Voces y veneración de una diosa náhuatl*

Lorenzo León Diez


Una mañana de agosto de 1790 un grupo de trabajadores que participaba en la construcción de un canal subterráneo en la plaza mayor de la ciudad de México, golpeó con sus herramientas un gran monolito labrado. Sorprendidos al ver que era una forma por demás misteriosa dieron aviso a su capataz, quien mandó descubrir la roca. Rápidamente quedaron bajo la luz de esa mañana en el corazón del antiguo valle del Anáhuac, los rasgos de una deidad de un mundo que apenas dos siglos atrás había sido arrasado desde su raíz  por los conquistadores castellanos.

Fotografía
Cuatlicue es trasladada/Anónimo

 

De inmediato fue enterado el corregidor intendente de la ciudad, el coronel Bernardo Bonavia y Zapata , quien acudió al sitio y, sorprendido por la magnitud y aspecto terrible de la piedra, fue a informar al mismo virrey, pues se trataba de una mole esculpida por todos sus lados y que emergía como un mensaje del enigma de las antiguas creencias de los indios.
Don Bernardo  “afecto a la literatura anticuaria”,  recomendó al conde de Revillagigedo el traslado de la pieza a la Real Universidad de las Ciencias, regida por los dominicos. Esta faena fue seguida de cerca por los curiosos de siempre y, en un gran  carromato jalado por esforzados caballos de tiro,  la imponente estatua, cubierta aún por tierra y lodo, llegó a las puertas de la docta institución, en la calle de san Indefonso, donde los profesores, enfundados en sus adustos hábitos, intrigados la esperaban. El arribo del monolito implicó una compleja faena con decenas de  tamemes, como era el nombre de los cargadores en el viejo imperio mexica.

