Cien años de la Revolución Rusa

1917-2017

Lenin y Trotsky revisitados


Cartas desde la revolución bolchevique
Jacques Sadoul
Turner Noema
2016

 

La escritura es el poder de la memoria. Los hombres inventaron los signos para transmitir la experiencia, la reflexión, la especulación, la pregunta, la duda, las respuestas. Pero sobre todas las cosas la escritura fue creada para consignar las acciones. ¿Y qué son los sucesos? ¿Qué los acontecimientos? Son masas enormes de energía individual que se conjunta y se hace una  revolución, pues lo propio de toda revolución profunda es precisamente colocar provisionalmente arriba lo que está abajo, abajo lo que está arriba.

Octubre 1917

La escritura de cartas es el instrumento más notable para confirmar la urgencia que impone la acción: política, militar, diplomática, económica, personal. Un género, el epistolar, que sostiene grandes torres de formas diversas, estilos que marcan épocas. Por lo tanto la escritura que tiene como objetivo describir uno de los mayores hechos históricos de la modernidad: la revolución Rusa de octubre de 1917…es de lo más trascendente…testigos occidentales en la gran convulsión de los soviets fueron algunos, el más conocido John Reed, con sus Diez días que conmovieron al mundo. Pero ahora se nos revela otro escritor que vivió al interior de esas gestas heroicas que significaron las concentraciones de obreros industriales, soldados y campesinos que barrieron un mundo milenario: el imperio de los zares.

Dos hombres estaban a la cabeza de ese movimiento que llevó al pueblo ruso a una guerra contra 14 países opuestos rabiosamente a un gobierno que demandaba para los proletarios y los pobres, todo el poder: los bolcheviques.

Lenin y Trotsky, quizá las figuras más emblemáticas del marxismo convertido en acción,   eran dos líderes demasiado insoportables no solamente para los tronos, las oligarquías, los parlamentos, los estados de Europa…sino también para la fina cultura socialista en la que habían participado estos dos hombres en sus vidas en el exilio. Y hoy sorpresivamente asaltaban realmente el poder con las armas filosóficas, políticas, estratégicas…de la teoría de un alemán que escribió: un fantasma recorre el mundo…

Hablamos de Jacques Sadoul, capitán que se desempeñaba en el cuerpo de oficiales de la misión militar francesa y que fue destinado a Petrogrado en esos meses cruciales, convirtiéndose prácticamente el único puente entre el gobierno bolchevique y los aliados en la guerra contra Alemania.

En su estancia de octubre de 1917 a mayo de 1918 registra estos hechos en cartas dirigidas a su amigo, el diputado socialista Albert Thomas, quien había sido ministro de armamento y quería obtener información directa y privilegiada sobre los acontecimientos que iniciaron en febrero del mismo año, en lo que se conocería como la primera revolución que derrumbó al régimen zarista para dar paso al gobierno provisional  encabezado por el social revolucionario Kérenski.

Sin embargo la cosa no paró allí,  por supuesto, sino –nos dice Sadoul al iniciar su crónica- la masa de tropas maximalistas avanza tras Lenin y Trotsky hacia una segunda revolución..

Ya el palacio de invierno ha sido bombardeado, tomado y saqueado. Todos los objetos de arte, muebles, tapices, cuadros han sido salvajemente destruidos. Han apresado al batallón de mujeres que lo defendía. Las han conducido a un cuartel, donde las infelices han sido brutalmente violadas. Muchas eran jóvenes de la burguesía.

 

Revolucionarios 1917

Le explica el capitán Sadoul a su interlocutor: me he prometido enviarle mis impresiones al desnudo y evidentemente lo cumple trabajando en una escritura directa y poderosa: La jornada del domingo ha costado cara a ambos partidos. Más de dos mil muertos en Petrogrado, se dice. Un número aún mayor en Moscú, donde la batalla prosigue con un espantoso salvajismo. Podrían haber saqueado almacenes de alcohol. Bandas de borrachos, de malhechores, la escoria de los suburbios, saquea, quema, asesina mientras las tropas gubernamentales y los bolcheviques se degüellan y Sadoul entiende claramente que la segunda revolución rusa es una revolución social y se esforzará, por todos los medios, por inspirar una situación revolucionaria en todos los países europeos.

