Visiones eslavas

Lorenzo León Diez


Praga

 

Praha nos recibe con un viento frío y húmedo. Me empiezo a convertir en paleta. Era me lleva a una tienda de ropa y compramos un pantalón de lana, un suéter, ella un gorro de estambre, otro suéter. Por fin, me recupero del delirio del frío y empiezo a caminar ¡Dios santo! El metro turístico, no comprendo cómo se han organizado tantos compactos pelotones, surtido rico, alemanes, suecos, chinos, japoneses, sabe dios desde dónde vienen estas tropas que cubren grandes rutas…¡y los guías! Héroes que arrastran una manada de öptikos con sus cámaras devorando el pasto de las imágenes comentadas, de las imágenes narradas por esos energéticos seres que trabajan y trabajan bajo el sol, en el frío, en la rutina de mostrar, de traducir.

Y Praga se muestra, se enseña como una diva en el escenario; sí que sabe cómo. Viniendo de Budapest uno se lamenta del futuro de las ciudades históricas. Ojalá pasen muchos años para que Budapest se vuelva esto: una coreografía. Ojalá a Budapest nunca le pasé lo que aquí: todas las huellas del tiempo se han borrado, como si la ciudad hubiese cometido un crimen y ahora estuviese completamente vestida y maquillada para amar sin inocencia.
Las filminas están ya completas, nada más tiene uno que enfocar y siempre estará el cuadro completo, nítido. Sin falta de retoque alguno, photoshopeado de  cal y canto. ¡Está todo trazado! No se ha dejado nada al hambriento lobo de la ruina y el escombro.
Ya se ha saqueado todo el misterio que permanece en las torres de esta Ciudad Vieja donde anidó el espíritu más fino, más demoledor de nuestro tiempo: la tierra de Kafka. Por lo que seguiremos la guía de HaraldSalfellner, pues hay que hacer algo en este tumulto, de lo contrario nos arrasarán los öptikos.

El Moravia es un río como el Danubio, como el Sena, como el Tíber, como el Tajo, como el Duero…vena central de la ciudad. Para los que hemos nacido en lugares sin ríos, como casi todas las ciudades de México, esto es algo muy novedoso, pues el río es un enlace con visiones idílicas, con desconocidos estadios de la ensoñación.  Y aquí hacen cabriolas los puentes, sueltan aros, una espiral de roca. El arte que vibra en estas arquitecturas provoca esta pregunta ¿cómo vivirían la experiencia al habitar esta ciudad en los siglos pasados los checos, los germanos, las dos etnias que dieron origen a Praga? Y es inevitable: Kafka es la metáfora que podemos rastrear en la peregrinación: así nos ponemos en busca del altar originario: su casa natal…que es un Café…ahora y una escultura en el muro.

 

También hay un museo carísimo y realmente no es museo, pues no tiene piezas originales, sino reproducciones de cartas y ediciones y fotos, con una narrativa profesional, una instalación bastante cara de visitar.

Siendo como es tan imponente la presencia de tantos öptikos en este tejido de calles de la Ciudad Vieja, uno puede sentarse en las plazas con la guía literaria, muy sintética, breve y sustanciosa a la vez, y ver las antiguas fotografías para imaginar lo que era vivir en esta ciudad tan antigua y emblemática en el siglo de Kafka. Este poema suyo se puede leer al cruzar el Puente Charles:

Hombres que cruzan puentes oscuros,

Pasando junto a Santos

Con débiles lucecitas

Nubes que recorren el cielo gris

Pasando junto a iglesias

Con mil torres que condenan

Y uno, apoyado en pretil de la sillería

Que mira en el agua de la noche,

Las manos sobre viejas piedras.

La épica de Mucha

La exposición Klementium. La figura sentada es Mucha

 

Alphonse Mucha, uno de los grandes inventores del colosal movimiento que se expandió al finalizar el siglo XIX y empezar el siglo XX por el mundo occidental llamado Art Nouveau, insistía siempre: yo no soy un artista decorativo, yo soy un pensador sagrado. Pero realmente no le hacían mucho caso.
Los parisinos lo habían descubierto en sus muros una mañana. Allí estaban los  enormes carteles anunciando la obra Gismonda, de Sarah Bernhardt.  Eran de gran tamaño, dos veces el de las planchas de impresión. Pocas veces se había visto una expresión tan sugerente viniendo de aires muy distantes a los propios de las calles de Montparnasse, con sus copas rojas en  manteles de cuadritos.Esto era otra cosa: plenitud lánguida, barroquismos florales, aéreos donde la feminidad se desplegaba en un realismo cuya intención era desaparecer.
La gráfica de este artista venido de tierras eslavas era un pasaje a la pintura, la joyería, la escenografía teatral, los vitrales, las alfombras, los empapelados, la escultura, la arquitectura… sus imágenes avanzaron como una plaga hasta Nueva York. ¡Todo era posible en esta nueva era de la decoración!  Soy un místico, repetía Muchan, no un artista utilitario, y nadie le hacía caso.

Un arte que se produjo industrialmente, que se comercializó. Ponía de buen humor, seducía desde las fachadas,  las ventanas, las cornisas, las puertas…todo  un caleidoscopio donde anidaba el sueño de linajes heroicos, y sobre todo mujeres…de contundente belleza.

La simpática viejita nos indica el camino al palacio Veletrzni, en la calle Dukelskych. Tomamos un tranvía. Qué manera tan fluida de moverse, deslizándose y viendo las bellas fachadas, los faroles.

