La ciudad de los magiares

Vicente Blasco Ibañez


El escritor español Vicente Blasco Ibañez (1867-1928) es autor de casi 50 libros. Su vida y su obra alcanzó el reconocimiento internacional. A finales de agosto de 1907 Blasco inicia un viaje a través de centro Europa que le llevará hasta Constantinopla, capital del Imperio Otomano y puerta de Oriente. Esta crónica Oriente  (Nausícaä/MMIII. 2004) incluye desde la ciudad balneario de Vichy hasta Budapest. Y he aquí una descripción de gran sensibilidad y maestría que no está editada aún en húngaro. Ciclo Literario ha seleccionado este capítulo para ser difundido por primera vez entre los magiares. Se trata de una obra apasionante y de una actualidad asombrosa para los casi cien años transcurridos desde que la escribió.

 

De noche aparece Budapest una población de ensueño. La noble ciudad refleja en el Danubio  –que tiene cerca de medio kilómetro de anchura –los fuegos de su espléndida iluminación. Desde los muelles del pest, que es la más grande por estar en el llano, se contempla enfrente a Buda enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de las colinas y sembrando las rocas de los faros eléctricos, que brillan como lunas.

Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles, borrando momentáneamente con el remolino de su marcha de temblores reflejos de las luces de los muelles.
De los cafés, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta, llegan a intervalos, con los polos de la brisa, suspiros de violines o el rugido metálico de una banda militar. En los paseos, campesinos de la Galitzia austriaca o de Transilvania, con trajes pintorescos que recuerdan las invasiones turcas o de la guerras de María Teresa, van de restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre grandes cestos de frutas. La sandía, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa, se muestra aquí y parece sonreír amigablemente con su purpúrea y redonda boca, anunciando que el Oriente está cerca. Los violines bohemios suenan tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen recordar al glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho pueblo.

De vez en cuando truena en el suelo de los muelles y pasa un carruaje tirado por caballos húngaros, incomparables animales que marchan siempre al trote largo, como si fuese su paso natural, y unen el vigor y la corpulencia a la esbelta ligereza del corcel árabe.

Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio moteado de luces que envuelve a la dulce ciudad, se muestra esta monumental y grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de enseñanza asoman asoman a sus masas arquitectónicas por encima del caserío. En el antiguo Buda, ciudad de culturas, hay una larga colina que es como el Capitolio del pueblo magiar, pues la extensa meseta soporta los principales monumentos de su vida política. Sobre la ondulada cresta, cubierta de profundas manchas de jardinería, está el San Matías, templo del siglo xv, fortificado como un castillo. A sus naves tuvo que venir a coronarse como rey de Hungría  el actual emperador de Austria, entre las corvas cimitarras de los señores magiares, vestidos con el dolmán tradicional, haciendo sonar las espuelas  de sus botas de cuero rojo y ondulado sobre su gorro de húsar el blanco penacho sujeto con su joyel.

Al lado del San Matías extiendes sus innumerables cuerpos arquitectónicos el Kiralyi palota (Palacio real), en el que no ha vivido ningún rey desde hace más de un siglo, pero que no por esto respetan menos los húngaros, como un símbolo de su relativa independencia. Ochocientas sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenzó a construir María Teresa, todas lujosas, todas deshabilitadas, y muchas de ellas con muebles modernísimos que nadie ha usado. El palacio con su ostentosa frialdad de mansión vacía, tiene algo de tumba: pero los húngaros lo adoran, viendo en él una prueba de que en nada dependen del grandioso alcázar que se alza en el corazón de Viena.

El Palacio real, el Parlamento y la Academia son los tres orgullosos de los ciudadanos de Budapest. Los rudos señores magiares que en el campo llevan aun una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la hípica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y cuando quieren obsequiar a un compatriota ilustre, pianista o poeta, la regalan… un “sable de honor”, hablan de la Academia de Budapest, con el respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia húngara es una institución particular, fundada hace años por el conde Szechenyi, quien la instaló en lujoso palacio y la legó un excelente museo.

