La  cantora

Artemisa Vega


Fotografía
María Aguirre del Pino.
Madre de Agustín Lara /1895

 

Hombre mío, cómo hablarte desde esta estancia de sombra; desde esta ciudad fortificada donde me acorralan tus ojos, el vestigio de tu pelo. Hombre mío, si me recuerdas, olvídame, pero antes déjame cantar aquel delirio, el paso de ti en mi cuerpo trozado por doce heridas. Déjame que honre el resplandor de tus horas alrededor de mi cuello, la ceniza de tu corazón en la penumbra.

Escucho el rasgar de cuerdas en la ventana, ahí hace signos y me llama una ventisca que huele a tu desdén. Desde esta habitación donde cabe todo lo que soy, cedo al temblor de llorarte. Tomo mi guitarra de cantora y gime un bolero de donde sale el mar. Un mar arborescente. En él colmo mi vocación de ahogada en vida, trago peces muertos, la borrasca de la última tempestad.

Hombre de dulce y sereno estar, que apareces para acallar un tiempo de cigarras, soy la desterrada en el pudrimento de la vida. Sólo tengo mis tristes canciones que han sido tuyas desde antes de mí. Desde que soy en el designio de Dios, ya te cantaba. Desde el vacío de donde viene todo, preparaba estos cantos que ahora se revuelcan en la espuma.
Esta humilde habitación nunca pisada por tu virilidad se herrumbra con el salitre del océano. Soy la exiliada de ti, pero tanto tuyo he recibido que creí merecer tu territorio. Perdona esta llovizna, el deshuesadero en el que dejo mis restos y me atrevo a cantar. Canto a pesar de la sordera; el mundo estalla pero no lo escucho. Lo que oigo bulle adentro. El ruido que asola afuera topa conmigo, se detiene. Hombre alado, evanescente, cómo señalar el inicio, cuando empezaba a morir nuestra primera vez.

Era quizá un tiempo de palomas. Era mi rubor de adolescencia, tu larga cabellera, tus ojos rasgados y obsesivos. Cómeme con tu respiración, te pedía; tómame como temen los que no conocen el temor. En medio de nosotros, nada, sólo un largo tiempo sin venir, una escala de notas sin cumplirse. Creció la música en la espera de quererte, un esperar sin qué. Después fuiste los ojos, la espesura de una selva en la mirada. La mirada terminó en locura, sembró incendios y rencor.

     Se dio entonces el milagro y esos ojos fueron miel en tu mirada de ángel, pero criatura del engaño, un abismo esperaba en el rito de alimentarnos con el huevo ofidio de la avidez. Supe así cuántas veces te amasaré y serás la blanda harina de la ilusión. Con mis manos, con mi saliva te daré forma, moldearé tus brazos, te daré boca y besos de sal. Pondré en tu pecho un pedernal de guerra para reflejarme en ti. Desde allí cantaré, te masticaré, me desgañitaré, te devolveré a la sangre y a mi voz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciclo Literario.