Ilustración
Vicente Mural

Además era evidente el murmullo que se empezó a producir entre los indios, los macehuales, quienes en su esfuerzo no necesitaban órdenes para manejar con amoroso cuidado la enorme piedra, un cuerpo que parecía “idea petrificada” de los complejos rituales de esa cultura milenara.
Los dominicos estaban maravillados también, pues la estatua era una visión absoluta de los cultos antiguos, como la que tuvieron en el pasado sus hermanos cristianos, que hicieron rodar esos ídolos desde  lo alto de los cues, como llamaban los indios a sus templos. “Falsos dioses”, “ídolos demoniacos”  se  los nombra  en las crónicas.
El coronel Bonavia  llamó a su despacho del Ayuntamiento a su amigo, el sabio Antonio de León y Gama, hombre docto y grave que al percatarse de la importancia de la pieza se sumergió en una investigación profunda. Pasó dibujando largas horas frente a la Cohuatlicue, como nombró a la pieza, añadiendo a la palabra la sílaba hu del náhuatl clásico que luego se perdió.
Poco tiempo después, los sacerdotes dominicos llamaron a los trabajadores y les ordenaron abrir una zanja en uno de los pasillos de la universidad. Estudiantes y curiosos vieron cómo el monstruo pétreo era bajado  a  dos pies de profundidad. El rector lo había decidido luego de varias peticiones y consultas con los frailes, que argumentaron que los jóvenes no debían recibir su influencia. ¡Apenas hacía dos siglos que estas representaciones diabólicas se habían destruido por cientos! Imágenes similares pintadas en lienzos y papeles habían sido quemadas y ahora los jóvenes estudiantes miraban uno de los ejemplos más bizarros de estos ídolos, en un sitio dedicado a la trasmisión de los sagrados valores de la fe.
En una carta escrita en 1805 el obispo catalán Benito María Moxó y Francoly explicó esta actitud de los frailes:
“Fue preciso sepultarla otra vez por un motivo que nadie había previsto. Los indios que miran con tan estúpida indiferencia todos los monumentos de las artes europeas, acudían con inquieta curiosidad a contemplar su famosa estatua. Se creyó al principio que no se movían en esto por otro incentivo que por el amor nacional, propio no menos de los pueblos salvajes que de los civilizados, y por la complacencia de contemplar una de las obras más insignes de sus ascendientes, que veían apreciada hasta por los cultos españoles. Sin embargo se sospechó luego, que en sus frecuentes visitas había un secreto motivo de religión. Fue pues indispensable prohibirles absolutamente la entrada; pero su fanático entusiasmo y su increíble astucia burlaron de todo esta providencia. Espiaban los momentos en que el patio estaba sin gente, en particular por la tarde, cuando al concluirse las lecciones académicas se cierran a una todas las aulas. Entonces, aprovechándose del silencio que reina en la morada de las Musas, salían de sus atalayas e iban apresuradamente a adorar a su diosa Toyaomiqui. Mil veces, volviendo los vedeles de fuera de casa y atravesando el patio para ir a sus viviendas, sorprendieron a los indios, unos puestos de rodillas, otros postrados, delante de aquella estatua, y teniendo en las manos velas encendidas o algunas de las varias ofrendas que sus mayores acostumbraban presentar a los ídolos. Y este hecho, observado después con mucho cuidado por personas graves y doctas obligó a tomar, como hemos dicho, la resolución de meter nuevamente dentro del suelo la expresada estatua”.
Pero el mundo académico ya había conocido la existencia de la Coatlicue. La publicación de sus dibujos suscitó gran interés en el mundo científico de entonces, por lo que el célebre barón Alexander von Humboldt, en su gira por Hispanoamérica iniciada en 1799, quiso ver la pieza.
Una tarde llegó a la Real Universidad de las Ciencias un mensajero con la molesta solicitud de don Primo Feliciano Marín de Porras, obispo de Linares y amigo del influyente extranjero, por lo que los frailes no se pudieron negar a exhumar por segunda vez el terrible ídolo.
Humboldt arribó a la Universidad  y fue recibido respetuosamente; era un honor tener de visita al autor de una de las obras más importantes de su tiempo. El barón vió la pieza y la comparó con el dibujo publicado por León y Gama, que consideró “correcto”. Dándose la vuelta el extranjero, los dominicos hicieron enterrar de nuevo a la Coatlicue.
Pasaron veintidos años hasta que la diosa indígena pudo ver otra vez la luz: en 1821  arribaron a la Universidad otros visitantes extranjeros. Hay constancia de esa visita en la letra de uno de ellos; el coleccionista  Poisett escribió: “Los profesores amablemente nos enseñaron la capilla y todo lo que quisimos ver, excepto el ídolo del que habla Humboldt, que fue descubierto al mismo tiempo que el calendario Azteca y la piedra de los sacrificios. Nos indicaron el lugar donde está enterrado bajo el pórtico y sólo vimos las manos o garras”.
Tres años después, en 1824, llegó a la ciudad de México otro visitante ilustre, nada menos que el director del Egyptian Hall de Londres, quien había sido enterado de la importancia de ese hallazgo por la noticia que dio Humboldt en sus libros, ampliamente difundidos en Europa.
Nuevamente hubo movilización en los patios de la docta institución. Una vez más la diosa emergía de su antro, desenterrada para Bullock, quien organizó una faena compleja: un vaciado en yeso. Coatlicue viajaría  al extranjero a competir con otras formas sagradas de las culturas fundadoras de la humanidad.

