Los licenciados

Angel Morales


La nieve no permitía ver a través de la ventana. No había rastros del Empire State. Apenas eran las cinco y  todo estaba oscuro. A esa hora le pareció inútil salir a buscar empleo. Además faltaba poco para que Anggelo y Javier regresaran así que lo mejor era continuar escribiendo.

Foto: Max Yavno

La casa desde el principio era un desastre ya que el Costeño y yo estábamos acostumbrados a no hacer nada cuando vivíamos con nuestros padres. Sin embargo sí sabíamos que permanecer en casa por las mañanas tiene un inconveniente: los testigos de Jehová. Para colmo, un vecino estaba en etapa terminal y con frecuencia el edificio era visitado por ellos. No siempre iban las mismas personas y los nuevos a veces se perdían. Cuando estaban a punto de llamarnos a la puerta, un vecino les gritaba: “No, ahí no, es el otro departamento, en ése viven los licenciados.” Hasta ahora eso creo que escuché, aunque bien pudieron gritar “los desempleados”.
            En ocasiones, cuando se equivocaban de puerta y salía alguno de nosotros, aprovechaban para darnos una plática de religión. Memoricé los días y horarios en que asistían y luego de un tiempo era el Costeño quien lidiaba con ellos.
            –– Qué te dijeron ––le preguntaba con el afán de molestarlo.
            –– Nada, que Dios va a volver.
            –– Y, ¿qué respondiste?
            –– Que ojalá traiga palomitas para ver el fin del mundo.

Odiaba escribir a mano. La idea de salir a buscar una computadora lo abordó por un momento. Pero recordó que no tenía llaves. Apenas llegara Anggelo le pediría su máquina. Tenía varios apuntes que necesitaba transcribir. Si volvía otra recaída jamás conseguiría empezar la novela. Todo terminaría en el bote de basura nuevamente. Y después a beber, a quedarse en el departamento, a caminar sobre el Hudson pensando en qué escribir.

Yo detesto rentar computadoras. Pero tenía que escribirle a mi familia. Les conté que estaba conociendo la ciudad y me había instalado. También le escribí a algunos amigos de mi generación, esperaba tener noticias nuevas. El Costeño se pasó el tiempo buscando videos. Yo, por casualidad, al revisar unas páginas, pude ver una foto de mi exnovia. Ella sonreía al lado de un hombre y en sus brazos sostenía a un bebé. En la parte de abajo, apenas podía verse la cabeza de un perro.
            –– Eso es caso cerrado, amigo. Mejor olvídala.
            No me di cuenta en qué momento se colocó atrás de mí. Pero tenía razón, ambos lucían enamorados y el recién nacido los obligaba a seguir juntos.
            –– Ya lo hice, no te preocupes.
            –– Qué bueno, con ese perro eliminó todos los recuerdos que alguna vez tuvo contigo.
             ––¿Con el perro?
            –– Déjame explicarte, mi  buen. Mira, un perro es la decisión más difícil. Es algo de cuidado. A ellos se les escoge cuando se ha decidido formar un hogar. Porque los hijos cualquiera los puede tener y bien que mal los hijos nacen, pero un perro, eso sí es una decisión de pareja.
            Dejé la computadora, salimos del lugar un poco aturdidos. Empezaba a oscurecer. La calle estaba vacía y yo me sentía igual. No podía dejar de pensar en ella. Su novio no tardó en darse cuenta de lo que ella valía y, con toda la malicia del mundo, la embarazó. Formaron un matrimonio y ahora viven en la colonia más importante. De pronto la imaginé en la fila de un banco, con su cabello ondulado y con el que su hijo se entretiene. Ella le pide que suelte sus cabellos. Le dice con la voz que aún habita en mis oídos que se parece… no, que es igual a su padre.

Creyó que con esos párrafos era suficiente. Volvió a dejar la pluma y caminó por el pasillo. Tomó su único libro para leer: Life of Johnson de James Boswell. Sólo leyó dos páginas. Sus pensamientos lo interrumpían. Parecía que podía continuar con la historia. Avanzar un poco más.

