La hamaca de Andrés

Rogelio Henestrosa


Mesa y sobremesa
Conversaciones con Andrés Henestrosa
Edición de autor
2010

 

Sobrino de Andrés Henestrosa, el autor del libro Mesa y sobremesa ––apuntes de sus conversaciones con su ilustre tío–– nos entrega una imagen del longevo escritor, captada durante su última década de vida, periodo que disfrutó como habitante de un pueblo oaxaqueño de los Valles Centrales donde reflexionaba, leía y soñaba.

Una tarde invernal lo encontramos solo, un poco aburrido, nervioso, acostado en una hamaca de fabricación juchiteca hecha de hilos de seda color de rosa, cuyas cabuyeras penden de unos ganchos empotrados en las paredes de una pequeña estancia con piso de ladrillos; esta da a un jardín ubicado entre la biblioteca “Fray Juan de Córdova” y la recámara de su casa.
De pronto, algo llamó su atención, enfocó su mirada al hermoso cielo azul del valle de Oaxaca y exclamó optimista: “¡Qué bonito cielo, verdad? Despejado…¡Qué hermosa tarde! Enseguida sus ojos, con la luz propia de un niño, lograron distinguir un cuerpo metálico color platino, en movimiento, surcando el aire. Se trataba de un avión. Era éste un día en el que el teléfono de su casa estaba descompuesto, por lo tanto había quedado sin comunicación con el mundo exterior. Un poco enfadado, dijo: “¡El hombre moderno ya no puede vivir sin teléfono!” y después de una pequeña pausa se sentó, mientras sus pies calzados en pantunflas hacían contacto con el piso para mecer la hamaca.”¡Qué bárbaro  soy, verdad? Acabo de cumplir 94 años y aquí estoy, no me duele nada”.

Fotografía
Andrés Henestrosa


Don Andrés es un portento de erudición; confiando en su acervo cultural nos dice: “Pueden preguntarme lo que quieran, yo les responderé, salvo que se trate de ciencia; con eso no me llevo”.
Le pregunté: “¿Por qué decidió construir la casa de Tlacochahuaya?”
“Elegí este lugar para vivir y morir, un sueño que a todos nos está permitido, porque aquí habitó de 1543 a 1598 un hombre sabio: Fray Juan de Córdova, que vivió 98 años y quiso morir en este lugar, aunque en verdad murió en la ciudad de Oaxaca. Quise juntar mi nombre con el de este fraile, quien aprendió la lengua de los indígenas y escribió el primer Vocabulario castellano-zapoteco y Arte de la lengua zapoteca. Yo también estoy a punto de concluir un diccionario en la misma lengua nativa”.
Tlacochahuaya es un apacible lugar situado en la región de los Valles Centrales, a 17 kilómetros de la ciudad de Oaxaca y a tres de la carretera internacional Cristóbal Colón, rumbo a Mitla y Tlacolula después de haber pasado el milenario sabino llamado Árbol del Tule.
Este pueblo es un remaso de paz y tranquilidad para Andrés Henestrosa, donde lee y escribe, escribe y lee; descansa y sueña, sueña y descansa lejos de la polución citadina. Aquí se puede disfrutar del aire puro y el sol, de la belleza del paisaje campirano de clima ideal; del trino de los pájaros, el sabor de alimentos frescos y el trato amable, sincero y cariñoso de la gente de esta provincia oaxaqueña, que con orgullo conserva su lengua indígena: el zapoteco; de igual manera, se goza de sus costumbres y tradiciones.
Tlacochahuaya es una palabra de origen náhuatl que se deriva de tlacuechahualistle: humedad; yau, lugar: “lugar húmedo”. Es un pueblo con pocos transeúntes en las calles. La mayoría de sus casas son de adobe. Tiene dos barrios con nombres en zapoteco: Cue doo (junto a la iglesia) y Cue zee (junto al elote). Sus habitantes se dedican a las labores agrícolas; la tierra produce maíz, frijol, chile de agua, calabaza, jícama, alfalfa y una maravillosa panacea digna de nuestro elogio: el ajo criollo  ––que las mujeres del pueblo venden en los mercados y tianguis de la ciudad­­––. También cultivan flores: borla (cresta de gallo), nube, cempasúchil  (clavel de las indias) y pelambre.
Ahí se celebran dos fiestas importantes durante el año. Una, en honor a San Jerónimo, patrono del lugar, el 30 de septiembre; la otra es la fiesta del “Cerro de las azucenas”, en el mes de julio, que los lugareños llaman en zapoteco lani guiée dani y es semejante a la Guelaguetza o Guendalizá de los “Lunes del cerro”. En esas fechas la gente del pueblo se reúne para convivir, todos disfrutan de la música y la danza y comparten alimentos y bebidas; mezcal, cervezas, refrescos y agua de frutas; tamales de varios tipos (de rajas, de dulce, de nuez, de frijoles, de mole negro, verde y amarillo con carne de pollo).

   Atrae mucho la atención de los visitantes su hermoso templo colonial y ex convento del siglo XVI, en cuyo interior resaltan los frescos floreados pintados con grana cochinilla, la extraordinaria pintura de San Jerónimo, obra de Juan Arrué, y un antiquísimo órgano tubular traído al lugar en 1620, instrumento musical que recientemente fue restaurado y ahora se ha vuelto a escuchar en el acompañamiento de toda ceremonia religiosa oficiada en dicho templo. Su moderno palacio municipal luce portales de arcos coloniales y un parque con floridos jardines y verdes setos vivos donde aún se conserva un reloj de sol. Hay una Escuela Normal Bilingüe e Intercultural del estado de Oaxaca, y la biblioteca del Centro de Estudios Oaxaqueños Fray Juan de Córdova, en la casa de Andrés Henestrosa (Calle de Unión número 18, a pocos metros del templo y el palacio municipal). Allí, en uno de sus extremos cuelga una hamaca, que para Andrés es una bendición, donde sestea, descansa, lee, medita y sueña como si estuviera en su tierra natal.

 

 

Ciclo Literario.