Hernán Cortés:
jefe de guerra, historiador de sus hazañas y el primer novelista moderno

Lorenzo León Diez


Christian Duverger
Crónica de la eternidad
Taurus
2012

 

Que el historiador francés Christian Duverger haya escrito un libro en el que sostiene que el autor de La historia verdadera de la conquista de la Nueva España ––obra  fundacional de la cultura americana––sea Hernán Cortés y no Bernal Díaz del Castillo, desató en el ala orgánica del ámbito periodístico cultural de México (Nexos) ––nutrida de ramales académicos; conectada en directo con las oficinas gubernamentales desde prácticamente siempre––  una tormenta de denuestos y cuasi ofensas en contra del intelectual europeo; ataques que tienen la virtud de mostrar, como si se tratara de una radiografía, cómo funciona este cuerpo editorial; situación que ya había sido revelada por Octavio Paz en aquella memorable pelea entre los dos grupos (Nexos vs. Vuelta), y en la que el poeta señaló que actuaban los de Nexos como un frente militar. Ahora lo vemos nuevamente: el director emite una orden (de opinión) a todos sus soldados y en un mismo instante todos apuntan y disparan. Ese estruendo, con su nube consecuente, disipa más que oculta: muestra un fervor en defensa de las enseñas nacionales y de la tradición cultural mexicana, pues se ha considerado en nuestro país esta obra de Bernal como si de un libro sagrado se tratara, como si fuera un equivalente de la Biblia o el Corán.
La de Duverger es una investigación que descubre, con el impulso de una mente abierta, la autoría verdadera de esta historia verdadera. Que cause tal escándalo en su contra indica que fue escrita por una sensibilidad iconoclasta.

Pintura
Félix Parra/1845-1919

Que su reflexión acusiosa sobre las numerosas incertidumbres que rodean el tema (pues la celosa documentación con la que se cuenta no alcanza a elaborar certezas abolutas, nos explica)  sea tomada como afrenta  por los escritores agrupados en este bloque de Nexos, crea un interés adjunto al propio asunto, y es el de la existencia de una adhesión psicológica particular vinculada a este libro del cual el manuscrito original ha desaparecido y se conocen dos versiones impresas que funcionan como originales.
Bernal Díaz del Castillo ha cultivado a lo largo de los siglos el especial afecto de los mexicanos por tratarse no de un militar de rango o un dignatario de la Corona, sino simplemente de un soldado, uno más de aquella pequeña tropa de españoles que, sin haber tenido grandes reservas militares a sus espaldas, desencadenó una formidable guerra entre miles de indígenas pertenecientes a cientos de pueblos mesoamericanos que hablaban decenas de idiomas. Durante cinco siglos ha asombrado a todo mundo esta hazaña y desde entonces las mentes más finas se han ocupado de narrarnos las aventuras de los conquistadores que fundaron una nueva cultura.
La historia verdadera[…] ha sido el hilo conductor de todas las narrativas posteriores de la epopeya de la conquista, y sus valores propiamente históricos están fuera de discusión. Como dice Duverger: La historia verdadera […] sólo da informaciones válidas que pueden ser cotejadas con los archivos existentes hoy en día.
De esta manera, la historia de Bernal Díaz ha transcurrido fielmente en los pies de página de decenas y quizá cientos de libros sobre la conquista de México. Los hechos que narra  avivaron de inmediato el interés y la imaginación de los lectores modernos por seguir esas míticas y reales aventuras. Lo demuestran las ediciones y traducciones del best seller Cartas de Relación de Hernán Cortés, éxito editorial que suscitó la envidia de los cortesanos de Carlos V y del mismo monarca, quien se vio precisado a prohibir y quemar los libros que circulaban profusamente no solamente en España sino en toda Europa.
El valor testimonial del libro de Bernal Díaz, publicado por primera vez en dos versiones (una tras otra) por la Imprenta Real de Madrid en 1632 (al mismo tiempo que el manuscrito desaparece) nutrió las bibliotecas de los eruditos e investigadores del tema mexicano, y el gusto de lectores de toda índole. A este público es al que ha destinado ahora su libro Christian Duverger, antes que ––dice en la entrevista que le hizo Nexos–– a un cenáculo, que son precisamente los que se sienten ofendidos por esta investigación policiaca, donde ningún detective parece haber agotado todas sus intuiciones.
Si comparamos el libro de Bernal con el de otros cronistas novohispanos que han sido leídos solamente por los especialistas, debido, sobre todo, a sus formatos lentos y farragosos, propios del idioma renacentista, nos percatamos que el éxito de la Historia verdadera no se debe solamente al contenido del libro, sino también a su estilo. Podríamos pensar que el autor de la crónica  escribió de oído, de manera bastante espontánea y recreó con toda fortuna ritmos de prosodia que tenía en mente, logrando componer su relato a la manera de las epopeyas para ser recitadas. Es sin duda un creador de idioma, un apóstol del neologismo y es patente que se divierte inventando un brillante vocabulario para su personaje aun cuando se esfuerza en estropear las palabras demasiado sofisticadas y así mantener la tonalidad popular del soldado raso.
El libro de Duverger crea varias escaramuzas en este ataque definitivo de Hernán Cortés (si consideramos a Duverger como vocero de su espíritu) por el reconocimiento de sus atributos como historiador, de sus hazañas y de su carácter de primer novelista moderno. Sería entonces Cortés no sólo el gran jefe de guerra de su tiempo, sino primordial literato de su época y fundador de la novela como género. No hay que olvidar que Carlos Fuentes le dio este último carácter a la Historia verdadera […]. Digamos que Duverger entraría como historiador en la perspectiva señalada por Iván Ilich, quien “pensaba que el historiador debe despojarse de sus certidumbres modernas, dejarlas en el vestuario, y adelantarse en el pasado libre de certidumbres de otro tiempo: el nuestro” (Repensar el mundo con Ivach Ilich. Jean Robert, 2012).