Era la primera vez que buscaba trabajo. Me vestí formalmente, tomé algo ligero y antes de irme el Costeño me pidió que lo esperara. En menos de un minuto salió de su cuarto. Sin bañarse se puso una playera arrugada y algo de desodorante. Cuando salimos del edificio me di cuenta de que la ciudad apestaba más por la mañana. Esteban comía un pan mientras caminábamos. Fuimos a la parada de autobús y nos quedamos esperando. Apenas terminó de comer empezamos a platicar.
––¿Trabajarías de maestro?
            –– No, el doctor me prohibió caminar. Faltaría mucho a las manifestaciones.
––¿De médico?
–– No tengo la letra tan fea y no podría tratar a las personas como animales.
–– Y, ¿de arquitecto?
–– No puedo, mi conciencia no me permitiría voltear a ver mi trabajo.
––¿Ingeniero?
–– No soy tan borracho como piensas.
––¿Veterinario?
–– Es un trabajo demasiado noble para mí.
––¿Burócrata?
–– Todavía tengo la costumbre de decir gracias y por favor.
–– ¿Antropólogo?
–– Me gusta bañarme de vez en cuando.
––¿Sociólogo?
–– No estoy tan amargado.
––¿Administrador de empresas?
–– Ja, ja. Mira, ahí viene el camión… Administrador de empresas… Ja
Abordamos el camión y el Costeño se fue riendo todo el camino.
–– Administrador de empresas.

Foto: Trujillo

Por un segundo se detuvo. No quiso voltear a ver el reloj porque sabía que ya venían. Imaginó a Javier amarrando su bicicleta en la parte de atrás y a Anggelo tirando su cigarro antes de entrar al edificio. Por lo menos escribí un poco, pensó. Sentía que en cualquier momento llegarían y lo verían ahí en la mesa. Y después las explicaciones. No hay empleo. Piden papeles. Dijeron que llamarían. Cualquier cosa antes de decirles que llevaba días sin salir del departamento.

Llegué a casa y había pinzas y cables tirados en la sala. Cuando el Costeño salió del baño me explicó que se había pasado el día intentando robar el cable del vecino. Casi se mata, me dijo, pero al fin lo consiguió. Pude ver en su antebrazo raspones y un poco de sangre. Pensé que era una buena noticia. Aunque al principio algo raro sucedía con la señal: sólo se veían las imágenes y el sonido aparecía cinco segundos después de la escena. A veces no entendíamos nada hasta que escuchábamos los diálogos.
Una pareja discute en la banca de un parque al atardecer. Están sentados de frente, hablan algunos segundos y luego ella se levanta y va hasta la esquina donde un auto nuevo la recoge. Él ve cómo se aleja, enciende otro cigarrillo y pronuncia una frase.
“Pero, ¿qué te gusta de ese idiota? ¿Es su dinero, verdad? ¿La tiene más grande que yo? Responde, ¿qué te gusta de él?”
“Cuando lo conocí no sabía que tenía dinero, además es muy inteligente… lo amo. Entiende, me iré con él. No vayas a seguirme.”
“No la tiene más grande que yo.”
El catorce de febrero nos quedamos en la habitación viendo la tele. Teníamos sesenta canales y no había ninguno en el que no apareciera un corazón. Incluso en el Discovery Chanel  hubo un especial llamado sexo salvaje. Ahí estuvimos durante horas viendo cómo cogían los animales: cogían los elefantes, las zarigüeyas, los insectos, y los que no, se quedaban solos como pendejos  y se morían. Y así, solos, nos quedamos el Costeño y yo en el cuarto.
Por la noche vimos una película donde la historia era ésta: Dos hombres, por casualidades, vivían en el mismo departamento. Con el tiempo se hicieron grandes amigos y un catorce de febrero se emborracharon y terminaron en la cama. Después de eso, cada noche uno de ellos se escabullía hasta la habitación del otro y cogían. Obviamente me empecé a sentir incómodo. Supongo que el Costeño igual porque se fue a dormir temprano. Aunque no tenía sueño hice lo mismo y, ya no sé  bien por qué, antes de acostarme, le puse seguro a mi puerta.

Entonces un sonido. Alguien en las escaleras. Alguien girando la perilla. Dejó la pluma, cerró la libreta y vio a Anggelo con dos botellas de tequila. Sabía que la noche iba a ser larga. Sabía que al día siguiente otra vez se levantaría a las dos de la tarde. Que vería nada más dos horas de sol y que para entonces sería inútil salir a buscar empleo.

Angel Morales. Sicólogo. Becario del Foesca en el 2007.  Tiene un libro publicado: El último que muera apague la tele. Su novela Rastros de nubes (inédita) fue finalista en el Concurso internacional de novela corta Mario Vargas Llosa. El texto que se publica es un fragmento de la novela Los licenciados ( o Help wanted ) escrita por el autor  a partir de su experiencia laboral en Estados Unidos.

 

 

 

Ciclo Literario.