¡Patria, patria!  ¡Tierra, tierra!

Iván Bojár *
Traducción de Yvonne Mester


El Día de Muertos de 2014 en MÜSZI, centro cultural independiente ubicado en  Blaha Lujza, plaza emblemática de Budapest, se presentó el performer Emilio Águila con Mexica-Magyar, en una sesión organizada por  la Embajada de México donde se montó una ofrenda a Octavio Paz y se impartió una conferencia sobre esta celebración mexicana.

La crónica de Bójar narra la evocación que le provoca el espectáculo de Águila (donde se enlazan rituales de dos mundos que se envían señas de identidad), realizado en un inmueble que fue centro de distribución de uniformes escolares durante el régimen comunista, sitio a la vez cercano al café EMKE, frecuentado por Sándor Márai antes de su auto exilio de Hungría, y desde el cual el escritor pudo presenciar el nuevo estado de cosas que se anunciaba al término de la Segunda Guerra Mundial.

 

Emilio Águila/ Konkoly Thege Gyuri

Centro comercial Corvin

Durante mis años de colegial solo había en Hungría un canal de televisión (estatal) y una vez al mes podíamos disfrutar de un programa en el que el equipo de la TV pillaba a los trabajadores por la calle o a los choferes al volante de los autobuses interurbanos o en las panaderías de madrugada. Desde luego las personas eran elegidas mucho antes por los productores que tenían que seguir las normativas de una política cultural dictada por el Partido Comunista.
Había algunos programas que volvían a repetirse: el stand-up corto de un humorista que hablaba en húngaro con un fuerte acento alemán y cantaba una melodía campechana y jovial  sobre los días insoportables y grises de la ciudad, canción con la cual quería animar a la gente deprimida para que descansara un poco y siguiera aguantando.
Había también una escena de cabaret en donde un sujeto que hablaba atropelladamente  deshacía un bolso de mujer hasta llegar al punto de enloquecer porque no podía encontrar lo que buscaba. Eran números que se repetían. Cada vez que la vox populi, dirigida de una manera artificiosa los pedía, los rostros de la gente triste y encerrada en sus habitaciones con olor de pobreza, se iluminaban frente a los monitores deslumbrantes de color azulado.
Y sobre todo había un elemento del programa que no podía faltar nunca: el aria de József Simándy, el cantante de ópera de origen obrero. La canción era como una adherencia  y durante su vida él era la única persona que podía cantarla en toda Hungría. Esa aria patriota lleva el título ¡Patria, patria! y siempre sonaba muy esforzada, penosa y cursi en el barítono transformado en el tenor más "popular". Su aria encantó a la nación durante varias décadas.  Era una gota de patriotismo dosificado para soportar el internacionalismo soviético. Vivíamos un mundillo de mitologías sordas y falsas desarrollado en malentendidos benévolos y manipulaciones cínicas. La gente  pensaba que la canción de la ópera Bánk bán del compositor  Ferenc Erkel , que escribía en el estilo del romanticismo alemán, era la cumbre del género y que las tensas  arterias del cuello de ––Simándy               que hasta la muerte guardó la cara obligatoria de obrero como "marca de fábrica"–– representaba el nivel más alto del belcanto. Su popularidad competía con la de los grandes éxitos pop. Patria, patria..., refunfuñaba yo, meneando la cabeza al bajar con mi madre las incómodas escaleras, serpentinas y gastadas del centro comercial Centrum en Blaha Lujza Tér.

