El fresco multidimensional
de Miklós Báffy

Lorenzo León Diez


Miklós Báffy
Los días contados
Las almas juzgadas
El reino dividido
Traducción del húngaro de Éva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Treviño
Prólogo de Mercedes Monmany
Libros del Asteroide
Barcelona
2009-2010

 

La publicación de las tres novelas de Miklós Bánffy  (1873-1950) en español: Los días contados (2009), Las almas juzgadas (2010) y El reino dividido (2010) es un colosal acercamiento para la cultura hispana al decimonónico reino húngaro, parte dual de la Monarquía Austriaca.

Foto: Lorenzo León

La aparición de esta trilogía transilvana por la editorial catalana Libros del Asteroide nos pone en la mesa de trabajo, en la mesita de lectura, en el buró de la cama, en el asiento de un transporte, en la banca de un parque, frente a las animadas calles de Budapest de las primeras décadas del siglo XX: Llega un carruaje de tiro con un par de caballos poco habituales: animales del nevero, menudos, bien alimentados, fornidos, de patas cortas pero férreas, de crin tupida y cola larga. Un mozo abre la puerta y deja caer el estribo en dos escalones. Suben dos damas; el estribo vuelve a doblarse y la puerta de cierra de un golpe. El mozo sube al pescante y el carruaje se va rodando en silencio sobre sus ruedas de goma. Sí, estamos en Budapest, cuando apenas había uno o dos automóviles expulsando su pestilente humareda entre los carruajes. A todo mundo les molestaba verlos; los pobres caballos los odiaban, tal vez intuían que esas máquinas acabarían con ellos.

El sofisticado autor de estas páginas, cientos de ellas, todas escritas con detalle inusitado, como el  fotograma que hemos citado, pues es tal, es un hombre (ya que lo debemos asignar en presente como es el estatus de lo perenne) que se propuso hacer un gran regalo a la humanidad: grabar en un muro multidimensional la experiencia individual y colectiva de una compleja sociedad que entraba en uno de sus momentos más álgidos, la prefiguración de la Primera Guerra Mundial. ¡Guerra! Guerra pero no en las lejanas colonias, sino en Europa. Lucha a vida o muerte por la supervivencia. Guerra que, una vez perdida, rompería la Monarquía Dual. Guerra cuyo precio pagaría Hungría y más Transilvania, que se alzaba como una ciudadela en el camino de los rusos hacia Constantinopla.

Una voz que Miklós Bánffy registra en el discurso íntimo del conde Slawta, Consejero de embajada, confidente del heredero de la Corona Francisco Fernando, temible artesano de los talleres políticos del Palacio Belvedere de Viena –donde se preparaba el derrocamiento de la antigua constitución húngara:  ¡Tenemos que mandar! ¡Mandar! ¡Mandar hasta el mar de Marmara!

Azorado, el joven diputado independiente por el distrito de la ciudad de Lélbánya, Bálint Abády, escucha al diplomático austriaco en la recepción en uno de los palacios de Budapest: Vendrá el Hoheit . Habrá una centralización más fuerte, departamentos asociados según las minorías étnicas, representadas en un único Consejo Imperial. Entonces –le dice Slawata al escandalizado Abády-  se podrán dominar los Balcanes con monarquías, tal vez vasallas, donde reinen los segundones de la dinastía. Seremos una potencia mundial de verdad, no como ahora, que somos el segundo hombre enfermo de Europa.

Abády, que cursó su bachillerato en el liceo Theresianum de Viena y luego el doctorado en la universidad de Kolozvár, queda taciturno, muy preocupado después de esta conversación: ¿Pretendían aumentar la Monarquía con los pueblos de los Balcanes?, ¿engordarla para que fuera un imperio de cien millones de habitantes? ¿Acorralar en el mismo patio naciones de pasado y cultura distintos, y pensar que eso significaba fuerza y no debilidad? ¡Qué locura! –exclama para sí- Claro que podrían reclutar muchos soldados, pero una dinastía no se mantenía por las armas, sino gracias a la tradición milenaria y multitud de relaciones sociales. ¡Sería una locura como el imperio mexicano del príncipe Maxi!

En ese mapa, como ven, ya México ocupa su lugar ejemplar.

