La literatura, el suelo sísmico y la irrupción de lo abierto

Sofía Lancho Drozdowskyj


Al filósofo Ignacio Castro Rey, que piensa y escribe desde Madrid, se le plantearon desde un taller de escritores una serie de preguntas que produjeron un prisma donde todos quienes se encuentren en el camino de la escritura hallarán, antes que una aclaración, una vibrante fuerza a compartir: lo que llamamos cultura (esa organización institucional) es el peor obstáculo para que de vez en cuando ocurra el milagro que llamamos arte, la literatura –nos dice- nace solamente con el roce de lo intolerable y a  la postre, casi todo lo que triunfa en la luz pública es bastante aburrido y humillante, ajeno a la literatura que merece ser leída. Con frecuencia la mejor literatura está condenada a la clandestinida

 

-En todos los talleres y libros sobre literatura hay siempre un tema que se repite: la relación del texto con el autor y sus circunstancias. ¿Crees que se puede escribir un libro sin dejar que el mundo del autor se refleje en él?
-No, no lo creo, pero “el mundo del autor” es una expresión extremadamente ambigua, de la misma manera que lo es la palabra “reflejo”. Se podría decir que existe la literatura, sencillamente, porque en una serie de cuestiones cruciales estamos solos, sin remedio y sin contexto, sin mundo. Ya sé que actualmente la gente no quiere estar a solas con nada, por tal razón nos pasamos el día compartiendo idioteces, pero en algunos momentos cruciales e inconfesables lo inmundo nos rodea por dentro. “Vivimos como soñamos, solos”, dijo una vez Conrad, y creo que sin tomar en serio algo de esta verdad, la literatura antigua y moderna se vuelven incomprensibles. O reducidas a una colección de tópicos escolares, lo cual es todavía peor. Una cosa es que en Lispector, en Walser o en Sebald se reflejen estratos de un entorno. Algo muy distinto es que la literatura se limite a eso. Si hay una obra –Indignación, de Roth- hay un salto mortal por encima de la sociología de las “circunstancias”. Si hay literatura, es ella la que explica el “contexto”, y no lo contrario. La literatura existe debido a una ambigüedad radical en lo que llamamos mundo. Únicamente la inflación de la sociología en la modernidad, este desarrollo “dialéctico” que difícilmente podemos separar de las tecnologías de doma del hombre, ha permitido emborronar el vértigo de la ambivalencia real, este suelo sísmico del que brotan la novela y la poesía.