Fotografía
Cuatlicue en el Museo Nacional de Antropología e Historia

El museógrafo inglés escribió: “El patio de la Universidad estaba lleno de gente; la mayor parte expresó (al verla) claramente enojo y desprecio. No así los indios. Con mucha atención marqué sus expresiones: ni una sonrisa se les escapaba, ni siquiera una palabra. Todo era silencio y atención. En respuesta a una broma hecha por uno de los estudiantes, un viejo indio dijo: ‘Es cierto que tenemos tres muy buenos dioses españoles, pero pudo habérsenos permitido conservar algunos de los de nuestros antepasados’. Fui informado que collares de flores habían sido colocados en la figura por nativos que se habían colado allí, sin ser vistos, en la noche”.
La imagen más compleja de la cultura mesoamericana fue expuesta poco tiempo después a la vista pública. Los frailes toleraron convivir con ella y le permitieron reposar en un pasillo bajo del edificio, esos espacios que se llenan de polvo y mugre.
En 1865 el emperador Maximiliano de Habsburgo, “tan interesado en estas cosas”, decretó se trasladase la pieza a un patio del antiguo edificio de la Casa de Moneda, parte del cual se dedicaría a un museo. Allí permanecería la diosa veintidos años en la intemperie,  hasta que en 1887 fue colocada en un salón destinado a los monolitos.
Casi cien años después, en 1964, la pieza salió a la calle por primera vez en más de cuatro siglos. No fue México Tenochititlán lo que vio Coatlicue: sus avenidas acuáticas habían sido rellenadas; los templos ya no existían, habían sido derruidos y con sus rocas se erigieron las casas señoriales del ahora llamado “centro histórico”, con su Plaza Mayor situada donde antes estuvo el Templo Mayor de Huitzilopochtli, el Señor del Sol, y de Tláloc, Dios de la Lluvia. La Coatlicue fue transportada en la plataforma de un camión de obras y avanzó por avenida Reforma hacia Chapultepec, el lugar donde hacía 716 años (en 1248, según el calendario cristiano) habían llegado los peregrinos del norte para fundar la ciudad de Tenochtitlán, y donde ahora esperaba a Coatlicue un sitio de honor en la Sala Mexica del flamante Museo Nacional de Antropología e Historia de México.
La Coatlicue es ya una habitante normal en el museo. Los objetos en los museos son fragmentos de un caos que la historia trata de poner en orden sin lograrlo siempre y fácilmente. En este caso se trata de una imagen holográfica pues el monumento de la Coatlicue es por su forma una escultura en relieve que contiene el pensamiento cosmológico de los aztecas. Es el Tlalxicco, o quinta dirección del universo, el centro, el ombligo, la dirección arriba-abajo. Es el lugar metafísico donde moran las potencias espirituales, las que no mueren nunca: dioses y difuntos.
Por donde quiera que se le contemple la Coatlicue ofrece un signo, el punto de encaje de una narración de suprema coherencia pero también de gran complejidad para nosotros, los habitantes en este instante de la tierra. “La escultura más alucinante que concibiera la mentalidad indígena: la obra maestra de la escultura americana” en palabras de Gutierre Tibon,  concentra la más completa fisiología imaginaria o mítica de este mundo perdido y es un obsequio de la antigua cultura para los enigmatistas de todos los tiempos; es manifestación de una percepción colectiva de la que manan metáforas; Coatlicue forma parte del antiguo espacio mesoamericano, “un espacio extraño y definitivamente perdido y que sólo podemos imaginar y construir después de un largo y doloroso camino inciático, pues allí reina lo inaudito y lo indecible” expresa Guy Rozat. Llámesele Cihuacóatl, la mujer serpiente; Ilamatecuhtli, la vieja princesa; Tonantzin, nuestra madrecita; Teteo Innan, la madre de los dioses; la Coatlicue, madre del sol, es el monumento precolombino más importante de América y con su interpretación se inició propiamente la arqueología mexicana.
Fuentes:
Ignacio Bernal. La historia póstuma de Coatlicue. Homenaje a Justino Fernández. UNAM. Instituto de Investigaciones Estéticas. México,1977.
Antonio de León y Gama. Descripción histórica y cronológica de las dos piedras que con ocasión del nuevo empedrado que se está formando en la Plaza principal de México se hallaron en ella el año de 1790. Segunda edición, 1832. Instituto Nacional de Antropología e Historia. Fácsimil. México, 1990.
Justino Fernández. Estética del arte mexicano. Coatlicue. UNAM. Instituto de Investigaciones Estéticas. México, 1972.
Gutierre Tibón. Historia del nombre y de la fundación de México. FCE. México,1997.
Octavio Paz. Los privilegios de la Vista. FCE. México, 1988.
Guy Rozat. Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista de México. Biblioteca Universidad Veracruzana. México, 2000.

 

 

Ciclo Literario.