Robert Graves en México y Hungría

Alfredo Coello


 

Robert Robert Graves (1895-1985) escribió más de cien libros. Fue un viajero incansable tanto en el tiempo como en el espacio. Poeta y ejemplar erudito en el estudio de la mitología de varias de las diferentes culturas clásicas de nuestro planeta.
De entre los países en que estuvo se refiere especialmente a dos que en su evocación une: México y Hungría.
En efecto, son dos fechas, una en 1954, cuando visita México, y junto con Gordon Wasson hace un viaje más, sólo que el de esta vez hacia dimensiones desconocidas. De lo físico-temporal el maestro ha incursionado al viaje onírico-psicotrópico:
“Yo mismo he probado el hongo alucinógeno psylocibe, una ambrosía divina que se utiliza desde tiempos inmemoriales entre los indios mazatecos de la provincia de Oaxaca, en México. Allí escuché a los sacerdotes invocar a Tláloc, dios de los hongos, y tuve visiones trascendentales”.
Aun cuando estudiosos que llegan a México no están bien informados sobre nuestra etnohistoria e ignoran los acontecimientos que tuvieron lugar en una cuenta profunda de 3000 años antes de la llegada de los europeos, vale el apunte de Graves, aunque sepamos hoy que Tláloc no tiene absolutamente nada que ver con las deidades de los hongos mexicanos y sí con el “vino de la tierra” : lo que bebe la tierra, la lluvia.
La otra fecha es en 1970, cuando Robert Graves visitó Budapest y escribió un Discurso a los Poetas de Hungría (Budapest, 1970).
“Yo diría que existen sólo tres países europeos donde en todas partes se honra y no se ridiculiza el nombre del poeta. En primer lugar tenemos Irlanda, donde durante más de dos mil años el maestro-poeta fue también el historiador, el médico, el músico, el mago, el profeta...Luego tenemos al País de Gales, donde la tradición poética del Eisteddfod  o Congreso Poético Nacional ha sobrevivido incluso a la conquista inglesa. Y finalmente Hungría. Yo soy irlandés de nacimiento, galés de adopción y Hungría siempre me ha traído buena suerte, supongo que también debido a su notable tradición poética. ¿Por qué será que aquí se escriben veinte veces más poemas por habitante que en ningún otro país? No ha sido con la ayuda de la religión o de la política que Hungría ha sobrevivido a la conquista y la esclavitud, sino gracias a la poesía – lo mismo que en Irlanda y en el País de Gales. Sin embargo los poetas húngaros poseen una cualidad que no tiene ninguna otra raza europea, y es que su lenguaje y sus mitos son completamente diferentes a los demás. Por esto no pueden perderse bajo el dominio de los poderes vecinos, pocos cuyos ciudadanos se molestan en aprender el magyar. Los húngaros, igual que los antiguos irlandeses y galeses, se dan cuenta de que la poesía es un medio para conservar el poder, sobre todo el mágico poder del amor…”
Robert Graves con estas palabras hace presente la ‘razón poética’ como el único y verdadero viaje a que nos invita el universo. Ver con los ojos de otro, de otros y sentir el mundo desde el prójimo:
“La última vez que estuve en Budapest, hablé de la extraordinaria suerte que tuve en mi infancia por ser Kodály el primer húngaro que conocí. De él aprendí canciones que tradujo mi padre, como esta que decía: ‘Lejos, en las alturas, cantan las grullas’. Mientras aún haya grullas en Hungría (y mientras sigan habiendo caballos), sin duda continuará habiendo poesía. La santidad de la grulla es patente en el relato griego del poeta Ibicus. De camino al teatro, en Corintio si mal no recuerdo, fue atacado y muerto por ladrones. Mientras en su ausencia se representaba la obra, una parvada de grullas visitó el teatro, revoloteando sobre las cabezas de los asesinos que se habían refugiado en el recinto. El público exclamó: “¡Estas son las grullas de Ibicus!” y los asesinos se rindieron en seguida”.
Entre los cientos de entrevistas que le hicieron, respondió así a la pregunta de cajón: ¿cómo trabaja usted en sus poemas?
“Cuando ya trabajaste en el verdadero nivel poético, las conexiones que va estableciendo cada simple palabra con la otra están muy lejos del arreglo intelectual. Una computadora no podría hacerlo. No es mero sonido y sentido con lo que debes entenderte, sino la proveniencia de las palabras, los ritmos cruzados, la interrelación de todos los significados —un completo microcosmos. Nunca lo obtienes de inmediato; pero si puedes obtenerlo casi de inmediato, el poema se aísla a sí mismo a tiempo. Así es como viajan los verdaderos poemas”.
En su Discurso además de las Grullas (“creo que ustedes los húngaros la llaman daru”) hace aparición el Caballo. Un gran apasionado por los mitos no podía dejar pasar estos emblemáticos animales, he aquí su disertación abreviada sobre los equinos míticos:
“El emblema supremo de la poesía en Grecia era el caballo alado. Pegaso que bebía de un pozo de la fuente sagrada de la diosa Luna, un pozo llamado Hippocrene que significa el ‘pozo del caballo’. Y Pegaso vuelve a aparecer en el Islam con el nombre de Burak, el caballo alado sobre el cual el profeta Mahoma se elevó a los cielos desde Jerusalén en un momento de éxtasis poético… al tiempo que se produce la gradual desaparición del caballo de la agricultura y su sobreseimiento  por maquinaria agrícola, desaparece también rápidamente  y en todas partes la antigua forma poética de pensar y sentir…”
“El poder poético, el poder de hacer que ocurran cosas – tal como lo entendían, por ejemplo, los maestros-poetas irlandeses y sus contemporáneos sufíes del Oriente Medio, y como estoy convencido lo entienden también los maestros-poetas húngaros, puede elevar una sencilla unión amorosa al punto en el que la ausencia física suple a la presencia viva.”

Y Graves deja una nota al pie: “Después de terminar este discurso me informaron que el caballo y la grulla son los tótems nacionales de Hungría, cosa que a la vez me sorprendió y no me sorprendió.”

Los mitos griegos (tomo 1). Robert Graves/edit. Alianza Editorial. Madrid, 1985.

Los dos nacimientos de Dionisio. Robert Graves/ edit. Seix Barral. Barcelona, 1980.

 

 

Ciclo Literario.