Aquincum
Apuntes de una estancia en el país del agua

Araceli Mancilla Zayas


El gusto de encontrarme en Budapest, en el centro de Europa. Ciudad que a diferencia de otras, como Roma, Praga o París, no padece ese frenesí turístico que puede agobiar y hacer sentir a quienes las viven cotidianamente que las están perdiendo sin remedio como espacio habitable.  A esta, por el contrario, si bien es una ciudad dinámica y cada vez más visitada por gente de todo el mundo, no le afecta todavía esa plaga llamada el turista del siglo XXI. Los hay, sin duda; pero, para fortuna de todos, el ritmo que impone es el de un sitio donde los pobladores han establecido sus necesidades colectivas como lo primero, y la comercialización de servicios a los visitantes se hace con respeto a los ciudadanos, sin invadir y saturar los espacios públicos y, además, con agradable sorpresa, también con precios proporcionales y justos.
Budapest es la capital de Hungría y debe su nombre a la unión, en una sola palabra, de dos de los tres territorios que, separados por el río Danubio, se fusionaron como una sola ciudad desde 1873: en la ribera izquierda, por el lado oeste, se alzan Buda y Óbuda; en la derecha, por el este, se encuentra Pest. Un total de nueve puentes atraviesan el Danubio y unen a Pest con Buda. Pero no siempre fue así. Cada uno de estos puentes ha forjado un imaginario particular en la memoria de la ciudad; surgen sobre ellos leyendas que crean mitos transmitidos por generaciones (como aquel que habla de las aguas congeladas del Danubio durante el invierno, cuando se podía organizar bailes sobre las placas de hielo, hasta que un día cedió un témpano, arrastrando a los que se divertían).  

El primero en construirse fue el Puente de las Cadenas inaugurado en 1849. Su impulsor fue el conde Esteban Széchenyi, a quien también debe su nombre el balneario de aguas termales y medicinales más grande de Europa, el majestuoso Széchenyi Fürdo, inaugurado en 1913.

Baños Széchenyi

A través de tranvías, autobuses, automóviles y metro se comunican Pest y Buda. En medio de las dos poblaciones el Danubio se extiende con amplitud hacia el horizonte testimoniando la vida de sus habitantes que no se cansan de admirar su río al amanecer, al mediodía o en atardeceres espectaculares que les hablan de su flujo cambiante e inagotable. Los cruceros que lo navegan se detienen en sus orillas para disfrutar el tránsito de la gente y la vista de edificios emblemáticos como el del Parlamento, del lado de Pest, y el Castillo de Buda (Budai Vár) del otro lado, en lo alto.
Un toque oriental se percibe en las magníficas edificaciones de Budapest; en sus comidas condimentadas, sobre todo, con la deliciosa páprika, el famoso pimiento húngaro, y también en el lenguaje cálido y el trato abierto y amable de hombres y mujeres magiares. Mucho del  aire exótico de la ciudad proviene de las huellas que dejara el dominio otomano en Hungría, ocupación que se prolongó durante 150 años durante los siglos XVI y XVII. Hoy en día los vestigios arquitectónicos más visibles de esta influencia se hallan en los exquisitos y misteriosos baños turcos llamados Rudas y Király, situados del lado de Buda y fundados hace cerca de 500 años.
Budapest es un lugar de alta cultura donde se encuentran numerosos museos, teatros y espacios artísticos. En ellos hay festivales de música, danza, gastronomía, arte popular y continuos intercambios artísticos con lugares de todo el mundo; de manera natural conviven una suntuosa programación de música sacra (en diversas sedes que pueden ser iglesias o bibliotecas) con las reflexivas presentaciones de danza contemporánea de jóvenes bailarines de Israel, quienes han ofrecido este verano, en el centro cultural MOM, coreografías basadas en la a veces dolorosa, a veces divertida recapitulación de la etapa adolescente, e inspiradas también de manera humorística, en los desencuentros artísticos que se producen entre judíos y árabes en un espacio tan conflictivo en lo político como lo es Jerusalén.
Uno puede llegar con facilidad a cualquiera de estos recintos del arte a pie, aun cuando le tome su tiempo, pues Budapest es amable con el paseante y sus amplias calles y avenidas invitan a recorrerla caminando o en bicicleta. Recientemente el gobierno local instaló un accesible sistema de bicicletas, situado en varios puntos de la ciudad, y en las calles se han señalizado áreas especiales, de modo que los ciclistas van en aumento pintando con trazos veloces el paisaje. Adonde quiera que uno desee ir cuenta con un sistema de transporte bien organizado que lleva sin problema de un lado a otro de la ciudad. Buena parte de este entramado lo conforman tranvías y trolebuses eléctricos que no contaminan y tienen rutas, paradas y horarios establecidos con precisión. En los tranvías 4 y 6 o en el trolebús 83 llegamos a Baross Utca, al estudio  donde nos alojamos, en un populoso barrio donde abunda gente de origen gitano.
El metro merece mención aparte, pues además de funcional y práctico es toda una experiencia estética trasladarse en él. Es uno de los más antiguos de Europa, ya que su hermosa línea uno se inauguró en 1896 y fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 2002. Se trata de la primera línea subterránea eléctrica en el continente europeo y cuenta con once estaciones. Todo en ella es de formato pequeño, en una escala que permite darse una idea de lo que era vivir antaño en una dimensión más humana, sin esas aglomeraciones que caracterizan a la mayoría de los subterráneos y estaciones de autobuses de la actualidad. En esta histórica línea uno la taquilla y los anaqueles de servicio son de madera; sus columnas de hierro con grandes remaches, pintadas de verde, los mosaicos rojos y blancos en sus paredes, todos ellos originales y restaurados no hace mucho,  los vagones que parecen de juguetería, hacen que el viajero haga la espera en la estación como transportado en el tiempo. Un tiempo en que los espacios públicos todavía se diseñaban pensando no solo en su utilidad práctica, sino también en la necesidad emocional y espiritual de las personas de rodearse de armonía y pulcritud; de, al término de una jornada de trabajo, encontrar calles amplias, limpias y bien iluminadas, jardines y plazas en donde detenerse para tomar café, comer o simplemente descansar; de abordar un transporte colectivo digno y puntual.
Mucho de esta inclinación por el bien vivir se preserva en Budapest y se agradece pues la atención y cuidado del espacio público se refleja en la serenidad y cordialidad de la gente para con el otro, y en la seguridad con que puede transitarse por la ciudad.