Compuesta de trescientos miembros, se dedica, según los estatutos que dicto su fundador, al estudio de la historia y la lengua húngaras y al de todas las ciencias, menos la teología. Su biblioteca la forman medio millón de volúmenes; su Museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los cuales unos cincuenta –los mejores- son de la escuela española, figurando a la cabeza cinco de Murillo.

Pero de todos los edificios públicos, el que más entusiasma a los magiares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos húngaros revolucionarios que en 1848 fundaron la Republica presidida por Kosuth, ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batallas, vestidos con su uniforme tradicional de húsar y blandiendo el corvo sable contra los opresores austriacos, se han refugiado en el Parlamento, el Uj Orszaghaz, como en un lugar de combate, donde dan expansión a sus resentimientos históricos.

El edificio, de construcción reciente, es digno de la importancia que atribuyen los húngaros a la vida parlamentaria, última manifestación, por el momento, de su antigua rebeldía.

Visto este palacio por primera vez, asombra e intimida con su grandeza. Examinando más despacio, parece un disparate arquitectónico, una fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras que para nada sirven. El deseo de los húngaros fue poseer un Parlamento más grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su inmensidad estuviera en relación con la importancia de sus aspiraciones políticas, y construyeron como gigantes.

El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cúpula central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de  36 millones de coronas.

El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe.

-Esto se parece a la Alhambra- afirman con irresistible convicción los húngaros entusiastas, que jamás han estado en España ni han visto del palacio árabe más que alguna tarjeta postal.

Nada tienen de la Alhambra sus salones, pero algunos recuerdan vagamente las cámaras del Alcázar de Sevilla. Bajo la gran cúpula central, al término de una escalinata de mármol construida para colosos, está la rotonda, de oro y mármoles policromos, titulada Salón del Trono. En ella al abrirse el Parlamento, se reúnen a escuchar el discurso del invisible rey de Hungría que vive en Viena los cuatrocientos cincuenta individuos de la Cámara de Diputados y los trescientos de la Cámara de los Señores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pellizca flotante sobre un hombro, el sable haciendo sonar las rosas con el tintineo de su vaina de bronce prolijamente cincelada, la mayoría con ojos belicosos, prontos a tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron a la abandonada emperatriz de Austria para gritar: “¡Moriano pro regem nostrum María Teresa!” Pero estos, si desean morir por alguien, es por la independencia de Hungría.

El partido llamado independiente cuenta con más de la mitad de los individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el héroe magiar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan a cincuenta. Los ministerios viven gracias a la desdeñosa protección del partido de la independencia, que aún no cree llegada la hora de moverse, por miedo a la Alemania aliada a l emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey de Hungría o cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las fuerzas de la Triple Alianza, los húngaros harán indudablemente algo más que asistir a las sesiones de su Parlamento.

Mientras tanto procuran dar a esas la mayor amenidad posible, para el entretenimiento del pueblo magiar, y que no se pierda la tradicional acometividad de la raza.

Los húngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan generalmente, con sus uniformes de fiestas. Los hay pequeños, con una amarillez asiática, pómulos salientes y mirada salvaje, que parecen verdaderos calmucos. Las tradiciones magiares hablan de Atila como de un héroe del país, y atribuyen a los hunos la fundación de Buda. En el techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero “Azote de Dios” en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes mitológicos.

Cuando los diputados magiares se enfurecen contra el gobierno, tratan su magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y pupitres en el Salón de Sesiones y arrojan los pedazos a la cabeza del presidente del Consejo y sus ministros, si estos son tan inocentes que aguardan a pie firme la contundente rociada.

Después se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas , se muestran más blandos y tolerantes  los amigos de Austria, y … hasta que llega la hora en que las escenas interiores del Parlamento se repitan afuera, a lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey Matías Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo adiós a la patria y prefirió morir en el suelo extranjero, tras larga y obscura ancianidad, antes de verla gobernada por austriacos.

 

 

Ciclo Literario.