De la profundidad a la intemperie,
otro indigenismo en México

Lorenzo León Diez


Lo indio como principio oculto de mi yo que recupero en la pasión. Nos sentimos atraídos y atemorizados por el mundo indio, porque presentimos que… alberga una realidad oculta y misteriosa que no podemos alcanzar y cuya presencia nos fascina, porque en él permanece un sentido personal, desconocido y no realizado en la superficie que muestra ante nosotros: su capacidad de trascendencia.
Luis Villoro

 

Problematizar  lo extraño implica problematizar lo nativo. De tal suerte, a partir del momento en que los modernos calemos en lo extraño tendremos que poner en crisis la claridad impoluta e indubitable, marcándola en profundidad con lo excluido, el misterio indecible de lo sagrado y  la physis (la fuerza imperante de lo que al brotar permanece ––por ejemplo una rosa).

Jorge Juanes

 

Guillermo Bonfil Batalla publicó por primera vez México profundo. Una civilización negada (1) en 1987, pocos años antes de morir en 1991, por lo que no alcanzó a ver, en 1994, la rebelión en Chiapas del EZLN, de la que su libro es el anuncio más esclarecedor de ese acontecimiento que sorprendió a propios y extraños; un advenimiento de lo que otros estudiosos de las etnias y las culturas prehispánicas o precoloniales habían venido diciendo desde hacía muchos años.

La noción de “zonas de refugio” que acuñó Gonzalo Aguirre Beltrán expresa precisamente la persistencia y la resistencia de una civilización que desde hace más de 500 años ha sido arrasada y negada y que se refugió en las zonas boscosas, selváticas, en las montañas del sureste, principalmente, pero en otros territorios también, en zonas desérticas o en pueblos aislados, donde ha seguido un curso histórico, de carácter milenario.

Foto: Raúl Ortega / Chiapas 2001

Los zapatistas reivindicaron la oprimida condición económica, social y cultural de los indios con la propuesta de una Ley de los Derechos de los Pueblos Indígenas, después de su declaración de guerra y los enfrentamientos militares con el Ejército Mexicano y los complejos diálogos de la paz que tuvieron lugar al interior de una comisión legislativa, la famosa COCOPA.

El libro de Bonfil Batalla es un guion que anticipa las acciones rubricadas por este dicho del subcomandante Marcos: “México tiene casi 200 años como nación independiente. Y en todo momento los indígenas han aparecido como parte fundamental, pero en ningún momento se ha reconocido tal cosa. No pueden apostar a desaparecernos, porque han fracasado ya. No se va a desaparecer al indígena por cualquier campaña, por cualquier bomba o con cualquier arma que usen, ya que, de una u otra forma, el movimiento indígena resiste y se protege”. (2)

Al ser entrevistado Marcos por Julio Scherer García en una sesión transmitida por Televisa el día 9 de marzo de 2001, se cerraba un ciclo histórico complejo de la vida política de México y se abría otro.

Esta transmisión era un acto de apertura del México imaginario hacia el México profundo, precisamente, pues se reconocía la voz de un guerrero perteneciente al prisma de nacionalidades mesoamericanas que siguen levantando su pantli, su bandera, en la lucha por existir.

Las preguntas al representante de ese mundo las hacía un periodista denostado por el consorcio televisivo desde los años setenta (1975), cuando éste se alió con el gobierno para expulsar a Scherer del diario Excélsior y con ello acallar la voz de una pléyade de intelectuales críticos del régimen que había perpetrado la matanza de Tlatelolco; efectivamente, en el mismo sitio final de la resistencia del México antiguo, en el embate definitivo de la Conquista.

