Imaginación Animal: cuando la
descripción de lo real no alcanza

Porfirio Carrillo Castilla


Podríamos partir reconociendo la capacidad que se describe en gran parte del reino animal (del cual el hombre es un auto tránsfuga imaginario), el poder reconocernos como individuos (autoconciencia) y por extensión (o más bien exclusión) reconocer a “los otros”.  Incluso las sorprendentes neurociencias de nuestro tiempo han ido más allá y nos han demostrado que varias especies animales (nuestra especie también) son capaces no solo de saber quién es ese otro que no es “Yo”.

Fotografía: Jean Marc Durou

Podemos saber incluso, con cierta certeza, qué esta pensando ese otro, inventarlo o imaginarlo, acertar o construir una historia de ello. Así las cosas nuestra capacidad de pensamiento, sobre nosotros y los otros, es la herramienta común de la supervivencia en el reino animal.    La especie de Homo que somos lo ha llevado ciertamente a un grado de refinamiento creciente.


Nuestra relación con los demás animales pasa por tiempos de profunda crisis, nos revelamos caníbales de los propios humanos, de los neardenthales a los vecinos  más cercanos, los humanos andamos inventado categorías, gestos, territorios y símbolos para separarnos, para diferenciarnos , para aniquilarnos, para ganar, para sobresalir, para competir, para ser más miserables y más estúpidos. Pero nuestra capacidad destructiva más vergonzosa ciertamente es también la aniquilación de las especies animales.


La historia del arca de Noé es metáfora y condición del esfuerzo presente. De la vaquita marina en el alto Golfo de California a los bisontes reintroducidos en el norte de México, las escenas de conservación de las especies son esfuerzos balbuceantes, la destrucción y extinción avanzan, parecen ser irreversibles en muchos casos.


La vida de los animales fue para el hombre una vida simbólica mejor que una compañía indisoluble. De la Cueva de Chuavet a la escultura mesoamericana, del arca de Noé a la Casa verde de Vargas Llosa, de los bestiarios medievales a las guías del Smithsonian, de los caballos etruscos a los de María Izquierdo… todo está poblado de animales: Animalística y Zoología como brazos complementarios , y a veces muy distantes, para abrazar lo inabarcable, el mundo animal que nos rodea, nos define y nos hace “humanos”.  

     Nuestra capacidad de imaginar lo nunca visto, el rinoceronte de Durero, nuestra necedad de imaginar cuando lo real no alcanza, el dragón como primer animal citado en la obra de Sahagún , nuestra infinita pequeñez ante la muerte, los trofeos de caza en los selfies de los más “pudientes”, nuestra incapacidad emocional de convivir con la naturaleza sin domesticarla, los gatos y perros que hacen felices a los “amos”. Somos animales necesitados de dominar, someter, poseer a otros animales. Hasta en nuestras paradojas literarias lo hacemos, en el planeta de los simios somos esclavos de ellos, les asignamos a los pobres simios el sueño de nosotros mismos, dominar al otro. Así las cosas, no hay naturaleza que quede sin explorar, ni animal que quede por descubrir en el mundo natural, todo lo hemos creado e imaginado simbólicamente; de los seres monstruosos del jardín de las delicias a los gremlis o las tortugas ninja; el mundo natural vuelto al revés , objeto de nuestros sueños. Las paradojas de esta conversión simbólica da para casi todo, no hay recámara, o cuarto de bebé donde no se mecen, giran o chillan toda clase de animales con caras nobles y sonrientes; la ternura de peluche y plástico como escenario de Toy Story , mientras en el mundo real la destrucción de los animales se acelera, el antropoceno, en el mundo simbólico de Santa Claus y los Reyes Magos reparten osos, dinosaurios, caballos, perros, y hasta animales humanos vestidos de super héroes o villanos. Comida, compañía, símbolo, arte, moneda, dios, astro, vestido, abalorio, amuleto, todo es animal y el animal es todo. Al final queda la pregunta necesaria,  nosotros que nos hemos humanizado siendo animales, ¿cómo vamos a preservar nuestra animalidad si solo sobreviven símbolos de animales más que los animales mismos?, esto es: ¿Qué se pierde de nosotros al extinguirse los demás animales? No hay respuesta posible aún, lo más una urgencia, una desesperación por desmitificar al hombre, no bastó Darwin ni Cuvier, no basta con detenker la extinción de las especies, no basta, hay que detener la sed de destrucción de ese salvaje animal que se cree hombre.

 

 

Ciclo Literario.