Aventura en Konya: 800 años de Rumi

Clara Janés


 

Mevlana derwish one lira, Mevlana derwish one lira!”, grita un vendedor callejero que ofrece un muñequito a modo de sufí danzante que cuelga del extremo de una cadena y al que hace girar. Estoy en Konya, asisto a un congreso con motivo de los ochocientos años del nacimiento de Yalal ud-Din Rumi, místico creador de la orden de derviches giróvagos y gran poeta en lengua persa, nacido en Balj y afincado en esta ciudad tras huir de la invasión mongola. Me acompaña un joven iraní –al que conozco, como a otros participantes, de un encuentro en Teherán- y cada vez que el vendedor se nos acerca nos reímos. “Poco se podría imaginar Rumi, hace ocho siglos, que su precio sería una lira, sin duda muchísimo si trasladáramos ese valor a su tiempo”, dice. Llegamos a un parque y nos sentamos en un banco. Entre los congresistas hay dos descendientes de Rumi, una mujer turca y un hombre de Damasco, el Sr. Mawlawi, que, por cierto, parecen no conocerse y que, curiosamente recuerdan ambos a las imágenes que han quedado del místico. Ahora él se acerca y se sienta en otro banco y vemos como el vendedor le pone el muñequito en las manos con su cantinela perpetua “Mevlana dervish one lira!”. El joven y yo soltamos una carcajada. Nuestra risa, de todos modos, es compleja, nos hace gracia ese intento de venta del muñeco al descendiente de su inspirador, pero ante todo es un modo de distensión, hemos pasado veinticuatro horas muy inquietantes.  


El congreso había empezado en Estambul. Tres días densos en ponencias por parte de los mayores especialistas en el tema: Denis Gril, William Chittick, Carl Ernst, Stephen Hirenstein, y muchos turcos y persas y los españoles Victor Pallejà de Bustinza y Pablo Beneito. Me tocó hablar antes del señor Mawlawi y lo hice relacionando la danza sufí con la danza del dios hindú Shiva. Cuando acabé un enigmático personaje dio un salto hacia mí y me tendió su tarjeta. Pero el descendiente de Rumi se explayaba ya pasando revista a las concepciones astronómicas desde su origen a Copérnico para demostrar que su antecesor se había adelantado en el concepto del sol como centro de nuestro sistema planetario, pues el derviche, al danzar, gira alrededor del maestro y reproduce así el movimiento de las luminarias. Además, con sus brazos, que empiezan cruzados sobre el pecho para acabar uno elevado hacia lo alto y el otro mirando al suelo, conecta la energía celeste con la terrestre. Ponencias, las nuestras, dentro del marco de lo esperado. La del joven iraní, en cambio, había sido muy arriesgada. Trataba del encuentro de Rumi con el sufí errante Shams de Tabriz -encuentro tan exaltado que, dice la historia, provocó los celos de los discípulos del primero hasta tal punto que dieron muerte al segundo- y exponía la responsabilidad de Rumi, por omisión, respecto a su muerte. Rumi había dejado que Shams muriera para conservar su figura como un imposible, es decir, aquello inalcanzable a lo que dirigirse siempre. Inesperadamente uno de los grandes eruditos iraníes, Mohammad Ali Movahed, corroboró esta teoría analizando una carta del Diván de Shams.


Me escapé del revuelo que causaron estas dos intervenciones porque tenía una cita con el poeta pintor Ilhan Berk que inauguraba una exposición en un palacio otomano recién restaurado. Ilhan Berk es un entusiasta de Rimbaud, su poesía es de un enorme colorido y atrevimiento. Sus cuadros también. Allí estaban, perfectamente enmarcados y distribuidos con un fondo de grandes balconadas al Bósforo y acogidos por altos techos fingidamente apuntalados con pequeñas columnatas de cristal amarillo y marmóreos suelos. Un grupo musical, que mezclaba lo popular, tocado con instrumentos tradicionales, y lo rigurosamente actual, era el fondo a las salutaciones y conversaciones de una sociedad tan sofisticada que, de no haber estado allí el poeta, me habría sentido como figurante de una película de Antonioni.


