Seamus Heaney

Nota y traducción de Clara Janés


Se reía amablemente Seamus Heaney, de que me propusiera traducir algunos de sus sonetos y, cada vez que pasaba por mi lado y me veía con pluma, papel y sus poemas al lado, me picaba. Me inquietaba un poco, ya que uno nunca sabe…. Decía que el reto sería traducir con rima rigurosa esos sonetos tan libres. Al final, en cambio, eligió mi trabajo  para ser leído, junto a otros dos, como resultado de aquel seminario de traducción de su poesía, que tuvo lugar en Rótterdam en 1986. Por aquel entonces todavía no era Premio Nobel, pero como había escrito ya Robert Lowell era “el mejor poeta irlandés desde Yeats”.

Nacido en 1939, pasó su juventud en una granja, y el tipo  de vida tradicional se refleja en su primer libro Death of a Naturalist (Muerte de un naturalista, 1966). Estudió literatura en Belfast, donde ejerció la enseñanza durante algunos años.  Fue luego lector en la universidad de Queen y posteriormente profesor, entre otros lugares, en la de California en Berkeley, en Harvard y en el Carysfoot College de Dublín. Trabajó para la  la BBC, y para distintos periódicos.

Libros como Door into the Dark (Puerta a la oscuridad, 1969), North (1975) y Station  Island (1984) dan prueba de la claridad y el firmeza de su escritura. En su ensayo “Aprendiendo de Eliot” apuntó: “la naturaleza de la realidad poética es doble: descubierta primero como un hecho extraño de la cultura, la poesía se interioriza a lo largo de los años hasta convertirse, por así decir, en una segunda naturaleza. La poesía, que al principio estaba fuera de nuestro alcance, generando la necesidad de comprender y someter su extrañeza, se convierte finalmente en un camino familiar dentro de nosotros, en una corriente que la imaginación remonta gustosamente hacia un origen”

 

In memoriam M.K.H

Cuando los demás se habían ido a misa
yo era todo suyo mientras pelábamos patatas.
Rompían el silencio, dejadas caer una a una
como la soldadura que el soplete llora.
Frío consuelo puesto entre nosotros, cosas que compartir
brillando en un cubo de agua limpia.
Y de nuevo dejadas caer. Breves salpicaduras gratas
del trabajo del otro nos devolvían a la conciencia.

Por ello, cuando a martillazos el párroco
recitaba a su cabecera las oraciones para agonizantes
y algunos contestaban, mientras otros lloraban,
recuerdo su cabeza inclinada hacia la mía,
su aliento en el mío, nuestros ágiles cuchillos sumergiéndose.
Nunca más cerca el resto entero de nuestras vidas.

 

 

 

Ciclo Literario.