Fotografía
Ragnar Axelsson/1995


Sin duda, Andrić es uno de los productos del magma social balcánico de comienzos del siglo XX. Sin embargo, entendemos ese “contexto” histórico a partir de la invención de Andrić, esa pirueta en el aire que es Un puente sobre el Drina. La literatura redefine el contexto, a veces ayudando a producir cambios sociales, a partir de una creación ex nihilo, de un pacto con el diablo del vacío. Esto explica por qué en el mundo contemporáneo, tan “lleno” de marcas, ese pacto es extremadamente difícil. El narcisismo del mundo cultural, su habitual falta de humildad en relación con las sombras, es el primer obstáculo para la creación, mayor aún que la presión obscena del mercado. Los creadores que buscan el éxito a todo precio se asustan ante unos márgenes donde el público, las cámaras y los focos no están presentes. Y sin embargo, ese borde salvaje es crucial para que haya una obra singular, algo que sea algún día memorable.
En relación con esta irremediable y fecunda soledad, existe otra cuestión. Lo social es un concepto posterior y más restrictivo que lo popular. Lo “social” es el aspecto que hoy toma con frecuencia el poder nihilista del Estado. En toda la literatura que perdura –es maravillosa en este sentido La piel, de Curzio Malaparte- hay una absoluta pasión por lo popular, una fascinación que no excluye una visión a veces muy dura de la crueldad odiosa que a traviesa a los pueblos. Nuestra preocupación por “lo social” es contemporánea y desconfía de todo “populismo”. Entiende lo popular como algo ya encuadrado, organizado y estabulado por la distribución de papeles que otorga la visibilidad civil. Por el contrario, lo popular es algo más bárbaro. La plebe de Genet o de Pasolini, los pueblos de Handke o de Berger, encarnan una humanidad mítica que jamás entrará en los cauces institucionales de lo moderno y estatal, ese parque humano que los intelectuales ilustrados adoran.
- Muchos dicen que una excesiva implicación por parte del autor puede llegar a “matar el arte”, que se supone que va más allá de quien sostiene la pluma. ¿Estás de acuerdo con esto?
Estoy básicamente de acuerdo. No es el autor, tal sujeto particular apoyado en su biografía, quien escribe. Muy lejos de esto, ocurre más bien que una persona con una especial sensibilidad, un individuo dotado de cierta potencia perceptiva y una alta formación –con frecuencia clandestina y autodidacta- logra que a través de él surjan corrientes impersonales. Si no se da esta violencia exterior, no ocurre nada… y estamos otra vez a las puertas del aburrimiento cultural. Si ocurre, se trata de líneas de brujería, campos de fuerza más bien anónimos. El personaje del autor, con su historia y sus manías –con frecuencia con sus miserias gremiales-, es la escalera a través de lo cual surge una fuerza externa, una forma original de relacionarse con lo desconocido. Si esa mediación del control personal –las propias convicciones, la biografía, la conciencia y los íntimos objetivos- no se derriba en el momento justo, sólo sale de ahí un buen trabajo canónico. El buen “oficio” únicamente produce obras correctas y mediocres que no nos hacen pasar vergüenza, nada más.
Una obra de arte es otra cosa, por eso sigue siendo “actual” durante mucho tiempo y atraviesa la costra de las épocas con un veneno denso, lento, un poco demoníaco. En Aprendizaje de Clarice Lispector, brilla una relación con lo “inhumano” que en general nos asusta. Clarice fue ahí solo un médium para tal irrupción. Me consta que esta frase suena un poco esotérica –peor aún, “romántica”-, pero creo que sin algo parecido a un pacto con el diablo, con el demonio de lo espectral y asocial, no hay obra. El autor y su historia contextual sólo representan el conjunto de condiciones necesarias, aunque esencialmente negativas, que son el punto de partida para algo distinto de lo personal. Como decía un clásico del siglo XX, y es cierto, la peor literatura se escribe con los mejores sentimientos. Es necesario tenerlos, aunque acto seguido es obligado violentarlos, ponerlos a prueba con la irrupción de lo abierto. Si no ocurre esto, estamos simplemente ante lo que se llama ficción, un género industrial que, aunque a veces sea digno, tiene esencialmente la función de entretener nuestros diarios desplazamientos laborales en transporte público. Y creo que el efecto real de la literatura puede y debe ser muy distinto al de complementar el sistema productivo. Por tal peligro, el de abrirnos otra percepción del mundo, la censura existe y tiene efectividad social. Protege al rebaño humano del afuera; antes, con la prohibición estatal, ahora con la hostilidad silenciosa del mercado y la publicidad.
- A veces la implicación del autor no se limita a un mero reflejo de su forma de pensar o de expresarse, sino que persigue un fin concreto. ¿Hasta qué punto forma parte ese objetivo de la literatura? ¿Tiene que haber siempre una intención detrás de una obra, o se puede escribir sin una motivación concreta?
