Hora de junio

Alejandro Guzmán


He intentado, sin éxito, conciliar el sueño en la última hora. Tampoco he podido leer ni ahogar el flujo mental del pensamiento escuchando música. ¿Me animaste alguna vez a que te escribiera, o me lo estoy inventando? Como quiera que sea, ahora lo hago. Ya sé, ya sé: las palabras humanas son equívocas para la comunicación del afecto pues reflejan mayormente a los objetos y sus significados nos parecen inadecuados para nuestros pensamientos, e inconsecuentes al intenta­r expresar cuanto de vago e indefinido llevamos en nosotros. Nuestro entendimiento es tan parcial que a veces se nos ocurren las mismas cosas y si no las fijamos sobre papel, se vuelven irrecuperables. Un lector omnívoro es un talento inútil, cierto, pero es la flor de la inutilidad, y como aficionado a colocar lo negro sobre lo blanco, debo ser capaz de escribir cartas persuasivas a los otros. Es ya la hora del Buey: un sosiego remansado cubre la primera hora de la madrugada y da vueltas en una habitación insomne. En otro lugar de la Tierra se cumple un aniversario más del «Bloomsday». Intentaré encontrar alguna dote literaria y ser elocuente. Por tanto, con su más y sus menos, esta primera carta será también la última.

