Léon Bloy: lo que estorba al amor
son los sentidos

 


Léon Bloy
Diarios
Acantilado
2007
Selección, traducción y prólogos
Cristóbal Serra y Fernando G. Corugedo

 

El Diario íntimo es un género literario que viene andando su camino desde hace muchas décadas…Los grandes autores siempre lo han tomado como una herramienta muy efectiva de trabajo, como una pala, un cincel, un pico…con el que se abre el autor camino a la profundidad de sí mismo.

Todo escritor debe llevar sus libros
impresos en el rostro

 

El Diario íntimo es un género que no luce en bambalinas, en marquesinas, no ocupa los principales titulares…si alguien muy estricto opina diría que es un “género menor”. No ocupa estructura. Es una instantánea, como bien demostró Anais Nin, con su “literatura fotográfica” que tanto irritaba a Henry Miller y Lawrence Durrel. “Clave ese mamotreto en una pared”, le espetaba Miller, desesperado al conocer cómo la autora está desprovista totalmente de “proyecto” narrativo, de ánimo trascendente. Hay diarios celebres: el de André Guide,  kilométrico…quizá el autor que más penetró en el género y  quien llevó al molino de la novela sus enigmáticas técnicas…pero está también el Diario de un escritor, de Dostoyevsky, donde nos encontramos con el minucioso autor que creo masas palabrales que nos alcanzan como grandes olas, manifestándose en su vida cotidiana…hay una antología de Diarios Intimos que una vez tuve en mis manos…lo traje enseñándo a mis amigos escritores, pobres y ricos…y todos suspendían su respiración al ver el índice de autores. “La palabra que surge del yo para regresar al yo”, explicaba el prologuista.

De León Bloy hemos sabido los de a pie, por la referencia de Borges, en su_Biblioteca Personal:

“Como Hugo, a quien mal quería por notorias razones, León Bloy suscita una deslumbrante admiración a un total rechazo. Desdichadamente para su suerte y venturosamente para el arte de la retórica, se hizo un especialista de la injuria. Escribió que Inglaterra era la isla infame, que Italia se distinguía por la perfidia, que conoció al barón de Rothschild y tuvo que estrechar "lo quede ha convenido en llamar su mano", que el genio está severamente prohibido a todo prusiano, que Emile Zola era el cretino de los Pirineos, que Francia era el pueblo elegido y que las demás naciones del orbe debían contentarse con las migajas que caen de su plato. Cito al azar de memoria esas inapelables sentencias.

Deliberadamente inolvidables y trabajadas con esmero, borran al profeta y al visionario que se llamó Léon Bloy. Como los cabalistas y como Swedenborg, pensaba que el mundo es un libro y que cada criatura es un signo de criptografía divina. Nadie sabe quien es. Bloy escribía en 1894: "El Zar es el jefe y el padre de ciento cincuenta  millones de hombres. Atroz responsabilidad que sólo es aparente. Quizás no es responsable ante Dios, sino de unos pocos seres humanos. Si los pobres de su imperio están oprimidos durante su reinado, si de ese reinado resultan catástrofes inmensas, ¿quién sabe si el sirviente  encargado de lustrar e las botas no es el verdadero y solo culpable? En las disposiciones misteriosas de la Profundidad, ¿quién es de veras Zar, quién es rey, quién puede jactarse de ser un mero sirviente?" Pensaba que el espacio astronómico no es otra cosa que un espejo de los abismos de las almas. Negaba imparcialmente la ciencia y el régimen democrático.

Abordó muchos géneros. Nos ha dejado dos novelas de índole autobiográfica y de estilo barroco. El desesperado (1886) y La mujer pobre (1897). Hizo una apología mística de Bonaparte, El alma de Napoleón. La salvación por los judíos data de 1892.”  

*
León Bloy vivió el último medio siglo del XIX (nació en 1846) y los primeros años del siglo XX, (su muerte ocurrió cronológicamente a la hora de la Revolución rusa en 1917). Los traductores Cristóbal Serra y Fernando González, en sus prólogos, lo califican como el más acabado diarista que ha tenido la literatura europea. Y citan el registro que sobre él, también en su diario, escribió Franz Kafka: Bloy vitupera mejor que los profetas; su fuego se alimenta de todo el estiércol de nuestra época.

Lo llaman un genio del profetismo francés, no solo en sus novelas, cuentos y ensayos, sino sobre todo en sus misteriosos y terribles Diarios que abarcan el periodo de 1898 a 1917. Su escritura –dicen- es de oleaje y lava primigenia.

