Un banquete de libros

Artemisa Vega


 

Nos hemos comido unos a los otros para alcanzar conciencia, conocimiento e inventar nuevas formas de ver el mundo. Ha sido así desde que los primeros relatos míticos fueron transmitidos de maestros a discípulos en el origen de la cultura occidental y de los filósofos, con Tales de Mileto a la cabeza.  

Las ideas seminales sobre la creación del universo, el surgimiento del hombre y la reflexión sobre su destino fueron digeridas, asimiladas y recreadas durante largos periodos de tiempo, para después reunirse en grandes summas, recipientes de todo el pensamiento y la creación humana antigua, moderna y  actual.

Foto: Enriqueta Febles 2010

A más de un siglo de convivir con Nietzsche y su filosofía de la mañana, y con su pensamiento de la proximidad, en nuestros días globales se considera a la Historia como una desprestigiada comensal en la mesa de la civilización; la vieja abuela ––que ha atestiguado los orígenes de todo lo que puede decirse con signos–– sigue siendo el punto de partida para rebasar cualquier noción de verdad que nos haya sido heredada, y para reconstruir, con los ojos de un presente más que nunca inestable, significados frescos e inéditos sobre la realidad.

Cuando Diotima de Mantinea instruye a Sócrates en las cualidades del que es conocido como dios del amor ––Eros–– le participa también que esta supuesta divinidad es en realidad un démon, un ente demónico cuya esencia es la de ser intermediario entre lo mortal y lo inmortal. La naturaleza de Eros es la de un comunicador entre los dioses y los hombres, en consecuencia, lo que hace la sacerdotisa al introducir a Sócrates en los misterios de Eros, es sentarlo a la mesa de la belleza, en el deseo de poseer siempre lo bueno y de conseguir a través de ello una especie de inmortalidad, pues Eros es un amante de la sabiduría y conocerlo lleva a los seres a una inclinación de procreación en lo bello.

Diotima, Sócrates y Platón han atravesado los siglos dialogando desde aquel Banquete de pensamiento y referencialidad en que el mundo, antes de ser antiguo, descubrió que para acercarse a los asuntos del amor había que ascender primero a la comprensión de la Belleza en sí a través del cuerpo, el alma y el conocimiento. La Belleza en sí mostraría entonces sus atributos concretos, crearía la verdadera virtud y propiciaría la inmortalidad a que aspira todo ser mortal.

El que quiera llegar a ella habrá de tener, pues, avidez, la aspiración de belleza propia de Eros ––el amante concebido por la precariedad y la riqueza–– para generarla y procrearla. 

Dentro de este ancestral Banquete escuchamos a Diotima decir a Sócrates que nunca somos los mismos, ni siquiera nuestros conocimientos lo son, y es sólo por practicarlos que estos logran mantenerse, pues al salir de nosotros se implanta un nuevo recuerdo en el lugar del que se marcha. Así, lo ya envejecido deja en su lugar algo nuevo, semejante a lo que era pero siempre diferente. A esta clase de inmortalidad prolongada en lo otro aspira el ser mortal. Y el que busca ser fecundo en el alma buscará el conocimiento en el mar de lo bello que observa las normas justas, que no se apega a un solo cuerpo y no desprecia las ciencias ni nada.

A engendrar muchos y magníficos discursos en ilimitado amor a la sabiduría ha animado Diotima a los hombres, y empezó por Sócrates. Esos discursos han sido creados y puestos en estantes dentro de academias, liceos, monasterios, universidades, bibliotecas y librerías por siglos y siglos, y ahora están también en libros electrónicos, en un banquete de seres que devoran pensamientos para preparar la sustancia de nuevos banquetes, de inéditos diálogos, de manantiales sin fin en los que la Historia, con sus historias dentro de sus historias dentro de sus historias, rejuvenece su rostro para parecer y ser recién nacida, distinta cada vez, a la manera de Eros, que puede florecer y morir en el mismo día; en consonancia con Nietzsche.

Como pide Diotima en su magisterio con Sócrates, penetro en mi propia apetencia de belleza para entrar a mi biblioteca más querida y tomo el tomo en donde habré de encontrarla a ella, la enigmática sabia a quien imagino hermosa, no lejos del umbral de la casa de Agatón, el espléndido anfitrión que se sostuvo en pie hasta amanecer al lado de Sócrates, cuando finalizó el banquete. Desde el lomo de mi alimento de varios días, sonríe Platón.

 

Ciclo Literario.