Whitman y Dickinson
El bardo y la núbil

Hernán Lara Zavala


 

En el mes de julio de 1855, Walt Whitman hizo circular algunas copias de su libro Hojas de hierba para que fuera leído por la gente del mundo literario por la que él sentía algún respeto. En abril de 1862, Thomas Wentworth Higginson recibió una carta de una tal Emily Dickinson, en la cual se incluían cuatro poemas para que el crítico dictaminara si sus versos «respiraban».

Daguerrotipo: Walt Whitman

Whitman había renunciado al metro y a la rima, y su extenso poema rompía de manera radical con la tradición al escribir con energía exuberante, en tono celebratorio y sin rebuscamientos verbales, acerca de sí mismo. En su Hojas de hierba Whitman había dejado de lado todos los recursos que hasta antes de él se habían considerado como esenciales para escribir poesía y sobre los que ya Poe había hecho un riguroso y exhaustivo análisis. Los versos de Whitman eran a veces repetitivos, abigarrados de enumeraciones caóticas, un poco verbosos pero frescos y de una gran fuerza y originalidad.

Dickinson tampoco se ceñía como poeta a las formas tradicionales. Su rima era imperfecta y su ritmo espasmódico para los criterios de la época. La melodía de sus poemas era heterodoxa y sólo el uso de ciertas palabras clave parecía darle sentido a la totalidad del poema. El uso de guiones para puntuar –recurso adoptado de los manuales de lectura y de pronunciación dificultaba la comprensión de sus versos de imágenes oscuras y penetrantes.

La poesía de Whitman no pasó inadvertida para su época y aunque hubo quienes la recibieron con escarnio, Whitman fue saludado como bardo entre los bardos y profeta entre profetas. Emerson leyó Hojas de hierba y comentó que era «la más extraordinaria obra de ingenio y sabiduría con la que habían contribuido los Estados Unidos». Whitman publicó su gran poema en 1855. A la sazón tenía treinta y seis años. Según sus biógrafos, hasta ese entonces el poeta no había dado trazas de talento y era considerado por muchos como «perezoso e indolente». Pero tal parece que entre los años de 1848 y 1850 tuvo alguna revelación que cambió su actitud vital y lo motivó a escribir su gran obra maestra. «Yo me cocía, me cocía, me cocía pero Emerson me motivó a hervir», le comentó Whitman a algún crítico en 1860.

Por su parte, cuando Dickinson le envió sus cuatro primeros poemas a Higginson, el crítico comentó que sus versos eran «admirables aunque extraños ... demasiado delicados y no lo suficientemente robustos como para publicarse». En una segunda carta, Dickinson envió otros tres poemas. Escribió una tercera carta y se resignó a ser una poeta desconocida. Durante su vida, Emily Dickinson sólo publicó seis poemas. Sin embargo, como a Whitman, algo extraordinario le sucedió en su vida personal cerca del año de 1860 que la impulsó a escribir más de mil poemas en un lapso de seis años. ¿Qué fue ese algo? No se sabe a ciencia cierta, pero sus biógrafos sospechan que se trató de un desengaño amoroso. «Esta teoría supone que a su pasión no correspondida le siguió una erupción poética e imaginativa ... hacia el único sustituto posible: el universo entero y su aspecto divino», ha comentado Ted Hughes.

Durante su juventud, Whitman vestía como un dandy, con chistera, levita y bastón. A los treinta y un años cambió su imagen de sí mismo y se convirtió a la imagen del bardo de luenga barba, ojos brillantes y sombrero campesino; dejó de ser un exquisito para convertirse en el hijo de la naturaleza, de quien Wilde escribiera: «Su espíritu vivió sin mácula pero se atrevió a besar la boca de su propio siglo».

A Emily Dickinson se le representa invariablemente con un vestido blanco –el adecuado para una novia del espíritu– como correspondía a una solterona, recluida en su casa escribiendo poemas que bien podían leerse como jaculatorias.

La influencia de Whitman proviene de la Biblia y de Emerson. La de Dickinson, de los himnos religiosos y del mundo de las adivinanzas. Pero sus respectivos genios y su originalidad no se deben más que a las bondades de sus, temperamentos.