La edición que presenta Acantilado es una selección de volúmenes que el autor editó a partir de su verdadero diario, que abarca miles de páginas y en los que aún trabajan los especialistas. Son libros a los que el autor puso títulos: El mendigo ingrato (1892-1895),Mi diario (1896-1900), Cuatro años de cautiverio en Cochinos del Marne (1900-1904), El invendible (1904-1907), El viejo de la montaña (1907-1910) El peregrino de lo absoluto (1910-1912), En el umbral del apocalipsis (1913-1915), La puerta de los humildes (1915-1917).

Son registros de una realidad sensible, pues cada vez que nuestro ojo la percibe, la creación se renueva.

Bloy  escogió voluntariamente ser pobre: En el fondo mi doctrina es la adoración del pobre. (.) Soy un artista pobre, voluntariamente pobre. (.) No tengo dinero, y ahorros menos.(.) Que un hombre como yo se vea forzado a consumir todas las horas de su vida en abyectas preocupaciones de dinero, en lugar de emplearlas únicamente en comer y beber la palabra de Dios, es un espectáculo de compasión para los ángeles.

Él trató de vivir de su escritura, de sus artículos en los periódicos, de sus libros,de sus conferencias, cosa que nunca logró: Mi editor no vende un solo ejemplar de La salvación de los judíos. (.) Escribo libros que vivirán y no me dan para vivir).

Así va con su sufrida familia, su esposa Jeanne y sus dos hijas, de casa en casa: Mudanza negra e instalación al fondo del callejón Coeur der Vey, en Montrouge, en un pabellón siniestro, horroroso. (.) Las larvas hormiguean y las tinieblas parecen ladrar. Frío atroz, siempre. (.) El calor tempestuoso, el hedor, el polvo de yeso y todo género de privaciones nos van matando. (.).

Al consignar su experiencia en las pocilgas nos ofrece una radiografía de la vida popular en Francia, las clases más bajas, los que son humillados y echados permanentemente de sus precarios hogares: Obsesión de una tendera con cara de tomate relleno, que exige con firmeza que le limpie su orinal, todas las mañanas, porque le debo unas pocas monedas.(.) Veo a esa madame Corbillard, la señora Coche Fúnebre, vieja descuartizadora de dientes amarillos; la veo siempre con ese mismo gesto con que se ceba a las ocas deslizando metódicamente en una larga bolsa de plata las desventuradas piezas de moneda que eran como sangre sacada de mis venas.

Léon Bloy vivió las mismas condiciones de los que mueren de hambre y enfermedades contraídas en condiciones lamentables de higiene, de alimentación…como le sucedió a su pequeño hijo André.

León Bloy es un católico, pero no un católico contemporáneo a su siglo, sino profesa la fe cultivada en los primeros doce siglos de cristianismo europeo y que se condensa en la Biblia latina, su escritura está fluyendo siempre de esta fuente. Dicen los comentaristas: Nadie puede poner en duda que fue uno de los padres de la Iglesia de la futura Europa por extraer de la Edad Media y del cristianismo las más sublimes y sacramentales consecuencias. Jeanne, su mujer, quien tiene una voz constante en los diarios, dice de él: Léon Bloy permanece. Se lo ha querido matar con el silencio, el arma más cobarde y más mortífera contra un escritor. ¿Por qué? Porque no es como los demás; porque siente horror de vender su pensamiento, porque se ha tomado en serio el cristianismo.

László Moholy-Nagy 1929

 

Las palabras de Bloy tienen el temple de las palabras que pronunciaron los profetas del antiguo testamento (testigos que se acordaban del Porvenir) y manifiestan la misma furia de Jesús cuando destruye los puestos de los mercaderes en el templo: Nunca hubo nada tan odioso, tan execrable como el mundo católico contemporáneo y yo renuncio a preguntarme que otra cosa con mayor seguridad podría atraer el fuego celeste.

El género literario de este autor a quien se considera un precusor crítico de la modernidad, tiene sus referentes simbólicos en autores como el padre Karl Schmoger, alemán que escribió La vida de Anna Catalina Emmetock, visonariaa quien Bloy considera sin lugar a dudas como uno de los hombres más grandes del siglo. (.) No conozco nada más trágico, más misterioso que estas lágrimas que Ana Catalina Emmerick veía caer como gotas de fuego, en los pozos eternos.

Esta fuente de inspiración que significa la monja canonesa agustina (1774-1824) santificada en 2004, se debe a sus lecturas de la biografía que escribió Schmoger a partir de los registros que hizo de las narraciones de Emmerlick el poeta Clemente Bretano en 40 tomos. Y aquí nos percatamos que el autor francés vive éxtasis y experiencias visionarias de la misma índole, según sus interpretaciones bíblicas: El texto sagrado no es oscuro, sino misterioso. El misterio es luminoso e impenetrable. La Oscuridad es esencialmente penetrable, puesto que el hombre puede realizar en ella más de una imersión.(.) Santas Escrituras. Cuanto más comprendo más me hundo en las tinieblas. (.)Soy un clarividente dentro de las más densas tinieblas y un ciego dentro de los deslumbramientos de la luz. (.) Desde hace más de veinte años cuento los días, en número desconocido, que me separan del gran día en que me será dado un poder que ignoro. En vela o sueños, oigo la llamada de los lugares profundos.