Este México profundo no es una noción inventada por contentillo y tampoco puramente teórica, pues  se refiere nítidamente a un México que se ha mantenido en “resistencia, innovación y apropiación”  (según los tres momentos que identifica Bonfil Batalla) y  es la hora de que el México imaginario (éste que vivimos en los móviles de la cultura occidental: el del dinero –para pocos- en dualidad con la miseria y la desigualdad -de los más) no reconoce los derechos en la Constitución de estas culturas de Mesoamérica, que nos dan, sin embargo, los elementos más profundos de una identidad y carácter nacional o histórico, raíces psíquicas profundas donde los mestizos nos situamos ante el “enigma” que describió Luis Villoro al comenzar la década del 1950 (3), una dimensión espiritual que se manifiesta en “mis propias posibilidades significativas” donde el ser del indio es una presencia en la memoria iconográfica y escrita que desde su pasado remoto (arquelógico, arcaico) me hace recuperar “una dimensión oculta de mi propio yo”.

En este largo proceso de negación de la cultura europea, primero;  luego criolla (colonial);  después mestiza (la independencia, la reforma y la revolución) siguen allí para transmitirnos un mensaje intemporal:  el cuento sagrado del origen que puede nutrir nuestra conciencia y nuestro ser de profundidad, siempre que estemos dispuestos a oír la voz del indio, no solamente aquel que ha quedado inscrito en los signos y en los códices, sino el que sigue vivo hoy en la cantidad de lenguajes mesoamericanos.  La población indígena de México a finales del siglo XX se estima en una cifra aproximada de 10 millones 500 mil habitantes que hablan 62 lenguas indígenas, más del 10 por ciento de la población total. (4) Hay un dato que nos dice que al contacto de los españoles con el país se hablarían 782 lenguas distintas. (  )

“La fusión de las culturas y civilizaciones que coexisten en México puede ocurrir, pero lo seguro es que no ocurrirá en un futuro previsible y, desde luego, no será el resultado de un decreto ni de las acciones de una o dos generaciones”, señala Bonfil Batalla. Esto significaría “la liberación de los pueblos y las culturas oprimidas y su actualización a través de una participación democrática en la vida nacional, dentro de una democracia que reconozca los derechos de los individuos pero también, de manera enfática, los derechos de las colectividades históricas”.

Esta voz tiene existencia tanto en el legado de las culturas mesoamericanas, su patrimonio literario y arqueológico -fragmentos de un arte poderosísimo que asoma aún su estructura ósea luego de varias destrucciones-, y los pueblos vivos que ocupan amplios territorios aún.
Los indígenas –dice Bonfil-  han vivido un complejo proceso de desindianización que ahora quizá (decimos nosotros) se revierta con un proceso de indianización de las poblaciones mestizas, esto es lo que podría estar anunciando el zapatismo contemporáneo.

La “mexicanidad”, bello concepto, piensa Villoro, del término acuñado por Enrique Molina, es un manifiesto que anuncia el hecho de que los individuos, tanto los que viven en contacto con comunidades locales tradicionales y barrios, o en las ciudades, escuchan la voz de los pueblos indios como una resonancia de su interior:  un saber donde la identidad no se desvanece en el aire, en las ondas de la televisión, la radio, la internet, sino continúa uniéndonos en una historia que vive no solamente en los símbolos portados en el arte,  sino en la cultura misma de pueblos organizados para vivir según su antigua civilización que está –para quien quiera verla- allí, a nuestra mano.

Alfonso Reyes es quizá quien mejor lo ha dicho: “Descubrir la misión del hombre mexicano en la tierra, interrogando pertinazmente a todos los fantasmas y las piedras de nuestras tumbas y nuestros monumentos. Un pueblo se salva cuando logra vislumbrar el mensaje que ha traído al mundo: cuando logra electrizarse hacia un polo, bien sea real o imaginario, porque de lo real e imaginario está tramada la vida. La creación no es un juego ocioso: todo hecho esconde una secreta elocuencia, y hay que apretarlo con pasión para que suelte su jugo jeroglífico. Acaso la primera parte de la obra consiste en acoger las tradiciones indígenas. Lo autóctono, en otro sentido más concreto y más conscientemente aprehensible es, en nuestra América, un enorme yacimiento de materia prima, de objetos, formas, colores y sonidos, que necesitan ser incorporados y disueltos en el fluido de la cultura, a la que comuniquen su condimento de abigarrada y gustosa especiería. No tenemos una representación moral del mundo precortesiano, sino sólo una visión fragmentaria, sin más valor que la que inspiran la curiosidad y la arqueología: un pasado absoluto. Nadie se encuentra ya dispuesto a sacrificar corazones humeantes en el ara de las divinidades feroces, untándose los cabellos de sangre y danzando al son de huecos leños”. (5)

