Oaxaca o el fruto imaginario

Francisco Solano


La visión de los extranjeros sobre un país suele ser reveladora para los nativos, pues un punto de vista exógeno siempre va a iluminar zonas que permanecen oscuras a los ojos de quienes comparten una cotidianidad nacional asumida como naturaleza.
El caso de Francisco Solano (escritor español y crítico literario, colaborador del periódico El País) se inserta en una nutrida tradición de autores extranjeros que han escrito textos memorables sobre México, incluidos D.H. Lawrence, Bruno Traven, Malcom Lowry y Graham Greene, por nombrar a algunos entre aquellos que han dejado su impronta escritural inspirados en nuestro país.
En el fragmento que se ofrece a continuación, tomado de su libro Bajo las nubes de México (Alba Editorial, Madrid, 2001)Solano despliega, con notable temperamento poético, su talento como cronista, vertido al cabo de su paso por Oaxaca

 

Oaxaca: aprender a caer

¿Existe realmente la ciudad donde, dejándolo todo, pasaríamos el resto de la vida? Ese resto, en nuestro caso, sería menor que el tiempo ya vivido. Además de una exploración de la complejidad del mundo, viajar es un modo inconsciente de tantear un lugar para morir. El re­lato de un viaje se escribe con el viajero de regreso. Se escribe, sobre todo, porque ese lugar no ha sido hallado. Un viaje escrito no es una experiencia vivida dos veces, como dicen los peritos del turismo, sino la confirmación de que el escritor es la encarnación del fantasma del viajero, un doble que se recuerda fuera de lugar, fuera de sí, y tantea en su memoria la finalidad secreta del viaje, que no consiguió desci­frar. Y por eso escribe, para que aparezca al fin el sentido del viaje, para que las palabras revelen qué fue a buscar y en qué consistió su metamorfosis. El viajero que regresa no es el mismo hombre que se fue.

