El hombre del basurero


Alquimia y tendajón
Charles Simic
UNAM
Colección poemas y ensayos
1996
Traducción de ElIsa Ramírez Castañeda.

Foto: Lorenzo León

Su aspecto era como el que imagino tendría Bartleby el día que renunció a su trabajo para mirar la pared desnuda frente a la ventana de la oficina.
Siempre hay hombres así en las ciudades. Vagabundos solitarios con gabardinas pasadas de moda hace mucho, sentados en los restaurantes modestos y en las cafeterías de calles laterales a comer un pedazo de pastel blando. Son mortalmente pálidos, de ojos cansados, con las solapas llenas de migajas. Alguna vez fueron otra cosa; pero ahora trabajan como mensajeros. Suben diez pisos por las escaleras si los elevadores no funcionan, con sobres amarillos bajo el brazo. Aun en verano meten las manos en los bolsillos. Y Cornell podría ser cualquiera de ellos.

Era descendiente de una vieja familia holandesa de Nueva York, venida a menos tras la muerte prematura del padre. Vivía con su madre y su hermano inválido, en una casita prefabricada en Utopia Parkway, en Queens; y vagaba por Manhattan de manera, al parecer, despreocupada. Devoto de Christian Science, era un recluso y un excéntrico admirador de los escritos de los románticos franceses y de los poetas simbolistas. Su gran héroe fue Gérard de Nerval, famoso porque caminaba en las calles de París con una langosta viva amarrada a una correa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciclo Literario.