Roma solar

Lorenzo León Diez


Como un cazador que sale temprano en busca de su presa, o como un antiguo caballero que va en busca de aventuras, se dirigía todos los días en busca de prodigios.
Nikolái Gógol*

Se alza en todo su esplendor la grandiosa Roma antigua con el inconmensurable Coliseo, los arcos triunfales, las ruinas de los inmensos placios de los césares, las termas imperiales, los templos y las tumbas esparcidas en los campos.
N.G.

Para llegar a la Capilla Sixtina en el Vaticano a uno lo hacen transcurrir por una serie de pasajes y escaleras que bajan, que suben, que van a los lados, a los pasillos y salas en una ruta de varios minutos. En el complejo arquitectónico de El Vaticano, aislar como una burbuja una capilla interior requirió un tejido tortuoso.

Uno por fin desemboca en el esperado espacio, en el codiciado corazón del arte y la sacralidad cristiana del renacimiento como una corriente que fluye dentro de un tubo.
Uno se pregunta, ¿pero qué esto no dañará los frescos que relucen nuevecitos a nuestra vista gracias a una monumental tarea de restauración, que los hace tan vivos como filminas, como pulsaciones luminosas en la pantalla?
El muro icónico queda a nuestra espalda al entrar en un tumulto muy similar a los del Metro.  Así uno va avanzando y volteando bajo órdenes directas de tres policías que piden con voz clara, enérgica: no tomar fotos, silencio, no pictures, no video, silence. Y uno está como en un mercado donde nadie puede sacar su dinero ¿qué les costaría dejar tomar fotos? Podrían aumentar el  precio y todos lo pagaríamos; toda esta masa formada en la plaza de San Pedro, bajo el sol del verano ardiente, no dudaríamos en dar más a nuestras exhaustas carteras, pues ya estamos aquí, ya llegamos por uno de todos los caminos, a Roma.

*Roma. Nikolái Gógol. Almadía-Conalculta, 2014. Traducción de Selma Ancira.

Y he aquí por fin, el Ponte Molle, las puertas de la ciudad, y el abrazo de la más hermosa de las plazas, la Piazza del Popolo.
N.G

Las grandiosas creaciones del pincel, que jamás volvieron a repetirse, se erguían sombríamente frente a él en las paredes ennegrecidas, inaccesibles e incompresibles para los imitadores.
Al entrar y sumergirse más y más en su contemplación, sentía que el gusto, cuyas semillas siempre habían estado en su alma, se le iba refinando. Y, frente a ese lujo magnífico y maravilloso, le parecía poca cosa la pompa del siglo XIX, una pompa mísera e insignificante, válida únicamente para adornar las tiendas; una pompa que había introducido algo en su propio campo de acción a doradores, muebleros, tapiceros, carpinteros y multitud de artesanos privando al mundo de los Rafael, los Tiziano, los Miguel Ángel.
N.G.

 

La sensualidad europea late en el mural de Miguel Ángel: la Creación, el Infierno. Aquí  está contenido todo el futuro. Se trata, la del italiano, de un estallamiento del ver ––que todavía no llega al cine––, que seguramente alcanzará la visión holográfica donde quedemos cubiertos no solamente en los planos visuales, sino corporales.
El Vaticano cuenta con la única obra absoluta que se haya creado hasta ahora. La precisa fecha de la creación de Buonarroti es en la que llega a su cima una devoración de las formas.

Así como el florentino Miguel Ángel  convirtió muros inmóviles en túneles calidoscópicos, Bernini hizo bailar en una espiral eterna a Apolo y Dafne: otro manifiesto del futuro.

Gian Lorenzo Bernini

 Si somos toscos podíamos considerar que la robótica está aquí de cuerpo entero. Un motor de mármol, una forma que en su estaticidad libera toda estancia quieta y vive danzando, creciendo como un árbol al cielo, de las raíces a las nubes.

Uno quisiera tocar esta escultura para ver que nuestra mano palpa y no sólo nuestros ojos ven, pero es seguro que, como si uno tratara de tocar vapor, nuestra mano se seguirá de largo pues se trata de una holografia. Ante esto, ¿qué han podido hacer los artistas después? ¿Qué dejaron a sus congéneres de las posteriores generaciones los renacentistas?

Giovani Bellini

Ettore Spalletti

Nada, parece decirnos Ettore Spalletti en el Museo Nazionale Delle Arti del XXI Secolo. MAXXI. Esta sala es tan humilde. Se acepta el desierto. Todo el bosque de las imágenes ha sido talado. Los artistas del renacimiento se lo comieron todo en un banquete delirante. Dejaron el mantel limpio, blanco.


Los pies de San Pedro

El Vaticano

He aquí un dulce y concentrado canto de estos sacerdotes. El arco que dibujan en su posición arrodillada, su claro enfoque, su voz tersa, nos pone ante un altar vivo, en el piso donde fueron pulidos varios tipos de mármol y donde están señaladas las medidas menores de todas las catedrales de la tierra cristiana, para que el visitante comprenda que se encuentra en el mayor recinto sagrado. No cobran aún por visitar esta basílica. Pero seguramente el tiempo que labra los pies de bronce de san Pedro, pondrá un precio a esta caricia.