El ego de Whitman es cósmico, centrífugo, sale disparado de él hacia otros hombres, de allí a la naturaleza y de la naturaleza al espacio. Su yo personal y su yo imaginario se confunden para convertir a su «yo poético» en el ciudadano del universo que acepta todo, que disfruta todo. Para Whitman, todas las cualidades humanas están presentes en cada individuo. En su poesía hay siempre una paradoja, pues el ser único, distintivo e individual es capaz, en un momento de éxtasis, de comprender y de sentir lo mismo la brizna de hierba que la totalidad del mundo y así lo grita Whitman a los cuatro vientos. El ego de Dickinson, sin embargo, es intimista, centrípeto y se dirige a las profundidades de su alma. El «yo poético» de sus poemas es siempre introyectivo, desciende hacia su corazón y convierte a la naturaleza en un paisaje personal, que roza todo el tiempo con el silencio.

Foto: Wislawa Szymborka

En Whitman, el amor es un resultado de la libertad emocional. La percepción de la vida se da en él a través de los sentidos, de la sensualidad. Existe en su poesía un furor dionisiaco, un placer tanto físico como espiritual que le permite regodearse ante el espectáculo que despliega el mundo y la naturaleza. Whitman celebra la gloria de amar y de ser amado, sin importarle que se trate de hombre o mujer y acepta todo: la belleza y la fealdad, lo moral y lo inmoral, lo heterosexual y lo homosexual. No es que ignore el mal sino que lo supera. Para Dickinson, en cambio, el amor sublima los hechos profanos al ámbito de lo espiritual. El «tú» de sus poemas es indistintamente ella misma, Cristo, la Naturaleza o ese ser abstracto en el que lograba desfogar su pasión intensa pero contenida.

Para Whitman, la naturaleza es perfecta porque es divina. Para él, como para tantos otros románticos, el hombre adquiere su más completa libertad al entrar en contacto con la naturaleza, que es un sinónimo de Dios. Whitman profesaba una suerte de panteísmo cristiano que le permitía, simultáneamente, la plena identificación consigo mismo y con el universo a través de la más mínima expresión: las hojas de hierba que, para él, no eran menos que el devenir de las estrellas. Whitman es el más religioso de los narcisistas. Para Dickinson, la naturaleza será la metáfora que le permitirá acercarse a lo inefable del proceso místico. Sus dudas y sus éxtasis la conducen inevitablemente a sentir una incapacidad para expresar su sentir. La naturaleza no le sirve sino como referente para expresar lo que ocurre en su alma, que se convierte en volcán, en viento, en sol o en tempestad. Hay, como en Whitman, una vinculación entre Dios y la naturaleza, pero ella se da a nivel meramente espiritual. El alma y el universo se comunican a través del escepticismo, de la angustia, de la desesperación y de la muerte. A pesar de la intensidad de sus poemas, hay una constante referencia al papel que desempeña la mente sobre el corazón: «Perdonen mi cordura en un mundo desquiciado», escribió alguna vez. En Dickinson no hay comunicación sino aislamiento, y la soledad resulta esencial para lograr la independencia del espíritu, es una vía para conocerse a sí misma. Si la imagen de Whitman es la hierba, la de Dickinson es el hongo que crece sobre la hierba. Para Dickinson morir es un privilegio y la muerte acerca al «yo poético» al momento de la verdad, por el cual ella sentía una mórbida atracción.

Para Whitman, la independencia física se da a través del derecho de cada individuo para actuar, para crecer, para ser libre. Whitman encuentra en la igualdad la libertad. Existe en su poesía un sentimiento de identidad, de solidaridad con todo y con todos, y lo único que no acepta es la esclavitud. En la poesía de Dickinson, la independencia se obtiene gracias a la aristocracia del alma que debe elegir a su compañía. El alma es siempre femenina y es el más fiel reflejo del «yo». El paraíso de Dickinson consiste en estar junto a una compañía selecta. El alma en Dickinson es siempre un ente solitario, evanescente, frágil y propenso al peligro. El tema de muchos de sus poemas es el del lugar que ocupa el alma dentro del universo.

Whitman era definitivamente optimista en su visión del mundo. Dickinson era más bien pesimista. Por lo mismo, mientras uno era elocuente, desmesurado, prolijo, festivo y extenso, la otra era económica hasta lo epigramático, oscura, silenciosa y muchas veces críptica. Estamos ante dos temperamentos sustancialmente opuestos que, no obstante, se unen y se complementan para formar una hermosa unidad de la época que les tocó compartir .

Ensayo perteneciente al libro Contra el ángel que el Instituto Literario de Veracruz tiene en preparación.

 

 

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