Una de las estaciones del metro antiguo es la que llega a la instalaciones de la ópera. Esta se aloja en un palacio de estilo neo-renacentista que data de finales del siglo XIX. Sus dimensiones son más bien pequeñas si se le compara con otros recintos de ópera de Europa; sin embargo, puede decirse que el tamaño realza la belleza y elegancia del edificio y lo hace aún más íntimo y acogedor. Considerada una de las mejores óperas del mundo, la de Budapest incluye en su programa ballet y concierto. Es la sede de la orquesta filarmónica de la ciudad y en su repertorio se incluye a artistas húngaros como Franz Liszt y Béla Bartók, y otros de igual importancia universal. En su actual temporada de otoño el programa ofrece óperas de Verdi, Strauss, Donizetti, y obras como la Cavalleria Rusticana y Pagliacci de Pietro Mascagni y Ruggero Leoncavallo. Hay que decir que los precios de dichos espectáculos están muy por debajo de otras óperas, a las que esta iguala en calidad y prestigio, y dada la afición de los budapestinos y su exigencia, se presentan también en espacios menos opulentos a un costo todavía más reducido.

El puente de la libertad

Hay un lugar con el que el caminante se topa cuando anda sobre una de las grandes y arboladas avenidas de la ciudad: se trata del número 60 del boulevard Andrássy. Ahí se encuentra un edificio sobrio en su estilo neo-renacentista, que visto por fuera parece inofensivo, pero a medida que uno se acerca a la entrada va vislumbrando por qué se le llama La casa del terror. Antes de llegar a sus puertas se pueden observar, a lo largo del muro que da justo al boulevard, los retratos fotográficos de hombres y mujeres que fueron torturados hasta morir en ese lugar. Comprende entonces el visitante lo que enfrentará al recorrer el sitio.
En efecto, este museo se sitúa justo en el espacio que ocuparan en el pasado dos instituciones que dejaron en la memoria de la población húngara terribles recuerdos de odio, persecución, confinamiento y muerte: el Movimiento Nacional Socialista Húngaro, abanderado por el Partido de la Cruz Flechada, tuvo sus oficinas centrales en esas habitaciones a partir de 1937, y después, con el advenimiento del dominio soviético en el país, en 1945 se instalaron en él las oficinas de inteligencia política del régimen comunista húngaro, sujeto a la URSS, sucesivamente denominadas Departamento de la Policía Política, Oficina para la Seguridad del Estado y Autoridad para la Seguridad del Estado.
Dos oscuros periodos de inmenso dolor durante el siglo XX fueron estos en los que cientos de miles de hombres y mujeres en Hungría, al principio principalmente judíos, sufrieron, primero, la violencia genocida del nazismo instalada con la complacencia de un gobierno colaboracionista, y sobre todo, a través del Partido de la Cruz Flechada, que tuvo oportunidad de gobernar durante breve tiempo en el país, gracias al apoyo de Hitler, cuando estaba a punto de terminar la Segunda Guerra Mundial. Pocos meses fueron suficientes para la sangrienta y mortífera labor de este partido en “La casa de la lealtad”, como denominaba al edificio de Andrássy 60 Ferenc Szálasi, quien fue líder de esa organización fascista y fungió como primer ministro de un supuesto gobierno de “unidad nacional”.
Terminada esta etapa cruenta, siguió, a partir de 1945, una no menos despiadada, tras la ocupación soviética, durante la cual la desconfiada vigilancia del régimen comunista impuesto a los húngaros, generó un sistema de represión y terror ideado para inocular el miedo de unos hacia otros, alimentado por una red de informantes extendida en fábricas, oficinas, iglesias, teatros, editoriales, universidades y en todo sitio donde hubiera movimiento por mínimo que fuera que pudiera ser percibido como opositor al estado húngaro y al soviético.