Foto: Victor León

La otra noche, mi bien, cuando te hablaba en la mezcalería Cuish, balbuceé frases dizque engatusadoras mientras tú insistías en que solo me interesabas exteriormente. Me dije para mis adentros: «Puta, que alta opinión de sí misma tiene. En cambio, mi cuerpo es flaco y desmedrado. Una jovencita listilla y bonita, no lo suficientemente inteligente para querer abarcar tantos y tan variados intereses. Es perfecta para un pobre diablo como yo». Me interrumpiste con un« ¿En qué piensas?» ¿Y qué otra cosa se responde a pregunta tan trivial? «En nada... Aguántame, voy por más bebestibles».  Al regresar a nuestro sitio un pelagatos se encontraba ya zopiloteándote, muy confianzudo. Adiviné lo imaginario que subyacía en el acto de retirar las pelusas de tu blusa cuello V. Otra caterva de borrachales, más allá, lujuriaban con descaro la esfericidad de tu trasero que excedía el diámetro del banco y me solidaricé, pues eso nos pasa a los hombres en cualquier lugar y tiempo atmosférico. Por supuesto, notabas que mejorabas el lugar. Di la media vuelta y acodado en la barra intenté repetidamente coquetear con la bartender, pero sus únicas palabras fueron «cuarenta de cambio» junto con una dulce sonrisa. Apuré entonces el par de mezcales orgánicos y me escabullí de entre la ebria multitud al modo francés, sin despedirme de nadie. Esa noche, idéntica a tantas otras, salió disparado un tercero innecesario y estorboso, como el rencoroso personaje de Arreola. Insisto: es muy poco lo que puede uno realmente saber acerca del otro. Según tú, «muestras» sólo lo que quieres dar a conocer, pensarás que el otro es a menudo un indiferenciado y no le importa o de plano no se da cuenta de tus recelos. ¿O eres, como los amantes abandonados sin remedio, un corazón acorazado y en reserva, momificado cuidadosamente? Te comprendo, tienes una nostalgia parecida a la mía. No quieres a alguien, lo que deseas es amor del tipo arrebatador e insensato (¿acaso hay otro?); es una pena que, al igual mío, no lo hayas vivido antes de los veinte, cuando desplegabas tu alegre primavera.
En todo momento nos ocurre algo, día tras día, transcurre un mes al que sucede otro, así como a una estación la siguiente. El año retorna siempre por el mismo camino, observaba Virgilio. Y el tiempo sopla sin cuidarse de los hombres. Hoy, por una circunstancia desafortunada, sigo pensando en ti. Permíteme entrar en detalles. No hace mucho era normal si alguien se encariñaba y escribía y la carta era entregada mediante el celestinazgo de algún bien intencionado. Apenas a quince años de distancia se concede más autoridad en materia de lenguaje a la imagen: las enviamos vía admíniculos electrónicos intentando que esas mismas imágenes ilustren a las palabras. ¡Hazme el favor, infantilizar deliberadamente nuestro entendimiento y banalizar nuestro lenguaje con ridículos dibujos!             Bien, después de insolentarme al querer rivalizar la imagen con la palabra––cuando cada una prospera por separado––, paso a lo siguiente: lo que me gusta de ti. Como la belleza física es principalmente objeto de la mirada, no me apartaré de ésta al evocar la tuya, así sea someramente. Algo de lo más notorio lo he mencionado antes, y es coronado por una delgada cintura redondeada y unos pechos agudos y pequeños. El color de tu cabello y la longitud de sus bucles al lado de la cabeza: no hay nada que me haga concebir que la mismísima Isis lo llevase de otro modo. No deja de tener su encanto la forma como distraída cuando los separas de tu frente, aunque yo no necesite que me encanten: hay un aire mixto de impostura y eficacia en las personas encantadoras, una espontaneidad delicadamente calculada, parecida a la de los niños nacidos bajo el elemento del aire. La curva de los pómulos altos que esculpen tu rostro disimulará su edad, los labios dos hechos para el beso, la mirada oriental a veces altiva y esa única parte visible de tu esqueleto, resplandeciente cuando sonríes…en fin, tú te has de gustar más, sé que eres de las que tienen más de un espejo de cuerpo entero; al caminar te he visto observarte repetidas veces en el reflejo de los autos estacionados. Y como olvidar la manera tan tuya para reconvenirme al hacerme notar mi ignorancia acerca de tal o cual músico; o del placer que te proporciona algún plato refinado o bebida dizque sofisticada cuando sales con amigos riquillos acostumbrados a la holganza y la intemperancia en el gastar. ¿Y qué tal cuando me has tildado de vil manipulador y melodramático, bueno para nada? ¡Qué diferente y lejano soy y estoy de ti!      Sigo reescribiendo… y ya los matinales despertadores, comunes hermanos nuestros en la locomoción bípeda están por entonar su purificador, siempre renovado y alegre quiquiriquí, y yo aquí sentado, a deshoras, cavilando en mi guarida. ¿Es esto una locura? ¿Tiene algún sentido? ¿Sirve de algo acariciarte a través de éstas líneas, acompañarte en su escritura?¿Te servirían de consuelo en momentos tristes, en ratos de aflicción? Heme aquí, rodeado de libros, unas docenas de ellos no pueden sustituir a la chica de quien se está uno enamorando. ¿Quién más escribió que estar enamorado es la salida de los cobardes y que el amor no quiere que lo reclamen a la fuerza?
He llegado a un asunto delicado. Dices que no fue un buen recuerdo la manera en que terminó el día la vez que nos conocimos. Tienes razón, beber sin querer con alguien ––y notener segundas intenciones––, metersemás de cinco mezcales entre pecho y espalda,desinhibirse con el empuje que te proporcionan y despertar en un hotel anónimo sin agua para beber después de ese sueño de alcohol, con subrepticios sonidos excrementicios procedentes del minúsculo sanitario y el subsecuente, terrible, silencio embarazado; la premura al vestirse, evitando la errática y furtiva mirada del otro, improvisado amante. Vaya, tuvimos una velada fantástica. Pero no esa noche. ¿Y por eso tendría que ser debut y despedida? Acepto que no hago malabares en el sexo, pero como dice nuestro Nobel, es más difícil inventar una nueva postura que descubrir un nuevo planeta. Y tú no eres precisamente Sasha Grey: noté que no has superado la pudibundez de la muchacha de pueblo ––que desearías no ser–– y la vergüenza de estar al tú por tú en la cama con alguien, vertical u horizontalmente, en traje de rana. Es por eso que la mayoría de las ocasiones la segunda vuelta es mejor, digo yo. Otros piensan que con la primera te das cuenta de qué va.

