La armonía del mundo

Pietro Citati

Traducción Rafael Antunez


Un tiempo hubo hombres que creían en la armonía del mundo. Ellos se reconocían con una señal. En las horas del día o de la noche, sus ojos se alzaban hacia la invisible ciudad celeste. Mientras que los otros percibían allá arriba solamente conflagraciones de astros, deslumbrantes estrellas, ardientes soles, luctuosos cometas, sangrientos eclipses de luna, o embrollos sin sentido como la madeja de lana enredada de un gato, –ellos contemplaban un espectáculo distinto. En torno al «glorioso planeta Sol, que está en su trono sobre los otros y los corrige y los guía», las estrellas y las constelaciones forman un tapete maravillosamente trenzado, del que derivan todos los tapetes terrenos, alfombras entretejidas de lana, de palabras, de colores y de sonidos. Este bordado viviente se mueve: rotando, las estrellas producen un sonido y una música, ahora aguda y vibrante, ahora grave y solemne, desciende de los senderos del cielo sobre los senderos de la tierra. Y aunque el deseo sea grande, no alcanzamos a escucharla, porque vivimos envueltos en ella, como peces en el agua. Pero si la alcanzáramos, seríamos distintos. Nos olvidaríamos de comer y beber, de amar y sufrir, de pensar y escribir, para sólo escuchar esa música increíblemente suave.

Foto: Luis Marquez

Nuestra tierra es una copia del cielo –cuentan los geógrafos de la armonia mundi. Sobre la superficie del globo, la naturaleza combina sabiamente la violencia del fuego y la fecundidad del agua, el peso de la tierra y la ligereza del aire. Alterna los días y las noches. Combina las heladas y puntiagudas cadenas de los montes y las colinas que  descienden arrastrándose hacia los valles; acerca el rugido de los torrentes, la lentitud perezosa de los grandes ríos, las olas furiosas del mar, como si se tratara de componer con las cosas una música continuamente variada. Algo o Alguien, el Innombrable que tiene todos los nombres, provee para los hombres mitos: los asiste y los guía, y permite que alcancemos la felicidad preparada para cada uno de nosotros, si sólo sabemos cómo escuchar la voz de Dios o la voz de la naturaleza. Trunca los proyectos de los ladinos, y los hace «andar a ciegas en pleno día como si fuera de noche». Ensalza a los humildes, da esperanza a los débiles, salva a los justos de la mano de los opresores. Da el aire al embrión en el huevo, nutre a los hijos de la oruga, «prepara aquello de lo que viven los mosquitos, las serpientes y las moscas, aquello de lo que tienen necesidad los topos en sus madrigueras».
Sabemos, desde la Biblia hasta Voltaire, cuantas ironías, sarcasmos y protestas había suscitado esta idea de la armonía del mundo. ¿Dónde está el orden en la historia de la tierra? ¿Dónde la justicia en la vida de los hombres? ¿Y el famoso concierto de las esferas celestes no será quizá una Babel de gritos, una música estridente, un murmullo informe, como el que a lo lejos anuncia nuestras ciudades? En cualquier tiempo vemos desastres, calamidades, destrucción, violencia e insensatez, arbitrio de los poderosos, sangre derramada. Troya envuelta en el humo y las cenizas de los incendios, las columnas de los templos paganos cortadas y tiradas al suelo, Santa Sofía despojada de ofrendas por siglos, Ciudad de México arrasada, Pekín invadida por los mongoles… Cuantas veces el destino elige y condena sin motivo: prepara para uno de nosotros el camino fácil y abierto, que lo conducirá, sin mérito ni dolores, entre la multitud de los beatos; y para otro, el sendero espinoso que lo lleva, aún en vida, a los más atroces tormentos del infierno. No es verdad –como ya recuerda la Biblia– que «Dios castiga al que ama la iniquidad y siembra lutos». No es verdad que «el malvado es desgraciado por toda la vida, y que al prepotente le están reservados años contados»: no es verdad que él «va errando para buscar el pan, y que la angustia y la calamidad lo aterrorizan»; no es verdad «que la luz del impío se apagará, y que su recuerdo desaparecerá de la tierra».
Si bien, puede parecer absurdo, hoy en día hay quien vive como si creyera en la armonía del mundo. Son personas extrañas. Cuando los conocemos, parecen estar separados de nosotros por una pared de vidrio, que no podemos abatir o superar. No tienen casa, son los invitados, los vagabundos, los peregrinos, quizá los prisioneros. Hablan a gusto en imágenes, parábolas y enigmas, como un viejo chino o Kafka, –el cual era uno de ellos. No tienen pasiones, su rostro, compuesto por una sustancia más compacta e impenetrable que la nuestra, no refleja sus pasiones. Cualquier ofensa les afecta, la excluyen de su mente. Cualquier injusticia es percibida por ellos, pero ven más allá. Ignoran los pequeños lamentos, la miseria del disgusto, la protesta mediocre, el deseo mediocre, la esperanza mediocre. Incluso si actúan, en su mente queda siempre un ojo lejano e inmóvil, que contempla con piedad y sin indulgencia todo lo que pasa. Así, llegan a conservar una serenidad sin sombras: una alegría fría y sin razón.