 

Foto: Museo Etnográfico de Hungría

Este gran fresco multidimensional que creo Bánffy tiene necesariamente un eje, si bien a su alrededor gira un entramado de personajes y lugares muy denso, pues estamos ante un robusto ejemplar del modernismo novelesco que contiene, por cierto con gran delicadeza, la palpitación romántica, el amor de dos jóvenes, él (Bálint) un hombre delgado de estatura mediana de cabello ondulado rubio oscuro que a pesar del color de su pelo y de sus ojos claros, tenía los rasgos propios de un oriental: la frente fuerte, algo inclinada hacia atrás, los pómulos muy marcados y los ojos achinados…y ella: Adrienne Milóth, de pelo castaño y ondulado, como si flotara en una tormenta eterna, y los ojos ámbar. Bálint recorre sus vastas tierras, en las faldas de los montes Vlegyiasza, en Dénestornya, entre los ríos Aranyos y Maros y la imagen de una inquieta cascada le evoca a Adrianne. Como si todo lo que cobrara forma en las fuerzas misteriosas de la naturaleza le recordara esa mujer delgada, esbelta: sus labios arqueados, su sonrisa mágica.

La sabiduría narrativa de Miklós Bánffy, aristócrata, político, diplomático, novelista, músico, pintor, dramaturgo y escenógrafo, pone en el núcleo de este tornado que significaría la caída de la Dualidad Monárquica y el inicio de las tragedias bélicas del siglo XX, a un descendiente de un líder besenyó del clan Tomaj que se estableció en Hungría durante el reinado de Géza en el siglo X y los gobernadores, voivodas y demás nobles de su familia habían desempeñado papeles decisivos durante el reinado de los Árpad. El bisabuelo de su madre Róza Abády había sido gobernador y la palabra de su padre, Péter Abády, económo protestante, era escuchada en la corte de Francisco José.

De esta manera,  el joven diputado del parlamento húngaro, escenario desde 1902 de una lucha despiadada de partidos, encarna los valores de una sociedad tradicional que encuentra en su inteligencia una expresión finalmente desolada de su destino: el error húngaro, representado por un extraño personaje, András Jópál, joven matemático que trata de inventar una máquina para volar, que le dice a Abády: los intentos de los hermanos Wright son interesantes, pero están mal resueltos. El científico que, víctima de su carácter irascible sucumbe a sus intentos retirándose a una aldea para realizar los trabajos más humildes del campo, manifiesta ante Abády no un destino individual: aquel era el destino húngaro. El error húngaro. ¡Cuántos hombres semejantes a él! Un sinfín de talentos que de un salto se situaban entre los mejores del mundo, pero luego abandonaban y se rendían con la misma facilidad que habían saltado. Tal vez fuese la otra cara del destino húngaro: la virtud consistía en el simple hecho de tener la capacidad de lograr algo, no hacía falta lograrlo.

Estamos hablando de una novela de 1600 páginas en tres volúmenes de un autor  que pertenece a una pléyade de artistas y pensadores sin cuyas obras no se entendería el arte y la cultura de occidente*.

No obstante la trilogía transilvana alcanza su trascendencia al envolver una época y un prisma de circunstancias sociales donde anida el drama de las minorías étnicas, lo hace en la gracia de tocar lo más esencial: el amor romántico…esta fuerza absorbente que significa la felicidad y la infelicidad de las mujeres y los hombres, es la vena –como si fuese un Danubio interior en el alma de los personajes- que nutre nuestra percepción: es el gran pintor ejecutando su arte en el lienzo del tiempo donde la belleza de los cuerpos concretos, singulares, con nombre y seña, se expande como la visión que tiene Abády en la casa de Adrianne:  una habitación sumergida en una oscuridad absoluta, una negrura aromática, impregnada por un olor parecido a la almendra o al clavo; pero no era un perfume artificial, sino algo suave, embriagador, cálido; el aroma de una mujer.
Debemos notar que Miklós Báffy, como los grandes escritores de su estirpe, navegan firmemente en el interior de esa vena danubiana que significa la percepción embriagadora de la mujer y que en otros trabajos hemos destacado: allí está, por supuesto Gyula Krudy y evidentemente Sándor Márai, pero también con gran mérito Lajos Zilhay, que incorporó a su arte narrativo, como el amante de la cinematografía que fue, la sensibilidad visual.