Fotografía
Jorge Luis Plata/2004


Recorrer México, sus cordilleras, sus pueblos innumerables, sus ciudades coloniales, y volver, por decirlo así, maltrecho, tocado en las articulaciones del alma por la fuerza de unos vínculos con la tierra mexicana que son, más que irremediables, constitutivos de la propia naturaleza, ésa es la verdadera experiencia del viajero, eso es viajar. No cualquier viaje genera la persuasión de que podemos ser el fruto imaginario de las tierras que visitamos. Y, por tanto, que deberíamos regresar con el propósito de quedarnos para siempre.
Lo contrario es lo común. Viajar, en estos tiempos de fáciles tras­lados espaciales, suscita suaves modificaciones, desajustes momentá­neos, asombros muy fugaces, apenas una rudimentaria sensación de extranjería. A la vuelta, aposentados en nuestro espacio común, el viaje se recuerda con esa nostalgia que se añade a la melancolía diaria de no pertenecer de raíz a ningún sitio, de estar también de paso, aunque circunstancialmente clavados a una casa, a unas calles, a un oficio, a unos afectos, a un mundo, en suma, no sustituible, pero que ya ha agotado, hace tiempo, su fascinación, y comienza a degradarse en monotonía. Sí, los viajes, incluso si son meros traslados espacia­les, nos enfrentan con la sospechosa condición de nuestra fidelidad. ¿Por qué nos mantenemos fieles? ¿Qué nos impide tomar la decisión de regresar allí donde nos sentimos un fruto imaginario?
Los espíritus dubitativos, que también son cautos, desconfían de la vehemencia, acaso por su fulguración de llamarada, y es raro que en­cuentren un lugar del que puedan decir: «Aquí me quedaría». Les puede el miedo al error. Porque alguna vez fueron vehementes, cono­cen bien sus equivocaciones. Pero si, pese a todo, descubren que ese lugar existe, que es una ciudad de cantería verde, y que en sus calles desearían terminar sus días, entonces esa revelación ya no se borra de su memoria. Queda ahí para siempre, y en cualquier instante repre­senta el espacio más altamente civilizado y benigno que merece ser vivido.
Esto es la ciudad de Oaxaca para mí. Y éste el modo atropellado y sereno en que puedo describir su seducción. Oaxaca es más que una ciudad, es un espacio para disiparse, un lugar para aprender a caer. De calles anchurosas, serena, plana, recogida en su mutismo, abierta a las nubes, esbelta, multiétnica, azarosa, se insinúa en cada pared con toda la luminosidad de su cielo, pues cada casa es una reducción de la ciudad entera, y sus calles se cruzan y se esquivan en líneas de fuga, y entre todas tejen una red bulliciosa que, no obstante, es un silencio a la espera del titilar de una vela. Oaxaca, por el día, en pleno ajetreo comercial, con las puertas abiertas de sus tiendas, des­truye la frontera entre lo de dentro y lo de fuera. No hay zona interior privada, ni espacio exterior público. O mejor, lo que hay es una ab­sorbente confusión de la que resulta una visibilidad total. Ahí, a la distancia de un palmo, mientras paseamos por sus aceras, vemos al peluquero abstraído con la cabeza del cliente, a la chica extendiendo unas telas, una consulta de obstetricia, una oficina de representación de pesas y medidas; vemos la molienda del chocolate y el vestíbulo diáfano de los hoteles. Abiertos como heladerías, los locales parece que denigran las puertas mediante una ávida vocación de intemperie, de aire callejero. Todo, en efecto, está expuesto, pero no a la manera de los mercados, tan prolijos en las ciudades de México, sino de un modo claramente impersonal y, a la vez, recluido en una delicada in­timidad que no contradice su exhibición. Una colisión que acaso se explica por la mezcla de urbe cosmopolita y de ciudad provinciana, cualidades ambas, sin embargo, pronto desmentidas, la primera por la presencia indígena (que remite a su pasado etnocéntrico), la segunda debido a la situación geográfica de Oaxaca, centro natural y estraté­gico de comunicación. Así pues, se trata de una ciudad semejante a un estado de conciencia, un estado de finalidad que descarta, por tanto, sus propias especificaciones, puesto que ninguna la abarca, y su conjunto de cualidades y la expresión de su belleza tampoco la contienen. Un estado de conciencia de lo que fue México antes de los españoles (el inmenso valle de Oaxaca reúne las principales áreas ar­queológicas de Mesoamérica), de la época colonial (la ciudad con­serva su arquitectura), y del tiempo presente, donde confluye una magnífica diversidad humana que la convierte en una concentración a escala del mestizaje de México que, como previsiblemente ha seña­lado Vázquez Montalbán, «es un país precursor del futuro mestizaje universal».
Para el visitante que se inicia en su espacio, Oaxaca transmite la primera vez que se conoce una armonía de líneas muy serena, tal vez extraordinariamente plácida. Todos los edificios se rigen por el mismo sentido del orden, ninguno desentona, ni enfatiza, ni se infla con aditamentos espurios. La sensación más precisa es que la ciudad es sustancialmente la misma que en el siglo XVIII, pese a la ruina ocasionada por tantos terremotos, cuando contaba con una población de 14.000 almas. Esta impresión, sin duda precipitada (ahora alcanza casi medio millón de habitantes), sin embargo se fija con nitidez y se regenera a la caída de la tarde, siempre que los pasos nos guíen desde el Zócalo y la Alameda de León hasta el templo y convento de Santo Domingo, con sus calles adyacentes desprovistas de coches y de gente, pues a esa hora es sorprendente el sosiego, incluso el vacío, la imperturbabilidad del aire que se refleja en las fachadas. Oaxaca es una ciudad muy viva, latente en sus diversos estratos históricos, pero propensa a ejercer de ciudad deshabitada. Las altas ventanas y los balcones, con sus rejas de hierro forjado, producen el equívoco de estar dentro de un gran patio, en actitud vacante; detrás de las facha­das ha quedado suspendida toda actividad, sin un ruido, como si los edificios fueran vigilantes del silencio que los contiene.
Bajo el dominio de la noche, Oaxaca es recoleta y mística y un poco inmaterial. Al no ostentar letreros luminosos o caligrafías de neón, la luz de los faroles isabelinos aplaca la contundencia de la piedra, despojándola de peso, disolviéndola en la fatiga brumosa de las sombras. Excepto la catedral y Santo Domingo, todos los tejados tienen la misma altura, que consta de un piso añadido al piso de la calle, de modo que la mirada llega al cielo, y éste se reclina sobre las gárgolas, torciéndose hasta quedar prendido de los balcones. Por el día, en cambio, habitualmente luminoso, las calles desembocan, a lo lejos, en las estribaciones de las montañas, bajo densas nubes de luz espesa que prevalecen contra el azul del cielo. La vida está muy re­partida en Oaxaca, repartida y discreta, pero se concentra, sobre todo, en las arquerías del Zócalo, pobladas de restaurantes y cafés. En el centro de la plaza, rodeado de bancos de hierro ocupados por puestos de boleadores, por vendedores de bisutería, por indias de diversas et­nias (zapotecas, triquis, mixtecas...), se yergue el hermoso quiosco de música, una enorme pieza de casa de muñecas, con cúpulas de un verde opaco de jade sucio, vagamente rusas, a las que quieren tocar, desde el ángulo más extremo, las airosas ramas de un laurel de la In­dia.