Estas cartas son –como lo dice el prologuista Constantino Bértolo- algo más inesperado y sorprendente: la historia de cómo una “intimidad política” se hace carne, relato, tragedia, acontecimiento. En efecto, Sadoul escribe: Llevo una vida espantosa. Estoy demasiado involucrado en la acción de la mañana a la noche para tener tiempo siquiera de resumir mis jornadas.

El cronista define con precisión lo que es la naturaleza del género: Al escribir estas notas cotidianas, siempre me preocupo de hacer abstracción de mi personalidad militante. No hago ni filosofía ni doctrina ni propaganda. Encierro mis sentimientos personales, reservándome el manifestarlos en tiempo útil. Mi misión es informar. Me importa informar objetivamente. Soy un testigo que mira y que cuenta o, más exactamente, un juez extranjero al proceso que se desarrolla ante él. Por tanto me olvido de que soy socialista y para responder a esta cuestión tan delicada como la de la traición moral, apartando cualquier sentimentalismo, quiero reflexionar con la razón.

Sadoul es un hombre que sabe en todo momento la importancia histórica que tendrán para la humanidad los hechos que está contemplando desde el sitio más privilegiado del poder, pues tiene la oportunidad de vivir parte de mi vida con esos dos hombres (Lenin y Trotsky). Conozco todas sus inquietudes, todas sus esperanzas, todos sus proyectos. Hay emociones que no se fingen y creo poder afirmar más que nunca la profundidad de las convicciones de los jefes bolcheviques. Más que nunca se me aparecen como unos iluminados, si este calificativo conviene a unos cerebrales como estos que caminan inexorablemente por la vía que han trazado con antelación, apoyados y rodeados por el entusiasmo de sus tropas.

Sadoul nos da cuadros que quedarían fijados en la memoria histórica de todos los pueblos de la tierra: son las reuniones de los revolucionarios: el vaivén de los soldados, camaradas de ojos duros, armados, abarrotan el vestíbulo…Durante las sesiones del congreso me sorprendieron la sangre fría, la elocuencia directa, despojada de retórica, de Lenin y Trotsky, de Kámenev, que saben arrastrar al auditorio hasta el entusiasmo más vivo, sin dejarse llevar nunca por la emoción…¡Qué pena que no tenga ni tiempo ni talento para demorarme en la descripción de este espectáculo!

Sadoul se mueve como por su casa en el cuartel de los dirigentes soviéticos. Trosky le insiste que acuda cada noche a charlar con él. Me recibe dejando de lado todo lo demás. Parece cansado, nervioso y lo reconoce. Desde el 20 de octubre no ha vuelto a su casa. Su mujer, amable pequeña militante, lozana, vivaz, agraciada, me decía que los inquilinos de su casa amenazan con matar a su marido. Nadie es profeta en su barrio, pero, ¿no es gracioso pensar que este dictador implacable, este maestro de todas las Rusias no se atreve a dormir en su casa por miedo a la escoba de su portera?