En efecto, Bloy es un escritor y místico de esta estirpe santificada,  una gaviota salvaje, que fue alcanzado y quedó clavado en la puerta fulgurante de la Iglesia, donde concibe la oración no como los cerdos sentimentales que se creen cristianos y practican una religión donde las lágrimas sin oraciones matan a los muertos. En cambio él reza como un ladrón que pide limosna a la puerta de una granja a la que quiere prender fuego.Y cita a Macabeos: la oración no es para obtener, sino para consolar a Dios. Bloy vive los gozos de la oración que le han sido dados con abundancia, como una voluptuosidad estéril que le llena el alma de horror y donde lo visible es la huella de los pasos de lo invisible. El escritor camina por delante de sus pensamientos exiliados en una gran columna de Silencio. (.) El silencio reina sobre mí en un magnífico trono de miseria. (.) Soy el yunque al fondo del abismo, el yunque de Dios que me hace sufrir porque me ama, pues el tiempo es un perro que sólo muerde a los pobres. (.) La miseria tiene esto de bueno, que nos fija, como clavos, en la Mano de Jesucristo. Y entra aquí, como en todos los momentos más fulgurantes, la voz de Jeanne, quien le recuerda a Jesús nuestra extrema indigencia: Dadme lo que hay en vuestra Mano, le dice su mujer a Jesús, abrid vuestra Mano. Entonces ha abierto su Mano y he visto que estaba perforada.

Leer a Léon Bloy es una experiencia de un orden espiritual muy profundo, pues la vibración poética de su prosa responde a voces sacramentadas por la tradición católica que en su expansión y poder se ha encargado de desvirtuar: ¿Qué es el Azar? Es el nombre que modernamente se da al Espíritu Santo. Bloy odia a los sacerdotes que no logran comprender que no son más que un instrumento sobrenatural, un generador de infinito. Muy lejos están de la Felix culpa: el Pecado es la puerta del cielo, pues  el que es incapaz de grandes crímenes, es incapaz de santidad.

Para Léon Bloy la personalidad, la individualidad humana está escrita y firmada por Dios sobre cada rostro, y algunas veces impresa de modo formidable sobre el de un gran hombre, es algo del todo sagrado, algo para la Resurrección, para la Vida eterna, para la Unión beatífica. Y si todo escritor debe llevar sus libros impresos en el rostro, contemplemos la foto del artista donde encontramos esa expresión que impregna su escritura, un hombre que sostiene, viviéndolos a fondo: lo que estorba a amor son los sentidos.

Bloy como crítico de sus colegas no tiene parangón: Balzac no pasó nunca de las superficies; Verlaine: literatura de borracho. ¡Pobre gran Verlaine! Maupassant: Uno de los hombres que más daño me han hecho. Edgar Allan Poe: Bellezas indiscutibles que se parecen, algunas veces, al esplendor. ¡Qué genio negro! ¡Qué imaginación de tinieblas! Dios está ausente, como si se tratara del infierno. Gustave Flaubert: La tentación de San Antonio, uno de los libros más necios y más abyectos con que se honra la literatura contemporánea. Pascal: su sombrío escepticismo y oculta mediocridad apenas me consuelan. Tolstoi: Célebre cretino moscovita. Víctor Hugo: Gran cagalaolla patriótico y literario. Zola: su muerte, feliz acontecimiento. Y del espíritu francés de  fin de siglo: cadáver sin sepultar que va a envenenar el universo.

   El autor francés ha sido el mayor admirador de Napoleón, (lo llevo en la sangre. Todo libro que se refiera a la gloria de este Prodigioso me hace jadear, anhelar, casi sollozar, como si Dios pasara) a quien dedicó un libro emblemático en esta vasta bibliografía El alma de Napoleón (Cien del Mundo. Conaculta. 2015). Estas palabras que dedica al personaje histórico se pueden aplicar a él: En realidad, cada hombre es simbólico, y en la medida de su símbolo, es un ser vivo. (.) Cada hombre está sobre la tierra para significar algo que ignora. Y Bloy cumplió con creces su destino, su elección de escritor andariego, escritor errante, azotacalles sin compañero. En este oficio, el gran autor consiguió, lo que otros buscaron en vano: una leyenda.

 

 

 

 

Ciclo Literario.