Las mujeres del Cervantes

Clara Janés


Fue en Estocolmo, en el año 2008. Íbamos a participar juntas en un acto: Elena Poniatowska leería cuentos, yo poemas. Estábamos en la residencia de los embajadores de México y, desde una breve terraza, contemplábamos en lontananza el agua ––¿río, lago?–– bajo la clara luz crepuscular del Norte, que en vez de desvaír el paisaje parece inmovilizarlo con agujas finísimas. Tan natural fluía la conversación que de inmediato se estableció proximidad y entendimiento. Ella se acerca al otro sin envoltura ninguna, con la alegría serena del que llega a lo profundo de cuanto es humano y sin escatimar nada de sí misma. Se diría que con su sola palabra, ajena a todo enmascaramiento o disfraz, lava las cuestiones que trata por terribles que sean, para dejarlas en su verdad con todas sus posibilidades y límites. Establece de este modo un equilibrio que equilibra a quien la escucha: es el don de la realidad en su aspecto luminoso, sin negar otras caras, que su mera actitud derrota ––la vida, al fin, es movimiento y cada paso, y como se da, importa––.

 

Transcurridos tres años la volví a ver en México, luego en Madrid, cuando presentó su extraordinario libro Leonora, y, finalmente este año, 2014, con motivo del Premio Cervantes. Pero ya desde México me escribía que en cuanto llegara... Así que pronto conocí a su hija Paula, de claros ojos como ella pero de rostro más alargado, a sus hijos Emmanuel y Felipe, a sus nietos, sus amigos...  ¡Una algarabía, allí, en el hotel! Los jóvenes habían ido de compras y uno de los nietos, Cristóbal, que cuenta 12 años, había pensado en un traje negro y corbata roja para la ceremonia de la entrega. Quería ir elegantísimo y solemne. Es el campeón de vela más joven (en la categoría de menores de 15 años) que haya existido y se expresa con gran seguridad. De pronto una de las niñas se puso a bailar, moviendo brazos y piernas y, sobre todo, su lacia cabellera rubia. Llegaron más amigos y amigas, Raquel y Marta, Sara y Teté... Elena me iba presentando. Al llegar estas últimas, ahora añadió: “Conoció a la Chata y le publicó sus poemas”. La Chata era Helena Paz, la hija de Octavio, y su historia trágica duele a Elena Poniatowska como a mí, su deseo es que la oscuridad que pesa sobre ella desaparezca. Sara llevaba peucos de colores para todo el mundo. Los niños los cogían fascinados por los colores y de inmediato se los ponían. Todos hablaban de sus paseos, lo que habían visto, lo que querían ver, hacían bromas, cantaban... Aquello era un jardín florido en plenitud, la felicidad de un horizonte abierto. El día 23 de abril sería contenida y solemne.

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Elena Poniatowska por Daisy Ascher


Llegamos al paraninfo de la universidad de Alcalá de Henares juntos, como tres mosqueteros que somos, Jenaro Talens, Jaime Siles y yo. Una vez más estoy en esa  hermosa sala rectangular del Antiguo Colegio de San Ildefonso, donde ya en el siglo XVI se celebraban los grandes acontecimientos; una vez más admiro el contraste entre la sobriedad de la madera dominante con el colorido púlpito, y  evoco a los grandes de nuestra literatura que han pasado por dicha universidad, entre ellos San Juan de la Cruz, Arias Montano, Quevedo, Lope de Vega, Tirso de Molina... Nos colocan casi en la línea perpendicular a ese púlpito, desde el que hablará la galardonada. Al otro lado quedan los asientos laterales, situados en un plano más alto que los nuestros, donde poco a poco se van colocando los miembros de su familia, y en primera fila los nietos, ahora tan compuestos y respetuosos. Me fijo enseguida: el traje de Cristóbal no es negro, sino azul marino, y la corbata no es roja, sino en azules y amarillos, se diría de un college... Pronto aparece Elena Poniatowska, luciendo un hermoso vestido autóctono hecho por las mujeres de Juchitán, Oaxaca.
Las autoridades tardan algo en llegar. Hay una sombra de tristeza en el rostro del Rey, que avanza lentamente. Se hace el silencio. Empiezan los discursos introductorios. Paraninfo, me digo, viene de las palabras griegas “para” y “ninfé”, “junto a” y “novia”. Eso significaba al principio y de ahí pasó a designar al organizador de la boda, luego al que acompañaba a la desposada y más adelante el lugar de la celebración... La novia es hoy la escritora, con cuyo atuendo de llamativos colores, entre los que dominan el rojo y el amarillo, aúna homenaje a México –por ser el tejido popular- y a España. En estos detalles se manifiesta su inteligencia, pienso. Y pienso también que, bastantes años atrás, cuando recibió el mismo premio Rafael Alberti, la novia era la reina: “Esa reina se lleva la flor” fue el leitmotiv de su discurso, parafraseando a Francisco de Figueroa: “Esa niña se lleva la flor,/ ¡que las otras no!”. Sí, mucho tiempo ha transcurrido desde que ese inesperado verso salió de los labios del gaditano, pero a la vez parece que el momento sea el mismo pues la frescura de las palabras de Alberti se multiplica ya en las de Elena Poniatowska. Con ellas, todos los presentes rejuvenecemos de pronto.

