EL Greco y el viaje celeste
de Rainer  Maria Rilke

Clara Janés


En 1614, hace cuatrocientos años, murió en Toledo Domenicus Theotocopoulos, El Greco que, nacido en Grecia, vivió allí hasta los 26 años; luego partió a Italia y diez años después, a los 36 años de edad, inició su estancia definitiva  en  España. La poeta Clara Janés rastrea el origen del enigma, el ángel terrible de Rilke y nos muestra su enlace con la “física del cielo”; “imágenes- espejo” que el poeta recibe de la contemplación de la obra del –para fortuna hispana– artista “toledano”.

 

Entre los libros que Sor Juana Inés de la Cruz pudo tener en las manos al emprender la escritura de Primero Sueño ––viaje a las esferas en pos del conocimiento––, junto al Sueño de Escipión de Cicerón, figura, nos advierte Octavio Paz, el Iter extaticum de Athanasius Kircher. Su protagonista, Teodidactus, hallándose en un concierto, se ve arrebatado por la armonía y la aparición de Cosmiel, un ser “alado, aterrador y hermoso”, que lo guiará en su itinerario celeste. Sin duda no es Cosmiel el primer “bello y terrible” entre los ángeles, calificativos que derivan, acaso, de su aparición en el Apocalipsis como anunciadores de aquel por cuya boca emerge una espada de dos filos y en cuya diestra tiene siete estrellas; los mismos que, arrojando el fuego del incensario, hacen brotar truenos, voces, relámpagos y temblor de la tierra.  

 

El Greco

Así, “hermoso y terrible” llega el ángel a la pluma de Rainer Maria Rilke y, se diría que éste, como Teodidactus, y luego Sor Juana, se deja llevar a un viaje análogo. Que el origen intelectual de esta figura angélica la halla el poeta en el Islam, él mismo lo dejó escrito, pero no destacó su indudable raíz irania ni su propio conocimiento de dicha cultura a través del iranólogo Carl Andreas, marido de Lou Andreas Salomé, ni el de los “bajos mundos de visión”, de Ibn Arabí, loci que, agustinianamente, permiten ir per visibilia ad invisibilia. Esto, según el murciano, acontece en el corazón o qalb, istmo entre los dos mundos, a través del cual se percibe lo oculto como en un “espejo de agua” . Rilke, en cambio, define claramente la ciudad de Toledo como un istmo (“ciudad del cielo y de la tierra”) y al ángel, invirtiendo el recorrido, como “la criatura en que aparece ya cumplida la transformación de lo visible en lo invisible” (Carta a W. Hulewitcz). Es precisamente este impulso hacia el enigma el que lo acerca a la obra de El Greco, y lo que le lleva a realizar el viaje material a la ciudad donde el pintor vivió.
Ya antes de viajar a España, ha visto Rilke, en el estudio de Zuloaga, tres cuadros del cretense: La estigmatización de San Francisco de Asís, un San Antonio y una Anunciación; pero es más adelante, en 1908, cuando queda fascinado ante Toledo bajo la tormenta (“Jirones de luz surcan la tierra, la remueven, la desgarran, destacándose acá y allá como desveladas, por detrás de los árboles, las praderas con sus lívidos tonos verdes.”)  y tres años después, ante el Laoconte (“un cuadro lleno de espacio”). Así, en 1912, emprende viaje a Toledo para sumirse en los panoramas uranios pintados por El Greco. Pronto la Asunción, de la iglesia de San Vicente, presidida por  “un ángel ingrávido”, se convierte, para él, en objeto de peregrinaje, de modo que le dedicará incluso la última tarde de su estancia en la ciudad. Relata la experiencia en una carta del 4 de diciembre, escrita ya desde Sevilla, a la princesa Marie v. Thurn und Taxis-Hohenlohe:

