Henry Brulard:
Alter ego de Stendhal

Marie Claire Figueroa


La Vie de Henry Brulard
Stendhal (Henri Beyle)
París: Gallimard, 1973.

 

“Tomamos la pluma en una mano y la espada en la otra” escribe Stendhal en  su autobiografía Vida de Henry Brulard. Soldado amateur hasta la abdicación de Napoleón en 1814, luego escritor y cónsul en Civitavecchia, puerto de Italia al norte de Roma, Stendhal es una de las personalidades más destacadas de la historia literaria francesa; su extrema sensibilidad estética lo llevó a escribir no sólo las novelas consideradas como obras maestras universales, El Rojo y el negro y La Cartruja de Parma entre otras, sino también varios libros sobre el arte italiano.

 

Con su autobiografía escrita de noviembre 1835 a marzo 1836, refrenda la temática de las confesiones cuyo ejemplo más cercano a él fue las de su predecesor Jean-Jacques Rousseau y las de su contemporáneo René de Chateaubriand. En las suyas, más breves, destruye el mito de la infancia feliz. Una y otra vez, insiste sobre la desdicha que invadió la suya. A los cincuenta años, recuerda que apenas en 1800 le llegó la felicidad cuando, a los 17, entró al ejército de Napoleón. No obstante, no brilló en su carrera militar. Tampoco en su vida amorosa; sus aventuras, tan numerosas como breves, le traían sólo una alegría de corta duración; las recordaba a veces como “ridículas”, a veces como “grandes y terribles” y confiesa que, con las mujeres, tuvo muy poco éxito. La única dicha visible en sus memorias fue la de vivir en Italia, que conoció gracias a las campañas de Bonaparte. La abandonará definitivamente en 1841 a causa de su última enfermedad que lo venció en París en 1842. Había nacido el 23 de enero de 1783.

Deguerrotipo
Marc Antoine Gaudin/1844


Desde su primer ensayo Roma, Nápoles y Florencia publicado en Milano en 1817, firmó sus obras con el nombre de Stendhal, abandonando su nombre, Henri y el apellido paterno, Beyle. Sin embargo, para su autobiografía, escogió el nombre de un tío abuelo monje, Henry Brulard, que le dio el hermano de su madre por su semejanza con él: misma cabeza enorme, desprovista de cabello (el niño tenía un año), misma cara fea… Esta obra no sólo revela la vida y el carácter de su autor, no sólo multiplica los retratos de familia y de amigos, sino que nos ofrece una pintura de la sociedad de su tiempo, tanto en Grenoble, su ciudad natal, como en París y finalmente en Italia.
Al final del segundo capítulo, Stendhal, quien gusta de las clasificaciones “como M. Adrien de Jussieu lo hace para sus plantas”, nos ofrece la cronología de su vida desde la infancia hasta el momento presente en que está escribiendo. Primer rubro: “Infancia y primera educación de 1776 a 1800…..15 años”. Esta parte abarca la mitad del libro. Allí nos habla del niño huérfano de madre cuya infelicidad se ve reforzada por el odio por el padre, odio que reiterará a lo largo de la autobiografía. Y no sólo lo odia por sus injusticias sin fin, sino también lo desprecia por no cumplir sus promesas. El amor dedicado a su madre hasta los siete años cuando ella fallece fue tan entero e intenso, que esta muerte lo sume en una tristeza infinita. Asimismo, se siente rodeado por una familia hostil. Además de la figura austera y autoritaria del padre que persigue a Stendhal durante la infancia, la de la tía Séraphie, hermana de su madre, es su enemiga declarada; apoya al padre en todas sus decisiones, en particular la de no enviar al niño a la escuela como lo hacían las familias aristocráticas. Se hubieran sentido deshonrados al mandar a Henry Beyle a educarse con los niños “ordinarios”. De este modo, tiene que aguantar la tiranía de su preceptor, el Padre Raillane, quien, junto con su padre, “envenenaron mi infancia con toda la energía de la palabra envenenamiento”. El hecho de no poder jugar a las canicas con otros niños, platicar, pasear, correr con ellos, lo vuelve hipócrita e introvertido. Sólo le queda observarlos desde la ventana de su cuarto… En cuanto a la tía Séraphie, tan agria como las solteronas devotas y tan malvada que a veces la gente de su alrededor la juzgaba media loca, falleció en 1797 cuando Stendhal tenía 14 años. Apenas le avisaron de la muerte de su tía, “me arrodillé en el punto H para dar gracias a Dios de esta gran liberación”; un somero dibujo de la cocina de la casa con un monito arrodillado señalado por una H ilustra ese momento feliz…En varias ocasiones, envidia a sus amigos por tener “buenos papás”. Tampoco se llevaba muy bien con su hermana Zenaida que calificaba de chismosa. La otra, Paulina, estaba de su lado y ambos acusaban a Zenaida de servirle de espía a la tía Séraphie. Cuenta Stendhal por los detalles unas escenas terribles entre los diferentes miembros de la familia. En particular, las opiniones políticas los dividen; el padre monárquico incondicional, llora la muerte de Louis XVI en el cadalso, mientras el niño de diez años, futuro liberal, oculta difícilmente su felicidad. Más tarde, su admiración por Napoleón será sin límites y tratará a los reyes posteriores de Borbones imbéciles.
Afortunadamente, el abuelo materno, el Doctor Henri Gagnon, lo toma bajo su protección y le da su formación intelectual. Su amplia cultura y su bondad permitían diálogos sin fin con el niño. Este “excelente hombre” como lo califica Stendhal cada vez que lo nombra, leía mucho y poseía una enorme biblioteca. Para buscar una completa identificación con quien consideraba como su verdadero padre, y también por gusto propio, Stendhal empieza a devorar los libros del abuelo, luego los del padre en su finca de Claix.