“Majestades, Señor presidente del Gobierno, Señor Ministro...”

La voz de la escritora mexicana ––llamada de hecho Hélène Elisabeth Louise Amelie Paula Dolores Poniatowska Amor (ella nunca olvida este especial segundo apellido), lo que indica su ascendencia varia: polaca, francesa, americana y mexicana–– suena adueñándose del espacio, llenándolo hasta el artesonado del techo. Nacida en Francia en 1932, llegó a México en 1942 y aprendió el español por la calle, integrándose en el país cuya gente y avatares pronto conoció; cuya sociedad y situación política la llevó a comprometerse en su escritura, siempre del lado de los más desvalidos.

“Majestades, Señor presidente del Gobierno, Señor Ministro...”

Y no tarda en oírse:

“Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera [...] En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura. 
La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. [...]
A Ana María Matute la conocí [...] María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.
Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento.”

Lo primero es, pues, para Elena Poniatowska la defensa de la mujer, apuntalada en la más alta aspiración humana. E insistiendo en el Fénix de México, de la que dice: “Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura”, menciona su poema “Primero sueño”, viaje celeste en pos del saber, y añade:

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Estudiantes de 1968/Rodrigo Moya

     “Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que  Galileo y  Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores.”

Partiendo de este enunciado, con habilidad da un giro para que quede claro que también el hombre sin educación está dotado de pensamiento y sensibilidad y puede captar aquello que verdaderamente importa.

          “Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela-testimonio “Hasta no verte Jesús mío”, no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía.”

Con extrema elegancia, pues, ha introducido Poniatowska el tema candente de los más humildes. Jesusa fue un personaje real, y uno de los dones de la escritora es el llevar al arte literario la realidad tal cual es. Mujeres, sí, y hombres sencillos, y también injusticias y crueldades. Fue ella quien se ocupó de la matanza con la que gobierno del país respondió a la protesta estudiantil de 1968 en La noche de Tlatelolco, en cuyas páginas leemos: “Aquí está el eco del grito de los que murieron y el grito de los que quedaron. Aquí está su indignación y su protesta. Es el grito mudo que se atoró en miles de gargantas, en miles de ojos desorbitados por el espanto”.
Ahora, en el espacio solemne del Paraninfo, ni un indicio de ira o resentimiento social en su voz, ni siquiera cuando explica como aprendió el español oyendo rondas como la que dice: “Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ —¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!”, y después menciona a unas mujeres asesinadas en Ciudad Juarez. Salta luego al mapa de Méjico de cuando ella llegó, donde había espacios sobre los que figuraba: “zona por descubrir”, y su respuesta a dicho desafío: el deseo de “entrar en el mundo indio”, sin el que ––y cita a Octavio Paz–– “no seríamos lo que somos”.
Se abre así el abanico mejicano con sus “personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino”, sus Maritornes, sus afiladores de cuchillos, sus vendedores de camotes (batatas); evoca a la fotógrafa Tina Medotti, que acabó siendo de las primeras en realizar transfusiones de sangre durante la guerra española, a Rosario Ibarra Piedra, que se levantó contra la desaparición de personas, a la pintora Leonora Carrington, a los jóvenes punk que durante el terremoto de 1985 pasaban la noche liberando de escombros los lugares siniestrados... Evoca también a los grandes escritores mejicanos, cuatro de los cuales la precedieron en obtener el galardón (Octavio Paz, Carlos Fuentes, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco) y tres no (Rosario Castellanos, María Luisa Puga y José Revueltas), y prosigue:

     “Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos quisiera contarles que tuve un gran amor “platónico” por Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri ––cárcel legendaria de la ciudad de México––, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados “conejos”, nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes.”

Hace una breve pausa. Yo no puedo evitar echar una mirada a mi izquierda y, una vez más, comprobar la intensa atención y seriedad con la que los nietos ––¡diez!–– siguen la ceremonia. Ella prosigue:

     “Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan.
Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, “ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas”.”