Foto: Raúl Ortega / Chiapas 2001

Otro investigador, Samuel Martí, en la misma tesitura, señala: “El tema del simbolismo americano es fascinante y debería  interesar tanto o más a los historiadores y arquéologos como a los teósofos, filósofos y artistas. Los mitos, leyendas, códices, anales, crónicas y vocabularios indígenas están llenos de enseñanzas y revelaciones secretas, cuyo desentrañamiento sólo requiere estudio, dedicación y amor.” (6)

El México profundo  está intacto, es un libro vigente. Por eso no sorprende lo que pueden opinar de su obra quienes niegan a la civilización mesoamericana una oportunidad de convivencia: “La facistoide noción del México Profundo, obra de Bonfil Batalla, tragicómico padre del nuevo racismo mexicano”, escribe Cristopher Domínguez Michel, rubricando esta opinión de “Monsivais, (para quien) parafraseando a Marshal Berman, la identidad se desvanece en el aire”. (7)

Este desvanecimiento supuesto es el que los movimientos armados indios están desmintiendo: “La primera rebelión explícita contra la agenda neoliberal en la era de la posguerra fría fue la de los zapatistas en Chiapas, el mismo día en que se puso en marcha el Tratado de Libre Comercio el zapatismo tuvo eco alrededor del planeta, y nutrió lo que se convertiría en el gran movimiento altermundista que se estrenó en lo que se bautizó como la Batalla de Seattle” (9)

A la negación de la civilización mesoamericana contesta así el sub comandante Marcos: “Fracasaron los españoles, los franceses, los estadounidenses y todos los regímenes liberales, desde Juárez hasta el actual. Entonces ¿por qué no reconocer que los indígenas ahí están y es preciso darles la oportunidad?”. (10)

La apertura de la sociedad contemporánea hacia la existencia de la civilización mesoamericana tiene aún pocas experiencias, la entrevista de Marcos transmitida en Televisa es una, otra, la Caravana por la Paz y la voz de la comandanta Esther en la tribuna del Congreso de la Unión. Y en distintos terrenos, como la historiografía, también empieza el reconocimiento de la voz india.

“Es importante señalar que se ha perdido el contacto directo con la tradición cultural indígena, cada vez más marginada en su propia tierra. Como consecuencia, las teorizaciones de los científicos dicen más sobre sus autores que sobre los pueblos cuya cultura pretenden analizar” (11), apuntan los intérpretes de la colección de códices  mexicanos. (Ferdinand Anders, Maarten Jansen y Luis Reyes).

Es interesante notar que en los mismos años de la rebelión indígena de Chiapas, aparecieron una serie de volúmenes de un grupo de estudiosos  sobre los libros pintados de Mesoamérica, como si esta simultaneidad  nos informara de una consonancia entre lo histórico y lo reflexivo, pues por primera vez en el proceso de las interpretaciones de estos famosos libros, que desde que aparecieron llamaron la atención de una gama de eruditos tanto europeos como americanos, se incorporaba la voz de los chamanes contemporáneos, heredederos de los tlacuilos y sacerdotes que dieron origen a esos textos.