Y  Alphonse Mucha decía: yo soy un artista en la tradición de una honda cultura, cientos de tribus la habían conformado en vastísimos territorios…y no le hacían caso…

En el Mucha Museum de la calle Panskás, en Praga, una amable anciana eslava, en la recepción, al salir, contestó a mi pregunta, pues en este museo no había ninguna seña que indicase el camino a la sala de su Épica Eslava. Lógico. Una sola pieza de esa serie de veinte lienzos, caería y cubriría gran parte de este museo tan agradable de Praga, sobre todo si el visitante antes ha pasado por uno de los locales de comida fría y cerveza atajada directamente de un manantial que alimenta el río Moravia. Esos bocadillos mostrados en los escaparates refrigerados son un buen cuadro antes de degustar los otros en las paredes. Y un café cortado después, en emblemática esquina.


Sin embargo, donde están las grandes pinturas al temple de Mucha, es un edificio funcionalista construido en 1928 que corta la inspiración. Allí están las obras que  Mucha regaló al pueblo checoslovaco, con la condición de crearles un espacio, cosa que hasta la fecha no ha sucedido. Un poco antes de la muerte del artista, en 1939, los lienzos se enrollaron y ocultaron. Todavía hace cinco años no tenían sitio.

Allí entramos a una experiencia atronadora. Es como si un conjunto de instrumentos de metal y percusiones anunciasen que estamos en un mundo inaudito, presente desde  una constelación donde se enfrentan los ejércitos, se celebran liturgias, se alaba a dioses de la naturaleza, meditan sabios, se queman ciudades hasta el punto que el fuego derrite la pintura.

 

Mucha es un narrador de sueños que tienen su sustrato en acontecimientos históricos y en mitos que son una enorme enciclopedia que aquí pronuncia para nosotros, nos abraza con  sus vocablos coloridos. No fueron festejadas sus obras en su memento por la crítica. Todavía hoy no le merece mucho público. Esos ríos de turistas que vemos sobre el puente Charles no llegan aquí. ¿Por qué? Misterio.

La ficha de este artista  contiene  un canto desde horizontes y escenarios históricos que  tienden a su vez una escala para entrar a  lienzos que ocuparon miles y miles de litros de esa pintura hecha con base de yema de huevo. Y ese origen orgánico explica quizá que los refrigeradores  de aire funcionen con eficacia colocados estratégicamente en toda la enorme sala. Y como es un museo casi siempre vacio, uno puede perderse sin recato en esa contemplación donde los seres flotan como santos o están al ras de una tierra feraz o en plazas tan memorables como las que ocuparon los obreros rojos. Y esta forma multicolor nos deja atónitos. Nuestra percepción es saturada,  es encarrilada como un toro por pasillos que nos llevan a ser montados por los jinetes y heroínas. Bufamos entre esos puentes, bajo esas arcadas, los antros de piedra donde los sabios y gobernantes de mundos deslindados por la imposibilidad nos brindan su amoroso mensaje.

Balaton y Heviz

Al ver el Balaton uno comprende por fin el espíritu de los húngaros. Hemos llegado a su corazón. La luz y el silencio es el secreto que late en sus aguas, desde hace siglos, milenios, las tribus crecieron alrededor de esos leños solares, humedades crujientes en el fogón de las guaridas, en los entretechos, en las cómodas y aromadas habitaciones que han poblado hombres y mujeres de  linajes que se fragmentan en las soledades del campo.
Heviz, en las inmediaciones del lago Balaton, es un pequeño lago que alcanza en su centro casi 40 metros de profundidad, en forma de cono. Allí emerge una corriente desde los hornos geológicos y una bacteria particular hace que el agua sea de un transparente color verdoso y azulado.

Una construcción se ha fincado en el centro del abismo por las artes más ingeniosas de la ingeniería.

 

Así, uno puede bajar cómodamente por unas escaleras de metal al mismo corazón del abismo. Nos sumergimos en sus aguas de una temperatura que nos arrebata lo que de civilizado hay en nosotros, nos quita de sopetón cualquier pensamiento, nace el  asombro. Nos convertimos en una unidad con el agua que nos abraza desde lo más profundo.
Nadamos y nos introducimos en pasajes debajo del techo y avanzamos por una siguiente fase de la temperatura caliente, hasta salir por una puerta giratoria de madera a otro compartimiento, más tibio, más azul…y luego definitivamente al lago abierto, fresco, silvestre como las acacias y los álamos que rodean al lago. Nadamos y abajo no hay nada: todo.  ¿Cómo se verá nuestro cuerpo desde el fondo…como si unos ojos estuvieran emergiendo y nuestra silueta se fuera haciendo en esa medida, nuestras piernas, nuestros brazos, nuestras cabezas? No es una sensación de seguridad ciertamente hasta que uno alcanza las barras que están en moderadas distancias, somos náufragos siempre. Esta agua  nunca es la misma, cada dos días cambia completamente, pues la corriente drena por una cueva,  fluye y se va como una serpiente que  vuelve al lecho de roca, a su ósea habitación en el antro del planeta.

Heviz es una realidad que cuesta trabajo creer no obstante podamos nadar entre lirios y oler esas extrañas flores entre las hojas flotantes y tocar sus tallos que se fincan en lo profundo de las orillas. Maravilla el esfuerzo de esas creaciones vegetales por asomar desde el fondo a tragar aire y expirar pétalos y perfume. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué otro sentido tendrían si no es para que las toquemos, para que las olamos? Son variedades de un misterio que hemos visto  en los cuadros de Monet, pero estar dentro de la pintura es diferente.  (Texto y fotos LLD)

 

 

Ciclo Literario.