Foto: Victor León

Preciso verte. Me arrojaría al suelo y besaría las adoradas huellas de tus pies, como escribió Fadanelli que a su vez leyó a Philip Roth y éste, quizás, la correspondencia amorosa de Victor Hugo. Aguarda, me doy cuenta que también tiendo a dramatizar cuando tomo la pluma. No lo haré más, pero, ¿es amor esta zozobra? ¿Esta cómo inquietud del alma, o de la mente para ser más precisos? ¡Vuelve en ti, A., transfórmalo en un sentimiento más sosegado, acorde a su amistad! Que a partir de hoy sea tuya tan solo en el pensamiento. Además, las declaraciones amorosas no dicen nunca nada nuevo. Tiene razón el carcamal que me dijo solemnemente: el hombre que ha pasado de los treinta no debería ser ya esclavo del amor. Y Maximiliano de Habsburgo decía también que de los treinta a los cuarenta se vive de la ambición. Y ya ves cómo le fue por su torpeza para gobernar: antes bien lo recordamos por sus sentimientos nobles e idealistas. En fin, los hombres se enamoran porque quieren. Pero yo no quiero. ¡Qué estupidez pensar que no coincidiremos más en el tiempo, y entristecerse por ello! Y, sin embargo, ¿cómo podría ganar tu admiración? Estoy cansado de que me pospongan. Alguien tiene que escribir las historias de las personas siempre postergadas, de los eternos segundones en las batallas del amor, de los que son heridos por no resignarse a ser desechables, transitorias compañías; de las víctimas de la espera… Bien. He de dejarte tranquila, no quiero ser más un contratiempo para ti. Se buena, niña mía, sé que te gusta y reconforta saberte amada, pues la vanidad mundana y fugaz es parte nuestra. No olvido ––hoy por ejemplo–– tus amabilidades conmigo, tus abrazos caritativos y que siempre acompletes para las caguamas aunque no bebas cerveza. Me has dado lecciones de desprendimiento. Evitaré, como los perros ante ciertas calles en las que han sido apaleados, aparecer por los lugares que frecuentas: las inauguraciones pictóricas, la librería, los recitales de poesía ocurrente y nonata, el andador turístico… En resumen, conseguiré un empleo, quizás solo estoy cansado de esta vida contemplativa, humilde y solitaria, volveré al redil de todo lo censurado por Dante.
Hace unos días aparecieron las primeras hormigas chicatanas después de varios años de ausencia, desafiando la velocidad del hombre y su falsa ilusión en el progreso, su apego al asfalto y al aire polucionado. Ha pasado ya su plena floración, pero por doquier los flamboyanes y sus miríadas de hojas aún reverberan luz y conservan un verdor perenne: son un deleite para ver en esta tierra, un Imperio de Flora que maneja como ninguna sus glóbulos de savia y compenetra su esencia viviente, enseñoreándolos. Y más allá y todo alrededor, las montañas. ¡Qué tenaz es la clorofila, herborizando por todas partes! Ser un árbol más, ser aceptado por su fraternidad o desear que sigan nuestro camino: deseos muy clásicos: allí no existe la importancia. En la humedad del espléndido mes de junio, las ruedas de la oruga han desaparecido, surge una harapienta mariposa de su crisálida, sus alas se abren, ignora que sus excesivos revoloteos la conducirán a la pérdida de la libertad ––aunque queramos embellecerla llamándola fuga. Y en algún lugar del valle oaxaqueño una larva de cigarra sube a otro venerable árbol transido de verano, dejando atrás su caparazón, dispuesta a entonar su monocorde estridor. ¡No hay que perder la esperanza! No hay razón para desesperar. Es bueno estar vivo: el que no te duela casi nada es de aprovecharse.
Adieu, princesa, empieza el ruido apresurado del tránsito vehicular a la par que la melodiosa y noble armonía del concierto de pájaros diversos: saludan a su modo la vida terráquea. Ojalá no me avergonzaras y quemaras esta carta ––como mandan los cánones o el lugar común––, una vez transmitido el mensaje. Tan sencillo que era decirte en un simple inbox, Rosana, plis, me encantaría estar otra vez entre tus piernas, nomás tantito.Pero ya ves, te veo y me petrifico. He terminado la reescritura, otra vez el sol anuncia su primer albor en la semioscuridad de mi habitación. ¿Para que engañarse? No ha pasado el temor de antier. Todo se extingue y muere en la implacable, perpetua y sorda continuidad de la naturaleza. Te sigo imaginando a esta misma hora, en mis más retorcidos celos, leyendo estas hojas, después de un coito feliz, con un amante recién deslechado al lado tuyo, mofándose de mis ridículos sentimientos.
Me estrujaré un rato, recordándote, y enseguida dormiré. Y espero no verte más.
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*Alejandro Guzmán G. (Ciudad de México, 1979). Estudió Derecho y C.S en la UABJO. Escribe ensayo y reseña literaria. El relato anterior es un guiño a la literatura epistolar y está incluido en la antología de integrantes del Taller Permanente de Poesía del CaSa (Oaxaca), Formas de ver el mundo, recién publicado.

 

 

 

Ciclo Literario.