El edificio de boulevard Andrássy 60 fue de inmediato ocupado por el nuevo régimen comunista, y se expandió al crearse un laberinto de celdas para prisioneros en los sótanos de los edificios vecinos que se conectaron entre sí y albergaron las sesiones de tortura. Ahí se llevaron a cabo horribles interrogatorios que podían durar semanas y concluir con frecuencia con la confesión firmada de las víctimas, si no es que en su muerte. Tal estado de cosas alcanzó a personajes como Raoul Wallenberg, diplomático sueco que salvó la vida de miles de judíos en Hungría, quien fue preso por los soviéticos bajo acusación de espionaje, y del que el gobierno de la URSS informó hasta 1957 que había muerto en prisión diez años antes, aun cuando esto nunca pudo comprobarse y los testimonios de algunas personas afirmaron que se le había visto en el Gulag.
Las oficinas de inteligencia del estado comunista húngaro se retiraron de las instalaciones de Andrássy 60 en 1956, año de la revolución opositora iniciada en forma espontánea el 23 de octubre como un movimiento estudiantil, que fue reprimida brutalmente por las tropas soviéticas en Budapest y en otras regiones del país, y durante la cual murieron miles de jóvenes y otros más se vieron en la necesidad de huir hacia el exilio para no ser ejecutados o verse prisioneros de por vida.
Estos acontecimientos forman parte de la historia reciente de Hungría y han dejado hondas huellas materiales y espirituales en la nación. Miles de personas tuvieron que dejar sus hogares y familias; en muchas ocasiones no pudieron reencontrase con ellos nunca más; otros tantos murieron en la resistencia pertinaz, anónima y valiente que finalmente desembocó en el establecimiento de un gobierno democrático en 1989.  La casa del terror se erige así como un monumento a quienes sufrieron y murieron en el camino de luchar y verse libres de estas dictaduras. Este museo documenta exhaustivamente, con material audiovisual y archivos textuales, las atrocidades de estos regímenes para que el genocidio, la violencia, el autoritarismo y la intolerancia tengan rostros y nombres propios, y ojalá que no se repitan jamás.

     Salgo al boulevard Andrássy y pienso en la palabra latina Aquincum, que significa “con agua”; este fue el nombre romano que tuvo el antiguo poblado donde ahora se yergue Budapest, por el lado de Óbuda. Antes había sido un asentamiento celta. Se dice que aquí escribió Marco Aurelio parte de sus Meditaciones. El agua termal ha fluido abundante en este sitio desde épocas arcaicas; es un símbolo físico y también de su carácter social y humano. Las amigas y amigos con los que convivo este verano-otoño son seres sensibles y creativos que han hecho importantes aportes a su país y también a la cultura hispana. Unas tuvieron que salir de Hungría durante la segunda posguerra en circunstancias dramáticas que han quedado registradas en sus memorias literarias y artísticas y, en un nivel más amplio, forman parte ya de la historia del siglo XX. Otras se dedican a tejer lazos de comunicación entre las culturas hispana y húngara a través de la traducción de la literatura representativa de ambas lenguas; también a la gestión cultural y al conocimiento de tradiciones populares y costumbres que son afines y de mutuo interés. Otras y otros más danzan, cocinan y diseñan con pasión. Su naturaleza es fluir, ser flexibles y generosos, como las fuentes de donde provienen.

 

 

 

Ciclo Literario.