“[...] Estuve exactamente cuatro semanas en Toledo, veía que mi estancia allí tocaba ya a su fin y no podía hacer nada por evitarlo; algo semejante a lo que me ocurría cuando de niño oía música y deseaba que continuase, de pronto comenzaban los violines a subrayar las notas, y esto que parecía tan sólo el preludio para la nota fuerte dentro del conjunto, no era sino el anuncio del fin. Así me ocurrió también allí, todo lo que hacía e intentaba, un subrayado, eso lo captaba y daba vueltas a su alrededor, y me seducía.
Un poco fue el frío el que aceleró el final, es decir, no es que faltara el sol; pero no había ninguna proporción entre él y la insensible materia de que estaba compuesta la atmósfera. No se podía formar de ambos elementos un ambiente en que me fuese permitido habitar. Además no me sentí muy bien durante todo este tiempo, y no me quedó otro remedio que ceder y emprender de nuevo viaje; ya veremos a dónde me conduce y para qué.
De Sevilla, a ser sincero, aparte del sol no esperaba nada, y nada me dio, no tenemos nada que reprocharnos. [...]
Basta por hoy, querida amiga, me encuentro cansado y torpe, se me viene también a la memoria la proximidad del ocho de diciembre: en esa fecha quisiera con mil deseos estar a su lado. (Hace un año, ese día usted me cantó Pergolesi, el cual tanto me hizo pensar en el Greco.) Y a propósito del Greco, he visto todavía muchas cosas de él en Toledo, y cada vez con más penetración, siempre con emoción más pura, y por último, la "Asunción", en San Vicente: un ángel gigantesco irrumpe oblicuamente en el cuadro, otros dos se alargan tan solo, y de lo que resta de todo esto se origina el puro ascender, y no puede dejar de ser otra cosa. Esto es la física del cielo.”

La elevación, pues, es el movimiento al que se une Rilke llevado por los colores y la distribución de la pintura. El mismo gesto destacará en dos “grecos” del Museo del Prado: la Ascensión y la Crucifixión. Sobre el primero comenta a Lou Andreas-Salomé (2 de febrero de 1914): “la Ascensión del Señor, del Greco, donde uno de los guardianes mete ruido con la espada que  sostiene verticalmente en la mano, para que el Salvador suba cada vez más alto en el cielo...”. Y sobre la Crucifixión, escribe a Benvenuta el 13 de febrero de 1914:

“[...] Hace unos días, al atardecer, cogí el volumen de ilustraciones del libro sobre El Greco, La crucifixión, e intenté descifrar lo que, mientras contemplaba el cuadro, anoté en lápiz, más viendo que escribiendo, en el catálogo de «El Prado». Y leí la palabra «música». Mira, delante del cielo oscuro y abierto, la cruz con la llama pálida y alargada de su cuerpo, y arriba, encima de él, la inscripción completa, más larga de lo que es habitual, como si fuera el inacabable nombre de sus sufrimientos. María y Juan, a derecha e izquierda del cuadro, vueltos hacia él y repitiendo la dirección de su dolor plantado para siempre, incapaces de nada más. Sólo a María Magdalena, viendo cómo le cae la sangre de los pies clavados uno sobre otro, le invade el fervor del sufrimiento. Se arrodilla impetuosamente, recoge con una mano la sangre que cae por el madero debajo mismo de los pies, y con la otra, la izquierda, la de la parte más baja del leño: quiere ser la primera y la última que la recoja, pero sus manos no le bastan. Y al elevar la mirada, desconcertada, a través de las negras llamas del aire, la ve brotar de la herida del costado y derramarse de las heridas de las manos: no ve más que su sangre. Pero el ángel llega ya volando en dirección oblicua a su lado y la ayuda. Los dos ángeles, cual pálidas falenas, surgen debajo de las manos chorreantes en el espacio nocturno y vuelan en dirección a la sangre como para abrazarla, entusiasmados, con las manos desnudas, y la recogen como si fuera música.”

En sus diarios, por otra parte, el poeta sigue reflexionando sobre la cuestión:

“El Greco, impulsado por las condiciones de Toledo, comenzó a introducir un interior de cielo y, a la vez, a descubrir arriba celestes imágenes-espejo de este mundo, las cuales se diferencian de él y son, en su especie, tan proporcionadas y regulares como las figuras de los objetos reflejados en el agua. En sus cuadros, el ángel ya no es antropomorfo como el animal en la fábula, ni tampoco el secreto signo ornamental del Estado teocrático bizantino. Su esencia es fluyente como el río que corre a través de los dos reinos, sí, lo que el agua es sobre la tierra y en la atmósfera eso es el ángel en el círculo más amplio del espíritu, arroyo, rocío, abrevadero, surtidor de la anímica existencia, precipitación y ascenso. En este ángel, el ángel sobrepasa al pájaro. Lo decisivo para él no es el volar, pues el vuelo está limitado por ambos lados, es un intervalo del reposar; el ángel se alarga como algo sensible en lo suprasensible, sólo que este alargarse es constante, paralelo, tiene su comienzo y se escapa a lo infinito.  (Ronda, enero de 1913)”.