-Creo que el primer compromiso es con lo vivido, que siempre está cargado de ambivalencia y de sombras. Cuando el poeta estadounidense Gary Snyder habla de un “compromiso moral con lo no humano”, me parece que está dando en el clavo, apuntando a una relación con la “barbarie” exterior, con la masa bruta de vivir, sin la cual una obra se torna imposible. En tal sentido, por paradójico que parezca, lo que habitualmente llamamos “cultura” es el peor obstáculo para que de vez en cuando ocurra el milagro que llamamos arte. En resumidas cuentas, con las mejores intenciones no se hace una obra. Si la motivación es básicamente  ideológica”, difícilmente saldrá de ahí otra cosa que un buen producto de escuela. Detrás de una novela o un poema que valen la pena leer al cabo de un siglo -el Ulises de Joyce; aunque no sé si será el caso de Canadá, de R. Ford- existe naturalmente una idea fija, una intencionalidad obsesiva, mil planes y un inmenso oficio. Pero también existe, ante todo, un derrape de sentido, una entrega al coro que tenemos en la cabeza, un murmullo que es ajeno incluso a la conciencia del autor. Repito que la fidelidad de éste debe ser sobre todo al pantano de la duda, al magma de lo vivido, a las voces oídas en los bordes de lo reconocible. Si el “autor”, en definitiva, no ha pasado una temporada en el infierno, muy lejos de la cobertura que llamamos sociedad y cultura, probablemente no hay mucho que contar. Además, en el campo de las intenciones y los objetivos, ya está casi todo dicho.
- La única intención de muchos textos parece ser la de entretener: ¿crees que es una motivación “legítima” para escribir un libro o tiene que haber algo más?
-“Entretener” vuelve a ser una palabra equívoca. Entretener, borrar el mundo y el tiempo, conseguir que alguien se olvide sí mismo, no es nada malo, pero… –si el público al que uno se dirige no es definitivamente idiota- es una de las cosas más difíciles del mundo. La norma actual, y esto es algo muy distinto, es adaptarse al programa de entretenimiento general y repetir los tópicos del mercado. Esto lo hacen naturalmente los autores que realmente no tienen nada que contar, que no se han atrevido a estar solos. En otras palabras, se trata de celebridades que escriben de oficio, como podían dedicarse a cualquier otra cosa que les diera fama y dinero. Aquí las palabras de Rilke siguen siendo válidas: “Pregúntese si podría no escribir, si podría dejar de hacerlo”. Basta que una obra pueda no ser hecha, para que sea aconsejable dejarla. Si una novela o un poema no surgen de una imperiosa necesidad, de algo muy parecido a la urgencia del hambre, es sencillamente un “producto cultural”, algo bastante banal que se limita a reflejar el contexto literario o histórico. Escribir no surge de haber viajado y leído mucho. Eso sólo da lugar, nunca se insistirá lo bastante en ello, a un trabajo correcto que, aunque se convierta en best-seller, se parece demasiado a la información, al entretenimiento que ya circula en los medios.
- Siempre nos han enseñado que los grandes autores buscaban ese “algo más” en sus obras: el compromiso social. No nos faltan ejemplos de libros que fueron el motor de cambios sociales muy importantes, pero, ¿cuál es la verdadera función de este tipo de obras dentro de la historia? ¿Puede la publicación de un libro sacudir los cimientos de la sociedad, o la relación entre ambos eventos es meramente circunstancial?
-Me inclino por lo último. Además, tampoco sé muy bien qué es eso del “compromiso social”. Céline tiene una ideología más o menos fascista y, sin embargo, eso no resta un ápice de la potencia generatriz de su escritura. ¿Cuál es el compromiso social de Borges, de Plath, de Unamuno? Es indiferente, pensando en la literatura que nos hiere y deja una huella, la ideología del autor, sus intenciones, el compromiso social al que apunta. Todo esto es la morrena del glaciar, el material de arrastre inevitable de una corriente que, propiamente hablando, no tiene más objetivo que darle forma a una imperiosa vivencia que nos amenaza, ya que no tiene precedentes. Si la obra no brota de este irracional objetivo casi médico, el de curarnos de una experiencia que puede volvernos locos, estamos todavía en el terreno de la academia o del periodismo. La piel de Malaparte manifiesta un amor infinito por el pueblo italiano, pero esto lo hace desde todo lo que ha violentado al autor, no desde una ideología que el autor controle. Por lo demás, los efectos de un libro son casi imprevisibles. Con frecuencia la mejor literatura está condenada a la clandestinidad. Incluso aunque sea premiada, permanecerá en buena medida sumergida. De todas formas, decía María Zambrano, si hay una obra, el rumor de lo común ya está dentro, aunque el aplauso público nunca aparezca.

