El pasillo secreto

Alfredo Coello


Fotografía
Lorenzo León Diez/2014

Hoy abrí el libro de la vida (mi vida) en busca de algo que todavía no pierdo; la costumbre de escribir se estaba disolviendo en la desesperación. Las señas borran el deseo o el escape de la “inspiración”. Mas, desalojo de mi empeño contrario es esta luz que encontré en el pasillo de mi casa, cuando temprano a las seis tocó el silbato de un pequeño tren que pasaba con un bello canto, afuera de la mañana, afuera del tiempo de todos los tiempos.

No es fácil entrar al escenario que esto me plantea en medio de un desolado paisaje que atraviesa con su misterio mi ventana. La imaginación de este tren me ha viajado desde hace lustros hacia confines terrestres, inimaginables a mis catorce años de vida: mi infancia, la de mis hermanos y la de mis muertos tempranos. Hoy confirmo ese deseo de transitar por el andamiaje de mis alucinaciones. Ha respondido la luz y de tramo en tramo intento responder a las preguntas de mi angustia y languidez; al desalojo de escribir sin escritura todos los amaneceres de la vida. La escritura en sí misma no existe. Existe si se lee y cuando la vemos escrita desaparece en el instante, en el fragmento de querer ser.

En esta vida quien busca no puede perder la luz que habla a la oscuridad y a la sombra que circunda cada segundo de nuestro devenir. No puede y digo no puede, porque la posibilidad de que suceda en el instante de la intuición, en el desalojo, me confunde con la razón de existir. Y si es que esta ‘razón’ existe no debo dejarla venir a que apague la pequeña luz que hoy descubrí en el pasillo de mi casa. Consigo preguntar a ciegas, otra vez: ¿soy un extraño y no callo sino en la respuesta, al enmudecer, sólo antes de nacer?

El pasillo, de noche, proyecta en la pared ese crustáceo sin luz, sin día. Todo fondo oscuro habita nuestro mar y su nido ausente aflora el enigma de todos los cantos.

 

 

 

Ciclo Literario.