Comunidad artística Muszi

Aquella noche tibia de otoño de Día de Muertos bajamos desde el tercer piso de ese edificio que recorrí en mi infancia para salir a la calle. Hacía unos minutos acababa de terminar Mexica Magyar, el performance de Emilio Águila. Había percibido los distintos ambientes de tiempos y lugares lejanos, deslizarse el uno sobre el otro. Y algo más: también los períodos históricos de mi ciudad, Budapest.
Centrum, que fue el punto comercial más lujoso hace ya  mucho tiempo, hoy  no desempeña su papel original. Quien desconozca la historia del edificio no podría adivinar para qué fue ocupado en el pasado. Aquí se puso en marcha en los años treinta la primera escalera mecánica de Hungría. El inmueble está situado en el centro de la ciudad. Es enorme y descolorido. La fachada decorada de guirlandas de relumbrón está desde hace décadas cubierta de láminas de aluminio. Varias generaciones se criaron pasando enfrente del edificio que tiene la pinta de una lavadora abandonada y oxidada por las lluvias. En la planta baja del edificio hay oficinas de diferentes organismos civiles y en el piso de arriba hoy funciona un local plagado de graffiti llamado MÜSZI donde por la noche ondas de adolescentes escapados de su vida cotidiana consumen drogas de diseño y se tambalean al ritmo del tac-tac. En este amplio espacio hay diversas secciones con divisiones de madera de desecho y en una sala cubierta de polvo y sin ventanas está instalada la redacción del portal independiente Átlátszó (Transparente) que denuncia la corrompida vida pública con un profesionalismo cruel.  Y hay una sala de espectáculos conformada por sillas de diferentes estilos obtenidas de donaciones donde ese día 2 de noviembre de 2014 vimos el rito primitivo mexica de Emilio Águila. 
Hace cuatro décadas, en las mismas escaleras me arrastraba mi madre entre la multitud de gente con olor a abrigo de pana mojada, bajo la luz fría del neón, subiendo  muy de prisa. Yo apenas podía seguir sus pasos. Veníamos aquí para comprar la bata obligatoria para el colegio, la camisa y la corbata para los días festivos escolares. Y el bolso. El estuche de plumas. Esperábamos en colas interminables frente a los mostradores pintados de marrón. Delante y detrás de nosotros varias madres e hijos parecidos a nosotros esperaban para recoger las mismas cosas.
Tiempos que se fueron. Hogares sin patria. Mi tierra natal. Mi ciudad. Un país despojado (de sus tierras, de su belleza) y traspasado por el canto de Simándy. Mi niñez.

Las ventanas del ruinoso edificio daban a la plaza Lujza Blaha, así nombrada en honor a la actriz más importante de finales del siglo XIX. En aquel entonces todavía se hallaban aquí monumentos de la lucha patriótica de varias décadas contra el idioma alemán, que era el oficial en la Monarquía Austro-Húngara. Estaba también el Teatro Nacional, reconstruido después de las llamas de la Segunda Guerra Mundial, por las propias manos de los actores sobrevivientes. Los mismos líderes del Partido que una vez al mes nos permitían escuchar el aria !Patria, patria!  hace medio siglo hicieron demoler el edificio de ese teatro justo en el año cuando yo nací.  Enfrente, a unos ciento cincuenta metros del centro comercial, en la esquina del Gran Bulevar (Nagykörút) que rodea el centro en forma de anillo, se encuentra la cafetería que era tan popular en otros tiempos, EMKE, una de las primeras construidas después de la guerra. Antes de las Navidades de 1945 la población de Budapest intentaba continuar su vida quebrada tras los bastidores de esos muros de elegancia parvenu, intacta por casualidad.
Aquí, en este café, estaba también Sándor Márai quien tiene un libro que es la continuación de sus memorias Confesiones de un burgués y que sintetiza ese período. Lleva el título !Tierra, tierra! publicado en 1972 . Nosotros, los habitantes de la colonia avasallada del semi-imperio universal comunista de color marrón que se expandía desde Vladivostok hasta el Muro de Berlín, cumplíamos con los requisitos formales del régimen. Llevábamos corbata de pionero y atravesábamos el parque en uniforme de estilo militar, diseñado para niños, en dirección a la Iglesia Matías, para acudir a las sesiones de enseñanza religiosa o para ayudar a la misa, no precisamente dirigidos por nuestra devoción sino más bien por la actitud de valor ejemplar de nuestros padres que sentían la necesidad de algún rito como símbolo de la resistencia pasiva contra el régimen.
El libro de Márai, con su título sugerente y su bonita cubierta de color rojo, publicado en el extranjero y pasado en secreto por la frontera, ya estaba en la estantería de mis padres pocos meses después de su publicación. En aquellos años eran pocos los que sabían quién era Márai. Muchos que habían pertenecido a la burguesía desclasada todavía recordaban su nombre perdido en el pasado, cuando sus novelas que circularon antes del incendio mundial todavía eran populares. Pero las generaciones siguientes y sobre todo mis contemporáneos educados según las normas de la enseñanza de la literatura falsificada,  ni siquiera conocían su nombre. Gracias a mis padres yo tenía el privilegio de saborear la iniciación que significaba leerlo, la elegancia lánguida de sus líneas, sus frases exactas, su sabiduría y su rigor ético. Yo estaba fascinado con sus valores y su visión del mundo.

