Retratos internos
El arte de Botond Részegh

Iván Bojar


Actualmente está en curso la edición en húngaro de la obra completa de Rulfo. Todos los dibujos y las portadas de los tres tomos fueron hechos por Botond Részegh. Ya hace tiempo que en su caso la relación entre arte y literatura, artista y escritor no corresponde al papel tradicional de intérprete-servidor de los ilustradores. Sus creaciones son consecuentes, profundas y no están atraídas por las seducciones. Su visión del mundo, su ser artístico es fuerte y estable como las montañas de Transilvania y como el mundo inclemente de Rulfo.

Részegh Botond viene de un rincón muy lejano del mundo, del borde de Europa, Transilvania y de un ángulo más escondido todavía que se llama Csík y es la patria del pueblo székely, ese grupo peculiar de húngaros marginados que hace cien años fueron excluidos de Hungría y quedaron en el territorio actual de Rumania.
Podríamos decir que él es de la periferia de la periferia, no obstante ese mundillo encajado entre montañas es un puesto muy alto de donde puede ver todo el paisaje europeo. El mundo del Hombre.
No echa una ojeada desde lo alto de la Torre Eiffel de donde no se ve otra cosa que París con su vida mundana dulce y atractiva, sino de lo alto de Transilvania, de donde ya solo se ve el propio Hombre.
El hombre székely y el hombre parisino. Y el hombre londinense, el hombre de Tijuana o el hombre de Marrakech: el habitante de la Tierra.
El ser curioso y triste, tan indefenso en su búsqueda de la felicidad durante la cual tantas veces pierde el rumbo, se mete en tantos líos y es tan maltratado por la vida y necesita tanto amparo.

El Hombre de Részegh, las figuras, las cabezas y los cuerpos volantes en picada  de sus pinturas y aguafuertes están gritando.
Son individuos acongojados en las luchas por ser libres, y a la vez encerrados en la vida por decir la verdad y por sufrir por la incapacidad de ser sinceros, por ser independientes y a la vez tan sujetos a otros. Su voz sale de esa lidia perenne. Somos nosotros mismos que gritamos. Grita Részegh y gritamos nosotros que miramos sus cuadros y sus dibujos.
Conforme con la gran tradición de la cultura húngara (Bartók, Kurtág, Jancsó, Tarr, Ady, Kertész) sus pinturas analizan los contenidos éticos de la existencia.
Buscan la posibilidad de la comprensión y a la vez la de la convivencia con los conocimientos adquiridos (nada sencillos). Son retratos de personas agitadas que se dejan llevar entre los capítulos cortos o más largos de la historia, que tiene una escala mucho más grande que la humana. Son autorretratos. Retratos internos. Transmiten lo esencial de una cara y no solo los rasgos. Esa cara es la cara de la persona que vive en el cuerpo de Részegh. No es la cara del sujeto del artista sino la del individuo que habita en todos nosotros y a través de la cual todos los individuos del mundo están enlazados y a través de la cual Részegh mantiene una relación con la gente de paisajes y destinos lejanos. Részegh es un artista tradicionalista. No en lo que concierne al mundo de sus formas sino en lo respectivo a su actitud artística. Su acercamiento a sí mismo y al material con el cual trabaja.
Vive en la trinidad de la honra, la autenticidad y la autoidentidad.
El artista se hace sentir por el material transido de dolor, las capas del óleo o la acuarela que deja fluir arbitrariamente en el papel de arroz o hasta el café utilizado como tinta, tanto en las pinturas como en las aguafuertes clásicas.
Es la lámina de cobre, el gesto de arranque o un ligero meneo de la mano, el ácido mordaz que late y palpita forma remolinos ante nuestros ojos. El resultado es la hoja gráfica que transmite el toque humano con contornos bien perfilados de la hoja blanca. Para Részegh el decorum no es el objetivo sino un medio conductor que promueve el camino del mensaje sentimental y sensual hasta el observador.
Botond Részegh no solo pinta. Antes que nada es un gráfico ilustrador; así, a priori mantiene una relación estrecha con la literatura. Pero nada es casual. Nada es obligatorio. Los indispensables contertulios sentimentales y literarios de Részegh son poetas y escritores.
En primer lugar György Dragomán, el escritor húngaro notable de la misma corriente cultural (ver el número 40 de la revista madrileña Intramuros o la novela El rey blanco (A fehér király), RBA, Madrid, 2010, traducción de José Miguel González).
Podríamos mencionar también al gran poeta húngaro Endre Ady, o a José Augusto Seabra, a Edgar Allan Poe o actualmente a Juan Rulfo, cuyo mundo serio, seco y despiadado no está nada lejos del mundo de Transilvania, tierra natal de Részegh.
Han salido ya varios libros inspirados en las imágenes de Részegh, escritos después. Así nacieron los textos escritos por el amigo György Dragomán, Erőtánc (’Baile de fuerzas’) acompañantes de la serie de imágenes que intentaron reflejar los sentimientos del oligarca ruso Hodorovski, condenado a guardar prisión durante 13 años en Siberia por Putin.

     Részegh es un creador joven. Tiene menos de cuarenta años y ya puede ufanarse de una obra considerable. Se basa en un fundamento seguro y esa fuerza garantiza que la obra de Részegh y el espíritu de sus cuadros tengan un efecto determinante y duradero. (Ivan Bojár; traducción de Yvonne Mester).

 

 

Ciclo Literario.