional.
En Chiapas se vive un momento privilegiado a nivel nacional, pues se tiene   la oportunidad de enfrentar de manera diferente un flagelo que amenaza extenderse en todo el país, pues su puerta es por nuestra frontera. Y, como en otras experiencias juveniles del pasado, vemos que la problemática no es propia de determinadas nacionalidades sino se generan identificaciones y se crean relaciones simbólicas, como las que están expandiendo los grupos pandilleriles centroamericanos y cuyo territorio común es la desigualdad, como apunta un informe reciente de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe: el 10 por ciento de la población con más recursos recibe un ingreso medio 20 veces superior al que percibe el 40 por ciento más pobre. Citado por el estudio sobre pandillas en Chiapas, este estudio señala que el 44 por ciento de la población, o sea, 227 millones de latinoamericanos viven debajo de la línea de la pobreza, es decir con menos de 2 dólares diarios, y 20 por ciento de los habitantes de la región, que representan alrededor de 100 millones de habitantes, viven en la pobreza extrema con menos de un dólar diario. En el caso de México el porcentaje de población en situación de pobreza asciende alrededor del 40 por ciento de la población.

Sin embargo no nos perdamos en las cifras, como es común a las presentaciones de la problemática social. Hay el peligro de que los números rojos se conviertan en reiteraciones y en escenarios para montar coreografías sexenales. En el caso de una política pública para las vulnerabilidades de nuestra juventud tenemos que reconocer la urgencia de un diálogo sin moralina, sin demagogia, serio, respetuoso de los propios protagonistas de estos procesos que son vitales, prometedores, plagados de riesgos y retos. (LL)

 

 

Lorenzo León Diez 2006

Ciclo Literario.

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