La belleza de simplemente estar

Después de haber estado en tantos zócalos, en tantas plazoletas (muchas de ellas, como escribió Cernuda, informes y absurdas, aun­que encantadoras), con su quiosco de música, sus setos, sus parterres, sus árboles centenarios, bajo tantas arquerías a la caída de la tarde, viendo la luz que escapa por el oeste, y apremia a encender la clari­dad eléctrica sobre el mármol mojado de la mesa, ¿qué distingue un zócalo de otro, y qué distingue este zócalo de Oaxaca de todos los demás? No sé, será que aquí el tiempo transcurre de otra manera, o yo lo percibo de otra manera. Lo cierto es que no he apreciado, en nin­gún otro lugar, mayor claridad de asentamiento biológico que la que he sentido en Oaxaca. Una respuesta abstracta, vagamente eficaz, que involucra a la fascinación, pero que no se contamina de otras respon­sabilidades, históricas, estéticas o civiles. Pero ésta es la convicción que puedo exponer; como en el amor, hay que dejarse arrastrar. En Oaxaca he sentido, con una intolerable precisión, la belleza de sim­plemente estar, la dicha de permanecer, y esto debería bastar para de­sear recogerse en esta ciudad, y morir cuando el tiempo decida inte­rrumpir su fluir en el corazón.