Deguerrotipo
Gustave Le Gray/1856

Muy pronto se visualizan sus preferencias literarias: el Quijote lo hace “morir de risa” y aporta un paliativo a su eterna tristeza; Shakespeare (estaba loco por Hamlet) y Molière, Dante y El Ariosto, La Nueva Eloísa, etc. De paso por Ginebra, su primera visita es para la casona en donde nació Jean-Jacques Rousseau en 1712, pero oh decepción, la habían transformado en local de comercio... Pronto nacen también sus antipatías literarias; critica la falta de sinceridad de Racine al que llama “barbero listo”, tacha la prosa de Chateaubriand de pretenciosa y Goethe le parece insípido. A pesar del respeto de su abuelo por Voltaire, no duda en calificarlo de pueril. En varias ocasiones, Stendhal hace hincapié sobre la influencia que recibió de estas  lecturas: si bien el Quijote lo sacó de su profundo marasmo, reconoce más adelante que La Nueva Eloísa pobló los años de su adolescencia y, gracias a ella, se hizo hombre de bien.
A los siete años, después de que un tío materno lo lleva al teatro, quiere escribir dramas; luego a los once, después de leer a Molière, “fue decidida mi vocación, vivir en París, escribiendo comedias como Molière”. Años más tarde anotaría: “La única cosa que percibo claramente es que, desde hace 46 años, mi ideal es el de vivir en París, en un cuarto piso, escribiendo un drama o un libro”. Sin embargo, la influencia decisiva fue la del abuelo. De la misma manera, su tía abuela, Elizabeth, hermana del abuelo, estaba siempre presente cuando necesitaba ayuda. No vaciló en darle dinero para sus clases particulares de matemáticas que, siendo adolescente, tomaba a escondidas de su padre. De acuerdo con los comentarios de Stendhal acerca de su tía abuela, ésta poseía “un alma español, su carácter era la quintaesencia del honor…”. Entonces Stendhal siente que se parece a ella y muestra su orgullo, pero, las más de las veces, se da cuenta de la influencia de este “españolismo” demasiado fuerte, causa de las múltiples tonterías que comete por delicadeza y magnanimidad. Por otra parte, el escritor destaca no sólo su propio físico débil y su carácter inseguro, sino también la educación de señorito impartida por su familia, educación que, en un momento dado califica de “ridiculísima”. Durante su periodo militar, se quejará amargamente de su falta de entrenamiento: “A los ojos de mis padres, el valor militar era una cualidad de los jacobinos; solamente se apreciaba la bravura pre-revolucionaria”. Y confiesa: “No podía cargar mi sable dos horas sin terminar con ampollas en las manos”. A pesar de la delicadeza de sus nervios y de la sensibilidad de su piel, de su inexperiencia tanto en equitación como en el manejo de las armas, de su carácter soñador que lo alejaba de las contingencias de la vida militar, de su ingenuidad, su timidez que lo vuelve silencioso, reservado y discreto, sus múltiples complejos, a pesar de todo esto, le dejó un recuerdo imborrable el paso del Monte San Bernardo con el ejército de Bonaparte durante la Campaña de Italia; dedica a su bautizo de fuego unas páginas llenas de exaltación… y de croquis. Luego, nombrado subteniente en Italia, “encontré cinco o seis meses de felicidad celestial y completa”.
A la par de su amor por el teatro nació su amor por la música, éste mucho más fuerte y durable que aquél: “No sé cuántas leguas haría a pie, a cuántos días de cárcel me sometería para escuchar Don Juan de Mozart o también El Matrimonio secreto de Cimarosa, y no sé para qué otra cosa haría este esfuerzo”. En varios momentos de su biografía nombra sus obras favoritas; se le nota una marcada preferencia por las óperas italianas. Por otra parte, deplora el mal gusto de los franceses por la música que no saben ni componer, ni tocar… Por si fuera poco, siente que él percibe en la música muchas cosas que sus amigos ignoran. Igualmente detecta en las copias de un mismo cuadro al observar las fisonomías que ve “estas cosas tan claras como a través de un cristal…pero, Dios mío, me van a tomar por un tonto…”     