Al comentar los caminos errados de algunas interpretaciones de las narraciones y registros rituales que constan en estos libros, los autores señalan que “otro habría sido el camino si se hubiese dado un contacto directo con la tradición viva de las comunidades mesoamericanas, pero ésta no se consideraba relevante para conocer el pasado. El prejuicio generalizado, según el cual la cultura indígena no era más que un fragmento triste y decadente, desvinculado de la sabiduría de los antiguos, y un lastre que obstaculizaba el progreso nacional, cerró las puertas a un posible acercamiento y a la comprensión” .

Bonfil Batalla explica cómo la respuesta ideológica del colonialismo a la cultura mesoamericana consistió en “la apropiación del pasado indio – asumido ahora como pasado de los propios criollos. La capacidad para disociar al indio de ayer del indio de hoy, es una alquimia mental que perdura hasta nuestros días”.

Los autores de esta magna obra sobre los códices mexicanos, nos ofrecen un punto de vista nuevo sobre este proceso:

“A mediados del siglo XVII, se produjo en México un cambio importante en la historiografía de la época precolonial: el traslado definitivo del discurso (europeo) a manos de los colonizadores. A principios de ese siglo vemos aún la actividad de los últimos grandes historiadores nativos, pertenecientes a la nobleza naua, aunque integrados dentro del sistema de gobierno indirecto de la jerarquía colonial: Ixtlilxochitl de Tezcoco (1578-1650) y Chimalpahin de Amecameca-Chalco (1579-1660). Sus obras complementan de manera valiosa los escritos de los frailes que habían llegado poco después de la conquista y que habían estado en contacto directo con los expertos precoloniales”.

Foto: Ulises Castellanos/ El sub-comandante Marcos y Julio Scherer

“Con la muerte de Ixtlixochitl y Chimalpahin, el pasado precolonial es expropiado a los indígenas y pasa a ser parte de la “historia de bronce” construida por autores criollos como una historia “nacional”. Desde entonces, hombres formados en la tradición científica europea y cada vez más ajenos a la cultura nativa son quienes publican las síntesis histórico-etnográficas y los estudios correspondientes, con lo que se produce un efecto de enajenamiento total en la manera de ver y evaluar lo mesoamericano”.

“Se produce plenamente la idea de un “pasado nacional”, desvinculado de los pueblos indígenas –desposeídos, marginados y oprimidos por la misma élite que con tanto orgullo se apodera de su patrimonio-.”

“Notamos cómo en la historiografía mexicana de aquel entonces ya se había efectuado el total distanciamiento de la tradición cultural mesoamericana. Al igual que en Europa, los que escriben sobre los indígenas, su cultura y su pasado, son personas que viven muy alejadas de ellos. Desde entonces la disciplina comienza a definirse como un conjunto de estudios sobre los indígenas, entre los indígenas y sin los indígenas”.

*

La participación de los sacerdotes mesoamericanos actuales en el proceso del desciframiento de los libros pintados, ha arrojado resultados como la lectura de la serie del códice Féjerváry-Mayer, que nombran “manojos contados”. Las visiones de los altares que todavía se siguen ofrendando a la gentilidad mesoamericana en lo que resta de las naciones antiguas (en este caso los tlapanecas) dan la guía a los investigadores que ya no ven cuentas astronómicas en esas líneas y puntos, sino series numéricas y posiciones de ramas de ocote y tallos diversos de pastos y flores en los altares.

Es interesante notar que en los años en que se publicaba México Profundo, de Bonfil Batalla, (la parte última de la década de los ochenta) otro estudioso publicaba una septología: Los chamanes de México, (12) un aporte definitivo del psicofisiologo  Jacobo Grinberg Zylberbaum en la comprensión del México antiguo en relación con el legado viviente en hombres y mujeres dedicados a la curación de enfermedades y la protección de las comunidades.

En su obra compuso un repertorio exhaustivo de la experiencia chamánica, un catálogo  de los linajes de los que llama psicólogos autóctonos, y a quienes los autores de los libros explicativos de los códices nombran especialistas religiosos.