Fotografía
Shelby Lee Adams/1993


-Ciertos movimientos artísticos, como el romanticismo, se caracterizan por no hablar del mundo inmediato al autor, sino de otros más o menos inventados. ¿Puede haber compromiso social sin hablar de la sociedad?
-Nunca, ya desde Larra o Byron, menos aún desde el imperio aplastante de la información, la diferencia entre lo “inventado” y lo “real” ha sido más ambigua. Sí, puede haber “compromiso social” en una novela que hable únicamente de la soledad del ser humano, en esta época y en cualquier otra. ¿Qué hay más “social”, más común -incluso “comunista”- que la soledad del hombre, las dramáticas dificultades de comunicación de cualquiera, aunque este humano no sea un genio? En tal sentido, Memorias del subsuelo –o El guardián entre el centeno- tienen una carga “social” inmensa, precisamente porque están escritas desde la espiral de aislamiento más perniciosa. Lo mismo se puede decir de los poemas de Álvaro de Campos, uno de los heterónimos de Pessoa. Ocurre algo parecido con Carta breve para un largo adiós, de Handke; la desolación es casi completa, y sin embargo la humanidad, y “América” entera, se hacen presentes como en pocas novelas recientes.
- Para provocar un cambio social a veces es necesario ir más allá de la propia estructura: necesitamos cambiar las normas morales. ¿Es posible hacer eso con un libro o hace falta algo más?
-Es de temer que hace falta “algo más”. Por sí mismos los libros apenas pueden hacer nada. Hace falta un movimiento popular dirigido por líderes que escuchan lo que un pueblo necesita, y esto poco tiene que ver con los libros. La literatura no tiene la obligación de provocar un cambio social, sino de entender la vida, ese rumor común y enigmático que siempre permanece sumergido, bajo cualquier cambio histórico. Para tal osadía, para crear algo nuevo es necesario maltratar el propio cliché. Creo que era Pascal quien decía que la verdadera moral comienza por transgredir las normas reinantes. De todas formas, el efecto de la literatura es casi completamente imprevisible. Y hoy en día, en esta sociedad tan maniatada por una interactividad endogámica –Baudrillard hablaba de una promiscuidad incestuosa-, es difícil que ningún libro cambie nada, excepto quizás las modas que imperan en el negocio literario.
- Ahora nos parecen muy evidentes los cambios que ha sufrido la sociedad a lo largo del tiempo, pero, ¿cómo sabemos en qué dirección hay que tirar si no podemos fijarnos en el futuro? ¿Se puede escribir simplemente reivindicando un cambio, o hay que tener claro primero en qué debe consistir ese cambio?
-Tal vez cambiar es bueno por sí  mismo, si ese cambio pulveriza la seguridad del canon vigente. Pero no hay por qué “tirar” en ninguna dirección, salvo que queramos averiguar los gustos de lo que se llama “audiencia”, de ese público cautivo. E incluso esto me parece difícil. Creo que nadie, y menos que nadie el escritor, debe fijarse un objetivo distinto a la necesidad inconfesable que le dicta su vida. Sólo tenemos una vida. Lo que hay de intransferible en ella es nuestra primera y casi única propiedad. Es muy posible que todos los grandes creadores sean personas de una única idea, de un único tema, aunque se despliegue en cien escenarios distintos. Bajo este drama late otra cuestión. Es probable que el tema de fondo de la literatura sea lo que no cambia, aquello que no puede cambiar porque no pertenece en absoluto a la historia del hombre, sino a un fondo de dolor y vértigo que hace que la literatura, a pesar de la inquisición de la comunicación, siga existiendo.
- El tiempo nos permite mirar al pasado con perspectiva, pero, ¿crees que podemos percibir la importancia de una obra contemporánea? ¿Es posible que haya libros que ahora pasen casi inadvertidos, pero que algún día formen parte de la historia?
-No sólo lo creo, estoy seguro de que es así. La inmensa mayoría de los libros que formarán “parte de la historia” pasarán hoy completamente desapercibidos, incluso serán despreciados por la crítica y el público. Ni siquiera está claro que sea fácil mirar el pasado “con perspectiva”. ¿Cuánta gente valora y ha leído Cartas a un joven poeta? La estupidez del mundo contemporáneo, en parte debido a la apisonadora del mercado informativo, es completamente deprimente. Si nos fijamos sólo en el destino de dos películas recientes y soberbias, muy vinculadas a la buena literatura, Detachment (“El profesor”) y To the wonder, es como para echarse a temblar. Es difícil que la denostada Inquisición medieval haya sido más cruel y despiadada, con las rarezas y las herejías que se atreven a poner en duda el canon vigente, que esta sociedad del conocimiento. La literatura y el cine tienen que ver con la violencia de la verdad, no con la organización institucional que llamamos cultura.
-Por último, nos gustaría plantearte la duda que todo escritor tiene, sobre todo cuando empieza en este mundillo: ¿Comprometerse o no comprometerse? ¿Qué nos aconsejas?

