Cuento contigo Clarice Lispector

Alfredo Coello Torres


 

Estoy exiliado de palabras dulces y amorosas, ellas se pierden en las cloacas de mi
estupidez y algunas sueñan, todavía, con vivir. Contra su memoria no las he podido representar y por más que lo intento, el sueño cotidiano a veces ausente en los páramos del insomnio, suena estéril cuando pierde sus palabras hoy repletas en una copa vacía. Cuando deje de soñar, mi suelo y mi techo se van a juntar a las caricias de otro tiempo, otra máscara en tu sueño. Soy el primer tiempo de tu escritura y me entretiene con tu suerte; aún cuando no existe la realidad.

Acabo de entrar en mi personaje y ya estoy asustado, me quiero salir, huir de lo que escribo para construir un personaje que le de coherencia a una historia inverosímil. O entonces sea un personaje que posiblemente uno de ustedes conozca, agazapado entre los tumultos de gente donde prácticamente agonizan y sofocan en los túneles de las grandes metrópolis.

Foto: Clarice Lispector

A veces, sólo para darme cuenta de que estoy vivo, pienso en la muerte. La muerte es un espejo que envejece con su armadura de guerrera ancestral. No me alcanza el tiempo para explicar lo que sucedió ese día, todas las emociones posibles que un ser humano pueda re-sentir en un segundo de su vida se acumularon ahí.
Cuando llegué al hospital la encontré quemada del brazo y la cara, estaba semiinconsciente, deliraba, había tomado barbitúricos en contra del insomnio, siente miedo, se acuerda de sus hijos, uno de ellos, el menor tiene esquizofrenia… Sí es Ella, le dije al médico que la cuidaba.

Enciende un cigarrillo se queda dormida y la colcha empieza a encenderse, duerme, pero en su sueño desea su destrucción, ama el fuego y su amor por todas las personas es lo que la ha extraviado en su vida.

Soy yo quien la visita, es mi personaje y entro a la habitación de su hotel, donde se refugia a terminar los libros que escribe. La encuentro sola, se alimenta de sus instintos animales y del vacío impersonal que se adueña de sus miedos. Se desviste como sonámbula de circo, tal vez obedece algún ancestro que se apodera de sus sueños y de su persona. Las preguntas ya no sirven, son un disfraz inútil en el imaginario del domador de circo antes de la función.

Cuando la encontré en la plaza principal de la ciudad la desconozco y no soy yo el escritor que la entrevista o la ha entrevistado antes, no. Soy yo en mi propio retorno. Soy el niño de un barrio popular que creció entre cantos nocturnos de ranas, coyotes, lobos, desiertos nevados y cuentos añejos de la revolución de su pueblo. Ese niño vendió el periódico-diario por entrega a las casas del vecindario, también conoció a sus cuatro abuelos y una bisabuela atravesada por los siglos; ella le contó anécdotas de cómo el tiempo es la imaginación más feroz que nos ha inventado como humanidad.

Y paso a paso distingo la sombra del tiempo, esa que los ancianos aconsejan no pisar, porque uno puede perder el alma. Más bien el alma es el cuerpo del tiempo, ¿de mi tiempo? ¿de mi cuerpo? En todos caso es la sombra de los dos y además la sombra del tiempo ya no existe, pero intuición aparte: Ella piensa que es la sombra del sueño donde no sabemos cuándo se aproxima sonriente cómplice de la muerte.  Al mismo tiempo nuestra sombra es tan fugaz que apenas y si percibimos los límites de ella bajo nuestros párpados.

Siento que me estoy perdiendo y las puertas de las otras casas donde al caer la tarde nos detuvieron por instantes, ya no se abren con aquella facilidad desconocida provocada por la ternura de nuestros actos y en la aventura como cuando fuimos niños. Camino por donde otras veces estuve y desconozco lo conocido, lo intuitivo es un soplo al corazón y si no lo detectas a tiempo, te puedes morir.

