Tiempo fragmentado: la liberación de la celda*

Rowena Galavitz

Traducción de los poemas del inglés: Rowena Galavitz e Ingrid Valencia


Dicen que el verdadero sitio de cada uno
Es igual al nombre del jardín.
Pura López Colomé

Las místicas enclaustradas

La palabra “paraíso” viene del perso: “pairi”, que quiere decir alrededor y “daeza”, que significa una pared; por lo tanto su significado sería “encerrado con pared”1. Para la gente contemporánea y laica esto podría parecer contradictorio. El paraíso, se entiende, es donde se experimenta la felicidad; es de suponer que eso sucede en libertad. Sin embargo, muchos textos excepcionales, resultado de la creatividad y sus deleites, fueron escritos por mujeres bajo el encierro voluntario. Para nombrar sólo algunas: sor Juana Inés de la Cruz escribió prácticamente toda su obra, de una complejidad intelectual sin par, en el convento de San Jerónimo en el siglo XVII; Juliana de Norwich, la primera escritora inglesa de que tenemos noticias, escribió sus revelaciones, que han sido sujetos a múltiples análisis, mientras vivía como anacoreta (en una celda sellada junto a una iglesia) durante el siglo XIV; Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia y monja del siglo XVI, escribió varios libros y poemas, que son parte del bastión de la literatura mística española; Hildegard de Bingen, alemana del siglo XII, compuso tres tomos sobre la vida religiosa, dos sobre la medicina, una obra de teatro, dos libros de un lenguaje secreto, un libro sobre la exégesis de Salmos y dos biografías, aparte de componer música y pintar.2 Es decir, florecieron sus palabras en una situación que sería para algunas el castigo. Por lo tanto, se podría decir que el paraíso y la libertad son términos relativos.

Foto: Elliot Erwitt

Carol Lee Flinders sugiere que las religiosas escogieron una vida conventual porque las libraba de distracciones:3Encerradas con las demás, y libres de esposos e hijos, encontraron una esfera para sus energías y una libertad de expresión que las mujeres no disfrutaron en otro lugar del mundo ‘civilizado’4 ”. Sin duda, las grandes escritoras enclaustradas se libraban de un sistema donde en esencia su otra opción fue ser “úteros fecundos, / hornos de Dios”,5 pero ganaron múltiples beneficios. Aparte de una excelente preparación, tenían un espacio para ser y para crear (escribir, traducir, dibujar, bordar, copiar manuscritos). El claustro las protegía y les daba techo y alimento. Tal vez no tuvieron amor terrenal ni hijos, pero en sus visiones creaban un mundo interior complejo y erótico. Cristo era amante para Gertrudis la Grande, hijo para Juliana de Norwich, madre para Teresa de Jesús y padre para muchas. Cumplidas sus oraciones, tenían tiempo para dedicarse al estudio y a ejercicios espirituales. Sus luchas para llegar a la unión mística fueron internas. Teresa de Jesús se refiere a la meta como llegar a un cuarto en el Castillo Interior: un espacio dentro de otro que está dentro de un tercero.

Los conventos caseros

Entre los siglos XVIII-XX, varias escritoras se impusieron restricciones, a veces extremas, para ejercer su talento. Jane Austen nunca se casó ni tuvo hijos, siempre vivió en la casa familiar y no firmó sus obras.6 Quizás se podría entender esta actitud como un voto de castidad no declarado. George Eliot y George Sands optaron por escoger pseudónimos masculinos y la segunda se vistió de hombre por una temporada,7 es decir, escogieron negar su identidad femenina. Beatrix Potter, autora e ilustradora de la clásica serie sobre Peter Rabbit, se quedaba en su habitación de la casa familiar la mayor parte del tiempo hasta casarse cuando era cuarentona.8

Emily Dickinson, durante gran parte de su vida, vivió como reclusa, una posición que “la liberaba de obligaciones sociales, la necesidad de explicar por qué no quiso casarse y de los muchos menesteres domésticos que se esperaba de mujeres jóvenes de su clase social. Le permitió espacio y tiempo para trabajar y pensar”.9