-¿Comprometerse con qué?, insisto. ¿Con qué aspecto de nuestra compleja andadura hemos de comprometernos? Según en qué lado de nuestra abigarrada experiencia hagamos hincapié, nos inclinaremos al crimen o a la santidad. Y las dos cosas pueden estar bien, al margen de los habituales moralismos, con tal de que adquieran la eternidad de una forma. En todo caso, sobran compromisos y campañas de solidaridad. Compromisos formales, institucionales, establecidos y reconocidos: sobran. Hay sin embargo pocos seres humanos, en todos los campos, que se comprometan hoy con lo más oscuro de su experiencia, que vivan de acuerdo con la dureza que han experimentado. Y esto último, en el fondo, es lo único importante si estamos hablando de arte y de literatura; incluso de moral o de política. No existe ninguna necesidad de más escritores, de más artistas, de más poetas. Y esto no sólo porque se lea cada vez menos y haya ya demasiados autores ignorados. Lo único verdaderamente importante que alguien puede preguntarse es cómo servir a su propia y más inconfesable experiencia, en qué cree, a qué debe serle fiel. En otras palabras, ¿cómo estar a la altura del peligro mortal que, lo quiera o no, le ha tocado en suerte a cada uno? Esto no pasa necesariamente por la escritura. En un pastor de cabras, en un buen bebedor, puede haber más “literatura” que en un mal escritor. Si se escribe a la fuerza –la literatura nace solamente por el roce con lo intolerable- ser un buen escritor o no serlo es una pregunta que debe hacerse poco y que tiene una difícil contestación. ¿Qué más da, además, si esa persona no puede hacer otra cosa y no puede dejar de escribir? Ya dirá la historia lo que vale. O no lo dirá nunca, pues no olvidemos que la inmensa mayoría de las novelas o películas que habría que conocer han sido vapuleadas por la historia. Yo les diría a los jóvenes que busquen dificultades resistentes, algo que reviente nuestro esterilizante narcisismo. Cuando todo el mundo se cristaliza en su alternativa: un poco de fiebre, por favor, decía Pasolini. Todo lo demás es el dogma del aislamiento cercano y la conexión lejana, este despotismo democrático –venido del Norte- que confirma nuestra inercia y nuestra esclavitud, la condición de público cautivo que nos aqueja. A la postre, casi todo lo que triunfa en la luz pública es bastante aburrido y humillante, ajeno a la literatura que merece ser leída.

 

 

Ciclo Literario.