El más sentimental de los mortales

Sigfredo Ariel


Extracto del texto de Sigfredo Ariel “La cumbancha cubana De Agustín Lara”, que forma parte del libro La habana/ Veracruz/Veracruz/La Habana/ Las dos orillas, coordinado por Bernardo García Díaz y Sergio Guerra Vilaboy (24 autores). Edición de la  Universidad Veracruzana y la Universidad de la Habana, 2010.

 

Agustín Lara comenzó a los trece años a tocar el piano en un burdel. Su endeble constitución le impidió sumarse a las huestes de Pancho Villa durante la Revolución. En 1927 tocaba el piano en un cabaret de Santa María la Redonda –– un pintoresco y popular barrio de la ciudad de México –– donde en trance de celos una impulsiva joven le cortó la mejilla con una navaja.
Dos años después abandonó su trabajo en ese bar, de nombre Salambó, para acompañar al piano al “tenor de la voz de seda” Juan Arvizu. Inició una labor incesante en el teatro y la radio, concretamente en “La hora Íntima”, de la XEW, “La voz de América Latina desde México”, desde la cual sus canciones adquirieron una popularidad continental.
Existe una borrosa fotografía en la que aparece Agustín Lara ante una mesa de la Bodeguita del Medio. A su lado sonríen –– más que flanqueándolo, encimándosele –– dos bellezas criollas de la época. Una trigueña, otra rubia. Las muchachas se inclinan hasta mostrar convenientemente la sabrosa promesa de los senos, prisioneros del strapless. A escasos centímetros, el rostro marcado por una honda cicatriz. Ellas parecen ser las personas más satisfechas del planeta, felices por la cercanía del Flaco de Oro, el Músico Poeta, el más sentimental de los mortales.

Fotografía anónima
Agustín Lara y Tito Guízar

Agustín Lara pertenece a esa Habana inasible, desaparecida de una sola vez, tal vez en una sola noche, por un tajo de navaja. Ciudad desmantelada: la de la nocturnidad cabaretera, el café con leche al amanecer, la salida de los músicos de Tropicana o Sans Souci para irse a descargar al club minúsculo, parquímetros, casinos. Ninguna de las troyas más recientes –– incluso las futuras que se edificarán –– será la misma. Aquella, la de Agustín, forma parte de nuestra breve mitología ciudadana, de esas cosas que se van, sin remedio, a las que alude una canción suya que se titula igual que otra hermosa canción cubana, de Jaime Prats, Ausencia, territorio que “quiere decir olvido, decir tinieblas, decir jamás”.
No sé por qué con la distancia
Todos los pensamientos se avivan más
Será tal vez esa fragancia
Que dejan en el alma las cosas que se van
*
La caída de Machado y la toma de posesión de Carlos Manuel Céspedes como presidente de la convulsa república, coinciden con un instante de gran popularidad en Cuba de algunas canciones de Lara, que compiten ventajosamente con tangos, valses, milongas y algunos sones que graban los últimos septetos, ya en franca decadencia, pero que sobreviven ensayando la inclusión de otros instrumentos en formaciones. Si en el sitio donde tocaban había un piano, se suma éste sin demasiado miramiento. Ya se encargará Arsenio Rodríguez de introducirlo en el año cuarenta de manera definitiva y feliz. Pero ahora nos encontramos a la mitad de la década de los treinta y en Cuba gobierna una fugaz pentarquía. Son los días de Rosa, Aventurera, Monísima –– que entona Juan Legido “el gitano señorón” ––, Santa, Enamorada…y después Mujer (“mujer divina”), preferida absoluta de su autor, según confiesa. Danzones, fox trots, guarachas y congas de las jazz bands cubanas fatigan los fonógrafos.
*
Y que cambias tus besos por dinero,
Envenenando así mi corazón
(Imposible)
Vende caro tu amor, aventurera,
Dale el precio del dolor a tu pasado,
Y aquel que de tu boca la miel quiera,
Que pague con brillantes tu pecado
(Aventurera)
¿Por qué te hizo el destino pecadora
Si no sabes vender el corazón?
(Pecadora)

Esa dama que cambia sus besos por dinero, la bella Puta, había aparecido desde hacía años en la trova cubana, casi desde su origen. Pero el tratamiento que reciben las prostitutas, mudas interlocutoras, en abrumadora mayoría, en comparación a la galantería que les prodiga Lara, es demoledor en el viejo cancionero de la isla. Hay títulos que hablan por sí mismos: Mujer perjura, de Miguel Companioni, es apenas un ejemplo. Con escasa delicadeza se le recuerda a la mujer “alegre” su ingrato destino: “acuérdate que llevas en la vida una senda cubierta de dolor”; y si acaso la infeliz deseara saber la magnitud de los daños causados por su infame proceder, “allá en el cielo, preguntáselo a Dios”. Porque  en trance de desesperación, se le encarga al creador el cobro de la culpa de los infieles: “Que te perdone Dios que no ha sufrido el inmeso dolor de tu abandono”, dice Juan Cruz.
Por su parte, Agustín, en actitud de sabía cortesanía ––y aunque enrole alguna vez al Sumo Hacedor en sus cuitas con la ingrata mariposilla, como en Imposible––, se va a colocar siempre, o casi siempre, comprensivamente, al lado de la pecadora. No tiene reparos en recibir encantado las migajas de la Belleza consiente  ––cuando quiere–– entregarle. Es el gran piadoso, el compañero sincero, el confidente amador, el cómplice de la bella Puta o de la Mujer Divina que, aunque tenga “el porte de una majestad”, “sabe de los filtros que hay en el amor” , pues posee “el hechizo de la liviandad”. Y este hechizo de la liviandad es, sin duda, apreciado en lo que vale por Agustín. Los cubanos, en cambio, parecen ser más inflexibles. La mano de Manuel Corona no parece temblar al escribir los versos más bien humillantes de su Doble inconciencia, conocida en México y otros países latinoamericanos por el nombre de Falsaria:
Con que te vendes, qué noticia grata.
No creas que te odio y te desprecio
Y aunque tengo poco oro y poca plata
Y en materia de compras soy un necio
Espero que te pongas más barata
Sé que algún día bajarás el precio.