Afrodita y sus marmóreas calideces

En el Museo Nazionale Romano hay una suntuosa arqueología. En este espacio podemos gozar de la adoración que los romanos profesaban por el cuerpo descubierto. Las diosas del amor con Afrodita al frente de nosotros en esas nalgas que son simplemente… simplemente romanas, humanas, sanguíneas, cálidas y donde anida nuestra visión para saber que allí está el poder de la tierra o la verdad latiendo. Se admira la devoción masculina que decantó el mármol.
Aquí  la exposición de las esculturas es muy libre, podemos acercarnos nariz con nariz, nariz con pubis, con las profundas líneas que se crean en una esfericidad planetaria.  Roca que podemos oler. Nos percatamos cómo los escultores de esa sociedad tan distante ejercieron una virtud transformadora revelando el ser atómico de la roca. Es la gran biblioteca de la antigüedad; páginas donde el cuerpo quedó latiendo por toda la eternidad de la roca.

La desvanecida pintura de los muros, que el Muzeo Nacionale Romano ha trasladado pedazo por pedazo de las villas romanas a esta salas, son las pinturas más sorprendentes, más hermosas que uno pueda encontrar en los museos de Roma, el museo arqueológico regido por Minerva.
Se respira, entonces, en este museo la libertad, la fuerza del andar desnudo en el jardín de la creación, bajo la luz transparente y solar que ha hecho crecer, como las hojas de un árbol de laurel, las manos de Dafne perseguida por Apolo.

¿Ya no habiendo cuerpo ––dado que el cristianismo lo abole, lo cubre de ropajes–– qué quedaba al artista sino hacer de los paños mares, crestas oceánicas?

Santa Teresa de la Iglesia de la Victoria.

Por fin, un reducto no comercializado. Es raro poder ver a Bernini en una simple iglesia, sin taquilla donde pagar. Bernini y su Santa Teresa, gratis. Uno puede, si quiere, orar. Pero no es necesario ni hincarse. Es una fiesta ver a Bernini. Uno no deja de sorprenderse cómo podía penetrar en expresiones que nos hacen atisbar enigmas que nunca develaremos: del Museo Nazionale Romano a la iglesia de Santa María de la Victoria hay toda esa distancia de los siglos que conforman el mundo moderno: la expedita posición donde el deseo es un manifiesto sagrado en las nalgas

Santa Teresa de Jesús

de Afrodita o el Andrógino. Es la postrada  paciencia de una mujer sumergida en sus ropajes monásticos para alcanzar ese estado extasiático, semejante al de los ardores que latían en la adoración pagana.

En esta escultura ponemos el acento en algo que nos dice mucho de lo que sucede en Roma: no se ha pasado un paño húmedo por el rostro de la santa en varias décadas, o quizá centenas de años: por eso tiene esa pátina amarilla que la posee como un icono de la maldición; en su prisa por cobrar otros denarios, la han dejado descansar en la rutina de los santos.

El panteón en Roma

La fuente donde las muchachas de Albano se reúnen y se sientan en los escalones de mármol a conversar con voces fuertes y argentinas mientras el agua cristalina cae  en estruendoso chorro.

Es un atractivo multitudinario en la peregrinación turística. Culto a la visualidad donde un fotógrafo podría vivir todos los sueños que la libertad de fotografiar a los otros ofrece. Es la fiesta óptica de las canon, las minolta, las sony,  las…  y los músicos callejeros increíblemente talentosos. Realmente un hapenning con la música de Pink Floyd.

El Panteón es una metáfora de la actualidad romana. Te encuentras con los dioses de la libertad sensual. Entras a los  claros cielos donde se comete el rito solar de nuestra sonrisa para la cámara. Es alegre este sitio por los borbotones de jóvenes. Uno se sienta al pie de los escalones de la fuente, y se baña con esa corriente de alegría humana. Los chicos y las chicas son un collar, una filigrana que nos invade y así el fotógrafo se pierde en un enjambre de deidades, piernas, brazos, cuellos,  rostros ,  cabelleras … que podemos “tomar” sin ningún recato; no es como cazar imágenes en la ciudad desplegada. No, aquí es posible apuntar  con toda la comodidad de saber que nosotros también somos sujetos a las “tomas” de los otros. ¡La fotografía como carnaval!

Holografía de piedra

En el altar funerario del Museo Nazionale de Roma hay un altar funerario que anuncia un futuro también holográfico en el arte, al que llegará la humanidad muy pronto. Serán experiencias totales de percepción, porque no será solamente un arte visual sino táctil; las imágenes se reproducirán en nuestro cuerpo; nosotros seremos la pantalla; en nuestras manos, nuestros brazos, nuestros vientres transcurrirá la película. Esa es la sensación que uno siente ante estas antiguas obras de la humanidad, pues Roma es una ciudad donde se contempla cómo hay un futuro anunciado en esas moles de piedra que se mantienen en una restauración permanente; son parte de las calles, los edificios, las plazas. En Italia habitamos adentro de una filmina de la totalidad.

