Imaginación Vegetal:
El arte de destejer un arco iris

Rafael Antúnez


Henry Lee, un respetable hombre de ciencia victoriano, con algo de detective y de sabueso, amigo y corresponsal de Mark Twain, se dio a la minuciosa tarea de rastrear las fuentes de «uno de los mitos más curiosos de la edad media» y no cejó en su intentó hasta alcanzar la verdad y mostrarnos «el verdadero Cordero vegetal y toda su real simplicidad y belleza», para que nosotros reconociéramos en él, «su forma y característica debajo de los variados disfraces que fue obligado a portar por los traficantes de maravillas de la edad media». Para lograr su empresa, fatigó libros y archivos lo mismo de viajeros que de eruditos y clérigos, historiadores y hombres de ciencia que, en sus viajes, reales o imaginarios, cartas y relaciones habían dado noticia de una de las más raras creaturas que la imaginación del hombre haya creado: el cordero vegetal de Tartaria, también llamado «El cordero escita», «el Borametz» o «Barometz». Jorge Luis Borges, en su ineludible El libro de los seres imaginarios nos informa de otras dos formas de nombrar a la curiosa criatura: «Polypodium Borametz», y «polipodio chino» y también nos da noticia de su singular composición, dado que «En otros monstruos se combinan especies o géneros animales»: en el Pegaso el caballo y el águila; en el minotauro, el toro y el hombre; en la sirena, el pez y el hombre; en el grifo el león y el águila; en la mantícora, la cabeza de un hombre, el cuerpo de un león y las alas de un murciélago…pero en el Borametz, se da una combinación singular, no entre dos especies del reino animal, sino entre una del reino vegetal y otra del reino animal. El imaginario humano ha producido pocas criaturas con tal combinación. En un curioso libro, publicado en Londres en 1834, titulado El instructor (o repertorio de Historia, Bellas Letras y Artes), podemos leer en su volumen iv, lo siguiente: «Todas las clases de zoofitas pueden considerarse como abortos de la naturaleza, la que es admirable hasta en sus abortos». Uno de estos «magníficos abortos de la naturaleza» es la mandrágora, la cual grita al ser arrancada de la tierra y tiene el poder, al igual que las sirenas, de hacer perder la razón a quien la escucha. Como el cordero vegetal, es conocida bajo distintos nombres: mandrágora blanca, mandrágora negra, Pitágoras la llamó «antropomorfa», el agrónomo Lucio Columela, «semi-homo» y el médico Dioscórides(90 d. C.) identificó la Mandrágora con la circea, o «hierba de Circe»; hasta el siglo xviii también era conocida como «la mano de la gloria» y según Chevalier «se le reputaba que devolvía el doble de lo que recibía: dos escudos de oro por un escudo, dos escudillas de grano por una escudilla». Simboliza la fertilidad y revela el porvenir, provee la buena fortuna, es afrodisíaca, pero también es un poderoso y letal veneno. Era extendida la creencia de que nacía del esperma de los ahorcados y, según cuenta Plinio «la raíz de esta planta, triturada con aceita rosado y vino, cura las inflamaciones y los dolores de los ojos».

 

A diferencia de la mandrágora, del cordero vegetal no se obtenía más beneficio que su lana. Su carne era apreciada por los lobos de la estepa y, según aquellos que decían haber probado el sabor de la zoofita, éste era «como el de la carne de pescado» y el sabor de su sangre «tan dulce como la miel».

¿Cómo era, dónde habitaba, quién lo había visto? Fueron preguntas que despertaron, primero la curiosidad, y más tarde la pasión de Henry Lee, quien, incrédulo, había leído las muchas y disparatadas descripciones que de esta criatura se habían hecho en el pasado. Provenientes de distintas fuentes, todas, como las capas de una cebolla, encerraban un misterio que él estaba dispuesto a develar. Enemigo de la superchería, este microscopista aficionado, armado de la razón y de la duda, acudió a las fuentes y una tras otra las fue rebatiendo, hasta llegar a la verdad desnuda.

Una de esas fuentes, que todavía por esos años se juzgaba casi irrefutable, lo fue John de Mendeville (un increíble viajero de escritorio y heredero de una imaginación fecunda y pliniana) a quien se le consideró durante mucho tiempo una de las más ricas y confiables fuentes sobre cordero vegetal. Mendeville (el desconocido autor amparado bajo el nombre de Mendeville) en su Libro de las maravillas del mundo, en el capítulo titulado «De los frutos que tienen dentro un animal de carne, hueso y sangre» da cuenta de la fabulosa criatura:

Sabed que en el dicho reyno cresce una manera de fruto que quando es maduro hiéndenlo por medio y hallan dentro un animal en carne, huesso y sangre, assí como un cordero pequeño sin lana, de manera que el hombre come el fruto y el animal, y por cierto es gran maravilla d’este fruto, y también gran obra de natura.

El animalito permanecía ligado a la planta por una suerte de cordón umbilical, devoraba la hierba a su alrededor y, cuando daba cuenta de ella, moría de hambre, pues no podía ir más allá de lo que la extensión de su atadura le permitía. Borges, en el libro ya citado, nos refiere que en el siglo xii un comentarista del Talmud, Simeón de Sens, refiriéndose a la mandrágora, redactó este curioso comentario que recuerda mucho al cordero vegetal:

Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo, como una calabaza, o melón, el animal llamado Yadu'a, pero el Yadu'a es en todo igual a los hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas las cosas, hasta donde alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y entonces muere el animal.