Fotografía
Spike Mafford/2010

Lo mineral, lo oscuro, lo palpitante

¿Es Oaxaca un espacio de asedio artístico, como lo fue la Floren­cia renacentista o el París de entreguerras? Hay algo mineral, oscuro, palpitante, que convierte a esta ciudad en una zona de conflagración artística, donde el arte no es resultado de una búsqueda individual, sino de la indiferenciación de un sustrato popular, no por ello menos com­plejo, y más enigmático. La tradición artesanal de Oaxaca y de los pueblos colindantes se cifra en 500.000 artesanos locales, lo que pro­voca la eclosión de un edén artístico que emerge a través del mito, la magia y la fantasía milenaria. Por supuesto, estas apreciaciones son exageradas, pero sólo por exclusión, porque su potencialidad artística es real, se respira en el aire. ¿Será que la conexión entre el arte ente­rrado y la imaginación actual, que necesita del refrendo de la tradi­ción, es aquí más intensa que en otro lugar? Sea como sea, la herencia presente en el Museo de Arte Prehispánico de Rufino Tamayo, con su advocación artística de los antiguos artesanos, ha sido recogida por Francisco Toledo, también de origen zapoteco, sin duda el pintor vivo más internacional de México. Calificado con frecuencia de brujo, de mago, de chamán, de monje, estas definiciones son ciertas y gravitato­riamente inexactas. De Toledo importa tanto su obra personal como su incidencia en la vida artística de Oaxaca, donde ha creado un Ins­tituto de Artes Gráficas, una biblioteca para ciegos, la cinemateca El Pochote (diseñó también el jardín y la colocación de las piedras sobre la tierra cárdena), una fototeca y el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca. Además de promover talleres de arte y rescatar archivos históricos, ha propiciado la reconstrucción del convento de Santo Domingo. Todo ello siguiendo la tradición del anonimato artístico. En algunos de sus autorretratos, Toledo se representa como un dios viejo, un dios viejo que trabajara contra la amnesia. Carlos Monsiváis ha lanzado esta hipótesis sobre el pintor: «Toledo no quiere registrar el mundo a su nombre sino aclararse un sedimento personal (étnico, so­cial, literario) que no admite separaciones entre contenido y forma. A él le conciernen el inmenso zoológico o el infinito acoplamiento donde conejos, peces, venados, tortugas, cabras, mulos, vacas, igua­nas, indígenas, él mismo, todos en ronda perpetua y tribal, están a punto de la concupiscencia o de convertirse en paisaje de la melanco­lía, en amaneceres o atardeceres disueltos en imágenes».
Paisaje de la melancolía. La lluvia ha dejado un suave rastro de humedad que ilumina el verde del pavimento. Por esas piedras se po­drían deslizar lagartos, pero son pies oscuros, envueltos en otra piel, los que pisan el resplandor arrancado a las montañas. Después del sosiego ante las vitrinas del museo, conviene celebrar un ritual con mezcal, la bebida más ceremonial de México. Como el pulque y el tequila, el mezcal nace del maguey. Se cuenta que fue descubierta cuando un rayo golpeó un maguey, y por eso se considera una bebida llegada del cielo. Con mezcal se vierte el último trago encima del se­pulcro para despedir el alma del difunto. Se fabrica en casi todo el país, pero Oaxaca es el estado donde está más extendido. Se dice también que es una bebida de ceremonia: con el mezcal se ofrenda; con las otras bebidas, se brinda. En las fiestas se reparte en orden je­rárquico, no se puede rechazar, y se bebe con el ritmo que marcan las celebraciones, que con frecuencia duran tres o cuatro días. Se toma mordiendo antes una raja de toronja o de limón, espolvoreada con sal de gusano, y luego, si resiste el cuerpo, directamente de un trago a la garganta. Al ser una bebida ritual, el trago es bendito, consideración que no recibe la cerveza, la charanda o el tepache, que se beben sim­plemente. Quienes reciben con gusto en la garganta el sabor del mez­cal, dicen que abre la mente. Aunque sin ceremonia social por medio, en todas las cantinas de Oaxaca se bebe este licor surgido del fragor de un rayo.

El mezcal y la fiereza

La inclinación declarada a las cantinas mexicanas propone una visita a La Casa del Mezcal, donde fabrican su propio licor y donde, con la pedagogía cansada de los cantineros, explican al extranjero las variedades del mezcal, su graduación y su fiereza: el mezcal minero, que los dueños de las minas ofrecían a los trabajadores como parte de la paga, para soportar las duras faenas; el mezcal de pechuga, al que se añaden trozos de pollo o de guajolote; y el mezcal de gusano, que se envasa con el gusano del maguey en el fondo de la botella. En el local hay una atmósfera grasienta, turbia, humeante, y la puerta está custodiada por dos guaruras. El mostrador es una pesada pieza de ebanistería que ha necesitado muchas horas de trabajo. Es sólido como un animal prehistórico, con relieve de grecas y un comienzo de cornucopia invertida en los extremos, a manera de patas, y barnizado de un color claro sorprendentemente limpio. Por la derecha se accede al salón, de donde llega un estruendo apagado, ruidos de cristal y gritos. Allí hay otra barra, con una pequeña cocina, un cacharro al fuego y el olor mezclado del pozole y el chile. Hay hombres solos, algunos muy borrachos, que enseguida inician una conversación. Be­ber en México es desinhibirse y perder todo sentido de la autoridad. Los guaruras conocen bien esta insumisión, y están ahí para recordar que no hay escapatoria. Alguno pide, con el mezcal, una cerveza, y al preguntarle por la marca, responde con un alarde de ingenio:
— Me va a servir como a un rey: póngame corona.