Pero la enigmática aventura empezó después. Llegamos a Konya por la noche. La mañana siguiente, al poco de despertar, me asaltó una idea: ¿y si en mitad de las conferencias estallara una bomba? Bajé al hall e inmediatamente vino hacia mí el joven iraní: “vayamos a un sitio apartado -dijo- tengo que enseñarte una cosa”. Alguien había metido en su bolsa de viaje una agenda en cuya primera página figuraban en letra clara las palabras “Al Qaeda” y debajo unos números, como si se tratara de un teléfono. El muchacho estaba asustado y yo asombrada: la había descubierto a la misma hora que la bomba pasaba por mi cabeza. “Vamos a recepción y dejémosla allí”, digo. El cree que es peligroso: la agenda está ya llena de sus huellas dactilares, dice que es mejor destruirla. Nos vamos al Centro Mevlana, donde tendrán lugar las intervenciones. Sólo entrar observa él la gran cantidad de policía que lo custodia. “Si la han metido en mi bolsa a posta, por ser el único persa que no es sufí ni uno de esos eruditos del régimen, la intención es inculparme”, dice. “¿Y si es una casualidad?”, digo. Lo primero era averiguar si el propietario era uno de los congresistas. En efecto, en la lista estaba el nombre, y era de Bangladesh. “Esto encaja –dice-. Los de Bangladesh detestan a Rumi, lo consideran un heterodoxo, y son muy agresivos, así que muy bien puede haberse infiltrado uno… Tú hablaste con dos de Bangladesh ayer, ¿será ese vestido tan a lo indio?” “Ese parecía muy inocente –digo-, el otro, en cambio, el de aspecto occidental, era raro. Con la excusa de que tiene una hermana escritora me hizo darle el e-mail y se fotografió conmigo. Luego, de pronto, se levantó y se fue. Volvió y, al poco, se fue de nuevo, como inquieto.” Lo localizamos en primera fila. Pasado un rato continuaba el joven: “Tengo que deshacerme de esa agenda, habrá que tirarla o quemarla. Salgamos.” “Si está hecho con intención te estarán observando. Si ha de pasar algo seguro que la policía lo sabe. Lo mejor  es volver al hotel. Yo, que soy española, digamos neutra, finjo que me acabo de encontrar la agenda y la doy en recepción para que la devuelvan. Si se trama algo, ellos estarán sobre aviso,  y veremos detener al tipo.”


Volvemos, pues, al hotel. Al sacar la llave tropiezo con la tarjeta que me dio el enigmático personaje al final de mi ponencia. Veo que había escrito el número de su habitación y “me gustaría tener su texto”, y veo que es precisamente el propietario de la agenda. La bajo a recepción. “Se le habrá caído a alguien”, dicen. Me siento en el hall y pido un té. Como habíamos quedado a los 20 minutos baja el joven. “La verdad es que es muy raro. A nadie que tuviera que hacer un contacto para un atentado se le ocurriría poner Al Quaeda tan claro en la primera página. Hoy día todo se hace a través de móviles y enviando fotos que son en sí un código prácticamente indescifrable”.


Volvemos al Centro Mevlana, pero al punto decidimos saltarnos las ponencias y visitar por nuestra cuenta la tumba de Rumi. Allí estamos, en el hermoso patio calzándonos unas zapatillas de plástico sobre los zapatos para poder entrar. Es un museo y no se permite rezar, pero todo el mundo reza silenciosamente. Hay varias tumbas, como alargadas camas cubiertas de brocado verde y culminadas por inmensos turbantes, son las del místico y algunos de sus descendientes. En otra parte está la de Shams, que no es tal pues nunca se llegó a encontrar su cadáver. Demasiado boato para que me pueda impresionar, aunque la arquitectura es sobria y hermosa. Las salas contiguas me atraen más: hay instrumentos musicales, cacharros, ropa de la época y códices bellamente miniados: varias versiones del Masnaví, del Diván, de El centro del centro con ilustraciones en oro y azules y atrevida distribución de texto e imagen en la página.


Por la tarde me dice el chico: “He enviado un correo electrónico a un amigo que está en Canadá dándole todos los datos, por si pasa algo. Deberíamos hacerle una foto y mandarla”. “Esto es imposible, no tenemos ni un móvil de esos… Además, se daría cuenta”, digo. “Es muy extraño –insiste él- tal vez se trata sólo de hacer contactos. De todos modos, si pasa algo será esta noche, mientras bailen los derviches”. Él quiere comprar cosas para sus padres y hermanas, así que recorremos algunas tiendas. Todas son iguales: turbantes y derviches de cerámica, de latón, de madera, rosarios, colgantes con escritos de Rumi, pequeños libros, joyas baratas, anillos, gorros, zapatillas de cuero… Pienso que Lourdes y Fátima deben ser así, que la religión se convierte fácilmente en  turismo. Una sola tienda con los chorros del oro en el escaparate, varias con aparatos electrónicos. El bazar: igual, con el añadido de los vestidos de boda, tan adornados y aparatosos. Estoy cansada, pero es evidente que no se puede tomar el te en esas teterías. Decido, por mi parte, volver al hotel y, al entrar, disimuladamente, me acerco a la recepción: la agenda aún está allí. Subo a descansar pero tengo en la mesa una traducción, que me he llevado por si me quedan ratos libres, y me enfrasco en ella. Se me va el tiempo. Suena el teléfono: “¿Qué haces? Es hora de cenar. El autobús está a punto de salir.” Hay que ver, pienso, podría desaparecer y sólo este chico se daría cuenta.