Edificio actual del centro comercial Corvin

Y en el invierno de 1945 Sándor Márai estaba sentado en la Plaza Blaha Lujza, en la cafetería EMKE y contemplaba a la pequeña sociedad de la pequeña burguesía que pululaba en el gran bulevar queriendo mantenerse viva y seguir con sus negocios y antiguas costumbres.
!Tierra, tierra! es el libro en el cual Márai resume inigualablemente la experiencia de la pérdida de la patria y de los valores y el deceso/desaparición de la burguesía que enraizaba profusamente con la tierra. Patria, patria..., refunfuñaba yo por la escalera, esta vez hacia abajo con mi preciosa mujer mexicana y no hacia arriba como antes con mi madre. Ahora con las impresiones turbadoras del rito mexica que habíamos visto de Emilio Águila.
¡Ya estábamos en  la calle, en la plaza, en la noche tibia de noviembre! Me separaban unos ciento cincuenta metros de la cafetería EMKE, en donde hace setenta años se desprendió de los soldados soviéticos ––cosacos, chuvasios, kirguistanos–– que andaban de juerga  con sus putas de bulevar, un coronel de uniforme soviético que entró al café para mezclarse con los budapestinos de ropa desgastada, con el deseo de "renovarse".
Al fijarse en la figura del oficial y su cortejo como símbolos del poder de ocupación, el público quedó callado. El coronel escogió una mesa y se sentó. Márai identificó en él a un viejo conocido suyo. A un judío, un pequeño burgués. Un empleado bancario del pasado remoto. Un representante de aquella capa de la gran ciudad que también había contribuido a la formación de la Budapest que tanto amamos hasta hoy en día: la dama anciana y empobrecida y sin embargo coquetona con sus galas ruinosas, un revestimiento de piedra que hace pompa en sus muros amasados de alambres y argamasa.

El coronel pidió platos colmados y consumía a su gusto. Sin dejar de  beber su vino, reinando en el local, hizo señas a los músicos gitanos de la cafetería. Era grande y poderoso aunque su familia se hubiera esfumado pocos meses antes por las chimeneas de Auschwitz. No sabemos qué gran dolor tenían que apretar las presillas de su uniforme. Esa patria que ni entonces, y poco más tarde menos aún, era la patria del burgués cristiano Márai y que dos décadas después llegó a ser mi patria obligatoria e impía, jamás adoptó a este otro hijo ––el coronel–– convencido de su poder: su nombre era Péter Gábor y poco más tarde llegó a ser el inquisidor más temido de la dictadura estalinista. Extintor de vidas humanas, triturador de gente en los sótanos de la sede del KGB húngaro de la Avenida Andrássy.
Márai vio que el administrador bancario de no mucho tiempo antes, elevado de repente por los soviéticos a un alto cargo, el joven y enérgico pequeño burgués judío budapestino que hablaba en ruso con sus acompañantes, hizo señales a los músicos gitanos. La banda se agrupó a su alrededor. Templaron sus instrumentos con algunas arcadas. Se prepararon. Y Péter Gábor pidió la canción de opereta más embustera y melindrosa de la época en que gobernó Miklós Horthy, el mismo que había extinguido a su familia y había llevado al país a la guerra perdida al lado de los alemanes: Qué linda, qué bonita eres, Hungría decía la canción de falso estilo popular que  formaba parte de la opereta La novia de Hamburgo escrita por Zsigmond Vincze y Ernő Kulinyi y presentada en 1922. Sonaba en un registro pegajoso pues pronto escapó de los escenarios, salió a las calles y se coló al corazón herido de los habitantes de Hungría que había perdido dos terceras partes de su territorio. Presentaba de una manera mentirosa el dolor verdadero del país por la segunda guerra perdida. Las décadas del gobernante Horthy y las del pequeño judío del Bulevar pasaron en el culto de ese tipo de patriotismo exagerado que era generado de una manera artificial. Que era todo lo contrario de mis años de niño rebosados de un patriotismo tratado con lejía y dosificado con una sobriedad política.
Más allá del régimen comunista, meses después de las primeras elecciones democráticas y libres, un anciano se arrastraba día tras día por la calle principal del barrio preferido por la burguesía judía no religiosa, la Calle Pozsonyi. El viejo encorvado estaba perdido en el tráfico. Los pájaros en la primavera cantaban en las acacias y desde las ventanas se escuchaba la mezcla de  los diferentes programas de radio. Era el mismo Péter Gábor. Nunca nadie se acercaba a él para exigirle cuentas por su vida mutilada o la de su padre o hermano. Así acabó. Su nombre se enlazó con la dictadura más sangrienta.