Sadoul, socialista revolucionario él mismo, puede distinguir lo que será, años después para los historiadores, moneda corriente: Trotsky domina la insurrección, de la cual es el alma de acero, manteniéndose Lenin más bien como su teórico…Trotsky es evidentemente un hombre agrio y amargado…al que Sadoul no puede reprochar no conocer suficientemente al pueblo ruso, la materia que trabaja, y no comprender que este pueblo no tiene como él un alma de llama y acción, sino más bien de inercia y pereza. Ambos, Lenin y Trotsky, como especialistas incomparables de la destrucción en general y del antimilitarismo en particular, demoledores natos, parecen tener menos aptitudes naturales, y en todo caso menos experiencia, en materia de reconstrucción. Lenin siempre es infinitamente más absoluto, más dogmático, más imperioso y más cortante que Trotsky. Quien quiera que conozca un poco lo que han hecho, los combates que han librado desde hace veinte años por el ideal socialista, los duros sacrificios que han aceptado, el desprecio absoluto que sienten por los bienes materiales, la vida ultramodesta que siempre han llevado y que se sienten felices de llevar tanto en el poder como en el exilio, debe rechazar estas calumnias mientras no se sostengan más seriamente. Estos dos hombres constituyen realmente toda el alma de la revolución. Son unos hombres de acción extraordinarios, unos conductores de multitudes como no había visto nunca. Han sabido adquirir y mantener, a pesar de todas las calumnias, en las condiciones más difíciles, un prestigio sorprendente. Tienen en grado supremo y las calidades y los defectos de los grandes líderes religiosos y políticos: voluntad de acero, tenacidad increíble, convicción entusiasta, la fe que mueve montañas y rompe todos los obstáculos. Trotski cuando evoca a sus tropas ardientes y devotas hasta la muerte, su voz, tan a menudo caustica y áspera, se suaviza. Le conmueve una emoción tierna que solo ilumina rara vez a este hombre nervioso, frío y amargo, cuya sonrisa satánica me deja a veces helado. Porque el alma de Trotski desborda amargura, desprecio y, puedo decirlo, odio hacia las clases dirigentes.

Reunión del Sóviet

Las cartas de Sadoul son un constante alegato en favor de que los aliados que luchan contra Alemania comprendan la importancia de ayudar a la nueva república socialista que está naciendo, llamados desesperados que caen en el vacío. El bolchevismo en su forma actual, no ha salido enteramente del cerebro de Lenin y de Trotski, sino que es una consecuencia, un producto de la guerra, que se percibía en potencia desde hacía muchos meses en el alma rusa, y que Lenin y Trotski no han hecho más que concretar en fórmulas sencillas lo que se hallaba en la consciencia cansada y cobarde de cada uno. Los gobiernos de Europa, aireados por esta banda de insurrectos que descomponen evidentemente el equilibrio de poderes en favor del capital y los privilegios de las clases dirigentes de Europa, estrangularían con sus propias manos a Rusia si pensaran así ahogar a los bolcheviques.

En efecto, el cronista que trata a toda prueba de narrar objetivamente termina exasperándose: Ahora voy a decir lo que verdaderamente pienso: unidos a la burguesía rusa, los gobiernos capitalistas, fieles servidores se los explotadores del proletariado, quieren mantener a cualquier precio la dominación del capital sobre las clases trabajadoras. Y por ello han jurado matar la revolución rusa.

Al mismo tiempo que estas cartas –dice Bértolo- recogen y trasmiten en un mismo tiempo una historia de alta relevancia en lo colectivo, la revolución soviética, significan una aventura del yo, la conversión al comunismo de un socialista moderado: Hoy pienso que Lenin y Trotsky vieron más claro que nosotros, socialistas oportunistas y conciliadores, que han sido más realistas, que son más que nosotros los discípulos atentos y los auténticos aplicadores del marxismo.
La virgen roja

Para finalizar esta rápida ojeada al respetable volumen que constituyen las cartas de Sadoul, es notable su sensibilidad literaria al retratar a Vera Sergine, la ciudadana Kollontái, la virgen roja. Primero la encuentra el francés en una reunión del comité de Guerra y posteriormente es invitado a la casa de la ministra de Salud Pública. Está vestida con un elegante corsé de terciopelo oscuro, drapeado a la antigua, que moldea agradablemente las formas armoniosas de un cuerpo largo y ágil visiblemente libre de trabas. Rostro regular, rasgos finos, cabellos ligeros y sueltos, ojos azules, profundos y dulces. Kolontái es una mujer muy hermosa de apenas cuarenta años. Pensar de un ministro que es hermosa es extraño, y noto esta sensación que nunca hasta ahora me había hecho sentir ninguna audiencia ministerial. Nuestros ministros tienen evidentemente otros encantos. Habría que componer un ensayo sobre las consecuencias políticas del acceso de mujeres hermosas al poder. (LL)

 

 

Ciclo Literario.