     Duverger apuesta evidentemente por la “acuidad de sus percepciones”, por la  “presencia en sí mismo”, o sea: el sentido que le llega de “su propia carne palpitante, vibrante y pasajera, que sólo vive un momento en la tierra”, como reza el poema de Netzahualcoyotl.

Cortes y la Malinche
Pintura de José María Uría y Uría/1890

Por todo eso el historiador francés señala a sus detractores de Nexos que sus viajes durante 20 años a todos los lugares donde pasó Cortés, le “dieron un conocimiento interior de los paisajes, de los ámbitos, de los olores. No puedo transcribir lo que me dijeron los austeros muros de coral blanco de la casa de Santo Domingo (donde Cortés vivíó y Duverger también habitó durante tres años). Pero aprendí a oír las olas nocturnas del Caribe, a percibir la topografía del poder, a soñar el espíritu de la conquista”.
Siendo el del Duverger el primer libro que sostiene abiertamente la tesis de que fue Cortés el que escribió la Historia verdadera de la conquista de México y que Bernal Díaz del Castillo es un personaje de ficción, está recibiendo la artillería de los académicos alineados bajo la espada de Héctor Aguilar Camín, quien  ––astuto como es–– luego de sostener que “su tesis desorbitada hace parecer débiles sus fuentes” en el asalto  “sin recato, con energía de apóstata” a la figura del “canónico y venerado Bernal”, agrega: mas  “merece al menos la admisión de la duda”.  No es el caso de otros dos intelectuales (David Huerta y José Joaquín Blanco) que de plano se pusieron la camiseta de un equipo que nadie les pidió representar. Dice Blanco al público en general, preocupadísimo por la “franca mala fe, la inquinia gratuita” de Duverger contra el cronista: “Tranquilos, nadie le ha tocado un pelo al buen Bernal”. Toda la argumentación (de” impecable rigor académico” tiene que reconocer Aguilar Camín) es una “sensacionalista volada”. Y Huerta va más allá, es “un fraude” dice y Duverger evidencia una “descomunal ignorancia en el campo literario”. Sin embargo, ya agotado, vuelto a su esquina, el poeta que se puso el banderín de cruzado de la Causa Mexicana, reconoce “Es posible que sea Hernán Cortés. Pero no será este libro el que nos convenza”.
Por su parte el historiador Antonio García de León señala que su “trama resulta a todas luces sesgada y tajante” y que  Duverger “desconoce y distorsiona” los datos. Pero la que sí se declara totalmente racista y clasista es Camila Townsend, indignada de que “un señor francés, con acceso a casas editoriales y el respeto reservado para (nosotros) los académicos, que utilizó su poder de manera tan irresponsable y revela sus insensateces con (la) suficiente frecuencia”.
Y el que sí decepciona es Miguel León Portilla, al decir del libro de Duverger que las suyas