Me alojo en la Posibilidad—
Su Casa mejor que la Prosa—
Más numerosa de Ventanas—
Superior—de Puertas—

De habitaciones como Cedros—
Impregnable de Ojo—
Y para un Techo Interminable—
Las Mansardas del Cielo—

Las Visitas—las más agradables—
Y por Pasatiempo—Esto—
Ensanchar mis Manos estrechas—
Para capturar el Paraíso—10

Las posibilidades están contenidas en su morada; al crear su propio claustro, abre múltiples opciones con numerosas ventanas y puertas y un techo que da hacia el firmamento. Tal vez piense en un mundo ideal o en el Cielo, pero también puede reconocer su presente: un lugar definido y protegido que le permite trascender incluso su propia escritura y tener el paraíso en sus manos. Los límites ofrecen justo lo que no tenía afuera: la libertad.

El confinamiento de las madres-escritoras

Obviamente, el encierro se relaciona con la domesticidad y la maternidad: la madre que se queda en casa con su(s) hijo(s). Si la madre crea obras de arte, generalmente sucede en el hogar. Sin embargo, ambas actividades pueden estar en conflicto. “El cordón / ya no era / el lazo que une / se volvió la soga que ata / el pedazo de cáñamo / que muerdes / cuando tiendes la ropa” escribe la poeta mexicana Hortensia Carrasco.11 El vínculo que en útero unió madre-hijo ya se utiliza para labores, para aguantar el tedio y quizás esa misma soga servirá para algo más oscuro que poner la ropa al sol. No es, necesariamente, que las madres-creadoras no amen a sus criaturas, grandes o pequeñas, pero parece que les quitan, en algún grado, justo lo que necesitan para crear:

Foto: Harry Callahan

Toda la noche tu bocaliento
Parpadea entre rosas planas rosadas. Despierto para escuchar:
El mar distante que se mueve en mi oído.

Sólo lloras y me caigo de la cama con peso torpe y floral
En mi bata victoriana.
Tu boca abre como la de un gato. El marco de la ventana

Emblanquece y traga estrellas sordas. Ahora intentas con
Tu puño de notas;
Las vocales claras ascienden como globos.12

Las vocales de Sylvia Plath (aunque también podrían ser la voz de la hija) se disipan entre el papel tapiz, florido igual que su ropa. Las palabras desaparecen en los pétalos de rosa mientras atiende el llanto o quizás un casi imperceptible lloriqueo que podría ser el suyo. La idea que acuña en sus manos se convierte en la próxima fiesta infantil.
La escritora estadounidense Brenda Shaughnessy, después de tener su bebé, escribe:

[…] Yo, esta charca
para vientre, esta nave utilizada,
casco quebrado, divino

diseño. Así es como opera. Así
llegamos. Deformada
al seguir la función…13

como si tras convertirse en una pequeña María no inmaculada, que participa en la continuación de la especie, perdiera su habilidad de dar forma a su vida y su arte…y perdiera su propia forma.

Guadalupe Ángela, poeta mexicana y contemporánea, al escribir sobre la maternidad dice: “Nadie me dijo / que ya no habría silencio / … / ni que eliminaría la espontaneidad, / el libre albedrío”,14 que seguramente se refiere, entre otras cosas, a la pérdida de tiempo para crear. A estas alturas de la historia, ¿por qué la creación de un hijo está en conflicto con la creación de un poema? Por lo visto, el confinamiento doméstico no es ni paraíso ni libertad.

El encierro en el jardín posmoderno

Antes de su emancipación, la mujer participaba en “un contrato no escrito: apoyo económico y protección que daba el hombre por la subordinación en todos asuntos, servicio sexual y labores domésticas no renumerados que ofrecía la mujer.”15 Hoy en día, existe la opción de no seguir ese sistema, pero parece que siempre hay un sacrificio. Como malabarista escoge: carrera-hijo-obra-marido-trabajo-amor-sexo-familia-etcétera, aunque no es común escuchar a un escritor decir, “Es difícil trabajar ahora que soy padre”. El dilema, entonces, lo resume Virginia Woolf. “¿…cuál es la condición de la mente que más propicia el acto de crear?”16 y su solución tenía que ver más que nada con lo exterior: una habitación propia que ella mantenía.

