La (in)movilidad, la escritura y la
actividad genuina



La escritura, el cuerpo y su desaparición.

Marcela Quiroz Luna

Colección diecisiete 5

Conaculta

2014

 

 

Marcela Quiroz escribió durante ocho años detrás de una ventana viendo el mar y en inmersión diaria en alberca –debía nadar diariamente por prescripción médica.
Convalecía de dos intervenciones quirúrgicas: fusión lumbar y extracción de tumor del nervio ciático en hueso poplíteo. En ambas condiciones de interrelación entre el cuerpo y el agua (viéndola y surcándola) descubrió con el tiempo y la insistencia imposibilitada que trae consigo la cronicidad, una relación simbiótica en la que las necesidades, humores y ritmos entre el cuerpo propio y los cuerpos de agua se enfrentan a veces en desterrada violencia y enceguecida impotencia hasta sosegar uno las dolencias del otro.

Fotograma: Mar Adentro

Desde su experiencia, la escritora anuda (advirtiendo respetuosamente la distancia sobre las condiciones físicas de dos hombres padecientes) su historia personal con la del español Ramón Sampedro y el francés Jean-Dominique Bauby.

El  primero, cuadraplégico traumático a  raíz  de  una  fatídica inmersión oceánica erróneamente temperada entre resacas y cuya historia la ha  rescatado Alejandro     Amenábar con maestría y sensibilidad en el filme Mar adentro (2001). Bauby, por su parte, sufrió un infarto masivo a los 43 años que metafórica y físicamente lo encerró dentro de sí.

Marcela Quiroz cree comprender sobre los confines de su particular (in) movilidad ese revuelo que funda las letras de ambos cuando la palabra escrita resulta el único escape frente a lo estanco. Tanto Sampedro como Bauby desde su condición (in)móvil escribieron: el libro de poemas Mar adentro y de prosa La escafandra y la mariposa, respectivamente.

Debido  a  esto  Quiroz  Luna  define como  (in)movilidad  la condición del paciente con dolor crónico que ese prefijo perforado, escondido (in) se ciñe dentro y apuesta por los contados movimientos entre los que el cuerpo que horada no se lastima de más. Sin embargo, a ojos ajenos el cuerpo en dolor crónico permanece casi siempre silencioso –y por tanto pareciera sano- por ello se asume la certeza de que posee una movilidad promedio. Escondidas las heridas sobre la piel debajo de los velos que prendan sus cicatrices, el cuerpo (in)móvil acontece en continua negociación, entre lo que parecería prometer y lo que puede cumplir.
Si bien el español Ramón  Sampedro  fue un personaje mejor conocido en la historia contemporánea por su  lucha  legal  a  favor de la eutanasia, lo que punza su vida en lo que aquí se atiende es el recurso de la escritura como exploración de experiencia   intensiva de la actividad genuina, que  consiste  según Jean-Francois Billeter (profundo estudioso y practicante de la caligrafia china,  autor de Cuatro  lecturas sobre  el Zhuangzi -Madrid: Siruela 2003) en el logro sostenido de incrementar nuestra conciencia corporal para elevar nuestra actividad genuina al proyectar nuestra existencia presente en el espacio que nos rodea y hacer más vívida nuestra percepción interna y externa.

Completamente paralizado del cuello hacia abajo, Sampedro aprendió a escribir con la boca y los limitados movimientos de su cabeza. Auxiliado por una herramienta diseñada por uno de sus familiares, escribiría así durante su edad adulta confinado en un cuarto con una cama, un libro de poemas.

Convocar a la memoria su existencia y experiencia radical no tiene otra intención que ayudarnos a comprender las posibilidades que nuestra actividad genuina mantiene sobre la capacidad real física de movimiento del cuerpo. Pues Sampedro, desertado de la conciencia plena de su cuerpo genuino por mantenerse sensiblemente yermo, consigue a través de la escritura la evocación de su actividad genuina a pesar del peso de su cuerpo muerto-capacidad-en-fuga que sugiere con contundencia el trayecto cinematográfico a ojo de águila que en varias ocasiones hace Amenábar desde la ventana de la habitación del inmovilizado cuerpo sobre colinas al mar.