Cuando bajo, el autobús ya se ha ido, pero él me espera. Vamos a recepción a pedir un taxi: la agenda ya no está. Llegamos al restaurante –coche de la policía en la puerta- que es un antiguo caravasar construido en piedra con techo abovedado sobre altos arcos. Lo imagino sin mesas ni comensales, con camellos y caravanas y con teas alumbrándolo… Pero todo el mundo está  ahí comiendo y parece que no hay ni un sitio libre. Al final encontramos dos justo delante del Sr. Mawlawi, que nos acoge muy cordial: “El yogur es de oveja, es delicioso”, dice. Él, que es bastante gordito, tiene el plato lleno de viandas. Yo estoy atenta a las mesas. “Está aquí”, digo al iraní, y pienso: no lo han detenido. Vamos comiendo y charlando con el descendiente de Rumi y, de pronto, el de Bangladesh se nos acerca, lo saluda y le da su tarjeta. Luego pasa la mano por la espalda del joven, se inclina hacia mí, y me da su tarjeta. “La tengo del otro día -digo- y siento no haberle podido pasar el texto, pero pronto lo podrá leer porque los van a editar”. “Bueno, de aquí a que esto se acabe aún tenemos tiempo”, dice y se va.


Y nos encaminamos hacia el Centro donde tendrá lugar la danza de los derviches. El chico me dice: “¿Te has fijado? A mí no me ha dado la tarjeta, pero me ha pasado la mano por la espalda de un modo muy afectuoso. ¡Que raro es todo esto!” El lugar es una sala circular inmensa con cabida para varios miles de personas. La mayoría de congresistas se han puesto en las primeras filas, pero vemos a Mawlawi solo en la parte alta. Evidentemente, desde ahí la perspectiva es global y se verán los danzante en su conjunto. Hacemos lo mismo. Casi nadie más ocupa las alturas. Nuestro hombre se pone justo debajo de nosotros pero unas 15 filas más abajo. “Aquí no pasará nada -digo-, para que surtiera efecto esto tendría que estar lleno, y sólo con nosotros hasta da frío”.  Y ya están bailando los derviches, ya están girando, la cabeza y el gorro rojo ladeados, las faldas ondeando en circunferencia, los brazos lentamente descruzándose para alcanzar su posición: uno hacia arriba y el otro hacia abajo. Giran y giran como blancas hipomeas, avanzando lentamente, formando dibujos siempre circulares. Esto dura más de una hora, sin la menor pausa, sin el menor cambio de rumbo. Nadie aplaude al final. Todos vamos saliendo en silencio.

Mevlana dervish one lira!”… Se está bien bajo los árboles del parque y está claro que nada va a pasar. “Creo que pudo ser un mero tanteo, que quería ver cómo respiraba”, dice el chico. Ya a última hora comento el hecho con los otros españoles. Victor Pallejà me dice: “¡Que fantasía! Puede haber muchas instituciones que se llamen Al Qaeda.”. Y Pablo Beneito: “Pues vaya aventura la vuestra. Al Qaeda significa: lista”. En el avión de regreso a Estambul me toca al lado otro iraní, un turbante famoso, que amablemente entabla conversación conmigo. En un momento dado, en cambio, algo que yo he dicho le hace detectar que no soy e exceso religiosa, corta el diálogo y mira hacia el pasillo el resto del trayecto. Yo me pregunto, como otras veces, porqué ese interés mío por la mística, se trate de Rumi o de San Juan de la Cruz. Y me viene de pronto el título de un libro La imaginación creadora en el sufismo de Ibn Arabí, de Henry Corbin, autor tan denostado por alguno de los eruditos presentes. Esta aventura, como dice Pablo, puede que sea el fruto de una fantasía, como dice Víctor, pero lo cierto es que nada queda claro.  Para Ibn Arabí la gran sabiduría de Dios es permanecer oculto. Lo que se alcanza a saber es, por tanto, fruto de una intuición, precisamente de esa especial “imaginación” analizada por Corbin. Seguramente en eso estriba mi empeño: quiero saber hasta dónde llega la fuerza “creadora” de la mente humana y por qué, y cómo, la lleva a estados de éxtasis y a producir tan hermosa poesía.

 

 

Ciclo Literario.