Agobiante Roma

Roma es ingrata. No ha dejado ningún reducto a la libertad del visitante que no esté acotado. No es posible, como en París, comprar comida e irla a degustar en un picnic; aquí los pocos prados están sucios y no hay bancas en ningún lado. Es como si los restauranteros hubiesen hecho un férreo acuerdo en las alturas del Estado: si el turista quiere venir a Roma que se siente en las terrazas, que se meta a los restaurantes.

Es evidente que Roma tiene un problema de corrupción en el gobierno, pues la marea de turistas ––tasada a tres euros por persona, directamente como impuesto al hotel––, anda por calles que en algunas partes son intransitables, como es el pasillo de libros de viejo de la plaza de Termini, que es un nido de suciedad. ¿Por qué en esta ciudad que recibe millones de euros, estos no alcanzan para tareas tan sencillas como lavar las calles? Además es un enmarañado de carteristas; los carabineri, impotentes, lo único que pueden hacer es redactar actas para el turista sorprendido en los autobuses o en el metro congestionado. Es ardua Roma bajo el sol total del verano, una playa donde deambulamos los visitantes enfrentados a los trabajadores que reciben el primer pago: turista y mesero, cajero, pensionista, camarera, taquillero, etc. En la Galería Borghese tienen el desplante, los administradores, de poner a una vieja refunfuñante, que nada más habla italiano, en ¡información! Y los meseros de algunos bares deslizan con desprecio la cuenta de ¡siete euros por un chocolate tibio!...Se ve que estos trabajadores están hartos; no ha de ser fácil vivir en una de las ciudades más solicitadas del mundo artística, histórica y espiritualmente hablando. Hay mucho descaro, por ejemplo, al cobrar una cerveza a 3.50 euros cuando en el pizarrón dice 2.50 y en el momento en que uno reclama le enseñan otro pizarrón interior ¡actualizado!....En el vagar del turista, cerca de la estación del metro Pirámides, descubrimos una “salumeria-gastronomía”: el teclado más hermoso que pensarse pueda de quesos, vinos, cervezas, embutidos, panes y otras delicias de Italia. El tendero nos recibe con gran generosidad, y sabiendo nuestra perplejidad y la ignorancia para poder pedir, nos propone un surtido de salamis, nos indica este pan, nos señala este vino y estas cervezas….y a unos pasos ¡oh bendición! hay un pequeño jardín con bancas, único en cuadras a la redonda; por fin, nos sentamos a cenar, vista la hora, y apenas terminamos cuando los vigilantes están corriendo ya a los apacibles ciudadanos, porque van a cerrar el parque. La tienda se llama Volpetti, en Via Marmorata, 47.

La habitación romana

Los costos de una habitación para dos en Roma son los menores en relación con los costos que uno paga en la calle, si tiene la suerte de nosotros en Giovy, a dos cuadras de Stazione Termini, Via Principe Amadeo. Es lo más agradable no estar en un hotel tradicional, sino en un edificio de 1839 donde respiramos la vitalidad que nos hicieron sentir Sofía Loren y Marcelo Mastroiani en sus películas. Un vecindario denso y bien organizado. Muchos de esos departamentos fueron adaptados con pequeñas habitaciones y un diminuto baño.

Un ventilador de techo, dos camas juntitas, más bien catres con colchones bastante desgastados y un pequeño refrigerador. Bien pensado este lugar para resolver las necesidades de un hombre o mujer solos, o una pareja bien avenida. Siempre será un reto para cualquiera mantener la paz en tan reducido espacio cuando tienen que moverse dos en la faena de las necesidades físicas y de trabajo en el internet. Once días. Diez noches. No era difícil realmente, más bien al contrario; nos vamos enlazando los cuerpos como una semilla en el útero, en el vientre de Roma. Descansamos aquí. Nos recuperamos de esa demanda enérgica que imponen las calles de Roma al caminante, al pasajero. Giovana limpia todos los días esta habitación, y lo hace a profundidad. Es la esposa de Nuncio, originario de Nápoles. Él se auxilia con Raihan, un dulce joven hindú que atiende a los turistas en inglés y tiene surtida la barra para los sencillos desayunos, con una máquina que hace excelente café. No explican a los clientes muchas cosas, solamente le dan a uno un manojo de llaves y poco a poco se va sabiendo que abre la primera el portón de entrada, la segunda la puerta del elevador, la tercera la entrada al departamento, la cuarta a la habitación. Esto es lo mejor porque después de unos días, uno yase siente vecino en lugar de huésped.

El Semen de Pompeya

 

En el lupanar de Pompeya

hemos olido el semen

volcánico en camas de roca

ríos de lava blanca

derramados en muslos de muchachas pintadas

que bailan

entre velos blancos de yeso

aún fragantes

luego de tantos clientes

bajo los techos

donde afroditas fornican con el tiempo

jadean antes de las negras lluvias

que calcinaron el sacrificio a Apolo

El lupanar es un buen sitio

para ver  las pieles

florecidas en los muros

de las latinas solares.

 

 

Ciclo Literario.