Del agua evaporada en los cuerpos de Budapest

Lorenzo León Diez


 

Para entender cabalmente por dónde corre la fuerza de la feminidad húngara se tiene que ir a los baños de Budapest. Si hay una experiencia que traiga a la realidad el sueño, es ver bajar por las escaleras hacia el agua tibia ––cuando se está sumergido en cualquiera de las albercas interiores de los baños Gellért––, a una mujer cuyo cuerpo es como un relámpago. Es su figura un dibujo tan transparente como si lo viésemos palpitar al interior de una nube, pero más suave; baja al agua en forma de una especie de cisne humano, de ave que se acerca al río, al Danubio, precisamente. De su vena central y helada, de sus aguas veloces, viene andando a nuestra visión esta chica de vientre plano como una loza de mármol, profundo en su transparencia, en su pulcritud, en su verdad, tanta como las estatuas de Roma, forma aún pura de los paños de la Virgen cristiana: piedra sin virginidad. Las piernas de las mujeres de Budapest en el baño Gellért dan señas aquí y allá de una identidad que se desvanece o de una entidad lista para volar, para despegarse. Viviendo en esta ciudad de centellas uno va entrando a una luminosa oscuridad, pues todos los días, todas las mañanas, los medio días, las tardes, la noche, están allí sus pechos respirando entre el bosque de cúpulas, torres y campanarios góticos. Al  descender a la alberca que tiene 36 grados y entrar al plasma de nuestro cuerpo, la chica baja por la escala y se mete entre nuestras costillas como una comunión y un delirio. Sumergida está en silencio. Las bellas mujeres húngaras viven en sus años de juventud y madurez una energía que las hace girar como un rehilete en el fresco viento que pasa eternamente bajo los arcos de acero de los puentes.

En los baños Gellért uno comprende muchas cosas del cuerpo y el espíritu húngaros. Estamos en un balneario que tiene la rutina de un templo. La estancia en los vapores y las pozas heladas al lado del sauna; las piscinas donde brota agua corriente de diferentes temperaturas, son territorio de una oración, de una serenidad sonriente. ¿Cómo será aprender esta rutina desde la infancia? Así es: todos los adultos de aquí han venido desde siempre a los baños; sus padres los trajeron la primera vez. Este silencio, estas amigables conversaciones que uno oye en su raro idioma, son la conjugación ritual de un estar en el mundo ––centro europeo, originario y primitivo si así se pudiera llamar a la sofisticación de estas pulcras instituciones–– para entregarse a la diosa de los líquidos, pues sin duda es maternal el estar en la amniótica paciencia que bebe nuestro cuerpo.

En la líquida arqueología

El día de hombres en el balneario medicinal y piscina Rudas, que tiene más de 500 años, es un deslizamiento al pasado: arqueología no solamente de las columnas de piedra y la bóveda con cristales de colores característica de estos baños construidos por los otomanos durante la invasión a Hungría, sino en los cuerpos de los hombres donde se imprime la edad con una sabiduría que nos enseña cómo somos una cadena tan resistente como la roca: esa forma a un costado del estanque de donde surge una corriente que cae sobre la espalda de un anciano. Un hombre sin duda ya centenario. Durante las tres o cuatro horas de mi visita siempre estuvo allí, bajo el chorro caliente que surge directamente de la tierra. Su cuerpo se confundía no solamente con la roca que tuvo quizá alguna vez una forma, siendo hoy una masa mineralizada por el flujo del agua volcánica, sino se confundía con el agua. La alberca central, circular, exactamente de la medida de la bóveda, tiene en sus esquinas cuatro pozas con agua a diferentes temperaturas, hasta llegar a la de 42 grados. Cuando uno ve a esos robustos y maduros cuerpos descender a esa pequeña alberca, piensa que el agua es natural; sin embargo, ya con los pies en ella nos percatamos que se trata de una profundidad donde el agua es fuego, llama. Agua quemada. Y si uno va después a la poza que está en un salón contiguo, donde surge agua fría, que no helada, pues es de algún arroyo que no está congelado aún, como seguramente sucede en invierno, tiene ya las oposiciones de temperaturas en que transcurre  el cuerpo en estos baños, que serán los más antiguos del orbe en funcionamiento. Aquí también uno comprende la inteligencia de esta sociedad húngara, cómo ha insertado una eficaz tecnología en la operación de las cabinas con pulseras electrónicas y ya uno observa también la lenta, sabía disposición de los salones que rodean el núcleo arqueológico. Así es también con el transporte público; la tecnología de suave impacto en lo arquitectónico y urbano se experimenta en los tranvías que funcionan como un reloj, llevándonos y trayéndonos a los ciudadanos sin aglomeraciones, sin bloqueos. El transporte paraliza en otras sociedades, la medicina enferma. En Budapest vemos que hay una aplicación milenaria en la salud del agua, en sus baños que son recintos de lo sagrado; no conozco ningún templo donde se tenga una experiencia superior y el Rudas es la pura Meca, nos comunica un saber más antiguo aún que las piedras, siendo el viejo que vi bajo la fuente más arqueológico que las columnas mismas, pues es una piedra que respira, que luego de muchas horas, todas, empieza a salir, lentamente a subir los escalones tomado de la baranda, paso a paso creando este tiempo que nos conmueve bajo la luz fragmentada.

El puente de la libertad

El terror y la instalación

Damos un paso y salimos del salón de las picinas arqueológicas para entrar a Terror Háza, la Casa del Terror, en la céntrica avenida Andrássy; una instalación cuyos elementos son el rescate y la conservación de tal como fueron las salas de interrogatorios, de documentación, de prisión, tortura y ejecución del régimen de la Cruz Flechada, los fascistas húngaros que llevaron a que en su invasión a Budapest, el Ejército Rojo destruyera 30 mil edificios y derribara todos los puentes matando a miles de ciudadanos. Este mismo edificio sería herencia infame de la policía comunista, comandada por Péter Gabor. Así que la instalación combina dos estilos de interrogar y matar. Las fotografías de las víctimas y sus nombres saturan las paredes. En pantallas declaran las víctimas, vemos imágenes del holocausto nazi, vemos escenas de películas soviéticas de la toma de Berlín, vemos juicios del régimen rojo en Budapest contra los disidentes. En medio del museo, quién sabe por qué artes de la mudanza han colocado un tanque soviético de los que marcharon en esas gestas de ingrata memoria. Y hay un salón que tiene en las bancas, las mesas, los techos un tapiz de hojas y hojas de declaraciones tapiadas con las máquinas que algunos homo legens usamos aún en nuestros años mozos, con la manivela al lado izquierdo. La cereza sobre el pastel descansa en las mazmorras, en los sótanos. Es una experiencia angustiante. Los camastros, el bote para las defecaciones y las micciones de tantos prisioneros. ¿Hay una manera de poner audífonos a esos instrumentos para herir? Al final de esos pasillos fríos, donde se respira la humedad centenaria, el hedor de una tumba,  el cadalso, la viga con la cuerda para ahorcar, esta visión nos entra por la pupila y el cráneo; al verla algo cruje en nuestro cerebro. Realmente Terror Haza es una de las bellas artes del asesinato que postuló Thomas de Quincey.

 

 

 

 

Ciclo Literario.