El chiste, que es muy común, provoca risitas de complicidad, el palmoteo de un viejo, que está a punto de caerse, y un brillo raro y fugaz en los ojos del celebrado monarca. No se conocían, pero nadie lo diría. No se sabe de qué hablan, la conversación carece de sentido; con el nombre de un equipo de fútbol se mezcla el precio de la gaso­lina, y con menciones al PRI la endodoncia de un pariente; dicen mu­chas veces pinche y chingada, cabecean constantemente, están de acuerdo en lo que oyen antes de oírlo, y a la hora de pagar estiran mucho el cuello, se asombran del número de copas trasegadas, se in­vitan mutuamente, y salen juntos llamándose compadre. Su lugar no queda vacío, hay un rápido desplazamiento, los parroquianos de la barra beben superpuestos o amontonados, como en una manifestación, y cuando alguien se va, se disgregan y dejan circular el aire, pero sólo un momento; al rato, otra vez se produce el amontonamiento, lo que no impide, por efectos de la gimnástica alcohólica, llevar sin de­rramar la copa de mezcal a los labios. Quienes arrastran un cuerpo contundente, habitualmente embutido en una camisa con los botones a punto de estallar, tienen conquistado su propio lugar, en un rincón, donde beben jerarquizando los sabores, con un empecinamiento muy alto de la justicia distributiva: minero, pechuga, gusano, y vuelta a empezar. En diez minutos pueden beber siete copas. Estos bebedores nunca se van; han hallado un edén a punto de derrumbarse, y quieren ser testigos de la ruina final. En las mesas, en cambio, el ritmo es más lento, e incluso particularmente demorado. Cerca de un grupo de mestizos hay un hippie rubio, pálido, del tiempo en que Bob Dylan no cantaba al Papa, un sobreviviente con los ojos enrojecidos; lleva al hombro una mochila con una red exterior de la que cuelga una bolsa de marihuana. Reconcentrado, en diálogo con su ondulante mundo interior, no sabe, o lo ha olvidado, que se expone a estar encerrado en una celda mugrienta, aislado, hasta que los policías le saquen todo su dinero. Un italiano, sin recursos ni familia, estuvo preso tres meses en un infecto calabozo con las ratas por única compañía. Su delito: llevar dos pitillos de marihuana. El hippie absorbe el líquido, pero antes derrama unas gotas en el suelo, que es el modo ceremonial que tienen los indígenas de beber el mezcal, derramándolo en tierra u ofrendando el vaso en las cuatro direcciones. Se ve que, él sí, viene a La Casa del Mezcal a cumplir un ritual. Nuestro rito, al contrario, ca­rece de gestualidad, es una devoción laica, pero muy provechosa; se abastece de los efectos de irrealidad que provoca el licor y de la lu­minosidad que prende en las cosas. Una sensación de amplitud que enciende la imaginación. Al salir a la noche, con la venas agitadas, sutilmente ebrios, los ojos ven el contenido de la noche, los colibríes que brotan del peinado de una mujer, la llama del aire moviéndose al compás de un taconeo, la rosa en la mejilla de una vieja, los ojos de la amistad, que crean luciérnagas que no se extinguen y fosforecen después de haberse apagado.

 

 

Ciclo Literario.