Tatagaru

Usha Akella

Traducción de Araceli Mancilla y Rowena Galavitz


Usha Akella Nació en Hyderabad, India, en 1967. Vivió en Nueva York y actualmente reside en Austin, Texas. Es maestra en literatura inglesa por la universidad central de su ciudad de origen. Poemas suyos se han publicado en numerosas periódicos y revistas de la India y los Estados Unidos. Ganó en 1997 el concurso a que convoca la revista de poesía de Maryland (Egan Memorial) y su primer libro Kali Dances…So Do I es material de lectura en el curso de literatura asiático-americana en el Smith College. En 2012 produjo su primer musical a partir de un libreto propio basado en la vida del yogui hindú Shri Shirdi Sai Baba. Su libro The Rosary of Latitudes (inspirado en lugares y viajes) será publicado este otoño por 2 Leaf Press (NYC).

 

Era una muñeca para presumir a tus pacientes,
me consentiste,
“mi nieta”, decías,
“ella dice tegulu no telugu”, y reías
ante mi acento australiano.
Teníamos un vínculo
extraño y maravilloso,
aquel viejo de setenta y cinco
y aquella niña de seis,
recuerdo
cómo con mis primas
fregábamos tu espalda
mientras te bañabas en la tremenda tina metálica
que necesitaba de dos para cargarla,
el vapor subía al aire libre
tu dhoti mojado y adherido,
el hilo brahmánico pegado al pecho
como línea de tiza iba disolviéndose,
se estremecía tu largo asiento de mimbre
con brazos de madera,
te reclinabas y nos recibías regio
y nos sentábamos allí pretendiendo que había un barco.

Te debo mucho,
sobre todo mi niñez feliz
que abarcaba las veinte habitaciones en tu casa de Eluru,
“veinte habitaciones” decía mi madre
en el vuelo de regreso a la India desde Australia,
nunca las conté
pero siempre me pareció que eran veinte
en esa vieja casona septuagenaria
donde tu padre también había vivido en patios abiertos y
pajares, entre árboles de mango y guayaba,
la cuerda oblonga de fibra de coco servía como columpio
y un cojín para el asiento,
donde cada comida era un rito en el amplio comedor,
y nos sentábamos de piernas cruzadas
y comíamos de las recién cortadas hojas de plátano,
verdes y largas y suaves,
o ammama disponía los platos de plata
como rutina,
y las cocineras murmuraban
mientras recibían órdenes,
intentábamos sentarnos cerca de ti,
y yo era siempre la elegida,
me sondeabas acerca de las épicas que me habías enseñado,
el Ramayana, el Mahabharata
asombrado ante mi apetito voraz por la lectura,
ahora esos mitos son mi pulso.

Veo tu almidonada y blanca kurta,
tu dhoti,
tu largo y elegante pie como de mujer
sosteniendo tu masculinidad más allá de seis pies,
el blanco y corto cabello en tu cabeza casi calva,
los lentes de búho,
la risa franca,
la noche en la terraza
cuando te sentabas en la mecedora
y yo bailaba mis ocho versiones de un ballet para ti
y te amonestaba con mis reglas de seis años
para guardar tu chocolate hasta después de la cena,

los largos días veraniegos mientras mi madre
y mis hermanas
se sentaban en el patio sobre petates
a picar mangos para curtir
con el clásico cuchillo
que saltaba como negra luna creciente
desde las tablas de madera,
mezclando el rojo y picante chile en polvo
con las especias
y aceite y ajo
y corríamos por todos lados
robando trozos de mango
y estorbábamos
frotando nuestras manos de chile en los ojos

por accidente
y aullábamos, el consuelo…

y cómo cerca de la fresca noche
cargábamos los petates
sábanas y almohadas y trotábamos
los escalones de madera con espacios entre sí
pensando con temor si caeríamos
y dormíamos bajo el cielo abierto,
los blancos y frescos almohadones
bajo nuestras mejillas.

Más tarde entendí
que eras el rey en tu hogar y el de tus hijos
como un gigante caminabas y el suelo temblaba,
y cómo tu familia
—esposa, seis hijas y tres hijos—
te temían, no te amaban.

Después escuché,
cómo mi tío menor
había cercenado por accidente los dedos
de mi tía más joven
en lugar de los mangos,
y lo habías golpeado endemoniado,
y cómo habías golpeado a tus otros hijos,
y cómo golpeaste a mi madre,
y cómo mi abuela caminaba de puntillas
alrededor de la casa,
alrededor de tu voz
que retumbaba de vez en cuando
desde tu madriguera de doctor
demandando natas o entremeses
o algo más,
y cómo cuando moriste
ella todavía soñaba con tu voz.

Y cómo casaste al vapor a tus hijas
como animales
siempre amenazando que la muerte acechaba,
exhibiendo tu edad como un presagio,
Dios sabe que todos creíamos que eras inmortal,

y cómo todas tus hijas, algunas abuelas ya,
cada una de ellas
lleva los labios fruncidos todavía,
prensados en una autoproclamada grandeza
y estreñimiento,
con maridos picoteados
y odio hacia los hombres en lugar de sangre,
sin saber que sigues viviendo en ellas,
y ellas en realidad te odian detrás de su devoción
y se han convertido en tus jueces,
y cómo tu bastón golpea sus corazones
y ellas nunca aprendieron a cambiar el ritmo,
qué duras las hiciste con tu alma severa,
duras y majestuosas,
vanas e incesantes,
cesar sería romper,

y cómo tomó años verte detrás de todo esto
a través de tres generaciones
éste eres tú, oh tejedor de redes
que nos han enhebrado,
es ahora que escombro las telarañas y veo
que eres tú.

¿Cómo puede seguir y seguir esta búsqueda?
Tu padre,
¿quién era él?
¿y su padre?
¿y tu madre?

¿De quién rastreamos el linaje de la tragedia humana?

Fotografía
Jane Tuckerman

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fotografía
Anónimo/1857


 

 

Ciclo Literario.