En todos estos cuadros de El Greco, encuentra Rilke, pues, ese punto que va buscando, esa transparencia de los dos mundos, es decir, la vía a su propio viaje celeste. Claramente las pinturas del cretense acabaron de configurar los arquetipos del imaginario del poeta, que después de Toledo, Córdoba y Sevilla, se traslada a Ronda, todavía bajo su impacto. Y será en Ronda, entre el 6 y el 14 de enero, donde escriba los poemas de la llamada Trilogía española. Entre ellos se encuentra el titulado Al Ángel, donde éste aparece solemne y también “terrible” por su soledad, como la de los astros perdidos en la negrura del firmamento. Rilke incluyó esta trilogía  ––que inspiró a Heidegger, entre otras cosas, la afirmación “el hombre es el pastor del ser”–– en su obra Poemas a la noche, de inspiración española y sustrato de futuras Elegías. Así, pues, en el mencionado poema Al Ángel, que es el nº IX del libro, surge dicha figura como una luz que nos guía.

Ragnar Axelsson 1995

Física del cielo, astros lejanos e implacables, y un movimiento ascensional,  medidor del tiempo por contrapuesto a la eternidad. Este es el mensaje, hecho de claroscuros llameantes, de contrastes, colores y movimientos, que el poeta ha recibido de El Greco. Y este mensaje, en su intelecto, se traduce en un conocimiento que es tentativa de hallar para el hombre su lugar entre cielo y tierra, y entre las demás criaturas. Mucho absorbió, pues, Rilke del cretense, con una de cuyas figuras, el Cristo de El expolio, llegó incluso a identificarse físicamente.

El expolio*

Fuerte, inmóvil candelabro, colocado al borde:
se hace exacta la noche en lo alto.
Nos disipamos en oscura indecisión
junto a tu base.

Es lo nuestro: ignorar la salida
del lugar cuyo interior nos confunde.
Tú surges de nuestros obstáculos
y los inflamas como altas cumbres.

Tu gozo está por encima de nuestro reino,
y apenas captamos lo que cae y se posa;
como la pura noche del equinoccio primaveral
te alzas dividiendo un día y otro.

¿Quién sería capaz de instilar en ti algo
de la mezcla que nos enturbia en secreto?
Tú tienes el esplendor de toda magnitud
y nosotros somos expertos en lo más pequeño.

Cuando lloramos somos sólo conmovedores,
donde posamos los ojos estamos a lo sumo despiertos.
Nuestra sonrisa es apenas seductora,
y si seduce, ¿quién la sigue?

Quien sea. Ángel, ¿me lamento?, ¿me lamento?
Pero, ¿cómo sería entonces mi lamento?
Ah, grito, golpeo dos baquetas, una contra la otra,
y no pienso que me oiga nadie./
No por hacer yo ruido sonará más en ti
si no me sientes porque soy.
¡Alumbra! ¡Alumbra! Haz que de mí se percaten
las estrellas. Pues me desvanezco.

Traducción Clara Janés y Alfonsina Janés

Para este tema véase el Preliminar a Rainer Maria Rilke, Poemas a la noche, traducción de Alfonsina y Clara Janés. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Guadarrama, 2009, y Clara Janés y Sarantis Antíocos, El Greco. Tres miradas: Cervantes, Rilke, Antonio López, Vaso Roto, 2014.
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La traducción de los fragmentos de cartas procede de Ferreiro Alemparte España en Rilke, Taurus, Madrid, 1966, excepto el de la carta a Benvenuta, que es de Alfonsina Janés, R.M.Rilke, Cartas a Benvenuta, Ed. Grijalbo, Barcelona, 1989.

 

 

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