son “fantasías de la temeridad”, y no comentar más profundamente un asunto del que es autoridad. Me refiero al análisis estilístico que hace Duverger de la prosa española desplegada en la Historia verdadera[…] con relación al náhuatl que consiste en la enumeración de binomios. Que dicho procedimiento le confiere al conquistador anónimo imaginado por Cortés un estilo, eso es seguro. Pero ese modelo sintáctico no nació de la nada. Sólo traspone en la lengua española una forma de expresión ampliamente utilizada en la lengua indígena. En efecto, el maestro de don Miguel, Ángel María Garibay (Historia de la Literatura Náhuatl. Porrúa, 2007) ha señalado que en la prosa y la poesía náhuatl “hay un procedimiento estilístico que he llamado “difrasismo”, para poder referirme a él con facilidad, y que consiste en aparear dos metáforas, que juntas dan el simbólico medio de expresar un pensamiento”. Duverger escribe: El proceso de fascinación sentido hacia la cultura mexicana se desató a temprana hora en el extremeño: las clases nocturnas de su joven compañera (La Malinche)  dieron fruto. Cortés, al entender el mundo indígena, empezó a amarlo”. Por ello, observa Duverger  no es de sorprenderse que el narrador de la Historia verdadera contribuya a introducir en el diccionario español cerca de un centenar de palabras indígenas. Más original aún, Cortés introduce unas cuarenta  palabras en náhuatl.
Por su parte el texto de Alejandra Moreno Toscano en Nexos, si bien en su redacción de “maquinazo” revela presión, no encuentra motivos para descalificar a Duverger. Tímidamente, más bien declara que la idea del historiador “vista sin tanta pasión me resultó brillante”. ¿Hablará también por su esposo, Enrique Florescano, cuya firma en el ataque colectivo no aparece? Es claro que esta autoridad en el tema de la historia de México no dio su brazo a torcer.

Como se ve aquí no nos interesa reseñar los argumentos propiamente “históricos” del  libro de Duverger, pues eso sería mojarse en la abrumadora cantidad de  “fuentes”, sino mostrar lo original que resulta su investigación y entender un poco el escándalo que provoca. ¡Cómo va a ser Cortés el autor! A José Joaquín Blanco esa acotación le “resulta demasiado moderna, un delirio hipernovelesco” y un “intento de beatificación sobrada y retorcida”. Y la esposa de Aguilar Camín, Ángeles Mastretta dice: “a tantos les parece inverosímil que alguien se atreva a desafiar la certeza de que Bernal Díaz del Castillo fue un soldado sencillo, pero genial, que puso ante nosotros una emoción imposible de imaginar sin su ayuda”.

Fotografía
Anónimo/Desfile/16 de septiembre de 1910

Duverger, tan vital y audaz como siempre (recordemos su libro La flor letal  sobre su original interpretación de la naturaleza del sacrificio humano en Mesoamérica, cuya función equivaldría a las actuales plantas de producción termoeléctrica o nucleoeléctrica)  hace notar que La historia verdadera[…] es más que un libro de historia . Es el símbolo de la unión de dos culturas, resultado de ese teórico del criollismo y fundador del mestizaje que fue Hernán Cortés.

El raund 2

Dos números después del ataque de Nexos ( No. 426), contestaron varios intelectuales ese primer asalto.
“En verdad sorprende el acre rechazo de los lectores solicitados por la revista (Nexos); en algunos casos da la impresión de que no habían leído el libro y que, de todas maneras, la academia no quería abrir sus espacios, anclada en una especie de a priori radical”, comenta la antropóloga  María Teresa García. “La tesis de Duverger debe considerarse como todo menos “irresponsable” o “insensata”, escribe Marco Zuccato.