       Un tonto tal vez no, sino un arrogante como lo manifiesta en su biografía de principio a fin. Cuando regresa de la Scala de Milano le gusta, a la mañana siguiente, cantar las arias y los duos con la ayuda del libretto; luego, al regresar a escuchar la misma obra, juzga que él los canta mejor: “Encontraba mi melodía más noble y más tierna”. Su arrogancia lo empuja a despreciar en sumo grado a los que lo rodean: la gente de Grenoble, la de su escuela, de su trabajo, de su familia. No puede hablar de alguien sin criticarlo, caricaturizarlo y acabar con él; tampoco perdona a los pequeños escritores y los caracteriza con  expresiones o adjetivos asesinos: don nadie, el algodonoso Rollin, Chalvet el joven pobre libertino, verdadero autor sin talento, M. Prunelle, el hombre más feo de Francia, Julio César Bousel, el hombre más pedante, mi primo Pellat, el rey de los tontos… Por otra parte, desprecia a la gente modesta: “Tenía y tengo todavía los gustos más aristocráticos, haría todo para la felicidad del pueblo, pero me gustaría más, creo, pasar quince días de cada mes en la cárcel que vivir con los habitantes de los tendajones”. Ni siquiera los grandes personajes escapan a su ironía: el historiador y político Francois Guizot es un intrigante, los mariscales y generales de Napoleón no son más que “innobles animales, bajos aduladores”,  groseros, vulgares y estúpidos. Los reyes de Francia son también objeto de sus burlas: “Mme Cardon nos dijo la verdad sobre María-Antonieta: buena, corta de alcances, altanera, bastante burlona del obrero cerrajero llamado Luis XVI*”. Versalles, un verdadero caos y todos, con excepción tal vez de Luis XVI y eso que, rara vez, con promesas al pueblo, hechas sólo con la intención de violarlas. Las más de las veces ciertamente, el juicio de Stendhal es correcto. Sin embargo, escandaliza la manera tan directa con la que explaya sus sentimientos hacia sus contemporáneos. Aborrecía la ciudad de Grenoble “…tengo por el lugar en donde nací una repugnancia que va hasta el asco físico” e hizo todo para salir de ella y alejarse de la autoridad de su padre. El gran pretexto fueron las matemáticas para las que tenía una verdadera pasión y excelentes calificaciones. Su padre no tuvo más remedio que dejarlo partir a la capital. Lo alojaron cerca de l’École Polytechnique, pensando que allí iba a seguir sus estudios, cuando en realidad pasó su tiempo en París de modo muy distinto.
Primero, tuvo una tremenda decepción: “El lodo de París, la ausencia de montañas, tanta gente ocupada y pasando rápidamente en bellísimos carruajes al lado de mí, totalmente desconocido sin nada que hacer, me  causaban una profunda desdicha”. A pesar de todo,  había dejado atrás el periodo triste de su vida y comenzaba la alegría. Empezó a frecuentar las sociedades literarias de las que no comenta tanto como de los salones elegantes indispensables para la política: “Un salón de ocho a diez personas, cuyas mujeres tuvieron amantes, en donde la conversación es alegre, anecdótica, y en el que se toma un ponche ligero a medianoche, es el lugar en el mundo en donde mejor me encuentro, allí me gusta muchísimo más escuchar a otro hablar que hablar yo mismo”.