Uno de ellos es Don Lucio, del linaje de los graniceros del estado de Morelos, franja de sacerdotes que el lenguaje castellano del siglo XVI nombra brujos, nigrománticos, hechiceros.

El nombre náhuatl de estos sacerdotes es: Teciuhtlazque. “Teciuhtlazqui (Tecihuitl. Granizo. Tlazqui. Tlaza Rechazar)  El que rechaza el granizo. Hechiceros que con sortilegios deshacían las nubes de granizo para evitar su daño en los maizales, o para enviar el nublado a los desiertos o a las tierras no sembradas”. (13)

Se llaman a sí mismos, nos dice Grinberg , “servidores del tiempo”, puesto que su trabajo consiste principalmente en el manejo y la producción de nubes y de rayos y la intervención en las condiciones atmosféricas, con el fin de evitar que tormentas, granizadas o heladas destruyan los sembradíos de las comunidades que protegen.

En la cosmogonía náhuatl una deidad de la que este linaje podría ser correspondiente sería Itztlacoliuhqui, Dios del hielo.

Foto: Juan Miranda / Vicente Leñero y el sub-comandante Marcos.



“Su adorno característico era la montera curva revestida de puntas tan agudas como los dientes de una sierra y con los escudetes de papel, de cuyo centro sale una larga punta: todo para expresar simbólicamente que corta, lacera y mata el hielo” (14)

Grinberg hace constar la actualidad de los ritos que, como ayer, se realizan en las cuevas. Una vez al año, el 5 de mayo, Don Lucio, junto con sus discípulos y los miembros de otros linajes de servidores del Estado de Morelos, se reúnen en una cueva situada entre los volcanes Popocatepetl e Ixtaccihuatl: El Caleca de donde procede una fuerza que el chamán maneja.

Otra investigadora, Gretchen Andersen, escribe de don Lucio:  “Mandas el rayo así - y con esto hizo un ademán de tipo magnético con las manos-Y entonces le gritas a Emanuel del Popocatepetl a que mande una nubecita en esta dirección”. (15)

Los miembros de este linaje son seres que transcurrieron por la experiencia de ser tocados por un rayo y sobrevivieron. “Ahora cuido los campos y alejo a los seres malos que quieren acabar con las cosechas y les digo a los campesinos que vayan a bendecir sus cohetes y que los hagan tronar en el aire cada vez que venga una nube mala y así lo hacen y todo va muy bien.”

Cuando la investigadora Andersen hizo su registro de la entrevista que tuvieron  con Don Lucio un grupo de científicos, era el año de 1985. “Mencionó don Lucio que un hombre vendría, un hombre con gran poder y sabiduría cuyo destino sería el de ayudarnos a pasar por los tiempos difíciles. Lo comparó con un Emiliano Zapata de la actualidad”.

Los idiomas del tiempo


Cuando Vicente Leñero, Oscar Hinojosa y Tim Golden entrevistaron al subcomandante Marcos en un rincón de la selva, (16) le preguntaron si hablaba inglés, no le preguntaron si hablaba algún o algunos idiomas indígenas de la amplia región de la lacandonía.

Esta omisión en una encuesta periodística tan acuciosa como a la que fue sometido Marcos nos indica cómo esta negación no solamente es política sino psíquica. El ignorar que millones de mexicanos constituyen un territorio no solamente geográfico sino cultural.

Marcos es el único individuo actual que puede contarse como eslabón de una cuenta larga, y que tiene su raíz en el antiguo tiempo mesoamericano. Medio milenio nos separa del holocausto de una cultura  que como herida abierta no deja de sangrar en el corazón de México.

Y el que sea un mestizo el que sintetiza actualmente este estadio tiene consonancia con las viejas tesis de Luis Villoro, que fue uno de los principales asesores del EZLN.

