Krúdy: Girasol



 

Gyula Krúdy (Nyíregyháza, 1878-1933) autor de 60 novelas y 3 mil relatos es considerado el más grande narrador húngaro, Sándor Márai,  se expresa así de su maestro: “El poder literario de Krúdy va más allá de cualquier explicación. Pocos escritores de la literatura mundial han alcanzado su grandeza. Con pocas pinceladas dibuja escenas apocalípticas de sexo, entrañas, crueldad humana y desesperación”.
Para ilustrar la fuerza de su prosa el siguiente es un  montaje a modo del lector-transcriptor, una edición libre con el fin de difundir una síntesis atmosférica de la novela.

  Girasol.
GyulaKrúdy
Traducción: Zsuzsanna Ruppl
Edición: José Miguel Palláres
Espasa Clásicos
2008

 

En cuanto al amor, al que tan sólo una estrecha ranura
separa del crimen, siempre lo he considerado un milagro.
Pastoli

 En la región de  Nyírség  las manecillas del reloj se deslizaban hacia la señal de la medianoche con tal sigilo que parecían ánimas ascendiendo por la pared rocosa de una montaña, espectros que pululan por los castillos y se remontan a los tiempos de orgías salvajes en las que corría la roja sangre de las doncellas.

Gyula Krúdy

Las frías madrugadas  hedían a sepulcro marcadas por el sonido del despertador. Los amplios capotes de los cocheros de Correos, exudaban todos los olores del camino. Mujeres inimaginables esperaban a los hombres con sonrisas estudiadas y les mostraban sin pudor las rodillas y los senos, sucios como el adoquinado de las calles, rameras pululaban con velo por las callejuelas oliendo a perfume barato con una bufanda de seda blanca y luciendo una ancha sonrisa en su rostro de calavera.

En Nyírség los hombres amaban a sus esposas como si fueran flores crecidas en una maceta, a la antigua usanza, cuando las señoras de la casa eran criaturas de tez blanca, aromas fragantes y carácter apacible que durante el día se consagraban en silencio a los quehaceres de la casa y cuyas curvas les deleitaban las noches.

En  la región  brumas, calimas y columnas de humo se alzaban desde la ciénaga hacia la soledad de las alturas como figuras de hermosas mujeres muertas que coquetean con el fulgor blanco de la luna.

En   Nyírség las singulares melodías de los pájaros entretejían las voces de las mujeres, cuyas caderas rebosaban la cálida pereza de los patos cuando incuban, los cabellos se les alborotaban al dictado caprichoso de los dedos del viento.

Allí vivía una mujer  flexible y plateada como un abedul en el esplendor de la primavera, y se aferraba a los hombres como una enredadera. Mientras las nubes de felicidad se deshilachan como las trémulas salpicaduras de sol en las alfombras, su alma se retorcía como un dragón decapitado.

En esa ciudad vivía KálmánVégsóhelyi, un dandi sarcástico y calvo cuyo rostro parecía estar hecho para ser abofeteado.  Vivía Diamant, de  ojos tristes como los de un fantasma, la nota dolorida de su voz recordaba la tonalidad amortiguada de un violonchelo que suena detrás de una cortina. “He desperdiciado mis días yendo de puntillas detrás de las faldas cortas de las bailarinas. Por eso no he conseguido nada en la vida. Pronto habré cumplido los cincuenta, y palmaré como un perro. Los hombres como nosotros podemos ir a cualquier sitio, incluso al depósito de cadáveres, para que nos entretengan las mujeres asesinadas a palos”.

En esa región vivía Maszkerádi, quien dice que las novelas sólo te enseñan cómo morir.

En esa ciudad vivía Pistoli quien iba por el mundo gruñendo como un jabalí salvaje, pero las mujeres bailaban al son que él tocaba para apaciguar al monstruo. Era un tipo sombrío y tétrico que se pasaba días y días interpretando marchas fúnebres y no apartaba la vista de los majestuosos caballos de pelaje zaíno que tiraban del coche fúnebre en dirección al cementerio. “Las delicadas curvas de los hombros, los brazos bien torneados, la maravillosa hechura de las caderas no pueden pensar, ¡cómo podrían hacerlo!, que un día van a conocer la soledad en el húmedo fondo del sepulcro”.

En esa región vivía una mujer a quien le encantaba la noche, tan distante de la vida, y leer la historia de personas cuyo destino ya estaba escrito…y cuyo vino, el mejor de Hegyalja, era hecho con la uva de los viñedos que crecen en la falda de los montes, allí donde el sol se acuesta para hacer el amor.

En Nyírség  vivía Rizujlett, quien a veces, chillaba como un ave silvestre antes de entregarse al macho. Su boca exhalaba perfume francés, su cabello rizado olía bien, como el de Carmen en el estrado del concierto.

En esa región vivía su esposo, un capitán retirado, para quien “vivir la vida es sólo para los payasos”.

Seres extraños pueblan el crepúsculo de estas tierras, criaturas que sólo se hallan en este paisaje

Al caminar sobre los campos donde se había asentado una niebla grisácea, como ánimas reunidas para rememorar las penosas circunstancias de sus fallecimientos.

 

 

Ciclo Literario.