José Luis Martínez

“Nuestra admiración para el héroe; nunca nuestro cariño para el conquistador”, es la sentencia que se atribuía al sabio mexicanista Manuel Orozco y Berra; al citarlo José Luis Martínez en su Hernán Cortés (FCE, 1990) ––quizá la autoridad más alta en México sobre el personaje–– describe “estas posiciones y tendencias” como “provechosas para lo que pudiera llamarse la integración de una conciencia nacional, pero (que) nos han impedido una visión histórica y un estudio objetivo sobre todo de la figura de Cortés. Se escribe sobre él para exaltarlo o para deturparlo, para tironearlo hacia tendencias políticas, y muy raramente para conocerlo y explicarlo”.
Explica Martínez la polarización de posiciones indigenismo – hispanismo que aparece desde los primeros años del México independiente, que son el origen de la conflictiva actitud de los mexicanos ante Cortés y su conquista: en los escritos de Carlos Sigüenza y Góngora en el siglo XVII y en las obras de los humanistas dieciochescos, sobre todo en la de Francisco Javier Clavigero, surge una exaltación y el estudio sistemático de nuestras raíces indias. Y en los años siguientes a la guerra de independencia, a principios del siglo XIX, aparece otra corriente, ya no solo indigenista sino además antiespañola, que condena la conquista y la figura de Cortés”.
La voz amorosa del cronista Bernal Díaz se afilió a la tendencia indigenista, por lo que la revelación de Duverger rompe el cuadro de un “estudio” totalmente aceptado en lo académico. Lo dice con gran precisión María Teresa García: “Creo que los historiadores que trabajan el siglo XVI mexicano van a enfrentar un problema inédito: buscar nuevas fuentes. No sólo Crónica de la eternidad cambia la autoría de la Historia verdadera[…], sino plantea a un Cortés como un gran controlador de la información: si Díaz del Castillo, Gómara y Cervantes de Salazar son textos paralelos, de inspiración cortesiana, eso significa que hemos trabajado desde años en circuito cerrado”.
Duverger nos hace ver que la  Historia verdadera[…] además de ser un testimonio superior de las jornadas de conquista cortesianas,  es también una obra de arte. Son ––dice–– brillantes ejercicios de estilo. Se pueden escoger ejemplos de un enjambre de imágenes. En la batalla de Centla, por ejemplo, los españoles debieron librar una dura batalla de uno contra veinte. “En aquella batalla había para cada uno de nosotros tantos indios que puñados de tierra nos cegaran”. Duverger encuentra que Hernán Cortés es un creador de dramaturgia. Además es un filósofo. La Historia verdadera no es solamente una sucesión de relatos de batalla. Es también una reflexión sobre la esencia del poder. Cortés logró sobre todo escribir una epopeya en la que todos los maravillosos elementos de las novelas de caballería son reemplazados por hechos reales. Cortés es inventor, nos dice Duverger, de un nuevo tipo de héroe amalgamado en la masa humana. ¡El texto de su falso conquistador canta entonado porque todo es verdad!

Por el tiempo durante el cual el investigador calcula que Cortés llevó a cabo la redacción de La Historia[…] (tres años, de 1543 a 1546 – mil y un días, mil y una  noches) ––cuando  desaparece de los radares–– las jornadas de Cortés deben más bien parecerse a días de dieciocho horas de trabajo. El conquistador se ocupa fielmente de registrar fechas, lugares y personajes pues conservó toda su vida los archivos necesarios para el establecimiento de la verdad. Con ello se colocó en situación de obrar como historiador. Pero tiene en su escritura también la preocupación del letrado que debate día a día con el verbo, con el idioma, con el contenido simbólico de cada palabra, con el desafío de la perennidad de lo escrito. Estamos más allá del reto de lo verídico, más allá del alegato: estamos en la infinita libertad por la creación literaria, en el secreto gozo del escritor metido hasta la médula en su personaje. Cortés es jefe de guerra que conoce el justo valor de sus hazañas y el del escritor que recurre a las palabras para pasar a la posteridad.

 

 

 

Ciclo Literario.