Y ya próxima a la conclusión, en la que evoca a su marido, el astrónomo Guillermo Haro, cuenta una hermosa anécdota:

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Terremotos 1985/Andrés Garay

   “Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.
A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó:
— Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes?
Paula le dijo su edad y Luna insistió:
— ¿Antes de Cristo o después de Cristo?”

Y con la palabra “resurrección”, concluye.
Este día, el 23 de abril de 2014, es un día de resurrección de la esperanza para todos, de comprobar que algunas personas, con su mero hecho de ser, manifestarse y actuar, nos abren la posibilidad de fe en la vida. Una de las amigas de Poniatowska, Sara Poot Herrera, la define así: “abogada de las causas de pobres y silenciados, salud de los lectores”.
Acabadas las intervenciones ––incluida la del Rey–– todos los presentes salimos al patio y comentamos sus limpísimas palabras. Ni Jenaro Talens ni yo podemos evitar la tentación: él se aproxima a la nieta de cabellera rubia y le pregunta: “¿Eres tú, Luna, la que quería saber si la edad de su madre era de antes o después de Cristo?” Ella le responde que entonces era muy pequeña: tenía cinco años. Y con ese modo integrador del otro que caracteriza a la familia, añade: “Quiero regalar el libro ––se refiere al catálogo de la exposición–– a mi maestra. ¿Crees que debo pedir a la abuela que lo firme?” Al poco, del mismo modo, otra de las nietas, Carmen, pregunta al Rey: “¿Dónde tienes la corona?”. Y él contesta: “En el bolsillo”.  Yo me dirijo a Cristóbal, el campeón de vela, y le digo: “Al fin no ha sido negro el traje ni roja la corbata.” Muy serio me contesta: “Éste era el de mi talla.” Impecable respuesta, propia de su estirpe.
Parabienes, felicitaciones... Me acerco un momento a dar la mía a Poniatowska y me dirijo luego a la exposición que acompaña siempre dichos eventos. Aún vuelvo a ver a la escritora en la fiesta que en su honor ha dado la Embajada de Méjico. De nuevo los hijos, las amigas y amigos, muchos más que en el hotel, algunos conocidos del mundo editorial, periodístico y literario. La sabrosa comida mejicana: taquitos y quesaditas, buñuelos, gorditas, empanaditas...; las bebidas, zumos, cocktails, “margaritas” refrescantes y llameantes...  Después de varios ires y venires y saludos y alegrías y breve charla con la homenajeada, me siento en un sofá con Sara y Teté Poot Herrera. El día del hotel nos habíamos mirado sin apenas intercambiar dos palabras, ahora nos lanzamos. Teté me descubre su pasión por la música, toca el piano y ahora, que se ha jubilado ––es maestra–– ha descubierto un instrumento autóctono, la jarana, semejante a una guitarra pequeña, y, con él, la vida se le ha llenado de alegría, hasta le ha cambiado el carácter, dice. Sara, por su parte, me habla de Elena, de sus actividades, de Santa Bárbara, donde vive. Y al final me da un libro que ha escrito: Viento, galope de agua. Entre palabras: Elena Poniatowska. Desde un principio me fijé especialmente en Sara y Teté. Ahí están, con la solidez de dos espíritus ancestrales protectores. Ambas transmiten, como la misma escritora, una verdad sin apelación. Aunque se limitara a este instante, es ya una amistad.
Al llegar a casa hojeo el libro de Sara. Veo que es hispanoamericanista, y caigo en una página increíble, la cita de unas voces entrecruzadas, un “pluriálogo” popular, absolutamente surrealista. Luego, haciendo marcha atrás, tropiezo con este párrafo:
“Las crónicas de Elena Poniatowska son antídotos literarios y efectivos a las acciones del sistema político. Frente al olvido oficial y temporal, la memoria y la huella histórica; frente a la falsedad y tergiversación de los hechos, la autenticidad y la fidelidad; frente a la superficialidad, lo necesario y auténtico; frente al escueto registro de hechos, el tratamiento creativo y poético.”

Conocí a Elena Poniatowska unos años antes de aquel encuentro en Estocolmo, precisamente en un jurado del Premio Cervantes. Ella mencionó directamente a Helena Paz, la hija de Octavio, se sabía que yo le había publicado sus poemas. Mantuve reserva, otros mejicanos me habían asaltado para echar por tierra las imágenes tanto de la hija como del padre. Esto no lo permito, se suele juzgar muy a la ligera. No era este el caso. Elena Poniatowska es la clarividencia y la comprensión y el deseo de justicia y de amor. De Amor, sí, como indica ese apellido suyo al que nunca renuncia.

 

 

Ciclo Literario.