En un caso más extremo de desconexión fisiológica, el editor de una famosa revista francesa Jean-Dominique Bauby después del día que perdió la conciencia de su ser como cuerpo móvil, regresó al mundo como uno de los contados y extraños casos de Locked-inSyndrome-parálisis casi total del cuerpo en la que la mente, de otra forma intacta, se sabe encerrada. Durante poco más de 18 meses, Bauby viviría relacionándose con el mundo únicamente gracias al parpadeo de su ojo izquierdo. En ese estado escafándrico y con la ayuda de un sistema básico de comunicación por repetición en asiduidad  y  recurrencia de las letras del alfabeto de uso cotidiano del francés,    el    desterrado se da a la selección de cada una de ellas para formar una a una las palabras  con  que  hace por enlazarse al mundo. El cuerpo (ese cuerpo suyo-sin-el)     despojado de la posibilidad motora de  su  realización genuina por una atrofia neurotransmisora casi absoluta,  encontraría  en la   escritura  al   dictado de un solo párpado la única manera de extender su    espacialidad   como evidencia          de su estar todavía     en el mundo.
Contenido el cuerpo se tiende la palabra. Bauby escribe un libro en el aleteo de un solo párpado, frágil como el de una mariposa.

Fotograma: La Escafandra y la Mariposa

Su libro Le scaphandre el le papillon se publicó en Francia a principios de 1997. Poco días después Jean Dominique Bauby murió de neumonía en el hospital del poblado francés Berck-sur-Mer, en Normandia donde en el  Hópital Maritime vivió los últimos dos años viendo desde su silla de ruedas, por una ventana, el mar.

Quizá la historia de este hombre no se conocería hoy fuera de su círculo familiar si no hubiera existido en él ese deseo de realización del cuerpo-a-pesar-de-sí expandido en reflexión sobre La escafandra y la mariposa. Y quizá la comprensión profunda del sentido de apresamiento corporal no resultara tan internamente latente, incluso a la lectura del libro, si no fuera por el filme homónimo de Juliam Schnabel The Divinig Bell and the Butterfly, (en 2007 fue reconocido en el Festival de Cannes como el mejor director), en el que logra este pintor-cineasta convocar con desconsoladora elocuencia la corporeidad constreñida al ojo-hombre vuelto lente y mirada cinematográfica. Schnabel explora la brutal batalla que enfrenta el cuerpo por proyectar la conciencia de sí que le ha sido impedida por el brutal síndrome de autoencerramiento. En una plenitud librada sobre los esfuerzos inexigibles al cuerpo, el ojo de Bauby en la lente de Schabel va deletreando una autoconciencia que recuerda, soporta, espera y sobrevive en la mano de una mujer que día a día toma el dictar parpadeando.

La memoria y la imaginación, confiesa Bauby, son ahora su espacio de despliegue a través de la palabra que dice un ojo que aún puede observar el mar sobre el horizonte más próximo de una baranda hospitalaria. En el decir de la mariposa que revolotea dentro de la escafandra sobre la que escribe sin escribir Bauby, se despliega una metáfora incomparable para acercarnos al sentido de la actividad genuina o genuina actividad conseguida por un cuerpo que reconoce y delega el proceso de conformación y confirmación de su existencia al revoloteo de un solo párpado testigo. Entonación precisa de un cuerpo apresado entre sus limitantes. Las historias de Sampedro y Bauby, cada una desde su particular encierro, nos conducen a la revaloración de  las distancias y  profundidades que  se escriben desde el cuerpo.

La de ellos son  escrituras  en  fuga que   quieren   desbandar el   propio   cuerpo   con las   palabras.   Esto   es lo que entiende la escritora Marcela Quiroz situándose    paciente    a un lado de quienes han escrito   con   el   cuerpo entre el agua, reteniendo así como anticipo y en complicidad    algo    de lo escrito por María Zambrano en Los sueños y el tiempo:

Pues el sentir dolor o placer, avanza y crece al modo de las olas marinas; y aun la    intensidad puede compararse a las  mareas. Y aun la opacidad  de  ciertos  estados  sentimentales con  la  opacidad  de  las aguas, y su agitación. Y como ellas es envolvente y amenazador. Los estados sentimentales de equilibrio son transparentes, parecen revelar si declarar, como dejándose ver las diversas zonas de sentires y aun de imágenes correspondientes.

Billeter asegura que la caligrafia china puede entenderse como una forma de hacer visible la actividad genuina del cuerpo, por lo que su aprendizaje resulta un medio idóneo para desarrollarla. La escritura de Ramón Sampedro –con una pluma en la boca- y de Jean Dominique – el párpado de un ojo- remiten desde sus particularidades de exigencia y enunciación corporal a este proceso de intelección corporeizada de la escritura. El tiempo de padecimiento extendido destinado por ambos cuerpos al rescate escrito funda su posibilidad en la paciencia, disciplina y convencida disposición que requiere el ejercicio de la palabra para un cuerpo orillado a una estancia en naufragio.

 

 

Ciclo Literario.