Estoy en la habitación de un hotel donde no existe registro de mi visita. El día aparenta seguir su curso a la velocidad del viento y en su interior hay un aire de silencio propicio como si fuera una invocación femenina; lo es. La encuentro desnuda frente a la ventana, al parecer odia los espejos, aunque en el fondo no le queda más remedio que exigir su presencia cuando el tiempo ya no existe. Me da la espalda y entre el humo de su cigarrillo y el desliz de su hermosa cabellera rubia y serena,  trasluce sólo la luz de su tristeza y soledad.
La veo entre la bruma y su silencio… dice: Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien lo ha intentado lo sabe.

Sabía de la existencia de Borges y desde su proximidad aumenta el deseo y anhelo por descubrir lo que Alicia intuyó atrás de ellos: “Tuve un sueño inexplicable: soñé que jugaba con mi reflejo. Pero mi reflejo no estaba en un espejo, sino que reflejaba a otra persona que no era yo.”  Y me alucina verla sentada frente al espejo de su apartamento en Teresópolis.

 No sé que decir. Clarice se parece o es igual a Pink Floyd: “Somos sólo dos almas perdidas nadando en una pecera, año tras año, corriendo en el mismo viejo camino de siempre ¿y qué hemos encontrado? Los mismos miedos de siempre. ¡Ojalá estuvieses aquí! (wish you were here).  Entre bocanadas y como si hablara sólo con Ella, murmura: Más importante que el texto es el hecho… los hechos me confunden.
Salgo de la habitación, no tengo más nada que hacer ahí.

Hoy viernes de noche de nuevo empecé a caminar sobre su memoria y el tiempo, ese tiempo que en palabras de Ella es una especie de sombra que se acurruca en su agonía y que a su tiempo: La palabra es la hez del pensamiento. Y ya no me cabe duda sobre el acertijo de mi bisabuela Rayito, cuando me aclaraba que el tiempo es la imaginación más feroz que nos ha inventado como humanidad. Aquel niño hoy se acuerda… El tiempo y la palabra se empalman y a final de cuentas: Soy un escritor que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras: ¿cuáles? Tal vez las diga. Escribir es una piedra lanzada en lo hondo del pozo. Algo grave está por suceder, lo intuyo, se huele en el viento carioca que sopla caluroso, abafado dicen los brasileños:
Un día antes de su muerte… Clarice Lispector sufrió una intensa hemorragia: De pronto se quedó lívida. Desesperada, se levantó de la cama y caminó en dirección a la puerta. La enfermera, rápido, le cerró el paso. Clarice la mira con rabia y fuera de quicio le dice: “Tu mataste a mi personaje”

Se desmota el circo a latigazos, el domador de su escritura y los críticos y actores acuden al escenario literario desde las gradas donde habitan todos sus personajes. Lo que sí es cierto, es Olga Borelli quien registra la anécdota antes descrita.

Y azares de la escritura, éste mismo viernes pero ahora a las diez y media de la mañana del 9 de diciembre de 1977, Ella muere agarrada a la mano de su amiga Olga.

No la pudieron enterrar al día siguiente, ese día cumpliría 57 años, porque cayó en sábado y para los judíos el Shabat es sagrado. Fue hasta el 11 de diciembre de 1977, en el Cementerio Israelita do Caju (léase en español; Cayú),  muy cerca del Puerto de Río de Janeiro en que otro de sus personajes, la alucinada Macabea de su novela La Hora de la Estrella, entretenía su vida escuchando el radio.

 Ella solemne y risueña, como fue en vida, va a ser sepultada de acuerdo con el ritual ortodoxo. Cuatro mujeres Kadisha limpiarán su cuerpo por fuera y por dentro, la envuelven con un paño suave de lino blanco, su bella cabeza de escritora descansa en una almohada rellena de tierra: su ataúd de madera es sellado con clavos. Conforme a los rituales judíos, el Salmo 91 acompaña la oración fúnebre de “El malei rahamin”; es el Kadish de los entierros.

La veo bajar ¿a dónde? No sé. La sombra de Clarice se grabó en su lápida.

Después de la tierra o mejor, antes de la tierra la muerte te inventa y alegre te invita a escribir y escribes a pesar el miedo en tu lápida, grabado en Hebreo, queda al descubierto tu verdadero nombre de nacimiento: Chaya bat Pinckas, hija de Pinkhas.

 

 

Ciclo Literario.