Fotografía
Edouard Baldus/1855

De su servicio militar no expresa nada, lo menciona sólo como segundo rubro de su biografía, de 1800 a 1803. Luego viene otro tipo de educación en París en donde, como lo acabamos de ver, la perfecciona en los salones. Al  terminarla, entra al servicio de Napoleón durante siete años y medio. Después de la abdicación de éste y todavía de acuerdo con la clasificación de su vida, viaja, tiene “grandes y terribles amores”, como ya lo citamos al principio de este ensayo, sobre todo consuelos al escribir libros de 1814 a 1830, durante quince años y medio. Finalmente acaba mencionando su puesto oficial de cónsul “del 15 de septiembre 1830 al presente cuarto de hora”, cinco años después. 1830, año de partida de sus grandes obras; en este mismo año, El Rojo y el negro. Al leer sus memorias, nos llama la atención cómo muchas características de éstas se encuentran en varios de sus libros. Como muestra un botón: en Waterloo, Fabrice del Dongo, héroe de La Cartuja de Parma, se entrega a reflexiones similares a las de Henry Brulard, después de pasar el puerto del Monte San Bernardo en la frontera italo-suiza.
Es curioso observar que nuestro escritor, verdadero genio de la literatura francesa, desde muy joven esperaba con ansias este momento preciso de la genialidad. En sus propias palabras recogidas en varios pasajes de la autobiografía, leemos: “Alrededor de 1794 (tenía 11 años), yo estaba esperando ingenuamente el momento de mi genialidad. Más o menos como la voz de Dios hablando a Moisés desde el matorral ardiente”; “Sólo me faltaba audacia para escribir, o una chimenea por la cual el genio se pudiera escapar”. Tardó mucho en vencer su falta de confianza en la obra que nos ocupa; el arranque fue lento por la dificultad de encontrar un sujeto aceptable: ¿yo u otro, en la tercera persona? de exagerar los “yo”, teme las impaciencias de los lectores; sin embargo, “’otro’ no sabrá describir los movimientos interiores del alma”… Este dilema se perfila en diversos pasajes de La Vida… así como las dudas sobre el valor de ésta.  Una vez en el camino de la escritura, encontramos al margen del capítulo veintiuno estas palabras: “Mis ideas galopan, si no las apunto rápido, se me pierden”.