Foto: Ragnar Axelsson


Quien los conoce mejor, comprende que esta serenidad está sostenida por la desesperación. Nadie mejor que ellos sabe lo que está mal: abandono, desventura, locura: «la inmensa, interminable oscuridad», que se insinúa en nuestros pensamientos y donde habitan el odio, la codicia, el ansia, los fantasmas, la sospecha. Todas las cosas inconclusas y carentes, todas las posibilidades que no se realizarán y que  como nunca resaltan, con una claridad atroz, frente a su mirada. Ninguno de ellos osa afirmar que la armonía reina sobre la tierra. Nunca han escuchado la música de las esferas celestes, nunca han admirado el fuego de los elementos; y el cielo, un templo habitado por un Nombre benigno, es quizá para ellos solo un Sahara catastrófico. Sin embargo, siempre, en casi cualquier ocasión, hablan más de sí los hechos que las apariencias de la vida. Con un desesperado coraje, pueden soportar todo mal, e ir hacia otro mal, como si no existiera.
¿Cómo lo hacen? ¿Cómo pueden reconstruir la armonía perdida, el cielo hecho pedazos? Tal vez, ellos indican con el gesto un pequeño detalle: algo ligero y oculto en el corazón de la pesadumbre: el entrelazamiento de las ramas de un pino, un rayo de luz que desciende en el fango de la ciudad, una Alicia sentenciosa y maravillada en el reino de los horrores adultos, un bellísimo poema perdido entre volúmenes de abominable prosa, una piedra generada por la lenta cristalización de la naturaleza. Fragmentos: risas escuchadas en el sueño, un gesto olvidado y grabado para siempre en el aire, paseantes que conversan quietamente entorno a todo y a nada; y moviendo estos fragmentos, ellos comienzan a diseñar la imagen del mundo perfecto. Es decir, miran a través de las cosas, no sobre las cosas, hacia el cielo que no conocen. Dentro del mundo que nosotros vemos hay oculto otro, tan precioso e inmaterial, que sólo ojos bien ejercitados saben verlo. Ellos lo contemplan en la transparencia de las cosas, lo filtran con la mirada; y si la primera imagen es todavía aciaga, si tras el primer velo alzado se anuncia otro horror, miran aún más a fondo, fijando el ojo aún más lejos, hasta que, detrás de un último velo, se anuncia tímidamente una chispa de luz.

Hay momentos en los que nadie sonríe, no brilla ninguna tímida luz. Entonces Giobbe decía: «¡Acaso sabía donde encontrarlo, y llegar hasta su trono!... He aquí que me dirijo al oriente, pero Él no está; a occidente, mas no lo encuentro: si se mueve hacia el septentrión, me resulta inalcanzable, si al medio día, tampoco lo veo…» Y se preguntaba angustiado: «¿Pero, entonces, la Sabiduría de dónde viene? ¿Dónde está el lugar de la Inteligencia? Ésta se halla oculta en la mirada de todo ser viviente, y desconocida a las aves del cielo». La desgracia nos deja con el corazón herido: la condena de un tribunal invisible nos golpea sin razón. Somos aplastados contra el suelo, rodeados por una intolerable crueldad, por un silencio obstinado y por la vergüenza. ¿Dónde podrá esconderse en estos momentos la armonía del mundo? Sus últimos secuaces, –estos paseantes, estos invitados, que para nuestra fortuna habitan aún entre nosotros– no ceden aún. La armonía del mundo es lo contrario de lo que existe: una imagen irreal e imposible, que la fantasía persigue en la mente y recrea con palabras puras, y es por ello, a pesar de todo, que debemos adorarla.

 

 

Ciclo Literario.