Mi patria, mi patria... refunfuñaba yo al ritmo de mis pisadas al bajar las escaleras del edificio en Blaha Lujza. En mi cabeza se entremezclaban Sándor Márai, Péter Gábor, el genius loci  en el sitio del Teatro Nacional. Y una vivencia. Una experiencia. Hacía unos minutos vimos todos los asistentes al festejo de Día de Muertos mexicano, un chamán rodeado de flores, describiendo círculos, en un salón del edificio enfrente de la cafetería EMKE que ya ha perdido su importancia, en este inmueble al lado del lugar vacío del teatro demolido, en la planta alta del antiguo centro comercial que también había perdido su luz y su riqueza siendo hoy MÜSZI un sitio underground .
Toda la sala olía a incienso, o como se dice en español, copal. Al entrar se había diseñado  un senderito hecho de pétalos de color rojo y amarillo que conducía a un altar con la imagen de Octavio Paz en el centro, decorado con figuras graciosas, llamativas y espeluznantes que representaban a la muerte.
Recordé que en el estante de autores mesoamericanos del  librero de nuestra casa, había un libro de Paz dedicado al padre de mi mujer, Jorge Hernández Campos. Y entre ellos, intercalado, el volumen de  !Tierra, tierra! de Sándor Márai. Se cerraba el círculo. La calle Pozsonyi, la via sacra  de Péter Gábor, donde vivían también mis abuelos de origen judío, y arriba, en la tercera planta, un  chilango presentando un baile ritual. Un hombre que en la patria de las mil variedades del pálinka sólo bebía sus tequilas de toda la vida. Un varón alto y delgado de una cara que parece extraña en Europa Centro-Oriental y tiene rasgos ancestrales. Su rito nos parece ajeno, impresionante y difícil de comprender. Me dio la sensación al ver su espectáculo de que iba a tener que abrir en mi interior nuevos y diferentes espacios para establecer un contacto con el performance tan distinto de aquellos que sabemos cómo interpretar.
Emilio Águila está medio desnudo, igual que las figuras de los códices que sobrevivieron la conquista. Su cuerpo está cubierto de pintura y signos cuyo sentido exacto tal vez se haya perdido durante los siglos de la destrucción española y la resurrección pletórica y vital de los pueblos indígenas. Mi patria, mi patria se está reduciendo cada vez más. México está creciendo. Mi Hungría disminuyó a su tercera parte en el siglo pasado. Nuestra población  total apenas se acerca a la de la ciudad más grande del mundo, la Ciudad de México. En Hungría cada semana muere más gente de la que nace. Hoy viven casi tantos mexicanos en los Estados Unidos, lejos de su casa, que los que habitaban en su propio territorio cuando mi madre y yo hicimos la cola para comprar la corbata de pionero en el mismo sitio donde hoy un artista representa el anhelo de vivir que rompe con la expansión española y estadounidense. Nosotros caímos quebrados bajo la expansión alemana y rusa. 
Todos buscamos algo, todos somos unos errantes. Todos carecemos de raíces y patria: el pequeño judío que llegó al poder, los parientes judíos de mis abuelos de la Calle Pozsonyi, los nacionalistas de hoy que viven su patriotismo con la ayuda de mentiras almibaradas de opereta o canciones de mensajes inertes añorando el pasado. Aquí. En nuestra patria que hace ya siglos no se comporta como una patria. Los que muestran interés por el tema apelan a mentiras, el hambre en busca de raíces de las mitologías familiares se basa en engaños como ascendentes de falso origen noble, quizás alguna fabulosa abuela-condesa cuya identidad no se puede justificar.
Noventa de cien contemporáneos míos apenas conoce el nombre de sus abuelos y las figuras del resto de los ascendentes ya han pasado al olvido. Gente con nombres que suenan sospechosamente extraños y parecen eslavos, germánicos, latinos, judíos o gitanos se ufanan con su origen "húngaro". Ha quedado mucha hambre en la Plaza Blaha Lujza: en Hungría. Pero sigue sin nacer la capacidad de llenar el estómago con algún tipo de conciencia del pasado reconfortante que no sea falsificado o artificiosamente fabricado.