Ambrotipo
Autorretrato/Berenice Guraieb/2014

Y por fin Stendhal encuentra el placer de la escritura. El estilo de la autobiografía es muy peculiar, caracterizado por una parquedad deliberada en sus descripciones de gente y de lugares, breves, nunca al estilo de las largas descripciones de Chateaubriand a quien, por lo demás, aborrecía. Compensa esta economía por múltiples dibujos que ilustran su narración. Estos no tienen nada de artístico, trazos irregulares, vagos a veces, para representar los caminos del campo que rodean su casa o la ciudad, su recámara o alguna otra pieza de la casa familiar o de otras casas en las que vivió, o recrear algún evento que lo marcó, etc. Por más inciertos que sean, estos dibujos forman una parte importante del conjunto; de alguna manera, lo complementan. Estilo hecho también de repeticiones, digresiones, metáforas. Las repeticiones no tienen siempre sus razones, más bien son el producto de un descuido o de la rapidez con la que escribe: “M. de Sinard, mi amigo, reducido a la mendicidad por la emigración, protegido y apoyado por Mme de Valserre, fue mi amigo”.
El estilo de su autobiografía no está a la par con el de sus novelas. Escribe muy rápido como lo vimos, y, a pesar de sus dudas, sus titubeos, sigue adelante, por lo tanto su prosa está llena de “quizás”, “me parece que”, “creo acordarme, pero no estoy seguro” y, de hecho, las notas de algunas ediciones críticas de esta obra señalan muchas inexactitudes, en particular en cuanto a fechas. Luego salpica el conjunto de vocabulario y expresiones en inglés y en italiano. Trastoca los nombres, los cambia, los codifica, hasta el suyo propio que sustituye, en algunas ocasiones, por el de Dominique o de Omar. Gusta también de los anagramas y, sin razón aparente, reemplaza unos nombres de ciudad o de personas por otros, utilizando  las mismas letras, por ejemplo las ciudades de Saint Omer (en Francia) y de San Remo (en Italia). Sus digresiones nos llevan constantemente de su infancia a su madurez y viceversa. “Dios mío, ¿Quién leerá todo esto? ¡Qué galimatias! ¿Podré por fin regresar a mi relato? ¿Sabrá el lector ahora si estamos en 1800, en el debut de un loco en el mundo o en las sabias reflexiones de un hombre de cincuenta y tres años?” Escribir le cuesta trabajo sobre todo cuando “el tema rebasa a quien lo expone”, pero también le causa un intenso placer. Lo disfruta a tal punto que, aparentemente, no sigue ningún plan trazado de antemano, sólo sigue el hilo de su pensamiento vagabundo. Pero es imposible perderse porque, a fuerza de repeticiones, Stendhal nos admite en su vida, nos hace participar de sus peripecias y sus pasiones, la música y la pintura que utiliza en luminosas metáforas: “He buscado con una sensibilidad exquisita la visión de bellos paisajes; fue la única causa de mis viajes. Los paisajes para mí eran como un arco que tocaba sobre mi alma…” y, en la última página de su autobiografía, recurre a la pintura para concluir: “Soy como un pintor que ya no tiene el ánimo de pintar una esquina de su cuadro. Para no echar a perder el resto, esboza alla meglio lo que no puede pintar…”.
Muy intenso se vuelve el placer de la escritura, pero a veces se relaja y presenciamos unas bromas para desconcertar al lector y también, aunque no piense en ellos, a los eruditos obsesionados por los hechos exactos: “¡Cuántas precauciones para no mentir! Por ejemplo, al principio del primer capítulo, hay una cosa que puede parecer una patraña: no, lector mío; yo no era soldado en Wagram en 1809. Deben saber que cuarenta y cinco años antes de ustedes era de moda haber sido soldado con Napoleón. Así que hoy, en 1835, es una mentira totalmente digna de escribirse, dar a entender de modo indirecto y absolutamente sin mentir (jesuítico more) que uno ha sido soldado en Wagram”. Durante la Campaña de Italia, audaz a caballo a pesar de su miedo, no dejaba de preguntar a su jefe, el Capitán Burelviller: ¿”Me matará este caballo?” Y prosigue: “Afortunadamente mi caballo era suizo (todavía estaban en Lausanne) y pacífico y razonable como un Suizo; de haber sido romano y traidor, me hubiera matado cien veces.” Algunos dibujos tampoco carecen de humor; el autor representa una llave de sol salpicada por cuatro sostenidos para explicar lo siguiente: “Sólo las sensaciones son verdaderas, pero para llegar a la verdad, se deben colocar cuatro sostenidos a mis expresiones. Siento que las escribo con la tibieza y los sentidos amortiguados por la experiencia de un hombre de cuarenta años”.
En los márgenes de los manuscritos, los que va numerando a medida de la escritura, se encuentran un sin número de notas; las escribe para recordar hechos que no quiere omitir, históricos u otros, consigna ideas para agregar o desplazar, citas diversas, dudas sobre su obra, comentarios y reflexiones acerca de su estado de salud o de ánimo: “Rapidez. Pésima letra (razón de la). 1º de enero de 1836. Apenas son las dos, ya escribí 16 páginas; hace frío, las plumas son de mala calidad. En lugar de enojarme, sigo adelante, escribiendo como pueda”.

            Finalmente, el 26 de marzo de 1836, recibe un permiso de tres meses para regresar a París en donde se quedará tres años; allí dejará su autobiografía. Vendrán entonces las grandes obras que completan las escritas antes de La Vie de…: Memorias de un turista, La Abadesa de Castro y, sobre todo, La Cartuja de Parma. Al mismo tiempo publica en diversas revistas sus Crónicas italianas. El 15 de marzo de 1841 le viene un ataque de apoplejía, un año después le viene otro y fallece el 23 de marzo a las dos de la mañana.

 

 

Ciclo Literario.