John Ashton, quien vivió y escribió a final del siglo xix, nos da una versión ligeramente distinta, pero que resulta bastante más documentada sobre el origen del borametz. En su Curious Creatures in Zoology, cuenta que:

En su Histoire Admirable des Plantes (1605) Claude Duret, de Moulins, trata del Borometz, y dice: «Recuerdo haber leído hace algún tiempo, en un muy antiguo libro hebreo titulado en latín el Talmud Ierosolimitanum, y escrito Por un rabino judío Jochanan, asistido por otros, en el año de la salvación 436, que un cierto personaje nombrado Moisés Chusensis (él siendo un nativo de Etiopía) afirmó, en la autoridad de Rabí Simeon, que había un cierto país de la tierra Que llevaba un zoofito, o planta-animal, llamado en el hebreo Jeduah. Estaba en forma como un cordero, y desde su ombligo crecía un tallo o raíz por el cual este zoofito, o animal vegetal, estaba fijado, como una calabaza, al suelo debajo de la superficie del suelo y, según La longitud de su tallo o raíz, devoraba todo el forraje que podía alcanzar dentro del círculo de su correa. Los cazadores que iban en busca de esta criatura eran incapaces de capturarla, o de quitarla, hasta que lograron cortar el tallo con flechas bien dirigidas, o dardos, cuando el animal cayó de inmediato postrado a la tierra y murió. Sus huesos fueron colocados con ciertas ceremonias y encantamientos en la boca de uno que deseaba predecir el futuro, instantáneamente fue tomado con un espíritu de adivinación y dotado con el don de la profecía».

Las noticias sobre la singular planta-animal cautivaron la imaginación de los europeos durante siglos y las noticias sobre el cordero vegetal reaparecían por aquí y por allá, siempre de segunda mano, siempre veladas, siempre fantásticas y siempre falsas.

Henry Lee debutó con una monografía dedicada a una de sus grandes pasiones: los octópodos. The Octopus, or the Devil-Fish of Fiction and of Fact, la cual fue impresa en Londres en el año 1875. En su obra, Lee emprende una pequeña cruzada a favor de los pulpos, muy similar a la que emprenderá años más tarde con el cordero vegetal. «La obra –nos cuenta Roger Callois– está escrita por un amigo de los pulpos», un amigo que, a la vez, era quién más sabía sobre ellos en su tiempo. El libro fue muy bien recibido, al grado que su autor «Mereció que se escribiera, no sin exageración, que fue para ellos lo que James Boswell fue para Samuel Johnson».

Algunos años más tarde, con motivo de la Exposición de Pesca de 1883, escribió dos folletos que prefiguraban de manera más clara la forma en que procedería con la historia y mito de la famosa zoofita: Sea Fables Explained y Sea Monsters Unmasked. Sí, el buen señor Lee era un hombre dominado por el espíritu científico que se dio a la tarea de explicar el origen y desenmascarar la falsedad de mitos, pues, al fin hombre de su tiempo, Lee veía los mitos sólo como fábulas, ficciones o invenciones más o menos ingeniosas, más o menos poéticas. Una forma por completo distinta a la que, nos dice Mircea Eliade, tenían las sociedades arcaicas, dado que para estas, el mito «designa, por el contrario, una “historia verdadera”, y lo que es más, una historia de inapreciable valor, porque es sagrada, ejemplar y significativa».

Reconociendo la imposibilidad de lograr una definición del mito que satisfaga a todos y que sea entendible para todos Eliade aventura la siguiente: «el mito cuenta cómo, gracias a las hazañas de los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la existencia, sea ésta la realidad total, el Cosmos, o solamente un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento humano, una institución. Es, pues, siempre el relato de una «creación»: se narra cómo algo ha sido producido, ha comenzado a ser». Sin saberlo, Lee emprendió un viaje personal hacia ese principio en que una especie vegetal, empezó a ser. Viajó a la semilla del mito y nos trajo orgulloso, en una mano la verdad histórica, y en la otra una flor de algodón.

John Keats y Charles Lamb deploraban que Newton hubiera destruido la poesía del arco iris al reducirlo a colores prismáticos, pues creían que la explicación del fenómeno, lo despojaba de su belleza y de su misterio, hoy sabemos muy bien que no es así y que no pocas veces el desenmascarar un mito no hace sino revelarnos una verdad no menos atractiva, no menos bella, no menos misteriosa y poética.

En nuestros días, Joan Perrucho imaginó una criatura que no le va a la saga a la imaginada por los propagadores del mito del cordero vegetal: el «olocanto», el cual es «un árbol que anda, de instintos terribles y destructores, muy peligroso, pues ataca especialmente al hombre mediante un aguijón retráctil y veloz de unos tres metros de longitud».

Imagino que, en un punto del futuro distante, alguien copilará las muchas menciones que sobre esta terrible planta-animal se han propagado a lo largo del mundo y alguien impregnado por el espíritu de Newton y de Lee habrá de develarnos la verdad, continuando con el juego de tejer y destejer el arcoíris.

*Prólogo a El cordero vegetal de Tartaria (una fábula de la planta de algodón) de Henry Lee que, bajo el sello del Instituto Literario de Veracruz aparecerá próximamente.

 

 

 

Ciclo Literario.