La llave de la habitación 28

Krisztina Tóth

Traducción de Yvonne Mester


Krisztina Tóth (Budapest, Hungría, 1967) cuenta con amplio reconocimiento en su país y en Europa. Ha escrito varios libros de poesía y cuento, de los cuales se ha publicado en nuestro idioma Código de barras lineal (editorial El Nadir, Valencia, 2010). El cuento que sigue forma parte de su libro más reciente, Pegamento instantáneo (Magveto Editores, Budapest, 2014), y aparece por primera vez en español.

 

Hacía una hora que la chica lo estaba esperando en la puerta, cuando el hombre por fin llegó. Le pidió perdón por no haberla llamado ni haberle enviado ningún mensaje, pero su mujer estuvo a su lado todo el rato, hasta habían tenido que comprar juntos, en el Praktiker, el carbón de leña envuelto en bolsa de papel. Apenas pudo convencerla de que no era necesario que lo acompañase, pues los niños estarían en casa de la abuela hasta el lunes.

––¿Carbón de leña? ––preguntó la chica en las escaleras.

Entonces el hombre le explicó que quiso comprar carbón porque había mentido a su mujer de que estaba invitado a una fiesta en casa de un compañero de trabajo en Pilisvörösvár. Que su mujer casi se puso a preparar papas con mayonesa que era la especialidad de ella. Que él le había dicho "qué va, no te preocupes", que sólo estaba a cargo de llevar el carbón para la parrilla.

Foto: Laura Stevens

Echaron el bolso de la chica al asiento de atrás y de verdad, ahí estaba la gran bolsa de papel.

Fue difícil salir del centro de la ciudad pero después todo estuvo bien. Mientras el hombre conducía manoseaba el muslo de la chica y ella se la pasó recordando cuándo había comido papas con mayonesa la última vez. Hacía mucho tiempo. Están llenas de calorías.

Ya estaba relajada, adormecida ante la vista del paisaje cuando de repente él dio un tirón al volante y frenó frente a la valla de un mesón con jardín. Mientras bajaba la ventana, con la mano derecha pulsó el botón de marcación rápida. Echó un vistazo a la chica y se llevó el índice a los labios, señalándole que callara, como una niña buena. 

En el mesón había un grupo de gente reuniéndose. Hombres y mujeres de unos cuarenta años movían las sillas metálicas de acá para allá, se daban palmadas a la espalda y se escuchaba su vocerío. Podía tratarse del encuentro de antiguos compañeros de clase.

–– Acabo de llegar, pero ahora tengo que colgarte, que estamos colocando las mesas –– dijo el hombre al teléfono.

Y colgó de verdad. Puso el indicador de dirección y con una maniobra brusca volvió a la carretera. Siguieron adelante. Al cabo de unos minutos de silencio, el hombre dijo:
–– Disculpa, necesitaba algún rumor de fondo. Tenía que aprovecharlo.

Después de permanecer algunos minutos callada, la chica dijo:

–– ¿Sabías que los japoneses ya fabrican móviles con rumores de fondo? Zumbido de carretera, murmullo de mar, alboroto de niños y todo.

El hombre no lo sabía, meneó la cabeza, pestañeó al retrovisor y adelantó. Siguieron callados hasta la pensión.

El conserje les ofreció la llave sin mediar palabra, miró de reojo a la chica y dijo en tono de cómplice que el vino ya estaba puesto en el hielo sobre la mesa de arriba. Era evidente que se trataba de una cooperación habitual.

La habitación era maravillosa y daba a las colinas de enfrente. El hombre se tendió sobre la cama de matrimonio y dijo que raras veces se había sentido tan feliz, que le daba la sensación de que su vida era completa, que ojalá pudieran estar así para siempre, abrazados, contemplanto las colinas.

––Te aburrirías pronto ––contestó la chica con voz ronca. El hombre se fue a tomar una ducha, sus silbidos resonaban en el baño.

Foto: Laura Stevens

La chica lo oyó decir que en seguida iba a abrir el vino pero, cuando pocos minutos después salió con una toalla en la cintura, la chica ya no estaba. Dio vueltas buscándola en los rincones y después la llamó al móvil, pero estaba ocupado. Tampoco veía el bolso negro.    

La chica ya estaba en la carretera intentando convencer a una amiga de que viniera a recogerla al fin del mundo, porque no sabía si siquiera pasaban autobuses por ahí. En tanto, tenía agarrado en la mano el llavero de madera del hotel, y se enjuagaba las lágrimas. Ya  estaba anocheciendo, apenas pasaban los coches.

El hombre tuvo una mala sensación. Se acercó a la puerta. Estaba cerrada. Se dio la vuelta y se echó en la cama.

–– Puta ––Pensó. Iba a tener que llamar al conserje para que lo dejaran salir. Será molesto. Esos japoneses saben algo…

La amiga tardó en llegar; la chica la estuvo esperando en la oscuridad, al lado de la carretera y no podía dejar de llorar. Ya no le quedaban más pañuelos de papel y seguía agarrando la llave con la mano mocosa. Un poco más tarde esbozó una sonrisa en el coche, cuando su amiga le quitó el llavero.

–– ¡Ni se te ocurra echarlo a la basura, tonta!  ¡Hace años que no tenemos tirador en la cadena del excusado del cuarto!
Y el 28 realmente le pareció ideal.

            –– Espero que no sea demasiado pesado…

 

 

Ciclo Literario.