Fotografía
Agustín Lara y Pedro vargas

Siendo Garay en su amarga El Erial. Compuesta según se dice a raíz de haber contraído una infección venérea, enhebra estas frases que no sólo castigan a la infeliz sifilítica, sino a todas las féminas que en el mundo han  sido, lo cual sin duda alguna es una exageración.
Mujeres, infames seres
Que envenenaron mi vida,
Menos tú, que tú no eres
Como las demás mujeres,
Madre del alma querida.
Esta exclusión de “la madrecita” de la infernal tribu femenina puede encontrarse a menudo en el tango argentino y en otros repertorios musicales de la lengua, incluyendo el cante. La mala mujer causante directa de la miseria, no sólo de lo sentimental, sino incluso de lo moral en que se encuentra el hombre, protagonista (y monologuista) de muchos boleros y tangos. No es necesario bucear demasiado para encontrar centenares de muestras aquí o allá. Incluso, en la primera canción de José Antonio Méndez, Por mi ceguedad, el autor llega a la conclusión precipitada, tras el inicial desengaño amoroso, de que el único amor sincero posible es “el de una madre, pureza, grandeza…nace del corazón”, sin que uno se explique de dónde procede el cariño de las otras mujeres. Hay boleros de María Teresa Vera que la emprenden contra la mujer con mano dura e inflexible (En mi sentencia, Cara a cara, Ya te conocí), hasta llegar al colmo en el bolero Es mi venganza, en el que compara el color de la piel de cierta mujer con lo oscuro de sus sentimientos:
Y ese color negro que tan firme es,
Así es tu conciencia y tu alma a la vez.
Autores menos conocidos de la vieja trova cubana, como Juan de Dios Echevarría, dedicaron toda o casi toda su producción a fustigar a “las malas”, e Ignacio Piñeiro, en su Mentira Salomé, bolero son grabado por Toña la Negra para la Víctor en los años cincuenta con los Peregrino, retrata así, con trazos gruesos, a otra “mujer falaz impostora de caricias”:
Tu beso es virus que al alma envenena,
Mueve tus ansias en corazón de hiena
Con las maldades que encierra la codicia.
Es impensable que Lara, por muy herido que se sintiera, se permitiera extremo semejante. Lo impide su propia estética y una piedad inconmensurable. La Mujer es capaz de restañar cualquier herida y aliviar los dolor que, a su modo de ver, son propios de la existencia, e inevitables. Él va a pedirle siempre, y sucesivamente, “a la vida clemencia una vez nada más” y va asegurar ––tras cualquier Naufragio––, en un intercambio de perdones por el mal que te hice y que me hiciste “que yo de corazón te perdoné”, pues nunca acaba de entender “cómo puedo aborrecerte si tanto te quiero”. Gran psicólogo de alcoba, consigue descifrar amor en ciertas “pupilas de verde jade” de “mujer atormentada”; escuchar el relato del pecado en un “blanco diván de tul (que) aguardará tu exquisito abandono de mujer” y penetrar en sus más íntimos secretos. Se considera capaz de “borrar para siempre el pasado” de la pecadora “en el triste calvario del vivir”, “yo te sabré besar, yo te sabré querer” y a cambio, no duda pedirle “aparta de mi senda todas las espinas” y “borra con tus besos mi desilusión”, en esta especie de trueque de conmiseraciones y sinceridades. “En la eterna noche de mi desconsuelo” proclama la filosofía de quien siempre viene de regreso, incluso en sus canciones primeras, ambientadas invariablemente en ámbitos de penumbra amable, urbanos sin duda, cortesanos, a la hora confesional de quienes poseen arcanos de un “pasado pasional”, pues en su vida “en cada verso se escapó una historia”.

   Hay un Lara romántico-pintoresquista: el del cordial dibujo del “puerto de pescadores que arrulla el mar” y el escenario criollo ––Caibarién––  donde la guajira cubana, reina del palmar de “aroma de cabalí”, “duerme bajo la sombra del platanal” sonámbulo de Sueño Guajiro, en una “noche plenilunar”. Se nos antojan impresos en blanco y negro del cine de la época sus sufridos jarochos ––pintados con líneas escenográficas–– , sin dudar por supuesto de sus sentimientos reales por el dolor de los desposeídos, al fin y al cabo ya había rogado: “piedad para el que sufre, piedad para el que llora”. Pero esos talles morenos “se mueven con vaivén de hamaca” ante los crepúsculos que parecen “paisajes de laca”, son propios de la la mirada teatral, o mejor, escénica. Deudor de Amado Nervo y de sus epígonos, Lara posee una clara vocación de embellecer y dignificar, a través del símil fino y la metáfora de buen tono el “duro calvario del vivir”, que no sólo es la espinosa vía de su anécdota sentimental, sino también “la queja doliente de una raza entera llena de amargura”.

 

 

Ciclo Literario.