La pareja Abády-Adrienne es consonante con la pareja László Gyeróffy-Klára Kollonich       : veámoslo a él en este fotograma (quiero destacar en los autores húngaros su potencia visual, sea palabral o fotográfica): él: llevaba levita de color gris azulado, chaleco de pico de botonadura doble color mantequilla, pantalones a finas rayas blancas. Sus zapatos de charol, al final de los bien planchados pantalones parecían puñales refulgentes. En la solapa de levita no faltaba el clavel amarillo, la flor que era el símbolo de su amor: Klára: cuyo brillo vital de su cutis no era marmóreo ni alabastrino, sino que reflejaba la madurez de una fruta preciosa. Su piel de color salmón claro se bañaba en los centelleos de la vajilla. Como los rayos de sol que bailaban en la cara de los bañistas, las llamas verdes danzaban por sus hombros desnudos, en la curva de los labios, debajo de la barbilla, deslizándose por su piel con cada movimiento.

¡Báffy…está embobado!..¡Dios! ¡Qué placer al modelar a sus personajes! ¿Veámoslo trabajar en la ubre de la narración! El largo beso de Klára había salvado a László para siempre. Se sintió como los conquistadores, como Cortés cuando zarpó para México.

La Trilogía Transilvana es un banquete: pavo frío a la Richeliu, fuentes de trucha y urogallo, lomo de corzo de las montañas de Csík, jamón casero, exquisitas liebres, paté de gallineta (el secreto: sin dulce de Tokaji).

La Trilogía Transilvana es una cacería, una competición hípica. Para convocar el Parlamento una reunión de partidos o al comité del casino, en verano había que tener en cuenta la caza de la perdiz, en septiembre la del ciervo, a principios de invierno la del faisán y en primavera los días de carrera, para poder intercalar las asambleas entre estos acontecimientos.

La trilogía transilvanaen un duelo sin vendajes protectores, y a la estocada o a herida grave como los espadachines de la vieja escuela húngara, no a la estocada a primera sangre, como la escuela italiana, donde se enseñaba el punto d arresto.

Con la traducción al español de esta universal obra de Miklós Báffy podemos ingresar como en un sueño a la quintaesencia de la sociedad finisecular y contemplar el fotograma que se despliega en una envolvente melodía creada por estas palabras: Neszti-Györgyi había cazado tigres en la India, leones en Sudán, zorros en Inglaterra y en Francia; su yate navegaba la Rivera francesa, y no había carrera donde faltaran sus caballos. Las mujeres se volvían locas por él, pero ninguna había podido captar su atención, aunque había tenido varios duelos por amoríos, lo que consideraba una especie de deporte, algo que formaba parte de su agitada vida; y como aparentemente nada hacía mella en él –ni la pasión ni el miedo-, nunca le había pasado nada serio.

Este veloz perfil que hemos trazado de una imposibilidad, que es compartir el hechizo de esta obra, lo concluyo con otra cita, de Lázló Gyeróffly: Detrás de nosotros está la vida, desolada, fría, cruel. Delante los placeres: comidas que disfrutar, bebidas para embriagarse, belleza, color, luz, un ramo de flores y un cuerpo femenino rosado. Todo lo que puede hacer olvidar la impiedad de la vida, la muerte quizá, con sus pasos sigilosos, escondida en el frío comedor y envuelta en su negro crespón, se encuentra ya presente. (LLD).

*Músicos como Béla Bartok; cineastas como Cukor. Korda. Michel Curtiz, Miklós Jancsó o István Szabó: pintores como Moholy-Nagy y Vasarely; fotógrafos como Robert Capa, André Kertész y Brassai; filósofos y sociólogos como György Lukács, Karl Mannheim, Ágnes Heller o Ferenc Fehér, o si prefiere, la llamada Escuela de Budapest; psicoanalistas como Sándor Ferenczi, o historiadores como Arnold Hauser y Francois Fetjo, por no hablar de una inmensa nómina de poetas y novelistas: Gyula Krúdy, Ferenc Molnár, Mihály Babits, Endre Ady, Dezsó Kosztolányi, Milán Füst, Ignotus, Friyes Karinthy, Sándor Marai, Géza Csáth, Kálmán Mikszáth, Lajos Kassák o Lajos Zilhahy.

 

 

Ciclo Literario.