“Por más de 2,500 años las mujeres sufrieron las desventajas de su tiempo fragmentado y constantemente interrumpido”;17 esto podría reducirse en una palabra: disponibilidad. En la actualidad, los residuos persisten pero de maneras más sutiles. Por lo tanto, el remedio más poderoso es proteger el tiempo-espacio. Es poner un contundente límite para evitar la invasión. Clarissa Pinkola Estés, autora de un libro esencial sobre la creatividad de la mujer, comenta: “Protege tu vida creativa. Para evitar hambre del alma […] no permitas que ningún pensamiento, ningún hombre, ninguna mujer, ningún compañero, ningún amigo, ninguna relación, ningún

trabajo y ninguna voz avinagrada te obliguen a pasar hambre. En caso necesario, enseña los incisivos”. 18
Algo se podría aprender de las que escogieron el enclaustramiento físico o mental en el pasado. La actualidad exige una reinvención del tiempo-espacio para la creación y más en estos tiempos cuando los múltiples aparatos favorecen la accesibilidad.  Para que crezca el jardín en el paraíso, hay que poner una cerca y gruñir.

1 Joseph Campbell, Myths to Live By (Nueva York: Bantam Books, 1973), 25. Las traducciones del inglés son mías.

2 Gerder Lerner, The Creation of Feminist Consciousness: From the Middle Ages to Eighteen-seventy (Nueva York: Oxford University Press, 1993), 53.

3 Carol Lee Flinders, At the Root of this Longing: Reconciling a Spiritual Hunger and a Feminist Thirst (San Francisco: Harper San Francisco, 1998), 124.

4 Ibid., 160.

5 Ángela Figuera Aymerich, “Madres”, en Poesía feminista del mundo hispánico, eds. Ángel Flores y Kate Flores (México, D.F.: Siglo Veintiuno, 1988), 168.

6 Joan Macksey y Kenneth Macksey, The Book of Women´s Achievements (Nueva York: Stein and Day, 1976), 183-184.

7 Joan Macksey, et. al., 185-187.

8 Marilyn D. Button, “The Tale of Beatrix Potter. A Biography, and Nothing is Impossible: the Story of Beatrix Potter”, Children’s Literature Association Quarterly 2, no. 4 (Invierno 1978): 8-9.

9 Gerder Lerner, The Creation of Feminist Consciousness: From the Middle Ages to Eighteen-seventy, 181.

10 Emily Dickinson, “I Dwell in Possibility”, en The Norton Introduction to Literature, eds. Carl E. Bain, Jerome Beaty y J. Paul Hunter (New York: W. W. Norton & Company, 1981), 590.

11 Hortensia Carrasco, “Ellas”, en Poemas del encierro (México, D.F.: Verso Destierro, 2011), 46.

12 Sylvia Plath, “Morning Song”, en Ariel (Nueva York: Harper & Row, 1966).

13 Brenda Shaughnessy, “Liquid Flesh”, en Our Andromeda (Seattle: Copper Canyon Press, 2012).

14 Guadalupe Ángela, “Virgen de la Advertencia”, en Poemario de las vírgenes (Oaxaca: Editorial A Mano, 2013), 23.

15 Gerda Lerner, The Creation of Patriarchy (Nueva York: Oxford University Press, 1986), 240.

16 Virginia Woolf, A Room of One’s Own (Nueva York: Harcourt Brace Jovanovich, 1957), 52.

17 Gerda Lerner, The Creation of Patriarchy, 223.

18 Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos, trad. María Antonia Menini (Nueva York: Ediciones B, 2003), 516.

Bibliografía

Clarissa Pinkola Estés, Mujeres que corren con los lobos, trad. María Antonia Menini (Nueva York: Ediciones B, 2003), 516.

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Woolf, Virginia. A Room of One’s Own, Harcourt Brace Jovanovich, Nueva York, 1957.

* Publicado originalmente en línea por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Programa Universitario de Estudios de Género, r-ed: arte, cultura y estudios de género, 360 Grados, “Encierros”, Vol. III, octubre 2013.

 

Ciclo Literario.