Ver la esencia de Marcos significa abrirnos a un sentido que históricamente está aún en prisión, en un sótano que es, a su vez, la voz de Tepeyolotli, el Señor de la Montaña.

Marcos representa la voz india del México profundo, del México antiguo y del México contemporáneo. Lo mejor de nosotros pues, se trata de la resistencia de un pueblo que no ha dejado de luchar durante 500 años.

El núcleo histórico en el que se levanta Marcos es una voz de la tierra, el bramido de Ometeotl, el dios dual; en el mundo antiguo de México se concebía al pensamiento como a la planta sobre la tierra, y Marcos es ese pensamiento que tuvo que hacerse presente mediante una acción militar o, mediante el sacrificio de decenas y quizá cientos de indígenas: un acto solar si los hay. La donación de la sangre preciosa para que el universo (el presente) exista.

La luz que Marcos trae en sus cananas, en su rostro oculto es Ometotl porque es luz y oscuridad, sol y noche. Revelación y sombra. La máscara no tiene hoy en el mundo más que una vigencia: la de Marcos, nadie embozado representa el bien: un enmascarado o es un payaso o un delincuente.

Un hombre blanco, montado en un caballo, representando al mundo indígena. Su pensamiento lo memorizará el futuro de ésta nuestra época mexicana, así como ahora para nosotros son Villa y Zapata la síntesis de la revolución. La ventaja que tenemos es que Marcos es un héroe vivo. Una presencia emitiendo comunicados.

Códice Vaticano A.

Cobijado por una población de “terrible y maravilloso poder” oímos en esa voz el latido de nuestro corazón abierto.  ¿Qué es realmente sentir que por nuestro cuerpo corre una mitad del río racial de América? Eso es Marcos, el Señor Dual: un blanco que habla la voz de los indios, porque la de ellos aún no la podemos escuchar.


Tepeyolotli

corazón de cerro

su voz es el eco

retumbo

de las montañas

es Tezcaltlipoca

que sale de las fauces del tigre

 

 

 

 

 

 

 

Lorenzo León Diéz

 

---------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

 

  1. Bonfil, Guillermo. 1990. México profundo. CONACULTA-Grijalbo.
  2. Scherer, Julio. La entrevista insólita. Proceso. 11 de marzo de 2001. No. 1271
  3. Villoro, Luis 1950. Los grandes momentos del indigenismo en México. Ediciones de la casa Chata.
  4. Montemayor, Carlos. 2007. Diccionario del Náhuatl en el español de México. UNAM
  5. Reyes, Alfonso. 1982. Del Discurso por Virgilio, en Tentativas y orientaciones. México, 1944 .Cartilla moral. La x en la frente. Nuestra lengua. Asociación Nacional de Libreros.
  6. Martí, Samuel. 1961. Canto, danza y música precortesianos. FCE.
  7. Dominguez, Christopher. 2002. Carlos Monsivaís, Culture and Chronicle in Contemporany Mexico, de Linda Egan. Julio  www.letraslibres.com/revista/libros
  8. La Jornada 3 enero 2014.
  9. Proceso.  1271. 11 de marzo 2001.
  10. Anders, Ferdinand; Jansen, Maarten; Reyes, Luis. 1994. El libro  de Tezcatlipoca, señor del tiempo. Tomo VII. Akademische Druck-Und Verlagsanstalt- FCE.
  11. Grinberg, Jacobo. 1987. Los chamanes de México. INPEC
  12. Robelo, Cecilio. 2001. Diccionario de Mitología Nahoa. l Porrúa.
  13. Ibidem.
  14. Grinberg, Jacobo. 1987. Los chamanes de México. Tomo I. INPEC
  15. Proceso 903, 21 de febrero 1994
  16. La Jornada 1 enero de 2014
  17. Clavijero, Francisco Javier. 2009. Historia Antigua de México.  Porrúa.

 

 

Ciclo Literario.