Altar de muertos en MÜSZI

La figura alta y nervuda que lleva un calzón de piel de tigre y hace más y más giros al centro de las flores e  irradia una fuerza que forma parte integrante de su propia cultura, en vez de expresar un sentimiento nacional que se dirige contra otras personas. Aquí también está en casa, su tradición se enlaza con las nuestras, aunque su danza provenga del otro lado del globo, su rito en este sitio donde nos proveíamos de los accesorios de pionero, en la tercera planta del centro comercial Corvin donde nunca me sentía en casa aunque perteneciera a mi patria.
La  producción de Emilio Águila es una reconstrucción. Un rito redactado con base de antecedentes literarios y artísticos, con la exigencia de la autenticidad. Un indígena busca a sus antecesores en sus propios movimientos y lo que encuentra es algo fiable. Se mueve por sí mismo y no en contra de otros.
La civilización indígena de varios miles de años no es un mito o una leyenda sino una continuidad que aunque haya sido extinta sigue fluyendo en las células del pueblo. Son las mismas células que se mueven en el cuerpo extendido y los brazos abiertos del performer. El anfiteatro está oscuro. Las miradas ardientes están atentas. Son húngaros dejados aquí por el siglo XX, apartados del resto. Que no tienen más que canciones. A veces bellas y justas pero muchas veces miserables, mediocres y falsas. Alguna noche de borrachera cuando los herederos perennes de los peter-gabors que hacen señas a los músicos gitanos andan de juerga por algún lado,  la oscuridad del cielo húngaro traga/engulle la esperanza de encontrar la patria alguna vez.
Aquella noche del primer día de noviembre en el edificio del viejo almacén comercial, en MÜSZI , me pasaron estas ideas por la cabeza y el alma.
En la lejanía de setenta años atrás, entre las luces de las calles de Budapest,  vi a Sándor Márai, el hijo desterrado en la ciudad a San Diego, hacer señas a Emilio Águila desde  el otro lado de la plaza.

Iván Bójar (Budapest, Hungría, 1964) realizó estudios de Historia del Arte en la Universidad Eötvös Lóránd de Budapest. Ha sido investigador de arquitectura contemporánea húngara y fundador y editor de revistas de arte, ciencias y cultura; profesor de la Universidad Elte y Universidad de Cine, curador de arte y galerista; presentador y comentarista en programas artístico-culturales de la televisión húngara; promotor cultural y crítico de arquitectura; diputado en la Asamblea General y Consejero del Alcalde de Budapest. Escribió varios libros sobre arquitectura moderna e imagen de la ciudad, el último, El Gran libro de Káli, sobre la región del norte de Balaton. Las revistas Magyar Narancs (Naranja Húngara) y OCTOGON, que fundó y editó, obtuvieron el 1994 y 2003 el premio honorable Pulitzer. En 2004 es galardonado por su obra con la Cruz del Mérito de Plata de la República Húngara.

 

 

Ciclo Literario.