Cierto parecido

Paloma Ravel


 

Foto: Ricardo Hernández

¿Por qué se fue?
Debajo del sillón vive nuestro anciano perro, Coco, y de pronto, al sentir mi llegada, sale. Dejo que se me eche encima. Me llena de pelos y polvo y me fijo bien pues a veces hasta carga entre las patas alguna cucaracha; pero hoy es distinto, lo dejo juguetear conmigo porque es como sentirlo de nuevo a él. Sí, olía a tabaco apestoso y algo a sudor cuando a punto de terminar su café y empezar a leer el periódico, decía:
––Ven, virote, dame un abrazo antes de irte a esa casa de locos.                                                   
Bien que se cuidaba de no ser escuchado por los demás. Era la misma cantaleta cada mañana y me encantaba porque me ponía de cabeza o me hacía girar tomándome de los brazos o la panza, o se le ocurría cualquier otra cosa por el estilo.
––¡Que no le hables así!, ¡el desquiciado eres tú! ¡Mira, salvaje, lo vas a descoyuntar! –– protestaba mamá, furiosa.     
Pero a mí me gustaban aquellos juegos toscos de papá. Su manera de decirme adiós cuando yo salía a esperar la camioneta del colegio de educación especial. En ese vehículo semivacío me llevaban a una casa vieja y fea a una hora de distancia de la mía. Ahí estudié con chicos como yo hasta graduarme de secundaria.
Papá se fue un día, lejos, a trabajar no sé dónde. Dijo que nos mantendríamos en contacto.
–– No preguntes más. Alguna vez se comunicará; ¡deja de darme la lata! ––Así, o por el estilo eran las respuestas de ella.
Casi siempre la encuentro enojada; tiene prisa de ir acá o allá y corre a dejarme encargado con mis hermanos. Mamá trabaja hasta tarde y Roberto, Luisa y Saúl están pendientes de mí todavía ––hasta que los terapeutas me consideren “mentalmente autosuficiente”––, pero no de muy buena gana. Se desesperan con mi lentitud y mis preguntas. Papá no. Cuando él vivía con nosotros me dejaba hablar todo lo que quisiera sin importar lo que me tardara. No me interrumpía ni me apuraba. Al contrario, me enseñó a no tartamudear. Con él me sentía fuerte y seguro.
Estuve pensando en todo esto mientras atravesaba hoy la avenida. Confundido, o más bien decepcionado, eché a andar. En el parque, del otro lado del zoológico donde trabajo, había visto a un señor idéntico a él. Alto, robusto, de espeso bigote. Estaba seguro de que era papá. Corrí a alcanzarlo:
–– ¡Paaaaa, espeeeraaaaa!
El hombre se detuvo. Al ver su rostro sucio y corriente me di cuenta de mi error. Se notaría demasiado mi desilusión y rechazo. –– ¡Estúpido! ––me amenazó,  levantando un puño, casi dándome el golpe, y siguió su camino.
Estuve bastante tiempo sentado en el pasto viendo pasar a la gente. No tenía ganas de nada. Sólo de dormir, pero es peligroso, pueden robarme. Recogí la mochila para irme a casa.

     A pesar de todo, siento un poco de alegría. Hacía tiempo que no recordaba aquel abrazo.

 

 

 

Ciclo Literario.